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ANTICIPO

La experiencia no se rinde

Especialmente invitado por el Programa de Historia Intelectual de la Universidad Nacional de Quilmes, Martin Jay, acaso el mayor especialista en la Escuela de Frankfurt, pronunciará una conferencia mañana lunes en el Instituto Goethe (Corrientes 319, a las 19, entrada libre y gratuita). Profesor de Historia de la Universidad de Berkeley, Jay hablará sobre la crisis de la experiencia en la filosofía del siglo XX. A continuación, Radarlibros ofrece un anticipo exclusivo de su presentación.

POR MARTIN JAY

Cultivar la experiencia
“El desfallecimiento de la experiencia”, señaló Th. W. Adorno, “es algo que en última instancia se remonta al atemporal proceso tecnificado de la producción de bienes materiales”. Y en otro lugar agregó que “la misma posibilidad de la experiencia está en peligro”. El lamento de Adorno sobre la amenazadora atrofia de la experiencia fue compartido por muchos intelectuales de su generación. La “pobreza de la experiencia”, como lo definió su amigo Walter Benjamin, pareció asolar a muchos de los que habían sufrido los shocks traumáticos de la historia del convulsionado siglo XX. En textos de pensadores tan disímiles como Martin Buber, Ernst Jünger, Hermann Hesse, Georg Simmel, Georges Bataille, Michel Foucault, Michael Oakeshott y Raymond Williams puede discernirse con claridad el anhelo de poder volver a vivir experiencias auténticas o genuinas. Lo que se dio en llamar un verdadero “culto de la experiencia” emergió como un antídoto para las vidas supuestamente estériles y alienadas de los hombres y mujeres modernos y para la no menos extenuante conciencia de sí, mayormente teórica, que acompañó dicha alienación.
Nadie familiarizado con la historia cultural del siglo pasado puede dejar de sentirse impresionado por el alcance de esa ansiedad por algo llamado experiencia. Acaso resulte menos evidente que no sólo la experiencia pareció entrar en crisis, sino también el mismo concepto de “experiencia”, término que Hans-Georg Gadamer llamó con justa razón “uno de los más oscuros que tenemos”.

Semántica de la experiencia
Me gustaría referirme a la crisis de la “experiencia” (el concepto o palabra) y no la experiencia en sí (lo que el concepto o la palabra designan). Es que si no comenzamos por desenredar la maraña de denotaciones y connotaciones, a menudo contradictorias e incompatibles, adheridas a la “experiencia”, no podremos esperar llegar a comprender a qué se debe esa crisis supuestamente tan profunda o incluso si se justifica hablar de una crisis. Más que un mero ejercicio semántico, revelar los múltiples niveles de significado y rastrear los diferentes usos que se han dado a esa palabra permiten apreciar aspectos fundamentales de la ansiedad del siglo XX ante la supuesta declinación de la experiencia.
Al hacerlo nos enfrentamos inmediatamente a una aparente paradoja. La palabra “experiencia” ha sido usada con frecuencia para apuntar precisamente hacia aquello que excede los conceptos y el lenguaje mismo, para designar aquello que, de tan inefable e individual, no puede ser referido en términos meramente comunicativos. Se argumenta entonces que a pesar de que podemos intentar comunicar las experiencias que vivimos, sólo el sujeto sabe realmente en qué consistió su experiencia. Dicho en otros términos, la “experiencia” no puede ser definida, puesto que hacerlo sería reducirla a otras palabras o términos conmensurables, que es precisamente lo que se busca impedir cuando se invoca el término en cuestión.
Después de lo que se dio en llamar el “giro lingüístico” (cada vez más predominante en la filosofía del siglo XX), también apareció, sin embargo, el planteo contrario: dado que nada significativo puede aparecer fuera de las fronteras de la mediación lingüística, ningún término puede escapar de la fuerza de gravedad de su contexto semántico. Para algunos defensores extremos de esta posición, la “experiencia” no es sino una palabra, un producto de un sistema discursivo que no refiere a nada real fuera de su posición en dicho sistema. Más que fundacional o previa a la reflexión, la “experiencia” misma es una función de contraconceptos que se le oponen, como por ejemplo “reflexión”, “teoría” o “inocencia”.
En mi opinión, ninguna de esas alternativas puede ser compartida plenamente. En su lugar, sería mejor conservar la tensión creada por laparadoja. Es decir que tenemos que ser conscientes de las maneras en que la palabra “experiencia” es a la vez un concepto lingüístico colectivo, un significante que refiere a una clase de significados que comparten algo en común, y un recordatorio de que tales conceptos siempre dejan un excedente que escapa a su dominio homogeneizador. Podríamos decir que la “experiencia” es el punto nodal de la intersección entre el lenguaje público y la subjetividad privada, entre lo compartido, culturalmente expresable, y lo inefable de la interioridad individual. A pesar de ser algo que debe ser atravesado o sufrido en lugar de adquirido de manera indirecta, no obstante puede volverse accesible para otros a través de un relato post facto, una suerte de elaboración secundaria en sentido freudiano, que la transforma en una narrativa llena de sentidos.

El menor de dos males
Entre los pensadores contemporáneos, acaso el análisis más desesperanzado de las posibilidades de recuperar aquello llamado “experiencia” se encuentra en la obra del filósofo italiano Giorgio Agamben, quien radicalizó las lecciones de Walter Benjamin y de Th. W. Adorno sobre la “destrucción de la experiencia”. En su libro Infancia e Historia (recientemente publicado en castellano por Adriana Hidalgo), Agamben afirma lisa y llanamente que la búsqueda de la experiencia genuina, más allá de cómo la definamos, siempre está condenada al fracaso, no únicamente en la modernidad, sino por siempre jamás. La experiencia, sostiene, es otra manera de referirse a la condición imaginaria de una infancia feliz previa a la adquisición del lenguaje. La ilusión de superar la brecha entre el sujeto y el objeto, de entrar en contacto con la realidad vivida sin que medie la reflexión no es sino una nostalgia de un paraíso perdido que nunca se podrá recuperar, porque nunca existió verdaderamente. En suma, la historia puede llegar a ser un viaje peligroso, un experimento para autoformarse, la búsqueda del saber, pero no puede generar una experiencia consciente en el sentido de una inmediatez o de una presencia plena, puesto que éstas son impedidas por definición por la caída en el lenguaje, un sistema por siempre ajeno a quienes lo hablan.
Si analizamos la historia de las ideas, podremos comprobar sin embargo que el término “experiencia” no siempre fue identificado con una búsqueda tan grandiosa e irrealizable. De hecho, una de las ironías de esta identificación es que el concepto de Agamben de la experiencia como restauración de la perfecta felicidad prelingüística e infantil no se diferencia virtualmente de lo que normalmente es construido como su término opuesto: la inocencia. Una vez que ambos se fusionan, ¿acaso resulta sorprendente que toda valorización de la experiencia sea condenada como un ejercicio de nostalgia de una totalidad perdida?
En lugar del culto o del mito de la experiencia, que proyecta sobre el término una plétora de deseos no cumplidos y acaso irrealizables, reconocer sus múltiples significados y diferentes funciones acaso brinde alguna suerte de guía prudente en tiempos convulsionados en los que parece demasiado fuerte el deslumbramiento de cultos y mitos. Como nos recordó recientemente el filósofo inglés Stuart Hampshire en su pequeño libro Experience and Innocence, “la idea de la experiencia es la idea del conocimiento culpable, la expectativa de mugre e imperfección inconfesables, de necesarias decepciones y resultados inciertos, de éxitos y fracasos a medias. Una persona de experiencia ha llegado al punto en que espera que lo usual sea elegir entre el menor de dos o más males”. Tal vez la “experiencia” no sea el lugar de una posible redención cuya supuesta pérdida es causa de lamento, sino una advertencia contra los desastres que nos esperan si buscamos hacer realidad ese lugar de manera literal. Nuestra experiencia con el concepto de “experiencia” tal vez nos deje alguna enseñanza, después de todo. Selec. traduc. Silvia Fehrmann.