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Título: Las buenas maneras y las malas costumbres

Epígrafe: Eudora Welty, en la casa que hizo
construir su padre en Jackson, Mississippi

 

POR ALFREDO GRIECO Y BAVIO

Cuando la sureña Carson McCullers publicó sus primeras historias, perdió el saludo de vecinos y conciudadanos. La misma circunstancia se la ganó para siempre a Eudora Welty. El 24 de julio, cuando a los 92 años esta mujer soltera murió de pulmonía en su ciudad natal, ya era una institución nacional desde hacía décadas. Había sido el primer autor viviente incluido en The Library of America –esa Bibliothèque de la Pléiade norteamericana que es el mejor diploma de canonización literaria–, el presidente Jimmy Carter le había dado la mayor medalla que puede entregarse al mérito civil y el día de su muerte las páginas editoriales de los diarios sólo deploraron que sus novelas y cuentos faltaran en algunas listas estaduales de lecturas obligatorias.
Welty había nacido antes de la primera y violenta travesía del cometa Halley sobre este siglo, y pudo dirigir su mirada a los cielos cuando ocurrió la segunda. El culto post 68 a los ancianos encontró en ella a una de sus figuras ideales. También una efigie o un ídolo, de rasgos finos y caucásicos, cuyo refinamiento se correspondía con un entorno espacioso y adecuadamente museal, de vieja mansión que no quería perderse el revival gótico ni el griego. Como con otros nonagenarios (el ex nazi Hans–Georg Gadamer, el ex fascista Norberto Bobbio), se volvieron dignos de veneración la entonación, el acento, el movimiento de las manos. Como con ellos, la virtud intelectual de los muchos libros leídos y la moral de la compasión fueron erigidas en modelos culturales. La segunda es más discutible que la primera, porque suele tratarse de una piedad que alcanza inclusive, o especialmente, a quienes no tienen ninguna. En los 50 y 60 los del siglo XX, Jackson fue un campo de batalla en la lucha por los derechos civiles y la desegregación de los negros, pero fue una guerra en la que Welty no quiso tomar las armas. Si se hubiera limitado a ello, tal vez habría sido preferible. Pero vendió su justificación en un ensayo que pudo leerse en el Atlantic Monthly. Con el feminismo, Welty sólo gastó epigramas desganados.
En el Viejo Sur, ex esclavista, solía agruparse a Welty con otros autores de un renacimiento regional, William Faulkner, Allen Tate, Flannery O’Connor y los poetas y críticos de la escuela agraria y religiosa llamada New Criticism. Todos ellos creyeron que la literatura moderna era sobre todo una nueva crítica de la vida, una escuela de libertades individuales y una forma de combate contra la decadencia social de la tradición.
La carrera literaria de Welty –si puede hablarse así– fue una progresión del cuento a la nouvelle y de allí a la novela. La primera colección de relatos, Una cortina de follaje (1941), incluía el luego célebre “La muerte del viajante de comercio”, armado como sobre la base de una técnica fotográfica de encuadres sucesivos. Es el final de la vida del personaje del título, perdido en medio del campo en Mississippi. En el centro de la narración está un cuarto con un lecho matrimonial que encierra el misterio que nunca conocerá el viajante, que muere de inocencia, de reconocer que sus experiencias son limitadas. Welty, demócrata consecuente, había sido fotógrafa para una agencia del New Deal, y seguiría siéndolo. Sus fotografías fueron compiladas con el debido aplauso. Como el de otros escritores fotógrafos (el naturalista científico Emile Zola, el liberal escéptico Adolfo Bioy Casares), el suyo es un arte que procura menos rescatar el instante fugaz que preservarlo del golpe del instante fatal que sobreviene.
La primera de las obras extensas de Welty fue La novia del bandido (1942), una novella feérica ambientada en 1798 que narra el noviazgo entre la hija del dueño de una plantación y el líder de una banda de bandidos. Parece escrita como para demostrar el influjo de la literatura sureña (y de los hermanos Grimm) sobre el posterior realismo mágico latinoamericano. Otro tanto ocurre con Las manzanas doradas (1949), cuya acción transcurre enla imaginaria, y también feérica, localidad de Morgana. Este libro es uno de los más felices ejemplos de un género clásico de la literatura norteamericana: una serie de cuentos interconectados, que casi forman una novela, cuyos personajes excéntricos y fugitivos casi recuperan un pasado decadente y elusivo por definición.
Desde su autobiografía, breve, abrupta y de nuevo elusiva, One Writer’s Beginnings (1984), Welty prácticamente no publicó. De algún modo, sin embargo, seguía ejerciendo gravitación. Su sola existencia recordaba el valor de las palabras del escritor (antes que el editor las reemplazara diligentemente por las propias), del humor idiosincrásico, de las figuras retóricas, de la extensión variable de las oraciones, que incluye a las muy largas y a las muy breves. Recordaba que en la literatura hay más moradas que el terso minimalismo de Raymond Carver, que la mecánica de los talleres de escritura y que todo lo que se puede encargar en la librería electrónica Amazon. Sólo que aquello por lo que se prefiere recordar a Welty es menos cierto. Para citar a otro viejo con máscara arrugada, de malencarado león del Museo Británico, W.H. Auden: “La deshonra intelectual/ nos mira desde cada rostro humano/ y hay mares de piedad/ encerrados y congelados en cada ojo”.

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