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ENTREVISTA

Radarlibros conversó en México con Alejandro Jodorowsky, el último de los herederos de Artaud, a propósito de su libro La danza de la realidad. El creador del “Magic Circus” explicó por qué le cae simpático Osama bin Laden, entre otras confesiones para-religiosas.

Dale tu mano al ego

POR JONATHAN ROVNER,
Desde México DF

“Habría que construir un santuario en donde exista una mezquita, un templo cristiano, una sinagoga y un templo budista. Éstos deberán ser tan altos como las torres y ya no serán dos sino cuatro, las religiones unidas limpiarán todo lo sucedido. Pero si se construyen dos torres comerciales sería una aberración, porque esos aviones trajeron veinte fanáticos que creyeron en un dios fanático que chocó con un dólar fanático; el terrorismo mítico chocó contra el terrorismo económico y eso tiene que producir un hijito, un templo verdadero. Eso propongo y es en serio.” Ésas y no otras fueron las palabras de Alejandro Jodorowsky, uno de los inventores del “teatro pánico”, al calor de cuyas ideas hicieron sus primeras armas teatrales Fernando Arrabal y Copi. El contexto, el escenario y el drama de esas declaraciones hay que encontrarlos en el acto de presentación del pasado 27 de noviembre en la Ciudad de México, con motivo de la presentación de su último libro, La danza de la realidad (Grijalbo).
En diálogo con Radarlibros, el creador del “Magic Circus” se refirió a esa obra como “un libro orientado a mostrar las técnicas de la psicomagia y el psicochamanismo, técnicas post-analíticas a las que llegué a partir de ciertos encuentros, sufrimientos y maravillamientos. Todo lo que me sirvió para entrar a un mundo que no es racional. Pero no es propiamente una biografía sino un manual de técnica psicomágica para lo cual uso mi propia biografía. Cuento todo aquello que me condujo a crear la psicomagia. Si fuera una biografía exclusivamente, hablaría de otras cosas que me sucedieron, pero que dejé de lado. Me ocupo más de todas las personas que me aportaron algo en este camino de la psicomagia. La finalidad es ayudar al lector. No hablar de mí. Mostrarle ejemplos míos, pero como fábulas para que aprenda a resolver su propia existencia. De cierta manera, este libro es manual de técnicas que puedes aplicar a tu propia vida. Me gustaría que una persona deprimida al terminar de leer el libro hubiera perdido la depresión”.
La danza de la realidad recapitula la vida del director de Santa Sangre buscando, en su carrera artística, la explicación de un camino. “Yo considero que el arte debería ser para curar, no para plasmar el ego y la neurosis en la obra. Descubrí que se trataba no de terapia artística sino de arte terapéutico a través del teatro, la pintura y la poesía. La cultura artística ha rehuido la terapia y ha llegado a un punto en el que, mientras más decadente y negativo sea el arte y entre más vea al mundo como porquería, se dan más premios. La performance de hoy es un acto del yo, que no está mal, porque se trata de un concepto diferente de belleza, pero al no ser constructivo como debe ser el acto poético, no lleva a ningún lado. El niño es el ego y no debemos permitir que éste nos guíe. En cambio, el adulto es quien no debe querer para sí nada que no quiera para los otros. El 90 por ciento de la humanidad se quedó en la infancia. En gran parte la culpa la tiene la industria, empezando por Hollywood, que enseña puras porquerías. Por eso le tengo un altarcito a Osama bin Laden, porque si bien mató a muchas personas, también puso a temblar a Hollywood.”
Hace unos meses, a los cien años de edad, falleció el padre de Alejandro Jodorowsky, protagonista de uno de los momentos más crudos de su libro. “Mi padre fue un tonto. Fue un niño competitivo. Yo estaba más dotado mentalmente que él y se dio cuenta. Su complejo era haber tenido que ser comerciante para ayudar a su familia. No se pudo educar. Entonces me traumó, me hirió y no sólo jodió mi vida sino que también la de mis hijos, porque al comienzo, cuando era muy neurótico, fui muy mal padre. Les hice pagar a ellos lo que me habían hecho a mí. Yo comencé a iluminarme, en ese sentido, a los cuarenta años. Hasta los cuarenta fui un neurótico, pagando y pagando. A partir de entonces empecé a corregir los errores que cometí con mis hijos. Perdonar es simplemente comprender las razones y las causas de aquellos que te dañaron, en este caso tus padres. Mientras no comprendes, no perdonas. Comprender es perdonar. Pero ahora yo no puedo amar a quien no se hizo amar. Cuando los hijos no aman a los padres no es la culpa de los hijos, es de los padres. Un niño quiere ser amado, lucha por ello y si no lo logra es natural que en su alma no haya amor. Para mi padre, los poetas eran maricones. Nunca se interesó por lo que yo hacía o escribía.”
Parecería que Jodorowsky ofrece su vida como ejemplo que otros puedan seguir. “No es una vida ejemplar. Por culpa mía se muere un niño. ¿Qué vida ejemplar va a ser? Cuento muchas cosas terribles que hice. Mi vida no es ejemplar para nada. Ahora todo está teñido por el ego. Es una parte de nosotros mismos de la que no podemos liberarnos. Es como nuestra firma. Nos identifica. Pero estoy de acuerdo con los chinos, para quienes el ego es como un elefante que puede estar perfumado o hediondo. El ego no controlado huele mal, el ego bien controlado es útil y no destruye. Al ego no podemos echarlo a patadas, como dicen los gurúes. Y los primeros que tienen ego son ellos. Cuando hablo de mí, trato de que esto sea de utilidad para los demás.” Jodorowsky termina la entrevista, aun con el riesgo de acercarse demasiado al registro de los gurúes de la autoayuda, con una serie de consejos para manejar el ego: “Cuando tomas conciencia de ti y dejas de despreciarte o devaluarte y te aceptas, el ego está allí para decirte: Con todos mis defectos y miserias te conduje a este instante para que tomaras conciencia de ti. Fue tu cabalgadura. Eso se llama darle la mano al ego. Dejo de lado al juez que todos llevamos dentro y me miro con infinita piedad, con caridad. Dejo de enjuiciarme a mí mismo y acepto que los errores fueron útiles para esta toma de conciencia, que se reduce a una sola cosa: morir con felicidad”.

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