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RESEÑAS

¡Qué enfermo!

Nietzsche
Gilles Deleuze
trad. de I. Herrera y A. del Río
Arena Libros
Madrid, 2001
122 págs.

Por Rubén H. Ríos
Nietzsche y la filosofía (1962) de Gilles Deleuze marca a fuego el pensamiento contemporáneo y, en gran medida, toda comprensión del lugar decisivo y excepcional que ocupan las tesis nietzscheanas en la historia de la filosofía. Publicado durante una atmósfera cultural dominada por Sartre –Crítica de la razón dialéctica sale en 1961– y Lévi-Strauss –El pensamiento salvaje es de 1962–, el libro de Deleuze tardará en abrirse camino. Lo hará sobre firme, hasta convertirse prácticamente en un texto canónico. El Nietzsche (1965) –ahora reeditado en castellano– lo complementa como un manual o una guía de lectura, pero también como un espejo del amor deleuziano por los esplendores y las sombras nietzscheanas, lo que se nota ya en la breve biografía que abre la obra, en la cual la cuestión de la enfermedad de Nietzsche (que lo persigue desde la infancia) y la relación de ésta con su filosofía, se impone.
Del niño prodigio que diserta y compone música (lo hará aun en la locura) al brillante joven filólogo que enseña en Basilea a partir de 1869, y de la primera crisis de salud en 1875 a la última de Turín el 3 de enero de 1889 –período de solitarios viajes por Suiza, Italia, Francia–, transcurren dos momentos muy distintos que sólo la obra une. Mostrar esto le interesa mucho a Deleuze, puesto que los primeros síntomas fuertes de la enfermedad de Nietzsche (dolores de cabeza y de estómago, problemas oculares, dificultad con el habla) –que recrudecen en 1881 y llegan a la semiparálisis– aparecen luego de El nacimiento de la tragedia (1872) y de la ruptura de la amistad con Wagner. Dicho de otro modo: la enfermedad de Nietzsche empieza con el hallazgo de su voz propia.
Enfermedad y salud son para Deleuze las claves biográficas y filosóficas del pensamiento nietzscheano que explican el derrumbe final en la locura y la parálisis. Nietzsche se hundiría por fin, luego de un desplazamiento incesante de la enfermedad a la salud a través de sus escritos, cuando pierde –poco después de la euforia creativa de 1888– esa movilidad que ponía la enfermedad al servicio de la salud. La locura (demencia o psicosis) surge de la misma obra, la paraliza y ya no permite que Nietzsche, paralizado también él, pueda reconvertirla en obra, en “gran salud” sino sólo en cartas delirantes. Como Jaspers (que era médico), Deleuze desestima la sífilis que diagnostican sin pruebas los médicos de Jena.
En el apartado dedicado a la filosofía de Nietzsche (presentado como introducción o comentario a un diccionario de personajes del Zarathustra y una selección de textos nietzscheanos realizada por Deleuze), esa articulación entre enfermedad y salud conduce a otra: la unidad del pensamiento y de la vida. Esto sería lo que se ha olvidado de la filosofía, y que los presocráticos poseían. Modos de vivir que provocan modos de pensar, modos de pensamiento que crean maneras de vivir. Nietzsche justamente se enfrentaría a ese olvido y al pensamiento –la historia entera de la metafísica, el cristianismo– que se alza contra la vida, que enferma y enloquece la vida (los cuerpos) en nombre de valores superiores a ella. De ahí el filósofo como médico de la cultura, el martillo de la crítica de los valores, el filósofo-artista que crea valores. Enfermedad y salud son las claves también para dar cuenta de la significación del nihilismo, en tanto éste es la enfermedad misma producida por las fuerzas que niegan la vida y su rebasamiento (mediante la transmutación de los valores), el umbral de la salud. Las fuerzas nihilistas han triunfado en la historia porque los esclavos han impuesto su evaluación de la vida. Deleuze distingue, dentro de la psicología nietzscheana, varias etapas del nihilismo: el resentimiento, la mala conciencia, el ideal ascético, la muerte de Dios, el último hombre y el hombre que quiere perecer. Según esto, el nihilismo se destruye a sí mismo al alcanzar la última etapa donde los valores nihilistas (divinos y humanos) ya no valen, donde la voluntad del hombre naufraga en la nada. Hasta allí la voluntad de negar la vida ha logrado un devenir-esclavo de todos los hombres, un devenir enfermizo de las fuerzas afirmativas de la vida. En adelante ya no reinarían los esclavos, sino el superhombre.
El pensamiento nietzscheano se muestra entonces como un grado máximo de esa tensión entre enfermedad y salud –entre enfermedad como evaluación de la salud y los momentos de salud como evaluación de la enfermedad– en la que se dirime, de fondo, la gran batalla de la cultura. Por eso las interpretaciones de Nietzsche basadas en los viejos valores, las cuales deducen que “voluntad de poder” equivale a deseo de dominar o apetito de poder (o que los poderosos no son esclavos) deben ser rechazadas. La energía de este rechazo a favor del porvenir inspira, una vez más, en este legendario libro, el ardor de Deleuze.


Felipe, ¿sos vos?

Instinto de Inez
Carlos Fuentes
Alfaguara
Madrid, 2001
152 págs. $ 16

Por Martín Schifino
La música, como tema literario, ha convocado muchísimos tonos de voces, desde la exquisitez de Vikram Seth en An Equal Music hasta el ilimitado intelectualismo de Thomas Mann en Doktor Faustus, pasando por la pasión carnavalesca de Alejo Carpentier en Concierto barroco o por la incisividad satírica de Diderot en Le neveu de Rameau.
Carlos Fuentes –latifundista eminente, desde la muerte de Octavio Paz, del campo intelectual mexicano– acaba de sumarse a esta nómina, pero resulta difícil saber qué nota está tratando de dar.
Instinto de Inez cuenta dos historias, una sobre la prolongada relación amorosa entre la cantante lírica mexicana Inez Prada y el director de orquesta francés Gabriel Atlan-Ferrara; la otra sobre la unión primitiva de dos protohumanos hace varios milenios (Fuentes, a lo largo de la novela, permanece resueltamente vago). Las líneas argumentales se entrelazan de manera contrapuntual y, tratándose de quien se trata, fosforecen con una pátina de simbolismo: estamos una vez más, como sucedía en Los cinco soles de México, frente a la refundición fuentesina del eterno retorno. La trama, sin embargo, es exigua. Y uno podría pensar que hasta la historia amorosa es un pretexto.
El texto propiamente dicho se encarga de los Grandes Temas: la Memoria, el Tiempo, la Pasión y, como diría Cortázar, el Harte. Pocos escritores le harían frente a tantos en ciento cincuenta páginas (o en mil quinientas), pero Fuentes no se amedrenta. Incluso sus personajes se ponen todo el tiempo metafísicos y prorrumpen en diálogos como el siguiente:
–¿No sabes qué cosa temes?
–No.
–¿No temes que lo que temes ya sucedió y que lo que sucedió, Gabriel, es lo que no sucedió?
–No. Te juro que aún no ocurre.
–¿Qué cosa?
Lo mismo se pregunta uno mientras lee. No es que este tipo de augusta elusividad –por no decir oscurantismo– sea el modo principal de anunciarnos los temas elevados; lo que singulariza esta novela es la garra que pone Fuentes por infligirnos docenas de alusiones eruditas que, pese a su pedigree, resultan al fin triviales. Así, la narración empieza en clave proustiana cuando el director, incitado por un sello que es una variación de la madeleine, se pone a rememorar su amor por Inez. Unas páginas más adelante, Fuentes invoca a Pascal al perorar sobre la pasión. Goethe, Dostoiesvky, Vermeer, Picasso, incluso Einstein aparecen bajo la forma de frase célebre comentando el asunto. Pero quizás el ejemplo más craso se manifieste en la primera página, cuando el narrador caracteriza a la música con una máxima de Napoleón: “el menos molesto de los ruidos”. ¿Es todo esto ingenioso? Tampoco resulta particularmente relevante.
Que la erudición rococó de Fuentes no logra crear situaciones vívidas ni iluminar a sus personajes es un hecho notorio al menos desde Los años con Laura Díaz. En esta nueva novela se ha convertido, además, en un problema técnico: la voz estentórea del autor, con sus incontables manierismos, irrumpe intempestivamente en el mundo imaginario, creando un molesto velo de interferencia. Es notable, en este sentido, que si bien Instinto de Inez transcurre en París, Londres, México y Salzburgo, ninguna de las ciudades sea sometida a una observación atenta. Los escenarios recuerdancartón pintado; los personajes secundarios, meros figurantes. Mientras tanto, Fuentes no sólo salpimenta los diálogos con una tilinguería francamente banal (“Rien à faire! –suspiró”), sino que hasta se equivoca en los términos (en Inglaterra nadie jugaría soccer sino football). Crucialmente, en una novela donde el novelista es tan ubicuo, se echa en falta el dominio autoral que había logrado el mejor Fue
ntes.


Todo es subjetivo

EL ESPINOSO SUJETO
Slavoj Zizek
trad. Jorge Piatigorsky
Paidós
Buenos Aires, 2001
432 págs. $29

por Jorge Pinedo
Cuando a comienzos del siglo XVI Nicolás Copérnico abolió el cielo como sede de lo divino, abrió el firmamento para la lógica de las esferas en un movimiento semejante al de su contemporáneo, el Espíritu cartesiano, desplazando el alma medieval. En las lides de la reflexión en torno de la condición humana, luego, la Razón iluminista procuró dar de baja aquel espíritu hasta que una fugaz realidad por fuera de la conciencia, el inconsciente freudiano, pasó a ocupar el farragoso sitial. Giros, revoluciones, cortes que el saber cotidiano naturaliza al modo como se imparte la (asignatura) Historia en la escuela: de la nada aparecieron los asirios que al esfumarse dieron lugar a los caldeos, quienes a su vez se vaporizaron para que advinieran los fenicios a los cuales se los tragó la tierra hasta que emergieron los egipcios. Entonces sí cunde la tranquilidad cronológica (ahí están las pirámides para corroborarlo) y el mundo recupera su contabilidad.
Sin embargo, ni en el devenir del pensamiento ni en la historia que le da cabida las cosas resultaron tan sencillas. Un saber acumulativo sigue pugnando con las certezas repetitivas y, a las herramientas legadas por Descartes, Kant, Hegel, Marx, Nietzsche, Freud y Lacan se suman no sólo las ciencias contemporáneas sino también el arte, los mass media y ese homúnculo hecho espinosa categoría: el sujeto.
Flexible articulación que comprende pensadores provenientes de la filosofía, la antropología, la semiología, la sociología y el psicoanálisis, desborda en la actualidad lo específico de cada una de aquellas disciplinas engendrando una renovada subespecie, la de (¿cómo llamarlos?) los polísofos. Adalid y baluarte del género, el esloveno Slavoj Zizek (1949) incursiona en los debates filosóficos, políticos, culturales y artísticos con la ausencia de pudor que otorga un riguroso conocimiento del mundo de las ideas. Lejano, sin embargo, a todo idealismo, Slavoj Zizek “traduce” en última instancia los devenires del pensamiento y la política (económica, social, cultural) a la sistemática propuesta por Jacques Lacan en una ardua extensión del psicoanálisis más allá del diván y la asociación libre. Libro apto para legos más nunca para neófitos, El espinoso sujeto toma acontecimientos (de hechos históricos a corrientes del pensamiento), los tamiza por el “estado de arte” en que se encuentren y los contrasta mediante una ejemplificación basada en las vicisitudes del amor, el cine y/o el estalinismo. Derivación que desahoga la aridez filosófica al tiempo que relanza debates con los más eminentes intelectuales del momento como el argentino radicado en Essex Ernesto Laclau, el postalthusseriano Étienne Balibar, el “último gran autor de la tradición francesa del dogmatismo católico”, Alain Badiou, la descontructivista feminista Judith Butler, entre tantos otros, sin desatender los clásicos.
En un buceo profundo, que nunca deja de ser riesgoso por las luces encandilantes y viscosas sombras de la subjetividad actual, Zizek conserva el rumbo en pos de un retorno a la primacía de la economía, “no en detrimento de las cuestiones planteadas por las formas posmodernas de la politización, sino precisamente para crear condiciones que permitan una satisfacción más efectiva de las demandas” feministas, ecologistas, de minorías sociales, de las sexuales a las étnicas. Constructor de un sujeto libre, entre Hegel y Freud, resultado “de un proceso en el cual intervienen cortes traumáticos, represiones y luchas de poder”, integrado “en la red simbólica de reconocimiento mutuo”, Zizek desata en el lector la ansiedad de quien observa al equilibrista que hace sus piruetas sin red. Sobre el filoso borde de un discurso siempre a un tris de caerse hacia el reduccionismo psicologista o hacia la metafísica diletante, el esloveno se las arregla para hacer lo de Diógenes el cínico cuando los filósofos de su época discutían la tesis eleática de que el movimiento no existe: se limita a ponerse de pie y dar unos pasos. Al mismo tiempo, en cierto modo, reactualiza el célebre corte formulado por Pascal a mediados del siglo XVII cuando distinguió entre ese dios de los filósofos (el logos subsumido en la estructura racional del universo) y el dios de los teólogos (aquel otro, el inescrutable del amor y del odio, de la oscura predestinación caprichosa). Dotado de un feroz aparato crítico, El espinoso sujeto postula o rechaza, por admiración o repudio, las tesis y las ideas con el propósito de introducirlas en el intento de sacar a la luz los reversos olvidados, los núcleos excedentes de un Occidente que se expande sin tener en cuenta, precisamente, a los sujetos.

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