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RESEÑAS

Sub hombres

BOSQUE
Antonio Dal Masetto
Sudamericana
Buenos Aires, 2001
224 págs. $ 13

POR RUBEN H. RIOS

Bosque –el pueblo– aparece por primera vez en la obra de Dal Masetto en Siempre es difícil volver a casa (1992) y ahora retorna con creces. Con la fuerza de una poderosa metáfora de lo inhumano. Muto -el protagonista– será quien logre ver de frente ese terrible sol, esa luz brutal de la ferocidad. En Bosque, la niebla y la noche no ocultan, revelan. En el día, bajo la luz del día bañando pálidamente los árboles sin hojas, las calles frías y desoladas, todo se muestra sereno y metálico como una coraza. Los bares, la plaza, el único hotel, el club, las casas bajas, los pocos autos, están comprimidos a una dimensión plana y uniforme en donde los habitantes se deslizan anodinos y simples. No hay cielo o viento sino sólo cierta luz gélida sin profundidad ni espesura. Nada de esto coincide (o sí, pero tardaremos en percibirlo) con la muchedumbre frenética que, un año y medio antes del arribo de Muto, ultima cruelmente a una banda de ladrones que ha intentado robar el banco del pueblo.
Es cierto que el cartel acribillado a balazos y los hombres que descarnan vivo a un novillo, que reciben a Muto al entrar a Bosque, presagian violencia y salvajismo, pero no la frialdad en el crimen. Y, en el fondo, la banalidad, la rígida estupidez que parece dirigir a esas criaturas de pasiones abyectas y apáticas. Muto, que viaja al pueblo para cumplir un rito personal (un rito del resentimiento), no se parece a ellos. En él no late más que un corazón cansado, sin deseos, que ha naufragado. Es nadie o casi nadie. Usa un nombre falso, una personalidad falsa, un oficio falso. Embauca a los pobladores de Bosque haciéndose pasar por un guionista de cine en busca de material para un film sobre el fallido asalto al banco, pero a la vez lo embaucan. Esta dialéctica teatral –de simulaciones y apariencias– envuelve la novela en un aire apócrifo y artificial que sólo la locura rasgará y el crimen hará caer. La autenticidad y la verdad de los seres de Bosque (aun en los que anhelan justicia) se resuelve en el acto criminal, en la crueldad.
Con todo, la última realidad –la última verdad (si la hay)– de estos personajes intrascendentes y malditos se excede a sí misma en la sordidez. Los móviles sexuales –prohibidos o no–, la codicia, la humillación, la degradación, el delito –aceptado o no–, la venganza, la degradación o el pecado se vuelven superfluos, se disuelven como aspectos superficiales de algo horroroso, que no se puede mirar y para lo cual quizá no existen palabras. En Bosque, la crueldad o el ensañamiento del que odia expresa (y se entiende por eso) una pasión humana, pero es la excepción. La mayoría elige el crimen por el crimen mismo, como el ingeniero Zamudio –experto en armas– que ha matado a uno de los ladrones del banco con la precisión y la objetividad de un matemático. O el abogado Varini, cuyos únicos sentimientos son la soberbia y el desprecio. Quizá lo que hace terribles a los seres de la novela haya que buscarlo, más que en sus actos, en esa oquedad que parece invadirlos en la carne y que los congela en una crueldad sin alegría, sin sentido.
Bosque describe un mundo sin redención, violento y trivial hasta el vértigo. Ni siquiera pone en juego “la banalidad del mal” (como diría la Arendt), porque para eso hace falta alguna noción moral. Con esta novela de Dal Masetto se vislumbra el umbral de lo que ya no sería humano. Lo inhumano o lo infrahumano. Solamente se vislumbra, como un fuego arrasadorque se alimenta a sí mismo, la posibilidad de la devaluación interminable de la vida humana. Y a la vez también, en Muto, la posibilidad de la última reivindicación.

Relato bizantino

LAS MUCHACHAS SUDAMERICANAS
Nicolás Peyceré
Adriana Hidalgo
Buenos Aires, 2001
206 págs. $ 16

POR DIEGO BENTIVEGNA

En los años de la dictadura, una versión de esta novela de Nicolás Peyceré circuló de manera clandestina (como “hojas embarradas de herrumbre, llenas de erratas y desatinos de sintaxis”, escribe el autor en la contratapa) bajo el nombre de Novela, o las aventuras y oficios de dos muchachas americanas. Ese título, más ajustado quizá a la textura centralmente paródica de la novela, revela ciertas afinidades electivas y habla de la extrañeza con la que se instalan los libros de Peyceré en el panorama de la literatura argentina. Desde el título, en efecto, se convoca un género más bien ignorado por las letras nacionales: la novela griega o bizantina. Asociada con tramas estereotipadamente lacrimógenas, con accidentados viajes (sobre todo marítimos) emprendidos por personajes (habitualmente se trata de mancebos travestidos en bellas doncellas, o viceversa) de nombres exóticos (a menudo de origen helenístico) cuyos parlamentos se moldean de acuerdo con los parámetros de la retórica barroca, en la literatura hispánica la novela bizantina supo ocupar un lugar prominente. Durante el Siglo de Oro, el género gozaba de una vitalidad y de una aceptación notables. Algunas de las mejores novelas bizantinas –como Los trabajos de Persiles y Sigismunda– fueron escritas nada menos que por Cervantes.
En Las muchachas sudamericanas, la referencia a la novela bizantina se encuentra en el sistema de nombres propios: María Ilíaca (Ilión, se sabe, es uno de los nombres de Troya), Honorata Pelagia (las Pelágicas forman un archipiélago que se halla entre Malta, Túnez y Sicilia, es decir, en pleno Mediterráneo, espacio privilegiado por la bizantina), el gongorino sacerdote Pedro Lampsaco (tal el nombre de una ciudad griega en la ribera este del estrecho del Helesponto, a pasos de Bizancio –la actual Estambul–, el mismo trozo de mar que, por las noches, cruzaba Leandro para visitar a su amada Hero). Pero además, como en aquellos artefactos de ingenio generadores de embeleso y de expectación, como querían los preceptistas del manierismo, en Las muchachas sudamericanas (que ahora son tres) la historia se construye a partir de una serie de encuentros, de pérdidas, de desplazamientos y de sometimientos corporales.
Lo que desencadena el flujo narrativo de la novela de Peyceré es la explosión de un cuartel en las inmediaciones de la estación ferroviaria de una ciudad muy Buenos Aires del centenario, con herrajes liberty y soldados afrancesados, luego del arribo de las lascivas muchachas (María Ilíaca, Honorata Pelagia y Modesta) a las que el título de la novela hace referencia. Con la dispersión de las chicas (producto de la explosión y la persecución de los soldados), la novela recorre algunas de las cuestiones constitutivas de la literatura nacional: el viaje a la pampa narrado en un castellano más cercano al del modernismo del Zogoibi de Enrique Larreta, con todos los amaneramientos y los deliberados arcaísmos del caso, que al de la tradición gauchesca, por un lado; la tortura y la vejación, los cuerpos violados, degollados, estaqueados bajo el sol de la llanura, prostituidos en los burdeles del bajo, del otro.
Como el hipercodificado mundo mediterráneo de la novela bizantina, el de Las muchachas sudamericanas plantea el sentido como un exceso taxonómico, como un conjunto de depósitos atiborrados de objetos “culturales” que notienen más sentido que el del amontonamiento. La novela se obsesiona con esa acumulación de mercancías culturales y despliega extensos catálogos de los inútiles cañones y los grabados con los que sueña el soldado adolescente del primer capítulo, el repertorio de los animales de la pampa que observa y clasifica Honorata Pelagia durante su fuga por las pampas, los exóticos libros escolásticos y renacentistas de la biblioteca del cura Pedro Lampsaco, el listado de los helenizantes nombres de las putas y los efebos boticcellescos de su capilla, la enumeración de las mujeres del prostíbulo al que deriva María Ilíaca, el desfile de las sirvientas.
¿Qué hacer con ese mundo estereotipado que pesa sobre nosotros como la lápida de nuestros muertos? ¿Qué lengua es capaz de nombrar esa lógica clasificatoria de la cultura? La respuesta, claro, no se hallará en la búsqueda de una supuesta entonación nacional, en la ficción de una escritura sostenida en la respiración de lo oral. La novela de Peyceré opta por el buceo en un magma del lenguaje sobre el cual flota una sintaxis aceitosa, una masa viscosa sobre cuya superficie se marca una escritura que se muestra a sí misma como artificio (en la tradición que va de Góngora a Perlongher, de Cervantes a Sarduy), un mar bizantino sobre el que se desliza una prosa (y otra vez citamos la contratapa) “atrabiliaria”, es decir de la bilis, de los flujos corporales, de la alteración, de la fuga.

Dios vigila

TRES MOSQUETEROS
Marcelo Birmajer
Debate
Barcelona, 2001
204 págs. $13

POR JORGE PINEDO

Nadie podrá afirmar jamás que Marcelo Birmajer ejerce una escritura cobarde, capaz de soslayar el personal compromiso con sus ideales. A riesgo de restringir complicidades afectivas tanto como identificaciones subjetivas con el lector, instala su apuesta sobre la mesa desde las primeras jugadas. No vacila, ya en el segundo capítulo de Tres mosqueteros, en afirmar que los militantes Montoneros han sido “unos payasos: algunos, sanguinarios; otros, insanamente ingenuos”. A vuelta de hoja, Birmajer ratifica, para que no queden dudas, que el púlpito desde el cual profiere sus enunciados se halla “congelado en un imperecedero amor por el moderno Estado de Israel”. Desenvuelve su posición hasta tal punto que, incluso, pone en boca de uno de los personajes en los que el autor se multiplica los efectos posibles de tal posicionamiento, acaso una tendencia a “cerrar las rejas de su ghetto literario y periodístico”.
Una narración precisa dentro de una trama coherente con la escolta de una escritura ágil dan cuerpo a esta flamante novela en la que el periodista Mossen asume la voz del relator de la tragedia de dos jóvenes militantes asesinados durante la dictadura militar. Con ritmo de novela policial, el drama retorna de la mano del único sobreviviente del trío original, un argentino en retiro efectivo que vuelve de Israel a saldar alguna deuda de las que no se indultan ni prescriben. Aquellos momentos que dejan de estar ocupados por la deconstrucción del pasado hacen las veces de conectores lógicos mediante la incorporación de situaciones y personajes que otorgan vital intimidad a la dolorosa política de la trama. Varones sexópatas en su conjunto, mujeres sodomizadas o remilgosas, otorgan calidez y un encanto que a menudo dejan la sensación de querer saber más sobre ellos. Gladys, la amante circunstancial del protagonista; Cristina, la hembra compartida por los mosqueteros; Esther, la ex esposa despechada, desdoblan una única mujer, deliciosa y terrible.
Con la solvencia narrativa que lo caracteriza, Birmajer recupera la atmósfera judía de El alma del diablo (1994) y el ritmo de los cuentos de Historias de hombres casados (1999). Un impecable dominio narrativo traslada la cuestión al aspecto ideológico: son sus mismos ideales lo que desatan una suerte de etnocentrismo al revés, en el que los perseguidores acechan en todo momento y hasta los perros pastores alemanes son la reencarnación de los nazis que comandaban los campos de la Shoah. En el límite, aquel ancho mundo de Tolstoi queda iluminado sólo con los colores de la aldea. Situación que dispara complicados silogismos: si, como afirma Birmajer, los Montoneros han sido meros asesinos, a su vez asesinados, de algún modo se les equipara. De una u otra forma, la aplicación de idéntico adjetivo para víctimas y victimarios arroja una curiosa suma cero. Es el instante en que el argumento se torna idealización y ésta pasa a anclarse en la creencia que requiere de una verdad teológica a fin de subsistir. Birmajer mismo lo sostiene: “Si uno se comporta de un modo frívolo en un espacio de tiempo durante el que puede ocurrir una situación trágica, propicia la tragedia. Dios vigila y aplica su castigo”.

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