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Fotografía Los paisajes urbanos de Paula Grandío en el BAC


Los mundos
reales

“La fotografía nunca representa la realidad, sino lo que uno espera de ella”, dice Paula Grandío. Y lo demuestra con los Paisajes urbanos que exhibe en el British Arts Center: enormes polaroids en color cuyo proceso de revelado es “alterado” por el azar, produciendo imágenes tan nítidas como desangeladas, tan corrosivas como metafísicamente irónicas, en donde la realidad más evidente es invadida por esa otra realidad que surge con sólo entrecerrar los ojos.

POR NATALIA FERNANDEZ MATIENZO

Hay una expectativa habitual frente a la fotografía y las artes visuales en general: el afán de intuir detrás de las imágenes el pensamiento del artista en el momento de la producción. Desde luego, es una suerte de catarsis que acerca a cada espectador a lo que espera del arte. La distancia entre lo que se intuye y la realidad de lo que se muestra (si es que tal cosa existe en la fotografía) constituye un abismo que ni el que mira ni el que expone lo mirado puede franquear, a pesar de los intentos que se hagan.
Paula Grandío se dedica a la fotografía cinematográfica. Su último trabajo fue para Tocá para mí, la película de Rodrigo Fürt que “espero que todavía esté en cartel”, ríe Paula. Desde su posición en el cine, puede decirse que la relación de Grandío con la fotografía es una buena manera de ejemplificar esta dicotomía existente entre la realidad que supuestamente refleja y el arte de simularla, o de reinventarla. En primer lugar, Paula no toma sus fotos como un trabajo y, desde ese punto de vista, se permite incursionar en esa actividad como una simple espectadora de lo existente. Una medium, podría decirse, de lo que considera digno de ser visto bajo la técnica ilusoria que utiliza en su arte. La selección de sus obras que se expone hasta el 25 de julio en el British Arts Centre (Suipacha 1333), titulada llanamente Paisajes urbanos, da cuenta, entre otras cosas, de la facilidad con que Grandío trabaja esta ambigüedad. “Mi trabajo es el cine. La fotografía es para mí una especie de hobby. No puedo tomarlo como un trabajo por la sencilla razón de que no me reporta ningún tipo de remuneración directa. En ese sentido, creo que voy a seguir siendo amateur por muchos años: no por falta de conocimiento, sino por razones de fuerza mayor. Además, trato de separar lo laboral de la necesidad de mostrar. Lo hago simplemente porque me gusta, porque quiero hacerlo y siento la libertad de que, si me equivoco, no involucro dinero ni a otras personas, como sí ocurre con el cine”.
A pesar de la simpleza con que parece tomárselo, Grandío no es ninguna improvisada en la materia: estudió con Juan Travnik (actual curador de la muestra y del espacio de fotografía del BAC, así como de la Fotogalería del San Martín), en la Universidad de Nueva York, y en diversos talleres (entre ellos el de Guillermo Kuitca en Antorchas). Paralelamente, asistió durante cuatro años, durante los 80, al taller literario de Abelardo Castillo, para conseguir algunas pistas que la ayudaran a dilucidar el misterio alquímico que a veces se produce entre la palabra y el actor, y la mejor manera de retratarlo. Y, aunque aún no pueda decir que su paso por las galerías haya sido muy extenso, sí cuenta con una serie de exposiciones colectivas (entre ellas, la de los últimos premios Constantini en el Museo Nacional de Bellas Artes) que han sido algo así como un rito iniciático a su situación actual. “Tal vez la experiencia más importante fue cuando expuse en la Fundación Klemm el año pasado. La idea era hacer una muestra individual, en un lugar más bien reducido. Pero al final compartí el espacio con otro artista (Carlos Trilnik), aunque ambas muestras estuvieron separadas, al menos temáticamente”, cuenta Paula.
La fotografía de Grandío poco tiene que ver con la veracidad que el fotógrafo ortodoxo intenta imprimir en su obra. Muy por el contrario, Paula juega con la ilusión de crear algo que, si bien refleja cierta dosis de realidad, puede modificarse hasta conseguir una dinámica más onírica que la existente. Sus trabajos, plenos de color y en grandes dimensiones, son algo así como una apreciación fantasmagórica creada a partir del azar. Porque su técnica incurre precisamente en la negación de las prácticas convencionales utilizadas en el área. “Una vez estábamos con unos amigos sacando fotos con una Polaroid y una de ellas se veló. Seguimos revelándola por inercia, sólo porque no teníamos dónde tirarla. Y quedó raramente bien. Entonces empezamos a preguntarnos cómo había sucedido eso: reconstruimos todo el proceso, probamos cuánto había que exponerla a la luz, cuánto tiempo había que dejarla revelar... y apareció esta especie de técnica sin técnica. Las primeras fotos que mostré eran en formato chico y no llegaban a entenderse demasiado. Yo estaba absolutamente convencida de que eran buenas, pero algunos artistas las vieron y no les dieron mucha bola. Entonces pensé que había que ampliarlas. Y lo que resultó, bueno, es lo que puede verse en el BAC” dice Paula.
Aliada como está con lo imprevisible, Grandío juega con la idea de rescatar del panorama urbano sólo aquello que, mediante una suerte de designio o selección natural, desee perpetuarse en la imagen: el resto será “amablemente esfumado” por la luz a destiempo que ella le aplica. El resultado, por lo menos en esta saga de imágenes de la ciudad de Buenos Aires, es un reflejo inquietante de lo que puede llegar a ser el paredón de una cárcel, la pileta de natación de un edificio vista desde la azotea, el sector de los juegos de una plaza de barrio o una calle “rayada” por el paso de los automóviles, en esa hora incierta que para algunos corresponde al principio de la noche y para otros al fin del día (o, en otros casos, al despuntar del día o el ocaso de la noche): paisajes desangelados y nítidos a la vez; corrosivos, metafísicos o inesperadamente irónicos, en los que la realidad más evidente queda literalmente velada por esa otra realidad que surge con sólo entrecerrar los ojos.
Podría pensarse el trabajo de Grandío como una síntesis de las diversas percepciones que pueden tenerse de un mismo objeto, aun cuando ella es reacia a trabajar con temáticas específicas. “Alguna vez me interesó hacerlo y fracasé rotundamente. Entonces trato de evocar, de reconocer así los objetos, los lugares. Sobre todo porque creo que, a pesar de que algunos lo intenten, la fotografía nunca representa la realidad, sino lo que uno espera de ella. Un artista me dijo una vez que la pintura, contrariamente a lo que comúnmente se acepta, la refleja mucho mejor que las fotos, porque a través de los colores podés subvertir la imagen para que finja algo: en la fotografía hay mucho menos margen de manipulación. Yo creo que tiene razón; no se pueden llevar tres dimensiones (es decir, tres realidades) a dos, es un disparate. Así que intento trabajar desde otro lugar, olvidando las supuestas realidades, poniendo el énfasis en la comunicación, tratando de captar lo subyacente”. Una de las escasas incursiones de Grandío en los avatares de los ejes temáticos fue allá por 1997, junto a Lucrecia Martel (la directora de La ciénaga), que terminó en una absurda aventura. “Nos habíamos metido bastante en el tema de las cárceles, conseguimos un permiso para entrar en Olmos sin decir que íbamos a hacer fotos y las cosas fueron más o menos así: los presos se sobreexcitaron cuando nos descubrieron fotografiándolos, los guardias también levantaron temperatura y en un segundo estábamos adentro nosotras también. Lucrecia, que por fortuna es mucho más sosegada que yo, tuvo que dar las explicaciones del caso. A mí me tocó el increíble papel de temblar, no por nuestra seguridad sino por la de las fotos, que nos fueron extraídas cuando no estaban del todo secas”, dice Paula.
La alteración del normal proceso técnico del revelado y el permiso tácito de que la ficción irrumpa en el territorio del testimonio visual parecen ser un modo eficaz de evitar el cliché de que la visión del artista se transforme en catarsis del espectador. Aun así, Paula no deja de sorprenderse de las repercusiones de su trabajo. “Cuando la gente opina sobre mis fotos, me asombra lo que me dicen, por la distancia con la que pensaba yo misma de mi trabajo. Y cuando me dicen cosas parecidas a las que me imaginé cuando tomé la foto, me sorprendo aún más. Son esos momentos en que uno se dice: Por ahí existe un código en algún lugar... Y eso gratifica, claro”.
Aunque no elija temáticas, no parece casualidad que la gran mayoría de los trabajos de Paula consista en paisajes fantasmáticos, sin rostros humanos que asomen por ningún recoveco. Tal vez porque la carencia deindividualidades se preste más eficazmente a la ilusión onírica, tal vez porque la arquitectura es una vía por la cual descubrir la naturaleza humana en su ausencia o latencia. O, quizás, los motivos son más sencillos: “Es difícil, cuando uno está delante de alguien, con una cámara o sin ella, olvidar a la persona y simplemente mirarla. A veces me sale, pero tiene que ser en general con gente que conozco mucho o en un momento donde siento que puedo. Hay una expectativa real en el otro, que no sé cómo manejar. Durante el siglo XIX, se utilizaba una técnica en la que el retratado asumía una actitud y debía sostenerla: el retrato, entonces, se hacía entre dos. Era una suerte de pacto en que la persona no sentía que se le sacaba algo, sino que tenía que dar de sí. Con la moda del motor, que se implementó en los 60, eso se desvirtuó totalmente y genera una especie de desconfianza que no me gusta incluir en mi trabajo”.
Nada garantiza que el paisaje arquitectónico no pueda llegar a rebelarse contra el artista. Que las fotos dejen de velarse a su antojo, haciendo caso omiso de la libertad que Grandío quiera darles. Pero, mientras eso no suceda, mientras se conserve ese margen de azar que lleva a las realidades ilusorias, la fotografía seguirá operando en sus matices más inquietantes: la verdad modificada como verdad alternativa. Y la moraleja, en tal caso, sería que la fotografía puede ser sueño y los sueños, bueno, ya se sabe que sueños son.

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