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DEBATES BIZANTINOS

Sobre la naturaleza de los santos

Si los napolitanos, reunidos en intelectual coloquio, consagraron sus esfuerzos a reflexionar sobre la naturaleza de Diego Armando Maradona y el lugar que supo ocupar en el meridión europeo, qué menos deberíamos hacer los argentinos, dueños para siempre de ese mito viviente.

El país que no morimos
Por Juan Ignacio Boido

Hace más de diez años que Maradona, como Charly García, ya no es lo que era. Y no porque ya no haga lo que hacía, sino porque ya no necesita hacerlo. Maradona, como García, se transformó en otra cosa: en eso que la pereza, o el agotamiento mental de la época, apenas alcanza a rozar cuando lo llama “el aguante”. No parece casual que entre los mayores, entre esos que los vieron en el más deslumbrante apogeo de sus cualidades, proliferen quienes desertan, quienes ya no van más a verlos, quienes ya no los aguantan, quienes tuercen la boca en una mueca de compasión ante la ineluctable verdad de lo visible, mientras que son los más chicos, los que apenas alcanzaron a verlos entonces, los que se empecinan en adoptarlos como hermanos mayores de esa familia que todos nos armamos. Los chicos que manejan taxis pegan la firma de Maradona en la luneta del auto como otros más chicos pintan con aerosol las mochilas del colegio.
Maradona en una cancha es como Charly García en un escenario: siempre a punto de morirse, son un desafío a los preceptos básicos de la medicina moderna. Un desafío a los Hadad de este mundo que hablan de la droga como de la lepra y el comunismo. Pero Maradona con una pelota también es como Charly García con un piano. Alcanza con que García toque los tres primeros acordes de “Cerca de la revolución” para que una cancha entera la cante de memoria como si fuera un himno o una invocación religiosa. Así como alcanza con verlo a Maradona jugar parado, medio cansado y medio distraído en una conferencia de prensa hasta que alguien le tira una naranja, un bollo de papel o una pelotita de golf para que se ponga a hacer jueguito. Hay un video por ahí en el que hasta hace jueguito con una botella de agua. Y con eso alcanza.
Puede que para algunos ninguno de los dos nos dé mucho, pero habría que ver por qué para tantos es tanto. A lo mejor, porque son de los pocos que nos devuelven algo de lo que alguna vez tuvimos, en un país en el que lo único que nos queda, parece, es aguantar.

Un héroe de pacotilla
Por Rodolfo Fogwill

No: no es gracioso. No causa gracia. La gracia como un estado imaginario de contagio con la divinidad queda fuera del alcance de quien se sume al coro de celebrantes del rito de adoración a este dios de pacotilla. No dudo de que una conjunción afortunada y más que improbable lo dotó para grabar en la memoria de sus espectadores y en los registros de los videos centenares de jugadas, cada una de las cuales puede ser paradigma de la perfección deportiva. Tal vez haya sido el mejor y sus desempeños en la cancha queden para siempre como uno de esos modelos inemulables, pero esto no debe distraernos del deber de pensar de él lo peor. O de pensar, desde él, lo peor que nos pasa y que bien representan cada uno de los espacios, que, fuera de la cancha, recorren los relatos del mito Maradona. El último de la pantalla: ese partido “arreglado”, que burla al deporte con una mezcla de lo peor de las fiestas paganas, el show-business, y el género de las necrológicas de prensa. El penúltimo: esas tomas con un turbante que burla al Islam en el momento más doloroso de su reflexión política y su contrición religiosa, en la puerta de la residencia presidencial alternativa de Don Torcuato, donde robó cámara, no para denunciar las decenas de miles de presos sociales demorados en la Argentina, sino para proclamar la injusticia de la confortable retención de un canalla: Menem. Todo su ciclo fuera de la cancha está marcado por ese patetismo de farándula, fiolos, dealers, gatos, mercaderes de influencia, managers, tramposos de contratos, clínicas de rehabilitación, punteros de listas de club, ricachones que compran figuración pública en comisiones directivas, giles que alaban. Es la punta de un iceberg que se da vuelta para mostrar lo más repugnante de un fútbol al que su pasoestelar no ha contribuido en lo mas mínimo a librar de su malentendido y su fealdad, ni de tanto daño que inflige al público y a las ilusiones de los deportistas.

Maradona, Marlon Brando y el Ser Nacional
Por Rodrigo Fresán

Hasta el ingreso y la improbable salida en lo que podemos llamar la Edad de Maradona, yo estaba seguro que lo que mejor simbolizaba el siempre esquivo Ser Nacional Argentino no podía ser otra cosa que el asado. Esa compulsión carnívora y patria que involucra a la sangre derramada, la comunión con el fuego, nuestras dentaduras y la satisfacción de llenarse la tripa propia de tripas ajenas.
“Dieguito”, “El Diego”, “Maradó”, “Pelusa”, etc. es una inversión del mismo signo: nosotros somos la carne en la parrilla y Maradona nos viene masticando desde hace más de dos décadas. Pocas relaciones más enfermas se han dado nunca en nombre de “los buenos momentos que nos dio” y la gratitud eterna que le debemos a este dios caprichoso y pecador que –a diferencia del Antiguo Testamento– se niega a desaparecer perpetuando su leyenda y su fe con modales cada vez más grotescos y con una constante incorporación de semidioses de reparto y monigotes secundarios mientras inspira las canciones más horribles del rock nacional.
Maradona es la prueba fehaciente de que los países no sólo se merecen los gobernantes que tienen sino también los héroes que adoran. La épica maradonesca –ahora, fuera del terreno de juego– tiene esa patología circular que tantas veces hemos sufrido y seguiremos sufriendo a lo largo de nuestra cada vez más cuadrada Historia, y repite rasgos característicos de otros próceres nuestros. La psicosis, principalmente. Cuando a Maradona “le cortan las piernas” es como si se las cortaran a todos los argentinos, y cuando alguien le hace una falta a la Argentina (o a Cuba, da igual) es como si derribara a Maradona. La contemplación por estos días de las ruinas de Maradona –y el compulsivo recordar de aquellos días cuando todo fue gloria y esplendor– tal vez tengan su explicación en la necesidad de creer en leyendas todavía más lejanas, como aquella de la Agentina como “sexta potencia mundial”. Si después de todo, eso fue alguna vez así, por qué no entonces la posibilidad cierta de aquella Argentina-Atlántida que se hundió y no se encuentra.
Mezcla del alucinado Kurtz, el capo Don Corleone, el gritón Kowalski, el guerrillero Zapata, el derrotado Terry Malloy, el mesiánico Dr. Moreau, el lloroso último tanguero Paul, Maradona es, a mi parecer, cada vez más digno de ser interpretado por el Marlon Brando de estos días: alguien a quien le pagan demasiado por no hacer nada salvo, simplemente, ser quien es y recordar quién fue a los que, por otra parte, no pueden olvidarlo.
En este sentido, toda reflexión sobre su persona y personaje –como ésta– tiene algo de agujero negro: ¿para qué sirve, qué sentido tiene? En cualquier caso, su nuevo “retiro”, claro, no es más que una ilusión, un espejismo como ya lo fueron anteriores adioses y perjurios de la nieve: no se va, el Diego no se va, ole-lé ola-lá, es un sentimiento, no puede parar y a uno no van a parar de pedirle que escriba sobre él mientras la carne se pasa, se quema, se incendia y, con ella y con él, siempre y para siempre, nosotros.

Diego
Por Santiago Llach

Según datos de la Agencia Central de Inteligencia en su página de Internet, menos del 3% de la población argentina tiene sangre de la llamada mestiza; la mera observación parece refutar ese dato. La carrera sin fin del Diego por campo azteca puede resistir muchas metáforas, pero una seca voz también anglosajona –la de un documental pagado por el Estado británico– calificó una vez con precisión su figura: “indio correntino”, lo llamó. La euforia de la raza lo obligó a mezclarseen negocios con los blancos, que son los que mandan en la mayoría de los lugares del mundo; el gran diario argentino, con su ortografía precisa, tomó prestado el lenguaje de las banderas. Un análisis menudo de la eufonía de sus músculos o un botín en la mesa del doctor Bilardo también podrían aportar algo. Para jugar al fútbol, lo que más se necesita es velocidad en todas las propiedades de la mente. En nanosegundos, hay que calcular ángulos, trayectorias y vibraciones. Los intérpretes admirables, que organizan el juego, como Cruyff o Pelé (y más cerca, Zidane o Verón), eligen casi siempre la más probable. Pero en Diego había algo más. Uno se quedaba mirando el lugar por donde habían pasado su cuerpo y la pelota atada. Diego fue el más grande artista de la pelota (lo dijo Tostao, el brasileño exquisito que jugaba al lado de Pelé), y se dedicó a la más televisable de las tareas humanas durante la explosión digital: eso lo habilitó para convertirse en un mito documentado. Diego habla mejor que lo que toca y tocó, mucho mejor. En tiempos de recesión la prosa se inflama, y los módicos huracanes de la política copian su estilo apocalíptico. Pero un artista muere con cada cosa que hace, y el Diego era de esos. Una vez, quedará sordo y mudo, y en las repeticiones, en el lugar del hueco veremos un fantasma.

Un cacho de goce
Por María Moreno

Maradona irrumpe con un estilo diferente en un país de ídolos frígidos (hablamos de mitos, no de vidas privadas). Gardel no tiene cuerpo, tiene esmóquin. Su rostro está construido contra la carne, de él sólo resplandecía lo que iba a sobrevivir: los dientes. Era sublime como la Garbo. Quemado, ya es eterno sin pasar por la corrupción. La sensualidad de Perón era meramente emblemática en sus dos vertientes. En la del General, el uniforme, el caballo pinto, el peinado a la cachetada. En la de Juan Pueblo, la visera, la moto y los perritos. ¿Quién vio escapar sus pelos pectorales o le entrevió algún bulto significativo cuando se abría de piernas para subirse a la motoneta? Desnudos, desnudos, sólo se le vieron los brazos, pura carne sublimada con que el márqueting de época sugería una función ejemplar e instrumental: el trabajo.
El turco Asís dice que una vez vio mear a Borges. Se debió tratar de una escena muy poco asociable al erotismo. Para la postal: un ciego que mira para arriba hacia un cielo vacío, un hombre pródigo en novias cuyos nombres parecen haber pasado a la Lengua sin la contingencia del soporte material de los cuerpos: Delia Elena San Marcos, Elvira de Alvear, Susana Soca.
Maradona, en cambio, es nuestra libra de carne en tamaño tape, carne performativa a cuyas mutaciones –ocasionalmente disciplinadas por el catálogo de las técnicas de rehabilitación– se asiste como a un espectáculo popular: zapán de embarazo a término y carrillos inflados por la retención de líquidos propia del insumo de cocaína, incluidos los alcoholes cuya tolerancia aumenta en nombre de Baco o de Charly García; o zapán y carrillos hinchados por los módicos sustitutos, siempre ricos en colesterol, abastecidos por las clínicas progres. O bucles de querubín de techo y remera con la cara del Che, cuyo rostro parece también inflarse por la superficie que debe contener. O pelo oxigenado, arito y discurso místico en versión berreta: “En el monitor me vi el corazón como si fuera una milanesa”. Y, siempre, con un fondo de orgías en donde la prensa hace de libertino y permite sospechar a través de sus conclusiones algún partenaire del mismo sexo. La sonrisa cínica del ídolo o sus puteadas parecen decir, como si él estuviera poseído por el divino marqués: “En la orgía no es de buena educación preguntarse a qué sexo corresponde el órgano que acabamos de encontrar al azar y en nuestra mano”. Maradona es nuestro único ídolo dionisíaco. ¿Nos darán por eso el alta terapéutica? Nada que ver. A juzgar por el fervor despertado por el perfil “suicida” con que se han leído siempre los goces peligrosos de Diego Maradona (o de Charly García) podría formularse una hipótesis. Luego de 30.000 suplicios no elegidos, invisibles a los ojos y –por lo general– sin cuerpos presentes, ni siquiera en estado de corrupción, nos sientan bien ídolos populares que parecen ofrecer, a ojos vista, una muerte en cuotas. Lo más interesante de Maradona –con su doble moral, su metabolización de la psicología más complaciente, sus fascismos de entrecasa, su impunidad y sus privilegios– es que su vivir prueba que puede haber una autoadministración de los goces de la que se puede extraer un año más, que la suerte pesa más que una forma de vida, que hay viajes de ida y vuelta, capaces de desilusionar tanto al paternalismo agorero, que es rey en el país de los psicólogos, como a esa forma sublimada del odio popular: la piedad.

Nuestra parte maldita
Por Beatriz Sarlo

Por su entrega inconsciente al gasto improductivo, Maradona le hubiera interesado a Georges Bataille. En ese rubro, Bataille clasificaba las guerras, el lujo, los juegos y la sexualidad perversa. “Gastos incondicionales” llamaba Bataille a esos actos que no obedecen al principio económico de la conservación de la riqueza o de la vida, gastos en los que se incinera una fortuna no por descuido sino deliberadamente, como un exceso que, en sí mismo, tiene algo de la religión, de la belleza y del erotismo. El gasto improductivo ha sido cosa de príncipes y de poderosos, que sustentaban imaginariamente su poder en la decisión de hacer cualquier cosa con los bienes que el resto miserable de los mortales acostumbran a cuidar con minucia.
Maradona es, por cierto, un dilapidador que anda por el mundo con la reserva acumulada durante algunos años mágicos en el fútbol. El capital de Maradona es simbólicamente inagotable. Por eso puede hacer y decir cualquier cosa: visitar a Menem y a Fidel Castro, entonar el discurso del lumpen, el del padre devoto, el del jugador que revela las maquinaciones del fútbol internacional, el del cinismo y la sinceridad. Nadie puede tomar su discurso al pie de la letra. Nadie tampoco podría decir que es falso. Se sitúa, sencillamente, en un más allá de la objetividad, del valor y de la norma.
Es, para decirlo de otro modo, la forma en que habla un cuerpo privilegiado e indestructible (tan indestructible como la memoria de sus movimientos en la cancha, mientras duren la memoria o las cintas grabadas y los films). El cuerpo de Maradona, compacto y etéreo al mismo tiempo, es la fuente de una inmensa riqueza dilapidada que, precisamente porque se la gasta sin ton ni son, permanece intacta, infinita, intocada por el tiempo. Ese cuarentón gordo y balbuceante que hoy muestran las pantallas, emotivo, sentimental y truculento, no puede desvanecer la figura del mito heroico. Ante los creyentes (que son casi todos) Maradona sigue siendo un espejo de la felicidad que ha desafiado la estrechez capitalista con el lujo insultante y el dispendio interminable. Carismático y plebeyo, no puede ser sometido a ningún juicio porque, frente a un exceso que ha tenido mucho de insensato, todo juicio parece moralista. ¿Cómo criticar a Maradona sin que se piense de inmediato en el escándalo mezquino del pequeñoburgués que otros pequeñoburgueses son los primeros en denunciar?

La curva de la noche
Por Claudio Zeiger

Tarde, muy tarde, Mufa se inclinó al lado mío y susurró: “Está el Diego”. Ya no dijo nada más en toda la noche. Quedó así, como fulminado, seco. Como si ya no tuviera nada más que decir en su vida. Dice que vio cuando entraba, hundida la cara hinchada entre una gorra y un pañuelo al cuello, sin guardaespaldas, solo, aunque cueste imaginarse solo al Diego. Uno tiende a creer que el Diego nunca está solo. Ni en el baño. Lo cierto es que, según el Mufa, entró solo. Adentro, lo esperaban. Un poco más adentro, discretos, dos tipos cualunques lo palmearon amistosamente, y un poco más atrás una chica parecida a Samantha (pero no era, según el Mufa) cerraba la comitiva. Fueron a sentarse todos juntos a una mesa del fondo, que venía a ser como un reservado del local aunque nada la separaba del resto. El Mufa me contó todo creando suspenso (¿a que no sabés quién acaba de entrar y fue a sentarse con dos tipos así y así y una pendeja que parece la Samantha?) y al final dijo la frase final, la de que está el Diego.
Habrá entrado después de las cuatro, calculo. Había gente, ya casi todas parejas formadas, yo de culo porque se me había terminado el papel y el Mufa no quería darme más (Mufa creía saber exactamente cuál era el límite para que no lo detectaran en el control; a mí me chupaba un huevo, estaba decidido a mandar todo a la mierda el día que me engancharan y el Mufa lo sabía) y estaba aplastado entre la barra y el espejo, la curva de la muerte, le decíamos, porque cuando te hacías ver en ese rincón era porque ya estabas para tomarte cualquier bondi, chica, vieja o travesaño. El Mufa, a pesar de todo, decía no y era no. Yo lo respetaba como todos; se había retirado el año pasado y era el ayudante del DT, Rizzi, un buen tipo que mucho no iba a durar y entonces el Mufa iba a ser el próximo DT.
¿Quieren saber qué? No pasó nada esa noche. ¿Qué iba a pasar? El Diego no paraba de tomar champán y parecía cada vez más inmenso en la mesa. A las 5 y veinte los dos tipos lo sacaron uno de cada brazo. La chica se quedó parada en mitad del boliche, perdida, sin saber qué hacer. Yo me acerqué entonces y me presenté: nombre, profesión y club. “Vos sos de la C, chabón”, me dijo y nos reímos. Estuve tentado de preguntarle si tenía algo, pero vi en un espejo la cara vigilante del Mufa y me callé la boca. Mejor era hacer una jugada clásica: invitarla a salir de ahí. Iba a preguntarle sobre Diego e iba a contarle la verdad. Decirle que nunca lo vi jugar en la cancha.

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