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El arte de escribir

Avant la lettre

La muestra Palabras perdidas, que puede verse en el Centro Cultural Recoleta hasta el 30 de diciembre próximo, recupera la tensión de la letra, entendida a la vez como vehículo de escritura y como objeto estético.

POR LAURA ISOLA

Naturalmente, hubo un tiempo en que el hombre no sabía escribir. Si por escritura entendemos el recurso para expresar elementos lingüísticos por medio de señales visibles convencionales, la escritura no cuenta con más de 5 mil años. Pero como tanta pintura rupestre lo indica, es mucho más lejano el impulso del hombre de dibujar o pintar en las paredes de su vivienda primitiva o sobre las rocas de las inmediaciones. Razonablemente asociado con un niño, desde que comienza a existir, el “hombre primitivo” ha querido dejar rastros de su imaginación o de sus temores mediante dibujos, los más antiguos de los cuales datan del Paleolítico.
Si bien las diferencias entre aquel “hombre primitivo” y el hombre moderno –que escribe desde hace mucho y que ha sofisticado hasta el extremo la escritura, su invento más exitoso y por el cual deberá sentirse orgulloso sin reparos– son abismales, el segundo no ha perdido esa devoción por la inscripción, la huella o la marca de su paso por estas tierras.
Algo así como juntar estas dos pasiones humanas, escribir y dejar rastros, es uno de los sentidos que tiene la muestra Palabras perdidas, que se exhibe actualmente en el Centro Cultural Recoleta. A primera vista se la puede pensar como una colección que agrupa una variedad de artistas –diferentes por generación, escuelas o técnicas– con una preocupación en común: el tratamiento artístico de la escritura.
Como bien explica Ana María Battistozzi, su curadora, en el catálogo y en la pared de apertura de la muestra: “¿Qué ocurre con la escritura cuando se ausentan de ella las palabras? ¿Qué rumbos diversos toman su forma, su secuencia y su ritmo cuando logran liberarse de la sumisión del significado?”. Las respuestas a tan estimulantes preguntas pueden verse en las obras de León Ferrari, Jane Brodie, Roberto Elía, Gustavo Romano, Ernesto Deira, Ernesto Ballesteros, Luis Felipe Noé, Claudia Del Río, Horacio Zabala, Susana Rodríguez, Jorge Macchi, Miriam Peralta, Juliana Iriart, Alberto Greco, Magdalena Jitrik, Teresa Pereda, Mirtha Dermisache, Ana Ochoa y Eduardo Stupía.
Todos ellos han pensado y desarrollado alternativas para desvincular letras y palabras de su función primaria y las han puesto a funcionar en espacios más apropiados para comunicar otros significados. Desde la saturación manuscrita de Ferrari, casi como una política de la resistencia que insiste en seguir desplazando la tinta y la mano sobre la superficie blanca, hasta los textos anarquistas o las cartas mecanografiadas de judíos polacos de Magdalena Jitrik, que con su alto contenido político resaltan, al mismo tiempo, el contraste con las formas de las manchas e intentan anular y borronear el valor de las palabras. Esto sin dejar de subrayar el carácter de petrograma de la obra de Pereda, las tradiciones rupestres que se hacen visibles en el cuadro de Noé, la filigrana delicada e inquietante de Peralta y las sombras de la escritura china de “Paisaje” de Eduardo Stupía, sólo por mencionar algunos.
Al mismo tiempo, y volviendo a los interrogantes que tan bien ha sabido contestar la curadora, hay otras posibilidades. Battistozzi adopta el rol de un paleógrafo e intenta desenterrar en la contemporaneidad, quizá una de las épocas menos inclinadas a toda forma de sacralidad, otras preocupaciones en el sagrado vínculo entre el arte y la letra. Allí es donde descubre que los artistas, que ya saben escribir, insisten en darle una forma nueva a esas grafías. Volver a ser artistas de cavernas y de paredes, aun cuando se conocen las vocales y las consonantes –o mejor dicho, a consecuencia de ese saber–, casi como si quisieran reinventar el alfabeto, darle una vuelta de tuerca a la imprenta, ensayar nuevas tipografías y llevar al límite, hasta quebrarlo, esa convención tan arbitraria como universalmente aceptada que llamamos escritura y que funda la historia.

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