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REESCRITURAS
Una partitura
revolucionaria
El siguiente
texto resume las palabras de presentación que Guillermo Saccomanno, junto
a León Rozitchner, pronunció en la presentación de la edición corregida
de La astucia de la razón de José Pablo Feinmann.
POR
GUILLERMO SACCOMANNO
En 1989, durante
la algarabía menemista, algunos amigos, también amigos de
José Pablo Feinmann, me contaban que el escritor había enloquecido.
Feinmann estaba escribiendo, me dijo uno, la que era la novela de su vida,
una novela donde lo ponía todo (la filosofía, la experiencia
política, el peronismo revolucionario, el psicoanálisis,
el cine, la dictadura y el terror). Lo estaba poniendo todo: incluyendo
aquello más íntimo y privado que, bajo el alter ego de Pablo
Epstein, ficcionalizaba en esta novela, confesional y política
a la vez. Feinmann estaba escribiendo una novela donde lo ponía
todo y escribía a contrapelo de los cánones académicos
y las capillas de los suplementos. Escribía una novela de ideas.
Por supuesto, toda novela tiene ideas. Pero en La astucia de la razón,
las ideas eran protagónicas y ardían de modo provocador.
Valga como ejemplo la irrupción de Marx en el campamento de una
tropa montonera la noche anterior al combate en que será derrotado
el caudillo popular Felipe Varela. Sin duda, su novela era revulsiva,
y no sólo por lo que se contaba sino por cómo se lo contaba.
En la escritura obsesiva de esta novela, donde una frase machaca una y
otra vez exprimiendo del lenguaje su máxima expresividad, la música
juega un papel que hay que destacar. Pablo Epstein, como el joven Feinmann,
quiere ser, además de filósofo, pianista. El fraseo que
se repite y vuelve a la carga una y otra vez como un ritornello obsesivo
es lo que marca el tono. Las ideas que Feinmann expone en la novela, más
que articularse, se modulan musicalmente, como una partitura, en función
del debate que el joven Epstein libra una noche con sus también
jóvenes compañeros de estudios en una playa de la costa.
Lo que se debate es un texto del joven Marx. Es importante señalar
la idea de juventud, que marca, en este plano de la novela, un relato
de iniciación, de iniciación en la revolución. La
filosofía y la vida no pueden separarse. La filosofía y
la revolución, entonces, tampoco. Interpretar el mundo es
siempre un acto de subversión, escribe Feinmann en esta novela.
Y agrega: Toda auténtica filosofía tiene que ver con
la conciencia y la conciencia es la trama de la revolución.
Pero, ¿cómo podía, en ese tiempo de obscenidad políticofarandulera,
mientras se liquidaba, para beneficio de unos pocos, el patrimonio nacional,
llamar la atención una novela compleja en la que su protagonista,
bajo la dictadura militar, debía padecer la extirpación
de un testículo tomado por el cáncer, una novela en la que,
además, se discutía a Marx desde Hegel y, desde esta perspectiva,
se analizaba la potencia revolucionaria del movimiento peronista desde
el leninismo entrista de John William Cooke? Cooke irrumpe en el relato,
en Córdoba, para discutir con el dirigente combativo René
Salamanca acerca de qué hacer en un contexto donde la revolución
pasa por el movimiento de masas. En el relato de Feinmann, Cooke, el revolucionario,
es terminante: Uno cree en Dios, en la revolución o en el
suicidio, dice.
¿En qué creía Feinmann, me pregunto, mientras, al
borde del suicidio, escribía esta novela? Esta novela, La astucia
de la razón, es una respuesta.
Aquello que Feinmann, según me contaban, estaba asumiendo como
actitud, me parecía un modelo para tener en cuenta. Era un modelo,
además de heroico, de una ética poco frecuente en una sociedad
en donde la valoración literaria se regía por las preceptivas
de la posmodernidad. Quizás alguna vez se realice una investigación
sobre esos tiempos que hicieron coincidir en nuestro país al menemismo
triunfante con la posmodernidad en lo ideológico como cocktail
que incidió en la producción literaria y la banalización
de toda polémica.
Desde 1990, cuando publicó la primera versión de La astucia
de la razón, a la actualidad, Feinmann ha escrito varios libros
(novela, teatro, cine, ensayo), sin contar su actividad ensayística
en Página/12. Ahora que somosamigos, cuando discutimos con Feinmann
sobre los esplendores y las miserias de nuestro oficio, vuelvo a reivindicar
esa pasión por un libro en el que uno siente que está poniéndolo
todo, que no importa que alrededor el mundo esté en llamas, como
la pasión de Feinmann de entonces. Los libros que me marcaron pertenecen
a esta clase: están escritos como si el mundo estuviera en llamas
y para el escritor no hubiera vuelta atrás.
Esto lo discutimos con Feinmann, ahora que somos amigos, bastante a menudo.
En nuestra literatura, el modelo de escritor sufriente, atormentado por
sus fantasmas, es cliché y prerrogativo de una ideología
de derecha. El ejemplo es un escritor conocido que, en una Feria del Libro,
supo firmar ejemplares del Nunca más, el documento de la Conadep.
Creo que conviene, con motivo sobrado, arrancarle a la derecha ese modelo
de escritor santificado por la angustia que tan bien manipuló extorsivamente
el escritor a que me referí.
El modelo de escritor sufriente que se plantea en La astucia de la razón
precisamente escapa a la santificación de la angustia. Por el contrario,
estamos frente a una escritura impiadosa donde el cuerpo y el texto se
fusionan, se comprometen y se exponen. Feinmann, volviéndose loco
con la escritura de este libro (que ahora, obsesivamente, ha vuelto a
publicar) nos impone no sólo una novela de ideas sino también
un gesto.
La astucia de la razón es, además de la gran novela de Feinmann,
también una de las grandes novelas de los últimos tiempos.
Esta valoración la respaldan varios escritores. Y la respaldan
no sólo porque sean también amigos de Feinmann sino porque
son escritores honestos. Ustedes se preguntarán qué entiendo
por escritor honesto. Es aquel que se dispone no sólo
a escribir una historia inolvidable sino a usar esa historia para iluminar
zonas de la realidad, una problemática que puedan compartir con
él sus lectores. Y son justamente estos rasgos los que vuelven
a La astucia de la razón inolvidable.
Todos necesitamos que nos cuenten historias. Pero, y aquí está
su acierto, Feinmann no cuenta sólo su historia. La partitura que
la novela va ejecutando toca una historia que no es sólo personal.
La astucia de la razón cuenta una historia colectiva. Que ahora,
a ocho años de su primera edición, vuelva a estar en librerías,
es un síntoma saludable. Estos tiempos dolorosos son buenos tiempos
para acercarse a este gran texto solidario.
La niñera
LA
EXPERIENCIA SENSIBLE
Rodolfo Fogwill
Mondadori
Barcelona, 2001
160 págs. $ 15
POR
CLAUDIO ZEIGER
Apenas entrando
en las primeras líneas de la última novela de Fogwill, el
lector que haya leído sus cuentos recuperará esa atmósfera.
En un primer fragmento, impreso en cursiva, alguien identificado con el
autor dice: Sucedió a fines de los años setenta. Por
entonces, narrarlo era uno de los proyectos con menor sentido entre tantos
que se podían concebir. Una página más adelante,
cuando empieza la novela en sí, el narrador dice: El setenta
y ocho no fue un buen año para Romano: el peor de su vida, pensó
después. Imposible no acordarse de Muchacha punk,
de La larga risa de todos estos años y su pregunta
ya clásica (¿éramos felices?), de La
liberación de unas mujeres, de Japonés,
en fin, de los grandes relatos de Fogwill agrupados bajo títulos
como Mis muertos punks, Música japonesa o Ejércitos imaginarios,
títulos que con las reediciones y antologías del autor se
fueron perdiendo por ahí. Más allá de fechas y climas,
lo que sucede en La experiencia sensible, quizás aquello a que
se alude en el título, es la experiencia de un hombre que mira,
observa y se da cuenta de cómo sus hijos empezaban a formar
un mundo aparte con la niñera. Ese hombre llamado Romano
viaja a Las Vegas con su mujer, sus dos hijos y una adolescente que hace
las veces de niñera y que le hace aclarar al narrador (apenas segundos
antes de que uno perversamente lo piense) que en cualquier relato,
la irrupción de una adolescente de dieciséis años
en la convivencia de un grupo familiar predispone a una historia de fantasías,
celos y hasta de aventuras eróticas.
Como en cualquier relato aunque obviamente éste no sea uno
más, las fantasías y hasta aventuras sexuales corren
por cuenta de esa chica que piensa monólogos guarangos al mejor
estilo Fogwill (desde Help a él hasta Vivir afuera).
Pero este narrador no monologa ni fantasea. Recuperando un énfasis
sociológico que lo ha convertido en uno de los autores argentinos
con más ojo clínico para capturar los deseos imaginarios
de la clase media alta nativa, Fogwill vuelve a la larga risa de todos
esos años (los de la dictadura) para recuperar algunas facetas
sobre las que poco se suele insistir al hablar de esos años: el
viaje consumista al extranjero, el triunfalismo dolarizado de un sector
social que pocos años después se horrorizaría con
los crímenes de la dictadura. Ahora bien: si algo más caracterizaba
también a esos cuentos de Fogwill (casi una categoría per
se en la literatura argentina) era la marca metaliteraria que empezaba
a hacerse tendencia en aquellos años. En La experiencia sensible,
el arsenal de reflexión narrativa parece centrarse exclusivamente
en dos aspectos: cómo construir una mirada y cómo desmitificar
a un personaje. Romano, el personaje, mira y observa. Habla poco. Ejecuta
acciones. Hace cálculos comparativos en todo momento: por ejemplo,
cuánta plata saldría un menú del hotel de Las Vegas
en el Hotel Provincial de Mar del Plata.
Romano es cool, como si al observar de qué forma los hijos se separan
de un mundo para entrar en otro, él también estuviera pasando
de un orden de las cosas a otro que no se termina de revelar, pero que
a medida que se avanza no cuesta identificar con la nada. En ese deslizamiento
del personaje, en parte, se revela una estrategia de la novela: mirar
desde el presente (consumismo, globalización, clases media y alta
de ahora, nuevas costumbres) provocando leves interferencias en el pasado.
Ésa es la miradaque parece haber elegido Fogwill para sumergirse
durante el tiempo de la novela en el año 1978 en que
transcurren los hechos.
Pero dijimos además que así como en La experiencia sensible
el lector asiste a la construcción de una mirada, también
pasa a ser testigo de la deconstrucción de un personaje: no en
el sentido de que Romano, su mujer, los hijos y la niñera pasen
a ser categorías o funciones del relato;
nada de eso. Pero sí hay una reflexión sobre la muerte y
los muertos que puede leerse en clave literaria, como el derribo de toda
ilusión de estar asistiendo a una historia excepcional protagonizada
por personas singulares. De ahí, es posible deducir, el tono de
la novela: neutro, descriptivo, enrarecido, pero alejado de efectos estilísticos
o discursivos (salvo los monólogos de la niñera); si se
quiere, llamativamente cool.
Fogwill, en orden de publicación, viene de una novela polifónica
y llena de temas como Vivir afuera, libro que seguramente tardará
años en ser procesado por el campo literario argentino, y está
bien que así sea, porque no es novela lineal ni de una sola lectura.
Allí, en los tramos finales, Fogwill afirmaba que escribir es pensar.
Sin que lo diga explícitamente en esta nueva entrega, La experiencia
sensible bien podría decir: escribir es describir, una variante
del pensamiento y una variante de la narración al mismo tiempo,
en la que costumbres, ideas, personajes y sensaciones entran y salen todo
el tiempo de la zona de luz hacia el lado de la sombra. Y así como
aquellos cuentos de Fogwill narraban historias secretas de la época,
La experiencia sensible viene a decir, precisamente, cómo mediante
la empecinada descripción se puede contar una época sin
contar la historia de la época.
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