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La última biografía de Madonna

¿Quién es esa chica?

Mientras sus fieles cuentan las horas que faltan para la proyección televisiva de su último espectáculo, Madonna: an Intimate Biography de Randy Taraborrelli, entrega un poco más de lo mismo para completar la vida de una de las grandes superestrellas de la cultura pop.

POR MARTIN SCHIFINO, DESDE LONDRES
Durante las dos últimas décadas, mientras a nuestro alrededor se desbandó la posmodernidad, vimos cómo Madonna se transustanciaba de álbum en álbum en la chica material, la ingenua libertina, la pecadora, la dominatrix, el icono gay, la madre modelo, la mística new age, el sex symbol maduro; por supuesto, también la vimos en el cine, haciendo de chica material, ingenua libertina, pecadora, dominatrix... Ni siquiera nos hizo falta el ojo del fanático para seguir sus metamorfosis. Al contrario. Madonna, más allá de nuestra mirada, ha sido nítidamente ubicua. Como la información. O como el deseo: no por nada sus discos, sus CDs, sus DVDs (tratándose de Madonna, el medio es un mensaje), guardan un asombroso parecido con la materia de nuestro inconsciente. Lo cierto es que ahora, después de tanta exposición polimorfa, uno a veces se pregunta: ¿queda algo interesante por ver de Madonna? ¿O sólo la misma opereta mediática sintonizada todos estos años? Randy Taraborrelli, su nuevo biógrafo, nos promete “sorprendentes revelaciones sobre su vida privada y su carrera profesional”.
Abarrotada de furia, intrigas, cursilería, melodrama, vuelcos de fortuna, la vida real de Madonna se parece al mal arte, a las películas clase B, a las canciones pop. Ésta dice así: una chica de pueblo, sin ningún talento sobresaliente (ni tremendamente linda, ni tremendamente buena cantante, bailarina ni... nada), se aventura en la brutal metrópoli de Nueva York, sufre carencias, hambre y abusos emocionales, hasta que a fuerza de pura megalomanía, habiendo tanteado todas las rutas del show business, consigue un contrato con una discográfica y conquista al mundo entonando “Like a Virgin”. Es una mala película, pero es la vida de Madonna. Madonna, an Intimate Biography adopta así la forma de un anecdotario, una blanda sucesión de historias más o menos ciertas, más o menos probables, sobre la diva y aquellas personas que han orbitado a su alrededor durante los últimos años. No es que la falta de dirección, de estructura, acarree un verdadero problema (al fin y al cabo, estamos en el terreno de la picaresca); el problema reside en la estrechez intelectual de la narración.
Aunque Taraborrelli se muestra atento a los detalles, no es lo que se dice un periodista brillante. Ni por asomo tiene la inteligencia de Madonna. Y resulta difícil, la verdad, pasar por alto esta asimetría. Sobre todo porque Madonna cuenta con una superinteligencia ortopédica -llamada máquina publicitaria– que la sitúa siempre un paso adelante de los demás mortales. En relación con esto, uno no puede sino desconfiar del subtítulo An Intimate Biography: ¿íntima? ¿No es el mito de la intimidad revelada, a esta altura, como el mito del buen salvaje que se esconde en todos nosotros? Nuestro altruismo está basado en un primitivo contrato social; las provocaciones de Madonna tienen sus raíces en la muerte de mamá y los vetos de papá. ¿Interesante? No. La carrera de Madonna, por su parte, ha sido demasiado distorsiva, irónicamente autobiográfica, como para no desconfiar de cualquier psicologización a la ligera. Taraborelli no es estúpido al punto de tomarse al pie de la letra el libro Sex o la película Truth or Dare (A la cama con Madonna), pero tampoco usa la desconfianza como punto de partida del análisis.
El efecto que produce esta biografía es acumulativo y equivalente al de cientos de artículos de revistas leídos uno tras otro. No es de sorprenderse que, a medida que pasa las páginas, uno vaya suspendiendo la incredulidad y hasta se deje llevar por la historia. Al fin y al cabo ésta es la dimensión lógica del chimento; o se la acepta o se cierra el libro. Así, uno hasta le perdona a Taraborrelli que reconstruya, en base al testimonio del mozo, cierto diálogo textual de Warren Beatty y Madge en un restaurant; que nos muestre a Madonna esperando a John Kennedy Jr. recostada en el living de su casa (la de John), y vestida con dos bolsasde supermercado, como a través de un periscopio; o que nos dé entrada a la psiquis de la biografiada por puertas tan dudosas como el testimonio de una maestra de secundaria (“siempre fue una rebelde”). Todo género tiene sus licencias. Madonna, además, atrae la pornografía del culto a la celebridad. Pocas sutilezas.
Otros pasajes son involuntariamente cómicos. A los argentinos, el encuentro “solemne” entre Madonna y Menem nos resultará uno de ellos. ¿Cómo es posible, se pregunta Taraborrelli, que Madonna haya convencido a un presidente a ceder la Casa Rosada? ¿Cómo es posible que Taraborrelli no sepa qué clase de presidente era el que la cedió? La boda de Madonna y Sean Penn es otro sainete. Escena uno: el sacerdote (Madonna, obvio, se casó de blanco) repite los votos a los gritos para hacerse oír por sobre los helicópteros de la prensa que revolotean el jardín. Escena dos: Penn empieza a dispararles a los mismos helicópteros con una escopeta. La relación Penn–Madonna, de hecho, da pie a las partes más divertidas del libro; aparentemente, entre ellos, todo era motivo de melodrama. Mi anécdota favorita es ésta: poco antes del casamiento, Madonna le confiesa a su prometido que al principio de la relación le jugó a dos puntas, con nada menos que Prince en la otra punta. Penn, enfurecido, rompe a patadas una pared de la mansión de Madonna. Madonna llama a Prince, le echa la culpa por la pelea y le pregunta qué piensa hacer. Al día siguiente, Prince aparece con un balde de yeso y una espátula y se pone a arreglarle la pared.
Hay varios libros posibles que, personalmente, quisiera leer acerca de Madonna. Uno estaría escrito por Marina Warner (From the Beast to the Blonde; No Go the Bogeyman; Alone of All Her Sex; etc.); traspasado de tipologías, digresiones teóricas, referencias tanto a Hollywood como a los salones franceses del sigo XVIII, estudiaría la resonancia cultural del mito. Quizás más interesante, el segundo libro provendría de la pluma de Christopher Hitchens –el periodista anglonorteamericano que ha escrito corrosivamente sobre Clinton y Kissinger– y hablaría sobre los aparatos represivos, los negocios sucios y las guerras de egos en la música pop. Hitchens, no lo dudo, se las arreglaría incluso para penetrar en esa dimensión que casi nadie conoce de Madonna: la de la entrepreneuse a cargo de un imperio multimillonario. ¿Y acaso no es la mercadotecnia el verdadero talento de Madonna? Finalmente, un tercer libro se ocuparía de todos nosotros, los espectadores. No estoy seguro de quién podría escribirlo, pero una Germaine Greer del pop desgranaría con precisión nuestra lascivia, nuestro voyeurismo, nuestro ambiguo sentido de la ironía frente a la estrella. Madonna, an Intimate Biography no se parece a ninguno de estos libros. Y, lo que es muchísimo más grave, no se parece lo suficiente a Madonna.


Quiero llenarme de ti

SANDRO. EL IDOLO
Darío Suárez
Planeta
Buenos Aires, 2001
252 págs, $ 10

POR NATALIA FERNANDEZ MATIENZO
Tal vez a manera de demostración inconsciente de que un ídolo tan bien construido como Sandro genera pasiones incluso entre los hombres, Darío Suárez nos presenta este libro que, más allá del aburrimiento que su prosa burocrática puede suscitar, ofrece una larga travesía por la historia de un personaje al que, no se sabe si por falta de inspiración o de visión de mercado, todavía no se le ha ocurrido contarse a sí mismo. Pasando por Sandro y los de Fuego, por sus presentaciones en el Madison Square Garden, el Martín Fierro que se disputó con Bergara Leumann y Soldán, y un sinfín de otras cosas que lo traen hasta el día de hoy, Suárez nos adormece con un texto monocorde que redunda en muchos aspectos. Pudiendo decirse tantas cosas de Sandro, de su magia, de las pasiones desatadas que genera, de sus fanáticas, de cómo pasó de ser un símil Presley a un cantante bien trajeado, Suárez elige insistir en que, más allá de toda idolatría, Roberto Sánchez siempre fue el mismo buen tipo. Así, nos ofrece prolongadas consideraciones y testimonios que ofrecen pruebas concretas de que Sandro, ya famoso, nunca olvidó a sus amigos; o de que Sandro, aun siendo joven, dejaba sus quehaceres para dar una mano a su padre; o de que Sandro era y siempre fue, en fin, “un tipo muy laburador”.
Hay que destacar que el autor es miembro del Sandro International Fans Club, circunstancia que se repite como letanía a lo largo del libro. Como buen fanático, claro, se jacta de que el mismo ídolo lo alentó a continuar con la obra. Y se reproducen los diálogos en los que Suárez rinde jubilosa pleitesía al músico, y éste, poniendo, claro, en evidencia que lo de humilde y buen tipo era cierto, ofrece pequeños discursos para delicia de todos sus adictos.
En realidad, para una mejor recepción del libro bastaría pensar en que los biógrafos raramente hacen justicia a sus objetos de estudio. No importa: en todo caso, y aunque el texto no da cuenta de la atmósfera que puede vivirse en un recital, del inexplicable carisma de Sandro, sí puede ser útil para comprender por qué los ídolos de ahora no constituyen fenómenos duraderos. Es que cuando Sandro surgió no existía “Tropicalísima”, por ejemplo, como generadora de referentes populares. Es decir, no se los fabricaba en serie. Y aunque sí había una industria del ídolo (siempre la hubo, por otra parte), los que surgían conservaban cierta legitimidad, cierta cosa genuina que los diferenciaba unos de otros. Cuando Roberto Sánchez fue también Sandro había, claro, otra estética. Y esta estética, más duradera tal vez, hizo que se convirtiera en el referente de varias generaciones de mujeres, de una época en la que pasó de ser una figura algo ordinaria, algo mersa, a un personaje un poco absurdo pero, con todo, depositario permanente de las pasiones carnales y espirituales de todas ellas: aun hoy, a los cincuenta y seis años, resulta imposible dejar de mirar a ese hombre que ostenta rosas y batas como si del personaje de la novela rosa más kitsch se tratara. Una cosa es innegable: a Sandro se le perdona hasta que baje al escenario vestido de ángel inconmensurable. Aunque se contorsione y gesticule con el mismo gesto de hace tres décadas. A pesar de que intente (y logre) seducir al público con su mirada y sus ademanes de galán de otros años. Se le perdonatodo porque tiene la inteligencia de reírse de sí mismo, de su personaje que perduró a pesar de la edad, como en un folletín. Y porque mantiene con su público una suerte de complicidad que sus fanáticas festejan con tortas y sanguchitos que llevan al ídolo con tenacidad de infantes o de madres proveedoras, con la ingenuidad que mantuvieron intacta desde sus adolescencias, cuando probablemente lloraron a gritos por él o suspiraron otros amores con las canciones que aún hoy, para ellas, deben representar algo así como la reliquia de la siempre evocada juventud. Y es que Sandro, a pesar del tubo de oxígeno, a pesar de los libros que sobre él se escriban, probablemente siga con su tradición de seductor sin edad. Por suerte para muchas. Y, por qué no, para Darío Suárez.


Obla di, Obla da

Blackbird Singing
Canciones y poemas, 1965-1999
Paul McCartney
trad. NouText
Mondadori
Barcelona, 2001
320 págs. $ 15

Por Santiago Rial
Ya en 1967, año de revoluciones estéticas y experimentaciones éticas, Paul dedicaba su tiempo a proyectar musicalmente su futuro: en “When I’m Sixty-Four”, se imaginaba pelado, en su casa, con la puerta cerrada, pasando el tiempo junto a sus nietos mientras se calentaba al fuego. Es fácil ensañarse con Paul McCartney, paradigma de la burguesía más autocomplaciente y políticamente correcta. A su vez, es artísticamente correcto mantener una actitud despectiva hacia el Beatle Paul. Con su cara de Ratón Mickey Brit Pop, sus espantosos videos (los de Wings parecen especiales de Sorpresa y Media) y algunas de las canciones más melosas de la historia del pop, Paul siempre fue el “chico caramelo”, el Beatle que, en palabras de John Lennon se dedicaba a hacer música “para abuelitas”.
Ahora bien, en rigor, nada de esto descalifica esta antología. Sea por astucia o por prudencia, esta colección de poemas y canciones es su primer libro. Y, mas allá de cualquier simpatía o antipatía personal hacia McCartney, el libro se sostiene: la antología resulta más “poética” que la gran mayoría del material que se edita de este género. McCartney es, básicamente, un compositor de melodías y tonadas, un buen intérprete y uno de los bajistas mas efectivos de la historia de la música pop. Como escritor de canciones, Paul siempre se dedicó a lo anecdótico: sus temas rara vez se aventuran en los slogans políticos, especialidad de John, salvo para pedir por la paz y a la ecología. Así, su poética se basó siempre en un sentimentalismo tan naïf como coherente; la prueba es que aguantó a su “Lovely Linda” (insoportable para todos, salvo para él) hasta su muerte. Evidentemente, la frase de “Hey Jude” (“toma una canción triste y mejórala”) fue el lema de su vida hogareña con Linda. Y es esa misma actitud alegre y vital la que le da el tono al libro. Aquí hay poemas, cuentos, canciones de cuna, tonadas para pasear, reflexiones melancólicas y poemas cuya lectura puede resultar ligera y cristalina.
Ideal para ser leído en forma fragmentada, Blackbird singing contiene dos cualidades esenciales en cualquier expresión humana: ritmo y armonía. A su vez, algunos de los poemas/ canciones de este libro cuentan con un plus: como un eco lejano y cercano, se escucha la ayudita de sus amigos John, George, Ringo, Linda y los Wings, voces que ayudan a valorar el valor de sus palabras. Y aunque lo mejor de la antología sea reencontrarse con estas canciones históricas, algunos de los poemas realizados en los últimos tiempos tienen la misma gracia tontuela y simpática de sus canciones más famosas.
Aunque la estética de Paul sea digna de una propaganda de Coca Cola o de una campaña de Unicef, el efecto de “El largo y sinuoso camino”, “Eleanor Rigby”, “Ella se va de casa” o “Érase una vez, hace mucho tiempo” (sólo por nombrar algunos títulos) es innegable y duradero: captan sentimientos profundos y universales. En sus momentos más inspirados, el tema del autor de “El loco de la colina” es la inocencia. En el resto, la ingenuidad se mezcla a menudo con la estupidez. Pero para el que quiera o pueda aceptar tanta dulzura e ingenuidad sin empalagarse ni fastidiarse (una simple cuestión de predisposición), esta antología de sus mejores juegos de palabras es irresistible, justamente, por su carácter lúdico. De hecho,poemas como “All together now”, “Yellow Submarine” y “Obla di, Obla da” son casi juegos en sí mismos.
Familiero, feliz, millonario, superfamoso y ex beatle, McCartney ha sabido ingeniárselas para pasarse la vida rodeado de alegría infantil, paisajes bucólicos donde poder cantar a gusto sus poemas y sus canciones. Este libro es eso: un libro de poesía infantil, escrito por un viejo. Ni más ni menos.

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