Principal RADAR NO Turismo Libros Futuro CASH Sátira

 

Vale decir



Regresa a RADAR

 

Acá sólo Tito lo saca

Por Enrique Vila Matas

Decía Augusto Monterroso en una entrevista que no es el mismo el escritor que se despierta que el que se acuesta. Que tenía toda la razón del mundo pude comprobarlo cuando, coincidiendo con la repentina moda en Barcelona del palíndromo (jugar a componer frases que se lean igual de izquierda a derecha y en sentido inverso; por ejemplo: “Adán no calla con nada”), llegó nada menos que el mismísimo Monterroso –Tito, para los amigos– y me despertó para decirme que traía desde México un cheque para mí.
Caramba, pensé, no todos los días llega a Barcelona un candidato al Nobel y me trae un cheque. Me había acostado siendo el titular de una precaria cuenta corriente y despertaba de pronto con mis finanzas levemente mejoradas. A esta agradable sorpresa se le unía la alegría por la llegada del amigo y la alegría de saber que una autoridad mundial en palíndromos se encontraba entre nosotros. Al tiempo que acababa de aparecer una reedición de La palabra mágica, Monterroso presentaba por la noche en el Centro de Cultura Contemporánea Cuentos, fábulas y todo lo demás es silencio.
Me quedé recordando un almuerzo en Madrid con él, su esposa la escritora Barbara Jacobs e Ignacio Martínez de Pisón, que se empeñó de pronto, con su inalterable tozudez baturra, en demostrar que sabía recitar de memoria ese epitafio que Monterroso encontrara un día en un cementerio: “Escribió un drama: dijeron que se creía Shakespeare / Escribió una novela: dijeron que se creía Proust / Escribió un cuento: dijeron que se creía Chejov / Escribió un diario: dijeron que se creía Pavese / Escribió una despedida: dijeron que se creía Cervantes / Dejó de escribir: dijeron que se creía Rimbaud / Escribió un epitafio: dijeron que se creía difunto”.
Concluida su innecesaria hazaña, creyó Pisón que iba a quedar descansado. Monterroso se encargó de impedirlo al retarnos a memorizar palíndromos. Citamos todos los habidos y por haber: “Así me trae Artemisa”, “A ser gitana, tigresa”, Salta Lenin el Atlas”, etcétera. Entonces Tito nos dio cinco minutos para que diéramos con un palíndromo que fuera de cosecha propia. En vano lo intentamos. Pasado el tiempo que nos fue concedido, dijo: “Está claro que aquí los palíndromos sólo los saco yo”. Tomó bolígrafo y papel y en una servilleta escribió: “Acá sólo Tito lo saca”. Con el solo cambio de una vocal el palíndromo es pornográfico: “Acá sólo Tito la saca”. Recordé todo esto mientras quedaba por teléfono con Monterroso para vernos en la presentación de su libro por la noche. Antes de colgar le informé que la moda del palíndromo, procedente de Sevilla, causaba furor en el circuito nocturno que une en Barcelona los bares Velódromo y Zanzíbar. “A su mal no calla con la musa”, me dijo Monterroso como desconfiando de lo que había dicho. Pero yo le juré que era rigurosamente cierto: “Orujo, lo juro”.
Por la noche, en la Casa de la Caritat, Robert Saladrigas habló de un Jueves Santo en el que Monterroso comulgó “con rueda de molino” y se preguntó por qué este escritor seguía siendo un autor de minorías siendo como es tan asequible a todos los públicos. Monterroso habló de su padre, que se había gastado toda la fortuna de su madre editando en Guatemala revistas literarias que no fueron comprendidas. Después dijo: “Los caminos que conducen a la literatura pueden ser cortos y directos o largos y tortuosos. El deseo de seguir en ellos sin que necesariamente lleven a ningún sitio seguro es lo que convertirá al niño en escritor”.
Después, en mi intento por demostrarle que existía realmente la ruta nocturna de los palíndromos, nos perdimos en el circuito que une el Velódromo con el Zanzíbar, sin que en ningún momento apareciera aficionado alguno a las palindromas, que es como los llama Monterroso. Me gasté en mi intento el cheque y algo más. Él me agradeció que no lo hubiera llevado a ninguna verdad segura. Yo, arruinado, me fui a acostar sabiendo que no era el mismo que aquel día había despertado.

arriba