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RESEÑAS

Comunidades imaginadas

LA FELICIDAD, EL EROTISMO Y LA LITERATURA.
ENSAYOS 1944-1961
Georges Bataille
Selec. trad. y prólogo
Silvio Mattoni
Adriana Hidalgo
Buenos Aires, 2001
412 págs., $ 29

POR RAÚL ANTELO

Tras visitar el altiplano de Bolivia en 1931, el director del Instituto de Etnografía de la Universidad de Tucumán, Alfred Métraux, anota que recién en Chipaya logró tener más clara su visión de la íntima cohesión económica de la humanidad, esa irreversible inscripción en una esfera mundial unitaria. La crisis de superproducción que flagelaba entonces a todo el planeta, escribe Métraux en Sur, ha afectado también, hondamente, la vida de estos indios, aunque vivan sin embargo aislados del mundo entero y como perdidos en su desierto inaccesible.
Es verdad que las bajas cotizaciones del estaño en la Bolsa de Nueva York habían provocado el cierre de las minas, el éxodo de los trabajadores del salitre e incluso la escasa venta de productos artesanales. Hasta el alcohol y la coca empezaron a escasear. No obstante, se mantuvieron entre los Uro-Chipayas las fiestas rituales que luego, en un escrito de 1935, el mismo autor asocia a las estrategias económicas del potlach o don. En el trueque y la obligación que crea vínculo, Métraux reconoce, junto a Bataille, un poder de singularización, un modo de participación y, como luego dirá Derrida, un pensamiento del ser que es un pensamiento acerca del tiempo.
Métraux era un amigo inseparable de Georges Bataille. Su mujer, Fernande Schulmann, los describe como perturbadoramente idénticos: el mismo pelo, el mismo corte de cara, un semblante plácido, una pasión compartida: la violencia, el ritual, la producción de excedente, ideas que, antes del viaje a Tucumán, Métraux expone en París ante una audiencia en que se cuenta su inseparable amigo.
Bataille era entonces poco más que un adolescente. Había nacido tres años antes que el siglo en Billom. Educado en Reims, se instala en París al terminar la guerra. Trabaja en la Biblioteca Nacional (allí se volverá el depositario de los preciados manuscritos de Benjamin, poco antes de que el escritor alemán se precipitara en el abismo de Port Bou) y, al poco tiempo de trabajar como bibliotecario, descubre a Nietzsche, Freud y Léon Chestov. A mediados de los 20, Métraux lo lleva a los cursos de Marcel Mauss, mientras Bataille lee a Lautréamont, Hegel y los surrealistas, de los que más tarde se volverá disidente.
Está casi listo, en suma, el referencial teórico que leeremos en su gran libro La parte maldita. La noción de derroche (1933), que si bien incluye las ideas nietzscheanas de Métraux, bien podríamos decir que desarrolla también una imagen que Baudelaire deja caer, como al pasar, en su traducción de El cuervo de Poe: la poesía es un objeto de lujo.
Años más tarde, en su reseña al Lautréamont y Sade de Blanchot (que se lee en esta compilación de Silvio Mattoni), Bataille lo deja todo claro: la felicidad, y entre las formas de manifestarla, la literatura, siempre se confunde con las fuentes que la hacen posible. Deseamos, en su nombre e indiferentemente, tanto la adquisición como el gasto. Aunque el sibarita, bebedor y derrochón, no sea más inteligente que el político, es consciente, sin embargo, de la energía que se desprende del consumo de sus fuentes. He allí su función: descubrir el valor de uso de lo imposible.
El pensamiento, en cambio, no asume que, al restringir el goce al plano de la adquisición, sustituye la energía por una vida que la excluye. Esa felicidad sin embriaguez, jamás turbada por la angustia, se convierte así en su inversión especular, la negación de la felicidad, ya que el colmo de la embriaguez es el principio mismo de la desgracia. En esa dialéctica milenaria, tan próxima de las prácticas de Chipaya, encuentra Bataille el secreto de la poesía.
En efecto, el concepto de poesía de Bataille es equidistante de la literatura (Sartre) y de la escritura (Barthes), de allí que, a su juicio, la poesía se oponga siempre a la utilidad, es decir, al valor que se acumula.
En ocasiones, admite Bataille durante la guerra, el escritor, cansado de su soledad y su desierto, se rebaja a mezclar su voz con la de la masa. Pero ese veneno interior que él mismo libera se contagia al resto de la sociedad como miedo a ser libre y deseo de servidumbre. Contra los imperativos de una literatura comprometida, Bataille propone en cambio sacar a la luz esa parte intangible e infranqueable que hay en la soledad individual de modo tal que, más que luchar por la libertad, debe el escritor usarla, gastarla, encarnarla en lo que dice, hasta el punto de desearla, altiva e ilimitada, como la misma muerte. En el ensayo que abre La felicidad, el erotismo y la literatura, Bataille se pregunta si la literatura es útil y ensaya una respuesta afirmando que “un escritor de verdad muestra –a través de la autenticidad de sus escritos– el rechazo al servilismo (y en primer lugar el odio a la propaganda). Precisamente por ello no se deja arrastrar por la muchedumbre y sabe morir en soledad”. La idea de que el único deber del artista es oponer un no irreductible a toda forma disciplinaria, mal que le pese a Bataille, es una coincidencia parcial con su abominado Breton, el idealista “icariano” reivindicado, como él mismo, por Foucault. Pero es asimismo una sintonía, no menos esporádica, con su crítico más severo, Sartre, que lo llamó místico revolucionario, aun cuando ambos cultivasen la noción común de una humanidad lacerada pero sufriente, desamparada pero deseosa, abandonada de dios pero creyente, aunque más no sea, en el Mal, como vértigo de la nada. Es difícil, si no imposible, definir a Bataille en un sistema de identidades y oposiciones. Bataille, parasurrealista. Bataille, antisartreano. Bataille, el fantasma de Lacan. Es verdad que no se oye su nombre en los Seminarios, pero es innegable que la obstinación bataillana por nombrar lo innombrable y para decir lo imposible es una mera variante del axioma lacaniano de que lo real es lo imposible.
El lugar de Bataille es esquivo. Quizás eso explique la sistemática evocación de su nombre como el ejemplo más acabado del pasaje de la obra maestra al texto diseminado, esa muerte del autor humanista reivindicada por Barthes a partir, justamente, de las prácticas de Bataille.
Hay así un punto en que la teoría poética de Bataille reencuentra, entonces, finalmente, la teoría del don activada por Métraux en el altiplano. Ambas son, en definitiva, una creación a partir de la pura pérdida. El don, así como el derroche y como la literatura misma, entendida como lujo, denuncian que la vida no puede permanecer clausurada en los estrechos límites que la contienen. Por tanto la transgresión de los límites consiste en un ingente trabajo de abandono individual y de emergencia del bando colectivo, a través del cual la humanidad cesa de estar aislada en el esplendor inmaterial de las cosas materiales.
En una antología publicada por Cátedra en 1993, Jordi Llovet había seleccionado algunos de estos ensayos, publicados originalmente en revistas francesas, la mayoría, en Critique, fundada (como Minotaure, como Acéphale) por el mismo Bataille. Tradujo la nueva y más amplia selección, centrada fundamentalmente en los volúmenes XI y XII de las Obras Completas de Gallimard, el poeta cordobés Silvio Mattoni, quien alguna vez dijo que la búsqueda de la poesía no es encontrar un objeto propio sino alcanzar las condiciones de su inaccesibilidad. Bataille lo confirma en esta bellatraducción, hecha posible por el programa Victoria Ocampo de asistencia a publicaciones francesas, herramienta valiosísima para la comunidad inconfesable e inoperante, la comunidad de los que no tienen comunidad.


El cuidado de sí

El Banquete de Platón:
el eros, el vino,
los discursos
Enrique E. Marí
Biblos
Buenos Aires, 2001
322 págs. $ 13

POR MAXIMILIANO GURIAN
Escrito cuatro siglos antes de que el pecado se hiciera Verbo, cuerpo y prescripción original, El Banquete, texto canónico del pensamiento de Occidente, invita al lector a deleitarse con la fina retórica de los disertantes convidados -.un poeta, un comediógrafo, un médico, el filósofo y dos mancebos de galante apostura– y a confrontar sus respectivos elogios al Amor. Actualizar la lectura de la erótica de Platón es el objeto de deseo del último libro de Enrique Marí, reciente y prematuramente fallecido.
En su sección inaugural, este estudio tripartito sobre El Banquete releva las distintas interpretaciones propuestas por los helenistas más destacados y repone un marco imprescindible para releer la obra del filósofo ateniense. Mediante un uso extenso de la bibliografía especializada, Marí reconstruye, en primera instancia, la “concepción aceptada” del Eros platónico como ascesis de la razón. Con espíritu inductivo, armonizador, el relato de Sócrates pretende subsumir en sí a los restantes, como fragmentos fenoménicos que han de ordenarse en una idea universal. Marí, sin embargo, apuesta a entrever un Eros que no se reduce a la entronización del intelecto en desmedro de la experiencia sensible. Amor, belleza, saber y verdad, argumenta, sólo pueden conjugarse y alcanzar un plano trascendente a través del placer físico.
El espacio íntimo pero siempre público del banquete –no hay prácticas apolíticas en la Grecia antigua– resume, en su particular dinámica, el ideal de temperancia que persigue la filosofía platónica. La ingesta del vino, entonces, no debía nunca disminuir las capacidades discursivas de sus integrantes. Prohibida la desmesura, dietética, deleite y política habían de confluir eufónicas en la palabra de estos bebedores sociales.
Dos lecturas innovadoras del Symposium completan el libro. Por su parte, el jurista alemán Hans Kelsen adopta la hermenéutica psicoanalítica para explorar el “territorio extranjero interior” de Platón. Aduce que el texto no versa sobre filosofía sino que es, en cambio, un tratado de sexualidad. En rigor, Kelsen postula un Platón homosexual para quien sólo la pederastia permitiría acceder al amor espiritual. La teoría freudiana de la libido y la sublimación se pervierte ante las forzadas hipótesis biográficas que se formulan sobre el autor de La República. A pesar de ello Marí valida este intento rupturista que rescata el aspecto pulsional en la erección del amor espiritual. Michel Foucault, a su vez, subraya la dimensión ética del Eros. Alejado del análisis que gira en torno a las variables del deseo y de la represión, Foucault se pregunta cómo y por qué la sexualidad se torna un problema para la consecución de la vida moral del individuo. En su discurso, verdad y sexo se fusionan en la reivindicación de una subjetividad capaz de autorreglarse a partir del conocimiento de sí. El amor al saber, anhela Foucault, debería pautar nuestra pasión y nuestra moral más allá de la normativa jurídico-social.
Aun cuando el deseo quede huérfano o atisbe su objeto intermitentemente, el ensayo de Marí pretende indagar de qué hablamos cuando hablamos de Amor.


¿Acaso sueñan los elefantes con corderos eléctricos?

Corderos yelefantes.
La sacralidad y la risa en la
modernidad clásica
José Emilio Burucúa
Miño y Dávila
Buenos Aires, 2001
652 págs.
$ 18

POR DANIEL MUNDO

Corderos y elefantes proporciona varias lecciones. El libro se teje sobre dos grandes conflictos: por un lado el que se entabla entre la erudición y el manejo de una bibliografía ilimitada, y la pasión que mueve o debería mover a un historiador cuando lee o a un pensador cuando piensa; por otro lado, el que se traba entre la seriedad de una prosa académica y la risa gozosa de la que esa prosa se alimenta y a la vez suscita. Burucúa no se propone resolver estos conflictos, y justamente por eso, porque no se lo propone, los resuelve. El lector, así, aprende historia, por supuesto, pero antes aprende a deleitarse y disfrutar estudiando y aprendiendo historia.
El cuerpo central del libro se estructura en tres capítulos. En el primero, Burucúa muestra de qué modo la visión paulina de la esencia amorosa del cristianismo nutre la simpleza propia de los corderos renacentistas. Burucúa se detiene en la manera en que tanto los intelectuales relegados como muchos de los “elefantes” más eruditos del Renacimiento reniegan con sornas y burlas de una ciencia erudita (la metafísica y la teología racional) a la que entre muchos otros adjetivos le adjudican el de soberbia, arrogante, charlatana, servil. El capítulo intenta mostrar que buena parte de los límites disciplinarios tal como los conoció la modernidad se deben, antes que a los afanes positivistas de los científicos, a la caridad simple y robusta definida por San Pablo y cuidada por algunos intelectuales que escucharon la voz de la cultura popular.
En el segundo capítulo se intenta iluminar el papel fundamental que lo cómico-popular tuvo en el núcleo del humanismo renacentista. Este humanismo, como es de sospechar, estaba integrado, en su inmensa mayoría, por elefantes. La manada ilimitada de elefantes que pasea con comodidad por las páginas del libro da testimonio, precisamente, de aquello otro que las historias oficiales no cuentan: el saber modesto y pleno de los corderos. El trabajo principal consiste en un análisis de obras famosas y de trabajos ignotos, obras que pertenecen a autores renombrados (Petrarca, Bruno, Galileo, Brunelleschi, Maquiavelo, para nombrar unos pocos) y a escritores, poetas, historiadores que tan sólo puede conocer un especialista minucioso del Renacimiento que se ha preocupado por el legado completo de su mundo. Así, una de las tantas cosas que se descubren leyendo el libro de Burucúa es que la risa no tiene sólo la función de revertir el orden vigente, o de oponérsele: la risa, el sarcasmo, la burla, constituían más bien estilos de escritura que los elefantes utilizaban para polemizar, y cuyo origen provenía en buena medida de la cultura popular de los corderos.
En el tercer capítulo se rastrean dos preguntas alrededor del lugar central que tuvo la mujer tanto en la ópera como en la comedia moderna. A continuación, se intenta mostrar cómo “el eros jocoso femenino” de la comedia sirve de contrapeso reparador a la desmesura en la que solemos incurrir los hombres. Al libro lo cierran cuatro apéndices de Burucúa y unos breves ensayos escritos por algunos de sus discípulos. El lector, fatigado luego de recorrer las seiscientas y pico de páginas, agradecerá, sin embargo, al escritor por el gozo que le permitió compartir.


La realista desconfiada

COMO UNA BUENA MADRE
Ana María Shua
Sudamericana
Buenos Aires, 2001
204 págs. $ 15

POR GUILLERMO SACCOMANNO

La obra prolífica y variada de Ana María Shua (1951) puede dividirse en varios bloques. El primero (lo que va desde Los días de pesca, su primer libro de cuentos, hasta La muerte como efecto secundario, su novela más reciente) podría considerarse un bloque de novelas y cuentos que se arriesgan en los límites del realismo sin confiar demasiado en la noción rígida de género. Un segundo bloque lo comprenden los textos de La sueñera, que se prolongan en Casa de geishas y Botánica del caos, cuya base está en las narraciones realistas, pero ahora filtradas a través del poder de los sueños, revelando miedos y frustraciones conocidos a través de una prosa que se resiste al naturalismo, urdiendo un tono en el que lo narrativo se articula con lo poético. Un tercer bloque incluye necesariamente varios libros de cuentos infantiles. El cuarto responde a su labor de antóloga de diversos géneros de diversas procedencias. Lejos de ser compartimentos estancos, estos bloques tienen vasos comunicantes que explican la búsqueda permanente de Shua en el arte de narrar.
Comprender la literatura como entretenimiento, toda una función, no excluye la no menos trascendente de atacar la realidad desde otras perspectivas de escritura, formulando interrogantes siempre intranquilizadores. Desde ese canon y desde esa supuesta literatura marginal y menor, para chicos, con la misma pasión y disciplina, Shua aborda la supuesta literatura para adultos. Y viceversa. Porque la función del entretenimiento, la confianza en la acción, en los sucesos, proveniente de la cultura de masas, además de plantearse como una forma política de comprender lo narrativo, constituye en Shua una clave. No cabe duda, a esta altura, que lo narrativo en Shua es antagónico de la lentitud.
Correspondiente al primer bloque de su producción, ese sector que experimenta con las posibilidades nunca del todo agotadas del realismo, su última colección de relatos, Como una buena madre, contiene cuentos de distintas épocas, desde los setenta hasta el presente, ofreciendo un muestrario de sus obsesiones. Acá se encuentran algunos ejemplos de su eficacia para entrarle sin anestesia a los sentimientos, como en “Los días de pesca”, uno de sus primeros cuentos publicados.
Con guiños a veces cómplices y otras impiadosos, Shua fue cincelando la observación de lo cotidiano a lo largo de sus cuentos con parejas, familias, chicos, integrantes todos de una fauna mediopelo, su blanco favorito. Hay una presencia que se advierte sutil en la prosa cuentística de Shua: Cortázar, proponiendo el registro minucioso de lo cotidiano como condición inexorable para la irrupción de lo maravilloso. Cumpliendo con este requisito, “Como una buena madre”, esa mujer acorralada por sus chicos, protegiéndose a golpes de sus ataques, es un cuento tan irónico como sombrío. Otro prodigio de combinación del terror con el kitsch de clase media es “Auténticos zombies antillanos”, en el que una familia turista en Miami incurre en todos los tics previsibles mientras el nene se adentra en el mal.
“La columna vertebral” es quizá uno de los momentos más altos del conjunto. Una kinesióloga y un traumatólogo argentinos y veteranos seencuentran en un congreso universitario en Estados Unidos. Ambos compartieron una militancia en el pasado. Ambos fueron alguna vez Virulana y el Pampa. Ambos tuvieron un allegado común, el Tano. Los efectos de los años negros de la última dictadura se proyectan en el encuentro de los amantes que prefieren, cada uno a su manera, enterrar ese pasado y regresar a casa: él, el doctor Alejandro Mallet, a Louisville, Kentucky; ella, la kinesióloga Stella Maris Dossi, al país. Que el relato se titule “La columna vertebral” empuja a pensar, como signo, no tanto en el cuerpo humano visto desde la traumatología sino, en todo caso, en la “columna vertebral” metaforizando el cuerpo social, remembranza del movimiento peronista. Cargado de tensión, crispando el intimismo y recortándolo en ese fondo social luctuoso, el cuento de Shua se cierra con una reflexión de su protagonista, exitosa deportóloga, “que solía oponerse como regla general a las soluciones quirúrgicas que quitaban y reemplazaban y fijaban, convirtiendo en una estructura rígida la móvil columna vertebral”: “Entendió por primera vez la extrema necesidad de amortiguar con material esponjoso el contacto con las vértebras dañadas, la urgencia enorme de atarlas con alambre de platino para mantenerlas pegadas, quietas, inmóviles, como muertas, sin movimiento, sin dolor”. Relato de terror, pero ahora ya no referenciado en el juego de experimentación de género sino en ese otro terror concreto, histórico, político y social, fechado en la realidad traumática después del último golpe.


Bebe de mí y vivirás para siempre

Vittorio, el Vampiro
Anne Rice
trad. Edith Zilli
Atlántida
Buenos Aires, 2001
288 págs. $ 17.50

POR MARIANA ENRIQUEZ

El nuevo libro de vampiros de Anne Rice comienza con una advertencia formulada por Vittorio, el protagonista: “no tengo nada que ver con esa banda de extraños vampiros románticos proveniente de Nueva Orleans. Nada sé de su tentador paraíso, allá en las tierras pantanosas de Lousiana”. Para el iniciado, esto significa que el libro no es parte de la saga que se inició en 1976 con Entevista con el vampiro y que no se encontrarán en sus páginas con Lestat y Louis, los hijos de la noche predilectos y sin duda sus mejores personajes. Pero además la advertencia tiene otro significado. Aquellos vampiros de la primera saga (que se continuó con Lestat, el Vampiro, La Reina de los condenados, El ladrón de cuerpos y Memnoch el demonio) eran seres fuera de la ley, anárquicos, inmersos en la decadencia, con angustias existenciales, pero sin preocupación alguna por la divinidad. Las relaciones que los unían eran obviamente homoeróticas: Anne Rice, con sus primeras novelas, había dado un paso más en el erotismo intrínseco del vampirismo: si el Drácula de Bram Stoker representaba el deseo sexual reprimido en la era victoriana, Entrevista con el vampiro, y especialmente la relación Lestat/Louis, funcionaba como el sexo clandestino, prohibido, de dos vagabundos, misterioso y por eso fascinante. Además, inauguró un sub-género que hoy tiene nombre propio dentro del horror: vampiric erótica, continuado por escritoras más jóvenes como Poppy Z. Brite, escrito por mujeres y orientado, en general, a un público femenino.
Nada de eso hay en Vittorio, el vampiro. En los últimos años Anne Rice no sólo decidió ponerle punto final a su saga y “enterrar” a sus primeros personajes (es cierto que las últimas entregas eran por lo menos mediocres), sino que dejó de fascinarse con la figura del dandy decadente y el homoerotismo en un contexto gótico cercano a Jean Lorrain y sus contemporáneos (Lestat es francés; Louis también, sólo que hijo de una familia de colonos franceses en Nueva Orleans). En su saga La Hora de las Brujas comenzaron a aparecer mujeres fuertes (prácticamente ausentes en sus libros de vampiros) y, sobre todo, otro tipo de hombre, que ya no es el esteta refinado y perverso, sino una figura viril, casi proletaria, decididamente heterosexual. Paralelamente, Anne Rice comenzó a fascinarse con la mística y la iconografía del catolicismo y en sus libros, cada vez de peor calidad, comenzaron a aparecer ángeles y santos. Junto con la vuelta al cuento moral más tradicional, Anne Rice abandona lo homoerótico por completo. Ninguno de sus nuevos personajes siquiera sugiere una unión, deseo o amistad que no sea estrictamente heterosexual.
Vittorio, el vampiro parece una síntesis de esta nueva tendencia en su imaginario, trasladada a una historia de vampiros. Que como tal no está nada mal. Vittorio es un joven aristócrata florentino de dieciséis años que vive en el Quattroccento. Anne Rice introduce los previsibles datos de contexto con detalles casi turísticos y superficiales, pero que no funcionan del todo mal; ésta es una novela popular sin pretensiones de reconstrucción histórica minuciosa estilo Bomarzo, por citar otra novela ubicada en la misma época.
Un clan de vampiros afrancesados masacran a su familia, y el joven Vittorio abandona su castillo para ir en su busca. Los encuentra en una ciudad fortificada. Es una ciudad feliz que nada tiene que ver con lo cotidiano del Renacimiento: no hay enfermos, mendigos ni locos. Con horror, Vittorio descubrirá que, cerca de la ciudad, residen los vampiros, son ellos los que se encargan de exterminar a los parias: son su comida. Vittorio los aborrece, pero su odio no es completo. Ursula, la vampira que mató a sus hermanos menores, lo fascina. Es aquí donde Vittorio, el vampiro se convierte también en una novela de iniciación: por el primer deseo y el primer amor, el joven condenará su alma.
Hasta este punto, el libro es una buena novela de vampiros. Pero más tarde, cuando Vittorio llega a Florencia y comienza a tener conversaciones con ángeles (dos guardianes y Mastema, un ángel-jefe) el cruce con lo cristiano es forzado, aún cuando el Renacimiento parezca la época más creíble para recibir semejantes visitantes.
La aparición de los servidores de Dios es casi New Age, y el clima general comienza a virar hacia uno de culpa y desobediencia a Dios que resulta aleccionador, con moraleja. No es que los primeros vampiros de Anne Rice no sufrieran angustias teológicas: es que la busca de intensidad a través del pecado era, en ellos, desafiante. No tenían Dios ni Diablo. No les importaba. Es probable que a Anne Rice no le importara. En Vittorio, el vampiro, Dios castigo al joven florentino. El Dios de Entrevista con el vampiro, de existir, ni siquiera se hubiera molestado.

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