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A la luz de los grandes movimientos antiglobalizadores aparecidos durante la última década, la periodista canadiense escribió el extraordinario No Logo, un libro que muchos consideran el Das Kapital del siglo XXI, en el que registra las estrategias de las multinacionales para dejar el mundo en manos de especialistas en marketing, denuncia las condiciones infrahumanas que se viven en las fábricas instaladas en el Tercer Mundo, explica por qué hay que entender la situación actual en términos de ocupación militar y vaticina un futuro en el que hasta nos van a prohibir hablar del mundo en el que vivimos.

Por Alejo Schapire

Cada centímetro cuadrado del espacio público y privado está siendo colonizado por las marcas. Esta invasión es apenas la punta visible de un iceberg que ha transformado, desde la década pasada, la faz de la Tierra. Es la consecuencia de una estrategia económica que condena a los empleados del Primer Mundo a vivir de trabajos precarios y mal pagos y a los del Tercero a una explotación infrahumana en las fábricas de Asia y América latina. Frente a la arrogante hegemonía de las corporaciones y las organizaciones internacionales que las apañan (FMI, OMC, G8, etc.), la mayor reacción de la militancia política de las últimas dos décadas empieza a tomar forma. Para ver cómo llegamos a esta situación y analizar cómo se organiza la resistencia, la periodista canadiense Naomi Klein, de 30 años, realizó durante cuatro años una investigación que la llevó de los suburbios de Toronto a las villas miseria de las Filipinas e Indonesia. El resultado de este trabajo es el libro No Logo, o cómo la pregunta “¿De dónde vienen mis zapatillas?” se transforma .-en términos del diario inglés The Observer-. en “el Das Kapital de la creciente lucha de los movimientos contra las multinacionales”.

LA IMAGEN ES TODO El 2 de abril de 1993 Wall Sreet tuvo miedo. Aquel día, que quedaría en los anales de la mercadotecnia como el Viernes Marlboro, Philip Morris anunció una medida inesperada: para poder competir, el atado de Marlboro pasaría a costar un 20 por ciento menos. La decisión de la tabacalera cayó como una bomba. Si la marca que desde 1954 había invertido fortunas en cuidar su imagen debía retroceder, podía ser el principio de un efecto dominó. De hecho, aquel día, el valor de las acciones de Heinz, Quaker Oats, Coca-Cola, Pepsico y Procter & Gamble sufrieron una importante caída, aunque ningún título bajó tanto como Philip Morris. Eran tiempos de recesión, los baby boomers se volcaban a las marcas de los supermercados, esnobeando los logos de las grandes empresas tradicionales. Era la época en que proliferaban los clones de PCs, obligando a IBM a abaratar sus productos. La industria temía que el norteamericano medio hubiera roto el pacto y empezado a pensar; las consecuencias podían ser desastrosas. Muchos concluyeron que había que bajar los precios. Se habló de la muerte de las marcas. Sin embargo, un puñado de compañías entendió todo lo contrario; hoy manejan las riendas de la economía mundial. Se llaman Nike, Apple, The Body Shop, Calvin Klein, Disney, Levi’s, Starbucks o Amazon, y habían apostado a un concepto fundamental: su trabajo no era vender productos, sino marcas. Naomi Klein describe la emergencia de estos innovadores como “una nueva raza de hombres de negocios que te informaban con orgullo que la marca X no era un producto, sino un estilo de vida, una actitud, un conjunto de valores, un look, una idea”. Uno de los pioneros en llevar a la práctica esta filosofía fue el fundador de Nike, Phil Knight, quien anunció a fines de los 80 que manejaba “una sociedad de deportes”: su misión no era fabricar zapatillas, sino “mejorar la vida de la gente a través del deporte y la forma física”. Desde entonces, enumera Klein, “Polaroid no es una cámara de fotos, sino un lubricante social. IBM no vende computadoras, sino soluciones para negocios. Swatch no son relojes, sino una idea del tiempo”. Pero para la periodista nadie asimiló mejor la lección que Tommy Hilfiger, que “se ocupa menos de fabricar ropa que de poner su firma. La sociedad está íntegramente dirigida por medio de acuerdos de explotación bajo licencia, y Hilfiger pasa todos sus productos a un conjunto de sociedades distintas: Jockey fabrica la ropa interior Hilfiger, Pepe Jeans London fabrica los Jeans Hilfiger, Oxford Industries fabrica las camisas Tommy, la Sride Rite Corporation fabrica su calzado. ¿Qué fabrica Tommy Hilfiger? Nada”.
Según el viejo paradigma, el marketing servía para vender el producto. Con el nuevo modelo, la producción se torna secundaria. Como resume Klein: “Pasamos de un capitalismo de objetos a un capitalismo de imágenes”. André Agassi, en una publicidad para Canon en 1992, sintetizaba perfectamente el nuevo credo: “Image is Everything”. La imagen es todo. De pronto las empresas competían a ver cuál era más liviana. “Un consenso había emergido entre los dirigentes según el cual las grandes empresas poseían demasiados bienes (fábricas, materiales) y empleaban a demasiada gente; en pocas palabras, les molestaba el peso de tantas cosas concretas”. Era el auge del New Age, los nuevos empresarios como Bill Gates o Richard Branson (de Virgin Records) inyectaban en las multinacionales su interpretación de la cultura espiritual de los 60. Todo debía ser cool y light: asistíamos a un momento en el que imperaba la “trascendencia de lo comercial”, un nuevo componente espiritual deseoso de “liberarse del mundo material”. La cultura empresaria se había transformado. Los jefes ya no llevaban corbata, y se imponía una nueva jerga donde los empleados se convertían en “coequipers” o “partners” que trabajan en lugares parecidos a campus universitarios o laboratorios secretos. En este universo depurado, la producción pasaba a ser un mal necesario, “una actividad fastidiosa y marginal”. Mientras los cerebros creativos se concentraban en las estrategias de mercadotecnia, la fabricación adoptaba “el papel subalterno del que debían ocuparse los proveedores y subcontratistas, cuya función se limitaba a cumplir con el pedido a tiempo y dentro de los límites presupuestarios (“idealmente en el Tercer Mundo, donde la mano de obra no cuesta nada, donde las leyes son laxas y las ventajas fiscales moneda corriente)”.

EL NACIMIENTO DEL COOL Los presupuestos de marketing se van a las nubes; las marcas despliegan todas sus fuerzas para ocupar nuevos espacios. Empieza una búsqueda frenética de soportes y de recetas cada vez más efectivas. Porque, como lo explica David Lubars (del grupo publicitario Omnicom) con una metáfora de inusual franqueza: “Los consumidores son como cucarachas, uno los rocía, los rocía y, después de un tiempo, están inmunizados”. Entonces las iniciativas deben renovarse constantemente para cazar al target preferido: el adolescente mundial. Para conseguirlo los publicitarios largan en las calles a sus “cool hunters” (cazadores de lo cool), que se infiltran entre los jóvenes, toman nota de su comportamiento y leen sus diarios íntimos. Para estar al tanto de la moda, practican el “bro’in”, una técnica que consiste en ir a los barrios bajos y testear el impacto de la nueva indumentaria entre los “brothers”. Nike, Adidas y Tommy Hilfiger practican la explotación del “ghetto cool” de la población negra para vender a través de rappers como Puff Dady la “street credibility” (algo así como la credibilidad de la calle) a la clase media. O, como teoriza Klein, “la trayectoria marketing de Hilfiger se nutre de la alienación que reside en el corazón de las relaciones raciales en Norteamérica: venderle a la juventud blanca su fetichismo del estilo negro, y a la juventud negra su fetichismo de la riqueza blanca”.
En los colegios, Levi’s pega calcomanías en los baños; Mac Donald’s se implanta en los comedores escolares; Pepsi tiene la exclusividad de los expendedores de bebidas. En la pequeña ciudad de Ontario, la gaseosa compró el derecho de estampar por toda la escuela su logo junto al eslogan: “Pepsi, la bebida oficial del colegio secundario de Cayuga”. Por ahora, la bebida que pretende adueñarse de la utilización del color azul no ha llevado a cabo la amenaza de proyectar su logo sobre la superficie lunar. Pero Mattel, para el festejo del Mes en Rosa de Barbie, ha pintado con un rosa chillón toda una calle de Salford en Inglaterra, incluyendo autos, casas y veredas, pero también árboles y perros. La avidez del logo no conoce límites, y se muestra particularmente insidiosa cuando aborda el ámbito de las artes. Porque a las grandes marcas no les bastan con esponsorizar la cultura: ellas sueñan con ser la cultura. El ejemplo más acabado es el de la cerveza Molson, que, harta de ser eclipsada por losinmanejables rockeros que financiaba, inventó el Blind Date Concert: la gente iba al recital sin saber qué artista ocuparía el escenario y punto. Eso sí, la cerveza era siempre Molson.

MEJOR NO HABLAR DE CIERTAS COSAS La omnipresencia de las marcas se convirtió en un monólogo ininterrumpido. El problema es que frente a este bombardeo constante de imágenes, a las marcas les gusta ser escuchadas pero odian que les respondan. Y para mantener este discurso unidireccional, la industria utiliza distintas formas de censura. Por un lado está la comercial. El caso más famoso tuvo lugar cuando la cadena Wal-Mart decidió que no vendería el disco de Nirvana In Utero porque en la tapa figuraba un feto, lo que iba contra el “espíritu familiar” de la compañía. Frente al riesgo de vender un 10 por ciento menos de copias, Warner y Nirvana dieron el brazo a torcer y cambiaron la ilustración, así también como el título de la canción “Rape-me” (“Viólame”) por “Waif-me” (“Chico abandonado”). Pero existe otro tipo de censura todavía más perverso: la tiranía de los derechos de autor. Aquí no se trata de defender la propiedad intelectual de un artista, sino de privatizar el discurso. Klein: “Tenemos en nuestro activo casi dos siglos de historia de marcas que, juntas, forman una suerte de código morse de la cultura pop mundial. Pero hay una trampa: tenemos quizá todo el código implantado en nuestro cerebro, pero no se nos permite realmente utilizarlo”. Klein se refiere a la dificultad que encuentran los artistas que intentan “dialogar” con las marcas. Es lo que denunciaba Michel Houellebecq en su ensayo La privatización del mundo (Ver Radar Libros 24/09/2000). En aquella declaración de guerra, el autor de las Partículas elementales se solidarizaba con su colega Frédéric Beigbéder. Este ex publicitario había sido echado de la agencia Young & Rubicam por publicar 99 Francos, un panfleto antipublicitario que se convirtió en el best-seller del año 2000. En ese libro, el narrador se ocupaba de la cuenta la empresa de lácteos Madone. Beigbéder se había protegido alterando el nombre de la multinacional (de hecho el libro empieza con la aclaración: “Los nombres han sido cambiados para proteger a los culpables”). Pero hoy, cuando Danone anuncia simultáneamente su buena salud financiera y organiza despidos masivos en Francia, Beigbéder y sus amigos periodistas de la revista Technikart organizan un boicot desde un web site. Y como ocurre cada vez más a menudo, la habilidad de la empresa atacada consiste en no hacer un juicio por difamación, sino en ir a los tribunales invocando la violación de los sacrosantos derechos de autor, impidiendo así la sátira del nombre y el logo de la transnacional. A estas horas ni el boicot ni el juicio han terminado. En un mundo donde el ágora se ha transformado en un centro comercial, éste es sólo un ejemplo entre muchos (ver recuadro). En otros lugares, la censura suele ser mucho más expeditiva. En Nigeria, la etnia Ogoni, con el poeta y dramaturgo Ken Saro-Wiva a la cabeza, acusaba a la Shell de la destrucción del medio ambiente del delta y de ser responsable de impedir toda salida económica para los granjeros de la región. Temeroso de perder los beneficios del petróleo, el régimen decidió ejecutar a Ken Saro-Wiva junto a otros ocho militantes. Para los Ogonis, los soldados nigerianos actuaban como una milicia privada de Shell.

EL FIN DEL TRABAJO Klein recuerda que Nike es el prototipo de la marca sin producto. La empresa del swoosh –tal el nombre del alita– no posee ninguna de sus fábricas, sino que subcontrata la producción de indumentaria en los sweatshops (fábricas de sudor), verdaderos depósitos de mano de obra instalados en las zonas francas de países como Indonesia, China, México, Vietnam y las Filipinas. Klein se dio una vuelta por Cavite, una ciudad a 150 kilómetros al sur de Manila. Detrás de guardias armados, los esclavos modernos trabajan en condiciones dignas del sigloXIX. Klein cuenta el caso de costureras de ropa Gap, Guess y Old Navy. El baño abre sus puertas sólo dos veces al día durante quince minutos. Así que muchas veces deben orinar en las bolsas de basura que guardan bajo sus máquinas de coser. El salario mínimo de la región, que las empresas evitan pidiendo una exoneración al gobierno, es de 6 dólares diarios. Lo que es mucho, comparado con el promedio de 87 centavos de dólar al día que gana uno de los 18 millones de obreros en China, destinación cada vez más preciada porque mantiene los curiosos a distancia. En estas regiones, las principales víctimas son siempre mujeres jóvenes. Klein menciona el caso de sweatshops en Honduras, donde la administración obliga a sus obreras a abortar; en México, deben mostrar sus toallas higiénicas una vez por mes para que se les renueve el contrato estándar de 28 días.
Mientras, en el Primer Mundo, las multinacionales chantajean a los gobiernos exigiendo más flexibilidad laboral, so pena de mandarse a mudar a lugares como Cavite. No es de extrañar entonces que, por ejemplo, Manpower sea el primer empleador de Francia. Los “MacJobs”, tal como Douglas Coupland bautizó a los empleos precarios y mal pagos en su Generación X, se convierten así en la norma. El mundo cool ha desterrado de su léxico los términos “trabajadores”, “fábricas” y “sindicatos”. En este contexto, a Klein le parece lógico que entre las empresas que más abusan de las pasantías no pagas figuren MTV EE.UU. y MuchMusic Canadá. Bienvenidos a la aldea global.

¡BAJO EL PAVIMENTO, LA PLAYA! “Concibo la realidad en que vivimos en términos de ocupación militar. Hemos sido ocupados de la misma forma que los franceses y los noruegos por los nazis durante la Segunda Guerra Mundial, pero esta vez por un ejército de especialistas en marketing. Debemos reconquistar nuestro país de las manos de quienes lo ocupan en nombre de los dueños del mundo.” La que habla es Ursula Franklin, profesora honoraria de la Universidad de Toronto, y representa el (re)sentimiento de estudiantes, intelectuales y artistas impregnados de situacionismo que intentan recuperar el espacio público. Entre ellos sobresale Reclaim The Streets, un grupo que, bajo la forma de un carnaval, organiza happenings de protesta en las grandes capitales. En una ocasión, en Londres, llegaron a congregar 10 mil manifestantes que, vestidos con disfraces, empezaron a bailar en una autopista de seis vías. Mientras la policía intentaba comprender lo que ocurría, sin que nadie lo advirtiera, usaron taladros para perforar la ruta y plantar árboles jóvenes. RTS buscaba reconquistar la calle a través de un mensaje que era un eco del llamado de mayo del 68: “Bajo los adoquines, la playa”, aunque esta vez se trataba de “Bajo la autopista, el bosque”.
Al estudiar los movimientos contestatarios, Klein nota dos cosas: primero, el increíble nivel de organización de estos grupos, gracias a Internet. Segundo, la desaparición de fronteras entre los reclamos ecologistas y sociales. Como lo expresa John Jordan, de RTS: “Sin proponérselo, las multinacionales nos han ayudado a encarar todo el problema como un mismo sistema”. Esto se reveló particularmente cierto en el caso de Shell.
¿Pero por qué concentrarse en atacar a los logos? Porque, explica Klein, el talón de Aquiles de las marcas es su visibilidad. Su imagen es todo, y su ubicuidad las convierte en un blanco inmóvil. La denigración de las marcas arrancó realmente entre 1995 y 1996, un período que el Director de Estudios Americanos de la Universidad de Nueva York llamó “el año del sweatshop”. ¿Porqué recién en ese momento? Por un lado debido a que en los años anteriores el debate público estaba monopolizado por el tema de las minorías, que desembocaría en lo políticamente correcto. Pero sobre todo porque en el ‘95 fue el incendio de la fábrica de Kader en Bangkok. Los norteamericanos podían ver en la televisión cómo los 188 cadáveres (y 469heridos) de los obreros que trabajaban para la empresa Toys ‘R’ Us se mezclaban con los muñecos derretidos de Bugs Bunny y Bart Simpson. Los militantes de derechos humanos y los medios empezaron a hacer “sweatshopping”, como bautizaron a las expediciones al Tercer Mundo. Uno de los responsables de este fenómeno fue Charles Kernaghan, director del National Labor Commitee, que supo convencer a medios prestigiosos como el programa “60 Minutes” o The New York Times de realizar importantes investigaciones. Fue también el centro de interés de programas más sensacionalistas, como Hard Copy, que acompañó a Kernaghan a ver las condiciones de trabajo en Nicaragua. Al volver de uno de estos viajes, Kernaghan le escribió a Michael Eisner, patrón de Disney: “Antes de partir a Haití, fui a un negocio Wal-Mart de Long Island y compré ropa de Disney fabricada en Haití. Luego se la mostré a la multitud de trabajadores, que inmediatamente reconocieron la ropa que habían fabricado. Les mostré una remera Pocahontas talle 4. Les mostré la etiqueta Wal-Mart con el precio 10, 97 dólares. Pero sólo cuando les traduje el precio en moneda local, de golpe, al unísono, los trabajadores gritaron con indignación, incredulidad, bronca, con una mezcla de dolor y tristeza, con los ojos clavados en la remera de Pocahontas. El precio de venta de una sola de estas remeras en Estados Unidos, equivalía para ellos a casi cinco días de salario”. A partir de entonces muchos norteamericanos empezaron a tener vergüenza de prender la televisión. “¿Cómo decirle a Steve que su padre posee un sweatshop?”, preguntaba alarmada Tori Spelling en Beverly Hills 90210, luego de descubrir que su propia línea de ropa era fabricada en un sweatshop de Los Angeles. Al mismo tiempo, la campaña consistía en llevar trabajadores de las zonas francas a las universidades, colegios y programas televisivos norteamericanos para explicar lo que se escondía detrás de sus marcas favoritas.
Lo que hace Kernaghan en los medios, Michael Moore al invitar a fundador de Nike a Indonesia en el film The Big One y Klein en No Logo, es atar los cabos de la mundialización. Klein une las zonas geográficas del mundo como piezas de un rompecabezas, fragmentado voluntariamente por el capitalismo, para mostrar la verdadera cara de la aldea global. Pero su tesis es que es absurdo oponerse a la globalización, lo que hay hacer es adueñársela. Así como Internet fue inventada por el Pentágono y luego invadida por los militantes, hay que apropiarse del esquema para usarlo en favor de sus actuales víctimas.
No Logo concluye explicando que el boicot funciona. Resulta sobre todo eficaz cuando las ciudades deciden excluir de sus licitaciones a las empresas que hacen negocios con las dictaduras. Al mismo tiempo, Klein descarta la utilización de una etiqueta en la ropa que pruebe el origen “laboralmente correcto” de las prendas, ya que las empresas impiden controles verdaderamente independientes de las condiciones de trabajo. Para la canadiense, las soluciones pasan por la democracia local y una rehabilitación de la política.
No Logo estaba en la imprenta durante las manifestaciones de Seattle. Hoy ya es un libro de culto que, junto a la cámara de video y la máscara antigases, llevan en su mochila los que buscan crear la otra mundialización.


Beck, Pluto y Photoshop

Un fragmento de No Logo en el que Naomi Klein ilustra la pulseada entre las multinacionales y las personas por ver quién tiene derecho a mencionar una marca y quién no.

por Naomi Klein

El acoso por los derechos de autor y las marcas registradas se ha convertido en una industria creciente, y aunque sus resultados son demasiado abrumadores para ser registrados cabalmente, he aquí algunos ejemplos al azar. En 1991, la Disney obligó a un grupo de padres neocelandeses a borrar las figuras de Pluto y Donald de un mural pintado en el patio. El dinosaurio Barney viene arruinando fiestas de cumpleaños a lo largo y ancho de Estados Unidos, aduciendo que cualquier padre dentro de un disfraz de dinosaurio violeta hace uso indebido de la marca registrada. El Grupo Lyons, propietario del dinosaurio Barney, “ha despachado más de mil cartas a los propietarios de locales” que alquilan o venden tales atuendos. “Por supuesto que pueden ofrecer un disfraz de dinosaurio –argumentan–, pero no violeta, porque es ilegal. Y no importa de qué tono de violeta estemos hablando”, dice Susan Elsner Furman, vocera de Lyons.
McDonald’s, mientras tanto, continúa acosando a los pequeños propietarios gastronómicos descendientes de escoceses que se empecinan en utilizar ese molesto prefijo Mc al comienzo de sus apellidos. La empresa ha querellado a la marca de salchichas dinamarquesas McAllan y al local de sandwiches escoceses McMunchies de Buckinghamshire; se lanzó sobre Elizabeth McCaughey y su McCoffee en San Francisco; y sostuvo una batalla legal durante 26 años contra un hombre llamado Ronald McDonald cuyo Restaurante Familiar McDonald’s, ubicado en una minúscula ciudad de Illinois, había sido fundado en 1956.
Esos casos testigo pueden parecer triviales, pero la misma agresividad se aplica a los artistas y productores culturales que desean hablar del mundo en el que vivimos. Los músicos padecen, cada vez más seguido, demandas no sólo por samplear música ajena sino por cantar sobre una realidad que parece patentada. Eso es lo que le sucedió a la banda de San Francisco Negativeland cuando editó un disco de “audio collage” llamado U2 en el que sampleaba diferentes momentos del célebre programa radial “American Top 40”. Y le sucedió también a John Oswald, uno de los músicos más destacados de la escena avant garde de Toronto, cuando, en 1989, remixó la canción “Bad” de Michael Jackson y la incluyó en un disco de distribución gratuita. Negativeland fue demandada por la compañía discográfica de U2, Island Records, y Oswald por CBS, la compañía de Jackson. Como parte del arreglo por violación de derechos de autor, Oswald debió entregar todas las copias de su CD para ser destruidas.
Por supuesto que esto no siempre fue así. Hasta fines de los ochenta, los casos por derechos de autor y marcas registradas se reducían a conflictos entre corporaciones que avanzaban sobre el nicho de mercado ajeno. Artistas como REM, The Clash, Dire Straits y k.d. lang pudieron cantar sobre marcas como la Crush, los Cadillacs, MTV y la revista Chatelaine respectivamente. Sin embargo, por esa época el consumidor promedio no tenía acceso a herramientas que le permitieran tomar elementos de la cultura de masas y reconvertirlos en algo propio: un fanzine, una película en Súper-8 o una grabación electrónica. Eso llegó con el desembarco en el mercado de los scanners, las fotocopiadoras y los programas de computación: bienes de consumo accesibles que convirtieron las leyes de derecho de autor y marca registrada en un problema para los artistas independientes dispuestos a llevar adelante sus propias ediciones, páginas en internet y grabaciones.
Pero lo que más irrita a artistas como los Negativeland y Oswald no es que su trabajo sea ilegal, sino que sea ilegal sólo para algunos artistas. Cuando Beck, un artista contratado por un sello discográfico internacional, graba un disco plagado de cientos de sampleados, Warner Music se encarga de arreglar la situación legal de cada uno de los fragmentos sonoros del patchwork, y el trabajo es elogiado por captar la saturación mediática y sonora de nuestro tiempo. Pero cuando artistas más independientes hacen lo mismo, intentando cortar y pegar fragmentos de su realidad patentada para armar una obra artística, son penalizados bajo lafigura jurídica de robo. Esta fue la declaración de principios del disco under Deconstructing Beck (1998), donde se recontextualizaban electrónicamente los sonidos ya recontextualizados por Beck en sus propios discos. Por supuesto, apenas el disco salió a la calle, los abogados del sello de Beck enviaron una andanada de cartas exigiendo a los responsables que desistieran de continuar con la distribución. La declaración, de todos modos, ya estaba hecha.
Los artistas siempre crearán arte reconfigurando nuestras referencias y lenguajes culturales, pero a medida que estas experiencias dejen de ser de primera mano y pasen a ser cada vez más mediáticas, y las corporaciones multinacionales encarnen cada vez más a las grandes fuerzas políticas de nuestra sociedad, se impone una discusión sobre lo que se entiende por libertad de expresión en una cultura donde todo está patentado. En este contexto, decirle a un cineasta que no puede utilizar comerciales viejos o a un músico que no puede samplear o distorsionar otras melodías, es como prohibir la guitarra o el uso del rojo en un cuadro. El mensaje subyacente parece ser que la cultura es algo que a uno le sucede. Uno lo compra en la disquería, en la juguetería o lo alquila en Blockbuster. No es algo en lo que uno participa, ni algo a lo que uno tiene derecho a responder.

 

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