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RESEÑAS
RIESGOS
INDUSTRIALES
Zoetrope:
All Story
Adrienne Brodeur y Samantha Schnee (comps.)
Introd. Francis Ford Coppola
Trad. Eduardo Hojman
Emecé
Buenos Aires, 2001
334 págs. $ 16
Por Guillermo
Saccomanno
Z oetrope se llama
la revista que Coppola fundó en 1997 y que el año pasado
ganó el National Magazine Award. La antología publicada
ahora por Emecé, que recopila buena parte de las historias allí
publicadas, lleva una introducción que Coppola escribió
para ella. Se trata de una reivindicación fanática del cuento
como género, una defensa encendida de la narratividad. Y, en particular,
de la escritura por encargo. A tal punto que Coppola fabula con una empresa
estructurada en distintos departamentos: el de guiones, el de historias
para la pantalla, el de investigación de los escritores y el de
ideas locas. Este último, el favorito de Coppola, es donde le gusta
pasar mucho tiempo: Zoetrope: All Story es una de estas ideas.
En su método de búsqueda de historias para el cine Coppola
es terminante en algunos items. Veamos: 1) no existe una buena película
sin una buena historia; 2) el trabajo literario previo al film debe proponerse
como meta ayudar a entender nuestras vidas y nuestra época; 3)
las buenas historias pueden obtenerse por encargo, ya que todos los escritores
necesitan de estos pedidos para ganarse la vida; 4) se les encarga historias
a los mejores autores, teniendo en cuenta que lo importante son las obras,
aunque no siempre se adapten al cine. Coppola cita, como antecedente de
su método de escritura por encargo, antecedentes ilustres: John
OHara, Francis Scott Fitzgerald, Dorothy Parker y Ring Lardner,
entre otros. Para Coppola esta fórmula del encargo es la inversión
más sabia que se le ocurrió en beneficio de su propia empresa,
American Zoetrope. Las novelas tienden a abarcar demasiado material,
sostiene Coppola. Pero los cuentos tienen en un solo paquete todos
los elementos básicos que un film necesita: personaje, trama y
escenario.
En la antología Zoetrope no faltan algunas celebridades, como Salman
Rushdie y David Mamet, refiriendo sus atribuladas relaciones con el cine.
El primero cuenta las interminables peripecias y manoseos que sufrió
su Los hijos de la medianoche en sucesivas adaptaciones británicas
que nunca llegaron a filmarse. El segundo, iracundo, sostiene que el
guión tiene la misma relación con el drama que el anuncio
de las cajas de cereales tiene con la literatura. De un snobismo
tilingo es el cuento con mayordomo del madrileño Javier Marías,
en el que se confunde con una obviedad apabullante el énfasis retórico
con la tensión y el pathos. Casi desconocidos para el lector en
castellano, los otros autores convocados provienen de The Village Voice,
Rolling Stone, Esquire, Details o The New Yorker, entre otras publicaciones
que suelen dedicarle un espacio considerable a la ficción. No son
pocos los que en sus antecedentes mencionan el paso por la Universidad
de Iowa y sus talleres de creative writing. Y acá, entonces, conviene
recordar que por estos talleres supieron desfilar nombres fundantes de
la literatura norteamericana contemporánea como John Cheever, cuya
marca, desde el vamos, se insinúa en varios de los relatos.
Notas para mi biógrafo, de Adam Haslett, uno de los
momentos altos de la antología, desarrolla el vínculo temible
de un septuagenario padre alterado con su hijo gay, y puede leerse como
una vuelta de tuerca del inolvidable Reunión de Cheever.
No menos enervante resulta La mujer del repostero de Sara
Powers, con su visión crudísima de la paranoia y los celos
que pueden arrasar una pareja. Una humorada notable es Achicando
la manada de Peter Lefcourt, cuento con un justificado asesino serial
de escritores mediocres. Asustando al animal más macho
de Chris Spain es otra verdadera perla de observación social. Fobias,
manías, neurosis y frustraciones se suceden a lo largo de estos
relatos, desplegando un fresco de las obsesiones del norteamericano medio.
A veces, lo que prima es un tono de comedia ligera, la influencia de un
arco costumbrista que va desde Woody Allen hasta Norah Ephrom, incluyendo
diálogos de una brillantez agobiante y una presunta acidez que
no es más que convencionalismo de soap opera. El paradigma de esta
clase de relatos es La guía de caza y pesca para chicas
de Melissa Bank, ensalzadísima por Coppola.
No cabe duda de que varias de las historias acá reunidas cumplen
eficazmente el objetivo: contar una historia. Pero en ocasiones, al pasar
de un relato a otro, lo que impera es una misma voz, un registro en el
que predominan las soluciones visuales y cierto impresionismo en la forma.
Es decir, una marca de fábrica. Nada casual entonces apuntar que
el subtítulo de esta antología es la fábrica de sueños
de Francis Ford Coppola. Se nota el predominio de una manera de contar
estereotipada. Y mucho.
Las relaciones entre literatura y cine fueron, son y serán conflictivas.
Pier Paolo Pasolini, que además de escritor supo, como director,
adaptar al cine la Biblia, Boccaccio y Chaucer, señaló a
propósito de Cien años de soledad que lo primero que hace
el escritor de guiones (y García Márquez lo era en la época
en que publicó su novela más exitosa) es identificar al
lector con el productor. Este sistema de escritura se traslada a no pocos
escritores de ficción. El destinatario de la obra es el patrón,
denunciaba Pasolini. La colaboración del autor con el lector-productor
tiene, por lo tanto, las características de una complicidad abyecta.
Esta tendencia que señalaba Pasolini implicaba una escritura no
sólo en detrimento de las ideas, las pasiones y la mirada, sino
también en perjuicio del lenguaje, ese material con el que un autor
construye su estilo. Si un sentido tiene recordar a Pasolini con motivo
de esta antología de Coppola, tiene que ver con lo que en estos
relatos se juega: no el cine, sino el servilismo de escritura en el afán
de integrarse lucrativamente en la industrial.
Lejos de estigmatizar a quienes escriben por encargo, lo que se habría
que poner en discusión es si, más allá de la historia
que se obtenga, la escritura respetuosa de las consignas industriales
puede dar en buena literatura.
Sinfonía
coral
Gente
bastante inquieta
Esteban Peicovich
Simurg
Buenos Aires, 2001
216 págs. $ 17
POR
JORGEN PINEDO
A mitad de camino entre la literatura de ficción y la crónica
periodística, el notable género de la entrevista convoca
más voces de las que participan en su ritual. Esteban Peicovich
(Zárate, 1930), entrevistador eximio, baraja al respecto un número
modesto, el tres. Está quien pregunta (un escritor ante su
página en blanco), quien responde (un personaje en
busca de autor) y un tercer interlocutor latente, anónimo,
múltiple, el lector. Sin embargo, en Gente bastante inquieta
Peicovich se contradice o, más bien, se desmiente. Pues a la manera
de esos lechos de la fantasía sus entrevistas convocan una tropa
de personajes, duendes, cómplices, aliados, auxiliares y adversarios.
Permitir el surgimiento de semejante diversidad resume el espíritu
generoso del arcano artilugio del entrevistador.
Sin prejuicio ni superstición ideológica, trece personajes
atraviesan la pluma de Peicovich quien, con curioso respeto, despliega
para cada cual una diferente técnica. Como el pescador que selecciona
anzuelo, sedal, señuelo y espejo, el preguntón atrapa al
pez para que por la boca viva. Del enorme Robert Graves, Peicovich toma
la voz y logra armar un luminoso relato con sólo diecinueve palabras
contando interjecciones, de las cuales siete son sol.
Con el poeta Antonio Gala lanza un maratón de imágenes y
metáforas. Al violinista quichua don Sixto Palavecino le deja el
monopolio de la primera persona, la misma que recorre en soledad rosseauniana
la misérrima tierra santiagueña, fertilizada por la fortuna
de la música. Con Cristóbal Colón, decimoséptimo
descendiente del Descubridor, Peicovich cede la frescura a quien carga
el orgullo de detentar portación de apellido. Una nueva retórica
digna del mejor Perelman se le hace indispensable para enfrentar la nada
romántica certeza escondida en las obvias trampas librescas de
Corin Tellado.
Borges va componiendo en escenas sucesivas al propio Peicovich como personaje
de esa novela nunca escrita, pero que destina a los curiosos a la prueba
iniciática concretada frente al mingitorio donde el ciego videncia
la obscenidad de su interlocutor. Frente al fabricante de haikus visuales
Miguel Repiso (nuestro Rep), el entrevistador le hace componer sinfonías,
apela a la filiación, despliega la ingeniería del puente
entre imágenes y palabras. Los padres del mismísimo An-
thony Burgess y del propio Peicovich coinciden a principios del siglo
XX en el frigorífico Swift de Berisso y en una tradición
común de ajo y vino. Luego, aquella mujer de Orihuela a quien su
amado le plasmara Mis ojos, sin tus ojos, no son ojos, Josefina
Menrasa, la viuda de Miguel Hernández, recorre las fotos del recuerdo
mientras el rival del sol, su hijo, la apostrofa en off. Con
el ultimo y único surrealista argentino puro y por ende nacido
en Grecia, plástico, imprentero, Juan Andrealis, el preguntón
se erige con un pie en los sueños y el otro sobre el asfalto.
Mutilado y por ello mismo entero, José Plaja, el último
secretario de aquel francés que hizo carrera en el tango y murió
incinerado en el mismo accidente de Medellín, se cruza con el compatriota
del prócer cantor y ambos componen una elegía gardeliana.
Vicario, profeta y pontífice de Jaimito, el de los chistes, Helvio
Poroto Botana le relata al entrevistador las mañas
para soplar al oído del propio dios en el que él cree los
secretos del buen vivir y el mejor sobrevivir fuera de la sombra de una
madre anarquista y un padre, dios a su vez, del periodismoargentino de
la primera mitad del siglo pasado. Finalmente, Juan Domingo Perón
se escabulle y emerge en la intimidad del caserón madrileño
que lo alberga durante el exilio y se declara cuentista o cuentero, vaya
a saber...
Trece deliciosos relatos de fiction-non-fiction y al mismo tiempo otros
tantos reportajes históricos que se convierten en sendas lecciones
del arte de la entrevista, de la estricta ciencia de hacer desaparecer
la propia palabra a fin de que brille la palabra del otro.
La
carne dice
EL PENSADOR
EN ESCENA.
EL MATERIALISMO DE NIETZSCHE
Peter Sloterdijk
trad. Germán Cano
Pre-Textos
Valencia, 2001
183 págs., $ 23
POR
RUBÉN H. RÍOS
¿Es posible que aún
hoy, después de Foucault y Deleuze, de Blanchot y Derrida, de Heidegger
e incluso del Vattimo de El sujeto y la máscara (1974), de una
cantidad copiosa de papers y documentados estudios académicos,
de pensadores de la más diversa progenie que lo han utilizado para
todo tipo de misiones y proselitismos, el pensamiento de Nietzsche todavía
guarde secretos? La pregunta, para nada retórica, quizá
ha movilizado a Sloterdijk para penetrar en los submundos nietzscheanos
a partir de un regreso, un nuevo viaje iniciático, una nueva excavación
en esa ciudad perdida y arcaica de El nacimiento de la tragedia. Esa obra
del joven filólogo de Basilea catedrático sin acreditaciones,
que le costará el repudio de las autoridades universitarias, responde
a aquella pregunta con creces, pero reubicando a Nietzsche bajo un signo
casi desconocido: el del materialismo.
Ya Klossowski, en Nietzsche y el círculo vicioso (1969), se había
sumergido en el drama corporal nietzscheano como fundamento de una semiótica
pulsional, fundiendo experiencia vital y pensamiento, cuerpo y lenguaje,
de tal modo que la locura de Turín estallaría cuando ese
fondo inconsciente y oscuro finalmente desorganizara el equilibrio enfermizo
que mantenía en pie al filósofo. El pensador en escena también
toma a Nietzsche desde una economía pulsional, un dispositivo
libidinal (diría Lyotard) que conecta logos y corporeidad,
palabra y pasión. Desde esa perspectiva, el autor de El nacimiento
de la tragedia sería el primero (antes que Freud) en avisar al
sujeto autónomo de la modernidad pura conciencia de sí
y para sí que lo habitaban impulsos primitivos y salvajes,
ardores voluptuosos y terribles. Si Marx había cuestionado el humanismo
burgués y al sujeto ilustrado anteponiendo las determinaciones
de las fuerzas productivas y económicas, Nietzsche lo hacía
convocando a escena la prehistoria corporal de la vida moderna: las orgías
dionisíacas, una muchedumbre lasciva e inmoral de machos
cabríos, los Saturnales de las Madres del ser.
No otra cosa, en suma, que el origen del materialismo nietzscheano.
Para Sloterdijk, la actualidad insistente de Nietzsche se basa en que
asumió, como pensador y como hombre, ese fundamento corporal de
la existencia hasta hundirse en su propio caos pulsional. De algún
modo, pagó con su vida la transgresión de arrojar una mirada
prohibida por el fundamento incorpóreo de la metafísica
y el cristianismo, el racionalismo científico y la modernidad progresista,
hacia los demonios y delicias insondables de la corporeidad. Si todavía
pervive es porque el desgarramiento nietzscheano entre eros y civilización,
entre logos y carne, entre ciencia y arte, refleja la doble naturaleza
del sujeto escindido de la tardomodenidad (el último hombre
al que Zaratustra exhorta a dar a luz una estrella danzarina desde el
caos que aún lleva dentro de sí). Doble tensión,
en realidad, de la experiencia contemporánea del mundo que en Nietzsche
según la tesis de Sloterdijk se expresa tempranamente
a través de una dramaturgia filosófico-poética de
lo apolíneo y lo dionisíaco, en
cuya fusión tiene su raíz la tragedia delos antiguos griegos,
pero (y aquí se concentra todo) bajo la primacía del principio
apolíneo.
La cuestión es que el sometimiento de las energías dionisíacas
en El nacimiento de la tragedia (pasaje del estado de naturaleza
a la cultura, pacto fundacional de toda civilización) equivale
a una intervención simbólica sobre la confusión orgiástica,
a la transmutación del macho cabrío en músico
y bailarín, al encubrimiento de la obscena verdad del fundamento
corporal, la embriaguez báquica, por las bellas formas de lo apolíneo,
el sueño y las apariencias sensibles.
Si bien Sloterdijk aporta brillantes y lúcidos elementos imposibles
de agotar en una reseña para un pensamiento posmetafísico
de la corporeidad, no logra desplegar lo mejor de sus premisas sin trastabillar
(como en ciertos devaneos cínicos), y especialmente
en el tramo final sobre la justificación estética
de la existencia.
Las consideraciones respecto del viejo logos cristiano-metafísico
que se hace carne, su inversión posterior en una physis
hecha verbo, para luego postular un devenir lingüístico de
la physis encarnándose en las subjetividades-cuerpo, como el proceso
más antiguo y primordial de la experiencia del mundo, constituyen
uno de los momentos más fascinantes y sólidos (y no son
pocos) de El pensador en escena.
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