RESEÑAS
El
Afganistán que no miramos
Tierra
y Cenizas
Atiq Rahimi
trad. Masoud Sabouri
Lengua de trapo
Madrid, 2001
94 págs, $ 11
por Nicolás
Romano
El atentado contra las Torres Gemelas de Nueva York no sólo
desató una fiebre macartista en relación con toda presunción
de todo fundamentalismo islámico. También volvió
a poner en el mapa a Afganistán. La CNN dibujó un país
en ruinas, cuna de los demonios de Occidente. El descubrimiento de los
siete millones y medio de indigentes en ese país no debería
sorprender a nadie. Afganistán es paisaje de tierra y cenizas,
polvo y destrucción anteriores a los talibanes, Osama bin Laden
y la operación libertad duradera. Salvo por el breve
período de paz, comprendido entre 1954 y 1973, Afganistán
estuvo en guerra durante los dos últimos siglos.
Tierra y cenizas, la primera novela de Atiq Rahimi recientemente
editada en castellano se centra en la devastación sembrada
por la guerra afgano-soviética. Como cualquier conflicto bélico,
los resultados terribles saltan a la vista: al día de hoy, quedan
pocos intelectuales afganos. En una entrevista, Atiq Rahimi lo aseveraba:
Los soviéticos mataron casi 10.000 intelectuales
y sólo sobrevivieron los que escapamos a tiempo.
Si la guerra trajo el hambre como una de sus peores consecuencias, la
huida representó, entonces, la opción primera para muchos,
intelectuales o no. Nacido hace 38 años en Kabul, dos motivos
empujaron a Rahimi a abandonar la ciudad en 1984 y solicitar asilo político
en París. Una de las causas de su exilio fue su negativa a formar
parte del ejército prosoviético. La otra razón
fue cultural: Yo escribía en los diarios desde los 12 años.
Sobre todo crítica de cine. Y ya estaba harto de que censuraran
todos mis escritos. En su París adoptivo, con compañías
de actores franceses, Rahimi estrenó tres obras de teatro, escritas
y dirigidas por él, en las que denunciaba la situación
de las mujeres en su país.
En Tierra y cenizas, un anciano va a visitar a su hijo a una mina para
comunicarle que toda la familia ha muerto. Los únicos sobrevivientes:
el anciano Dastguir y su nieto, Yasín, un niño que sufre
una sordera particular. No es el pequeño quien ha perdido su
audición: es el mundo que ha enmudecido. Despojada prosa del
diario de la devastación, la voz de Rahimi vivisecciona el polvo
de Kabul. Ese mismo polvo donde se inscriben los fantasmas de Dastguir,
el pasado y sus recuerdos inviolables. Una educación monolítica.
La voz del narrador insiste sobre Dastguir, lo empuja: Te gustaría
empezar a vivir de nuevo, aunque sólo fuera por un día,
una hora, un minuto, un segundo incluso. Sin embargo, es tarea
imposible para el anciano. Su voz se rompe y cobra los matices de Yasín.
Entre sollozos, se puebla de interrogantes, asombro y más dolor.
Le resta darle forma a ese dolor, una hoja de puñal que mana
de los ojos. Dastguir construye en su interior una bomba de tristeza.
A lo largo de las páginas, toma forma y explota. La novela no
deja respirar al lector, lo atosiga con su ritmo lento y obsesivo. El
narrador, en primera persona, juega a ser la voz de la conciencia de
Dastguir.
No es que tu vista se haya nublado, sino que el aire se ha oscurecido,
escribe, hacia el final, Rahimi. En la Kabul de Tierra y cenizas, la
muerte no diferencia sus víctimas en madres, esposas e hijos.
A pesar deestar instalado y alzar su voz desde Francia, Rahimi escribe
(y describe) como un afgano que añora Oriente, pero evita la
nostalgia fácil. Transforma Kabul, inspecciona debajo del polvo
y la desnuda. Ahí abajo, por supuesto, aparece una innumerable
seguidilla de guerras y abuelos como Dastguir, pertenecientes a una
casta de hombres que aprendieron a llorar y buscan en la religión,
infructuosamente, una satisfacción vacua. Dios mira desde lejos
(si es que mira).
En la imagen que ilustra la tapa del libro, hay un chico sentado sobre
la carcaza oxidada de una bomba. Un pequeño como Yasín,
que se pregunta si tiene voz y no se explica por qué está
vivo. El mundo ha enmudecido. Enmudece en cada pregunta de Yasín.
Principio del diario de una devastación que hoy puede seguirse
en las portadas de los diarios.
Civilización
o barbarie
LA
PAMPA. COSTUMBRES
ARGENTINAS
Alfredo Ebelot
Nueva Dimensión Argentina
Buenos Aires, 2001
254 págs. $ 15
POR
ALBERTO LAISECA
Este es un libro, escrito por un francés en el siglo
XIX, que da cuenta con mucha gracia de las costumbres del pasado argentino.
Algunas de las cosas que aquí se narran pueden parecer costumbres
bárbaras, por no decir locas y delirantes. Hasta que uno se mete
adentro y ahí comprende. El velatorio del angelito,
por ejemplo. Cuenta Ebelot que en una ocasión pidió hospitalidad
en un rancho donde se velaba a un niño de cuatro años.
Al muertito lo tenían bien vestido y sentado sobre una sillita.
A su alrededor se bailaba y jaraneaba. Corría el vino y la ginebra
como si fuesen baratos como agua de charco. Comían a dos carrillos.
Todo iluminado a giorno por humeantes e insalubres candiles de sebo
(hechos por el mismo dueño, padre del chico). Los concurrentes
no se privaban de nada, ni siquiera de la seducción y el amor.
El velorio, a veces, dependiendo de la temperatura, duraba varios días
(para dicha del pulpero). ¡Por qué no tendremos un
angelito todas las semanas!, habrá pensado ese bárbaro
y descreído. Sin embargo, esta fiesta, que a nosotros puede parecernos
muy salvaje, tenía su razón de ser. Se trataba de matar
a la muerte mediante la alegría. Un poco como lo que hacen aun
hoy los mexicanos cuando en la Víspera de Todos los Santos comen
calaveras de azúcar.
Una cosa maravillosa, y que en el libro se describe muy bien, era la
galera o diligencia, único medio que tenían los viajeros
para trasladarse, a veces cientos de kilómetros. Usted podía
ser una persona muy valiente al subir a una diligencia, porque el coraje
personal no se pone en duda. Pero es indudable que de ese carromato
iba a bajar completamente acobardado. Apretados como sardinas en su
lata (hasta mujeres iban). Los guadales, con el polvo fino entrando
en los pulmones, los calorones (o el frío espantoso) y, cuando
no, una lluvia como catarata. Aquí los viajeros tenían
un plus, cuando las ruedas arrojaban barro dentro del coche. Esto cuando
no se quedaba y había que empujar.
Capítulo aparte es el de las pulperías, que Ebelot, socarronamente,
compara con los clubs de los caballeros británicos. El pulpero
atendía detrás de una reja. Precaución indispensable
para evitar que lo degollasen por puro deporte. Nada personal, lo que
pasa es que si uno no degüella a alguien cada tanto es como que
le falta algo y se muere de tedio. Parece que los gauchos, a esta saludable
costumbre, la habían plagiado de nuestros hermanos los indios.
Para los salvajes no había dicha más grande que cazar
a un rubio y a un negro retinto. Se los acoyaraba como si fuesen nutrias,
procediendo luego a llamar a todos los pibes de la tribu (hasta los
nenes venían) equipados con cuchillitos. Aquello era una fiesta.
Las indias se descomponían de risa viendo cómo los carneaban.
Observamos también aquí el reñidero de gallos,
el gaucho alzado (se cuenta la historia del Gato Moro, que no es demasiado
distinta de la de Juan Moreira o tantos otros, sólo que el Gato
estaba encariñado con los Jueces de Paz: dejó a cinco
paque tomasen viento con la fresca), los rastreadores y sus magias,
los carnavales de Buenos Aires donde el presidente Sarmiento participaba
a los baldazos y a las risotadas.
Una última palabra sobre las sufridas mujeres de los soldados.
Una vez, a un oficial se le venía encima la indiada y le faltó
tropa. Hizo que las chinas se vistiesen de milicos y defendieran la
caballada. A tirossostuvieron la situación y naides
tuvo nada que decir de ellas. Chicas eran las de antes, ahijuna.
Educar
al soberano
Sociología
de la educación
Emilio Tenti Fanfani
Editorial Universidad de Quilmes
Buenos Aires, 2001
164 págs. $ 8
por Federico
Simonetti
Antes de comenzar la lectura de Sociología de la educación
es necesario tener en cuenta que un análisis desde la óptica
que brinda esta disciplina implica un modo de ver las cosas de
la educación concebidas como fenómenos sociales.
Esto significa reconocer que lo que se enseña en las escuelas
no tiene una razón de ser propia, es decir, no es independiente
de lo que sucede en otras dimensiones relevantes de la vida social.
Emilio Tenti Fanfani, basándose en la teoría del tipo
de dominación burocrática de Weber y los análisis
que en Vigilar y castigar desarrolla Foucault sobre la disciplina, caracteriza
a la educación como un proceso arbitrario socialmente definido
por los sectores dominantes, manteniéndose en constante crecimiento
por su aparato burocrático. De esta manera pone en evidencia
su disenso con la pedagogía moderna, a la que caracteriza como
el conjunto de todas las técnicas de enseñanza que
tienen el fin declarado de negar el hecho impositivo de toda acción
pedagógica.
Resulta también de vital importancia recordar que a lo largo
de la década de los 90, e inmersa en un contexto económico
y político al que definir como neoliberal resultaría
simplemente un eufemismo, la educación estuvo reiteradas veces
en la agenda gubernamental con el objeto de ser sometida a recortes
y reformas acordes a la reestructuración por la que atravesaba
el Estado argentino. Manifestaciones multitudinarias, opiniones enfrentadas
y bruscas sesiones parlamentarias, conformaron el preludio de un debate
que se desarrolló más cuantitativa que cualitativamente
en los medios de comunicación. Hoy, inmersos en las consecuencias
de todo ese proceso que comienza con la transferencia de escuelas estatales
a provincias y municipios, pasando por la Ley Federal de Educación,
y concluyendo con la Ley de Educación Superior, es hora de volver
a un debate radical sobre lo que Tenti Fanfani, investigador del Conicet
y autor de varias publicaciones al respecto, define como una dimensión
fundamental de las sociedades contemporáneas.
Dividido en seis capítulos entre los que se tratan la responsabilidad
estatal en la educación, la organización escolar, la confección
del currículum, el oficio de maestro, la autoridad pedagógica,
la interacción docente-alumno y el contexto social de la enseñanza,
Sociología de la educación abarca tanto la estructura
y el sistema educativo en su conjunto, como los fenómenos
que se producen en la cotidianidad del aula. Desde la óptica
institucional, Tenti Fanfani desarrolla una verdadera génesis
de los sistemas educativos contemporáneos. La escuela tiene
la edad que tienen los Estados-Nación del capitalismo,
señala el autor mientras analiza la confluencia entre la consolidación
del poder de los Estados y la sistematización de las instituciones
educativas, distinguiendo a la formalización, la universalidad
y la temporalidad como las tres grandes características de la
instrucción moderna. Además la obra contiene una precisa
descripción de la coyuntura por la que está atravesando
hoy nuestro país en la materia y un panorama de las posiciones
y relaciones de fuerza del campo de la política educativa nacional.
Pese al aparente matiz técnico, Sociología de la educación
no deja de ser un trabajo profundamente doctrinario, dirigido hacia
el gran desafío democrático que los sistemas educativos
de la región deberán enfrentar enlos próximos años:
la igualación de la calidad para todos los ciudadanos independientemente
de los sectores sociales de los que provengan.
Si coincidimos en que, como señala el autor, la profundización
de las tendencias descentralizadoras y privatizadoras en la educación
podrían sacrificar la meta de la equidad deseable en aras de
una eficiencia improbable, salta a la luz la fundamental relevancia
que adquiere una propuesta que tenga por objetivo la reconstrucción
de una estructura de oportunidades educativas y sociales para los argentinos.
Sociología de la educación marca algunas bases sobre las
que debería establecerse este verdadero pensamiento estratégico
de política educativa.
El
revés de la trama
La
fortaleza vacía. Autismo
infantil y el nacimiento del yo
Bruno Bettelheim
Trad. Angel Abad
Paidós
Barcelona, 2001
638 págs, $ 35
por Jorge
Pinedo
Delicado subproducto de algunas de las bellas artes, la descripción
supo alcanzar con la ciencia moderna la positividad de su cima. Esto
si se excluye, claro, la narrativa de ficción. De La lección
de anatomía de Rembrandt a la CNN con disculpas por la
comparación, la bisagra entre la sistematización
del fenómeno y su transmisión se mantiene lubricada por
la perspectiva del observador, imbuida en la atmósfera de su
época.
Luego de las observaciones de Bronislaw Malinovski sobre la vida sexual
de los Trobriandeses de la Melanesia, la antropología nunca volvió
a ser la misma. El imaginario del cuerpo humano supo adquirir complejidades
inusitadas tras la réplica en lenguaje concentrada por Testut
y Latarger. Hasta la chata pampa argentina adquirió profundidades
insondables una vez que Charles Darwin atinó a apreciarla al
modo de yacimiento tanto de estratos geológicos como de sucesivas
intemperies culturales. No obstante, ningún pensador actual se
atrevería a calcar las conclusiones que los respectivos descripcionistas
obtuvieron de su praxis y, sin embargo, tampoco nadie sería tan
necio como para dejar de abrevar en tales, irremplazables fuentes. Al
mismo tiempo, quien homologue descripción con explicación
se ha de topar con distintos, graves problemas.
Algo de esto sucede con el clásico de Bruno Bettelheim, La fortaleza
vacía. Autismo infantil y el nacimiento del Yo. Libro más
comentado que leído, surge en forma obligada en los claustros
a modo de glosa, cita, fotocopia parcial o recorte, probablemente porque
hace más de tres décadas que la única edición
en castellano estaba ausente de las librerías.
Carencia que aporta al mito (creacionista o apocalíptico) alimentado
por las densas páginas de esta monumental obra. La reedición
de Paidós produce, por lo tanto, un fenómeno similar al
que desata la reentré del Nietzsche y la filosofía de
Gilles Deleuze (ver Radarlibros nº 201).
La fortaleza vacía, que reunió en 1967 las experiencias
de Bettelheim con niños autistas durante casi un cuarto de siglo,
se distancia y a la vez comulga con sus otras obras más legendarias:
el psicoanálisis de los cuentos de hadas y su testimonio
acerca de los campos de exterminio nazis. Mientras sostiene una realidad
fugaz por fuera de la conciencia, el autor abreva en el más empírico
conductismo, de la mano de Rappaport, Spitz, Erikson y Piaget. Sus conclusiones,
por lo tanto, han sido superadas con holgura en lo específico
de la materia por las conceptualizaciones de su contemporáneo
Donald Winnicott, los breves pero contundentes aportes de la francesa
François Dolto o los más recientes avances del argentino
Alfredo Jeruzalinski. Lo que resulta difícil de superar es entonces
la meticulosidad de una descripción que arrastra años
de observación para un grupo amplio (en número, edad,
extracción social y grado de la enfermedad) de niños autistas.
Los especialistas podrán criticar los criterios, la artificialidad
de la muestra tomada en aislamiento de los padres, etc.,
pero recurrirán a este texto cada vez que se torne indispensable
repasar las vías de acción destinadas a enfrentar una
de las modalidades más tristemente conmovedoras de la locura.