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Soy malo y me gusta serlo
Una recorrida por los grandes villanos que Disney nos legó.

Por José Pablo Feinmann

1 Hay un dibujo de Rep. Es así: en una especie de atelier varios dibujantes tratan de dibujar un ratón. Entre ellos vemos a uno delgado, bien trajeado, con un bigotito fino y acaso elegante. El ratón está quieto sobre una tarima, entregado a su tarea de modelo, algo ufano, tramado por la vanidad que le da la situación, ésa, en que todos lo observan e intentan dibujarlo. El señor del bigotito es Walt Disney. De los otros nada se sabe, nadie los recuerda, nada quedó de ellos para la historia. La causa reside en lo que cada uno dibuja. Todos los dibujantes dibujan al ratón. En todas las telas vemos la reproducción del ratón, más o menos precisa según el compromiso que cada uno de los dibujantes tenga con lo verosímil. En la de Disney no. Disney ha dibujado al ratón Mickey. Lo que Disney sacó de ese ratón verdadero, concreto, real, es una construcción no verosímil, una representación infiel, una traición genial al modelo impuesto, algo que no existía, un imposible en absoluta contradicción con la realidad. Disney vio a un ratón e inventó a Mickey. No es otro el patrimonio del genio.

2 Vamos a ser prolijos. Se trata de buscar el Mal en cada uno de los largometrajes de animación de Disney. No me pregunten cuál es el propósito final de esta tarea, ya que aún (a la altura de estas líneas) no lo sé. Supongo que el Mal me fascina, que los villanos me pueden y que no hay película de Disney que recuerde sin que el pavor forme parte de ese recuerdo. Cosa que le agradezco desmedidamente. La dialéctica entre el Bien y el Mal es infinita y no hay buena historia que no la reclame. No hay lo “malo” como no hay lo “bueno”, decía Hegel, sino que la realidad se trama entre esa fricción de contrarios. Ignoro si Disney había leído a Hegel, pero sabía ese imperativo como si lo hubiera hecho.
1937: primer largometraje de Disney. Una historia que puede ser leída como un cuento de hadas o como un relato procaz. No es casual que Mae West dijera que el éxito del film habría sido mayor si ella hubiera hecho de Blancanieves. Con Mae West en la dulce, prolija casita de los siete enanos nadie habría dudado que ahí ocurrían cosas terribles y que esos enanos eran unos irredentos sedientos de sexo. Pero no. Disney era naïve. Al menos, en cuanto al sexo se refiere. Su lado oscuro (y, digámoslo ya, no hay peli de Disney donde el lado oscuro no aflore) se derivaba por otros (tortuosos) senderos. El villano, aquí, es la villanísima Reina. Vanidosa, atrozmente insegura, requiere de su espejo la cotidiana confirmación de su belleza. “Espejo, espejo, ¿quién es la más hermosa de todas las mujeres del Reino?” Y el espejo dice la verdad y en esa verdad late la condena, el ostracismo para Blancanieves: “Ya no lo eres tú, Reina mía. Ahora lo es Blancanieves”. La Reina ordena que Blancanieves sea conducida al bosque y abandonada ahí, donde –conjetura– morirá. Pero la Reina desconocía la existencia de unos minúsculos, alegres, cantarines personajes que rescatan a la niña de tan blanca piel. Sí, los enanos. Quienes la recogen (verbo tal vez más adecuado si el papel lo hubiera asumido Mae West) y se la llevan a la casita. Ella sirve la mesa, todo es lindo, nice and clean, alegre y parece que siempre va a ser así. Pero la Reina se entera: esa bella niña (¡más hermosa que ella!) vive en esa chocita con esos pequeños, laboriosos muchachos. Se torna la bruja más horrible que sea dado imaginar y le lleva a la niña la manzana del veneno. Bueno, lo demás se sabe. Blancanieves muerde la manzana, desfallece, pero llega el Prince Charming y le da un piquito y la niña retorna a la vida... para irse con él. ¿Qué hará Blancanieves con el Prince Charming? Aquí sí, vendrían las escenas de Mae West. Pero la peli termina y todos nos vamos a casa con esa cálida certeza que dice que habrán de ser para siempre felices. Así son los cuentos de hadas. Pero atención: el final del film no es todo el film: no fue fácil tolerar a la reina malvada, a la bruja con su manzana hinchada de veneno. A la noche los niños podían soñar con el final feliz. Con las posibles escenas porno entre la blanca niña y los viciosos enanos o con la reina cruel, oscura, demoníaca, envenenadora. Créanme: soñaban con ella. El terror fue siempre permanente en la estética Disney y (aunque derrotado) la pregunta seguía insidiosa y temible: ¿y si la Reina malvada no hubiera perdido, y si el Prince Charming no hubiese llegado a tiempo, y si la niña blanca y pura y buena hubiese muerto envenenada? En el cine no ocurría así, pero ¿en la realidad también? Y soñábamos entonces con la Reina mala, ya que era ella la que surgía en nuestros sueños y nos ofrecía la manzana de la muerte. Y nosotros teníamos hambre y desconocíamos si el Príncipe encantado habría de llegar para salvarnos con un besito. Confusamente, tampoco lo deseábamos.

3 1940: Pinocho. ¡Esos indeseables amigos que llevan a Pinocho a la perdición! Son el Mal, pero no tanto. Son el camino al Mal. La transformación del niño en burro. Arturo Maly solía decirme que era tal el terror que esa escena le producía que jamás pudo verla, pues huía del cine. El Mal es la ballena. Una Moby Dick iracunda, sedienta. ¡Cuánto miedo metía!

4 1940: Fantasía. Hay muchos villanos aquí: el de la noche infernal de Mussorgsky, la tormenta de la Pastoral de Beethoven y... ¡el ratón Mickey! Mickey asume la desmesura fáustica, prometeica, la instrumentalidad que desea someter las fuerzas de la naturaleza. A mí, lo juro, lo que más me asustó fue la transformación de Mickey en hechicero alucinado. Ahí, en lo alto de la montaña, jugando con las mareas, desatando tormentas, abriendo las puertas de lo incontenible. ¡Y las escobas! Esos monstruos mecánicos, ciegos, que avanzan sin que nada pueda detenerlos. Y la música loca, dislocada de Paul Dukas. Fantasía es inagotable. No hace mucho publiqué un par de notas relacionando a Mickey con el burgués del Manifiesto comunista: esa clase prometeica, desbordada, que no puede detener los conjuros que ha desatado. El Mago que ordena finalmente todo estaba inspirado en la horrífica figura de Bela Lugosi. Pero Lugosi es, aquí, más confiable que Mickey: restaura todo, lleva las aguas a su cauce. Eso es lo que Marx pensaba haría el proletariado: pondría límites racionales a los disloques incontenibles de la burguesía conquistadora. Nosotros estamos peor que Marx. Ya no hay nada que contenga a la burguesía. No fue el proletariado el que sucedió a la burguesía, sino que la burguesía se sucedió a sí misma. ¿Qué Mago poderoso y sabio frenará los desbordes del hechicero desbocado? No pareciera ser Bin Laden quien pueda encarar esa figura. Más bien semeja la contracara del Mago burgués: tan loco como él, tan entregado, como él, a la devastación, sólo un discípulo aventajado que se empeña en los mismos juegos destructivos, en la misma estética de la espectacularidad de la muerte. Ya no hay quien llame al orden, al sosiego, al aprendiz de mago y la historia es la historia de hechiceros incontrolables fascinados con los destellos de la destrucción.

5 Los acontecimientos se precipitan. Informados mis amigos de Radar sobre mis propósitos (analizar a “todos” los villanos de los largometrajes de Disney) fui interrogado por ellos acerca de la extensión de mi nota. A lo que respondí: “Necesitaría todo el suplemento”. Lo que me fue negado. Sugerí entonces que no publicaran las notas de Saccomanno (“que será”, dije, “previsiblemente antiimperialista”) y Rodrigo Fresán (“que insistirá”, dije, “con sus obsesiones sobre El aprendiz de brujo”, cosa que ya hizo, y muy bien, es cierto, en Historia Argentina, pero ¿para qué insistir?”). Preguntado sobre si hablaba en serio, respondí, muy seguro, que sí, por lo cual se me envió a un lugar desagradable y escatológico y se me conminó a no extenderme más de la cuenta, qué joder, dijeron. Sólo por este motivo –aclaro– reduzco mis ambiciones y apenas mencionaré un par de villanos más y punto. La vida es así, exigua.

6 1942: Bambi. ¿Quiénes sino los cazadores que matan a la mamá de Bambi podrían ser aquí los supervillanos? Ser niño, empezar a ver esta película y ahí nomás ver morir a la mamita de Bambi era, sencillamente, atroz. La angustia, el dolor, la más honda desolación se apoderaba de todas las almitas inocentes que poblaban las plateas. ¿Así podía ser la vida? ¿Sonaba un tiro y mamá moría? Entonces... ¿mamá podía morirse y dejarnos solos e indefensos en medio del bosque? Pocas veces la sádica impiedad de Disney llegó tan alto. Es cierto que Bambi encontraba al conejo Tambor que lo ayudaba en todas sus encrucijadas. Pero un conejo simpático no reemplaza a una mamá. Mensaje del film: niñitos, dulces niñitos, en cualquier instante suena un tiro y mamita se va, se queda seca, se muere para siempre y ustedes se quedan solitos. ¡Qué lindo fue ver Bambi! (Sospecha tenaz: ¿no será Disney el peor de los villanos de Disney?)

7 1950: Cenicienta. Los malos son obvios: la madrastra y su gato, Lucifer. (Casi no hay gatos buenos en Disney, que era un ratonólogo.) Los buenos son los ratoncitos Jacques y Gus. Horribles son las hermanas Anastasia y Drusilla. Angelical y maravillosa el Hada Madrina (hablada por Verna Felton, que era la voz de muchas de las “buenas” de Disney, en tanto Eleanor Audley lo era de las “malas”). Bueno, digamos, sería el Prince Charming, que siempre es bueno porque así parecen serlo siempre los príncipes. Y buena sería... ¿Cenicienta? Sin embargo, recordemos que Tim Rice y Andrew Lloyd Weber definieron a Evita como “la más grande trepadora después de la Cenicienta”. O sea, la Cenicienta era una vulgar, canallesca, fría, ambiciosa trepadora. Aún “más grande” que Evita. Y si no hubiera sido más trepadora habría sido tan trepadora como Evita, con lo cual, es lo que queríamos demostrar, la Cenicienta era Evita. Y el Prince Charming, Perón. (Y aquí me detengo: es tan buena esta interpretación que no me atrevo a seguir y llegar a sus finales conclusiones. Que, ya que estamos, serían: Perón y Evita no han sido sino dos villanos de Disney. Era hora de saberlo.)

8 1955: La dama y el vagabundo. Gran película. Disney es mucho más que Disneylandia. Disneylandia es la cara turística del gran arte de Disney. O sea, su comercialización barata, torpe, incluso idiota. Todo es muy complejo en este mundo: el país que está masacrando Afganistán creó joyas como esta película. Y quien las creó ha devenido un símbolo casi bélico de ese país. Recordemos: no bien bajaron las Torres Gemelas se temió un bombardeo a Disneylandia. Pero nadie puede bombardear La dama y el vagabundo. Sobre todo esa noche de amor entre Lady y Tramp, la cena en la trastienda de la trattoria y ese fideo que comen cada uno de un lado hasta llegar a besarse. ¡La perrita Darling que canta con la voz de Prggy Lee! Los malvados gatos siameses. (Sigue la obsesión disneyniana contra los gatos.) La tía Sarah, dueña superantipática de los siameses, con la voz de Verna Felton. Y sobre todo... la gran, terrorífica villana del film: la rata, la rata oscura, demoníaca, maligna que entra en la santidad del hogar de Lady para devorar al niñito del matrimonio. Y surge Tramp para derrotarla. Y todo termina bien. Pero los niñitos volvíamos a casa y antes de dormir revisábamos todo el cuarto en busca de la rata. Porque nos acordábamos de todo, de Lady, de Tramp, de la Trattoria y del final feliz, pero con ella, con la rata maligna, pasaba otra cosa: no sólo era que la recordábamos, sino que, pavorosamente, no podíamos olvidarla.

9 1959: La bella durmiente: la villana es el Hada Maligna y el villano es el flamígero dragón de quien da buena cuenta el príncipe Phillip. Todo con música de Tchaikovsky. 1961: 101 dálmatas. ¡Cruella de Vil y ya no tengo espacio! Aquí, la voz de Cruella la hace Betty Lou Gerson pero quien luego se adueñó del personaje con su arte desmedido fue la gran Glenn Close. Pero sin dibujitos. Y dejamos para otra ocasión La espada en la roca (1963), El libro de la selva (1967), Los aristogatos, 1970 (Disney se amiga un poco con los poseedores del arte de maullar), Bernardo y Bianca al rescate (1977), El zorro y el sabueso (1981) y otros. Porque no podemos sino finalizar con El Rey León y el pérfido Scar moldeado por el british accent y la brillantez actoral de Jeremy Irons. Como sea, últimamente a Disney se le ha dado por las teteras en La bella y la Bestia, por los príncipes de Egipto, por Aladino y por la indiecita Pocahontas, películas que ya no vi porque, desdichadamente, había crecido. Trataré de remediarlo.


Fantasía y realidad

Aunque hoy es objeto de culto y se comercializa en video, DVD, souvenir y en cuanto formato sea posible comercializar algo, alguna vez Fantasía, con sus U$S 2.500.000, tres años de trabajo ininterrumpido y 130 minutos de clásicos de Beethoven, Bach, Tchaikovsky, Dukas, Stravinsky, Ponchielli, Moussogorsky y Schubert, fue un estrepitoso fracaso comercial. Pero, según las versiones más osadas, el fracaso sobre el que Walt Disney construyó un imperio.

Por RODRIGO FRESÁN

Por un lado está “El hombre de las ratas” de Sigmund Freud y por el otro está El Hombre del Ratón de todos nosotros: Walter Elías Disney. Admitámoslo: el siglo XX ha sido un Siglo Disney del mismo modo en que fue un Siglo Einstein, un Siglo Hitler, un Siglo Beatle o un Siglo Kafka. Walt Disney fue parte importante de la fórmula química que definió años donde los avances tecnológicos corrieron parejos con los retrocesos patológicos del ser humano. Así, mezcla perfecta de Citizen Kane con Mago de Oz, Disney nos ha venido obsesionando a partir de sus obsesiones donde cuesta separar lo mesiánico de lo utópico.
Fantasía –su formidable ego-trip musical y animado de 1940– acaso fue el primer síntoma, el primer signo evidente de que algo olía a podrido en Disneylandia y que Disney quería ser mucho más que un simple entretenedor. Mucho de eso se investiga en la biografía escrita y publicada en 1993 por Marc Eliot –Walt Disney: Hollywood’s Dark Prince–, que causó asombro general e indignación particular entre los descendientes del genio que intentaron impedir la publicación del libro a toda costa. No pudieron hacerlo y así salió a la luz la conducta despótica del jefe para con sus empleados, los misterios sobre su verdadera nacionalidad (los últimos datos lo ubican como andaluz de Almería y de nombre José Guirao Zamora) y su infancia de fundamentalista religioso, su antisemitismo, sus conexiones mafiosas, su furia contra los sindicatos y –lo más grave– su pacto mefistofélico de veinticinco años con el capo del FBI J. Edgar Hoover investigando y delatando adentro de Hollywood a cambio de que la Agencia se volcara a la investigación de sus verdaderos orígenes y el verdadero nombre de su verdadera madre (Disney habría sido “regalado” al matrimonio de Elías y Flora Disney por una desesperada inmigrante a la que por estos días se identifica con Isabel Zamora, madre soltera y fugitiva del pueblo chico e infierno grande español de Mojácar) tema que, al igual que a Bambi, lo tenía un poco loco.
Pero volvamos a la Fantasía de un hombre fantástico. Suele ocurrir, a veces pasa: todo aquel que triunfa con algo ligero acaba sucumbiendo al peso de crear algo bien contundente. Llegaron los días en que a Disney ya no le alcanzaba con ser el adorado “Tío” de América. Quería ser un Artista con mayúsculas. Quería ser uno con Picasso, con Dalí, con Griffith, con Welles. Fantasía iba a ser su “Guernica” y su “Rosebud”. Fantasía le iba a cerrar la boca a todo el mundo y les iba a abrir los ojos bien abiertos a fuerza de la por entonces descomunal cifra de U$S 2.500.000 y tres años de trabajo ininterrumpido. Fantasía iba a reemplazar el frenesí bobo de las silly simphonies –esos cortos musicales e involuntariamente surrealistas- con 130 minutos de clásicos de Beethoven, Bach, Tchaikovsky, Dukas, Stravinsky, Ponchielli, Moussogorsky y Schubert (único compositor vivo de la partida quien se negó a que Le sacre du printemps participara de la empresa a cambio de U$S 5000 por lo que Walt decidió usarla lo mismo y gratis aprovechándose del agujero negro legal que dejaba el hecho de que la pieza había sido registrada en la Rusia prerrevolucionaria). El sometido hermano de Disney –Roy– sugirió “meter un poco de la orquesta de Tommy Dorsey” y el patrón le retiró el saludo. Lillian Bound Disney –esposa– le advirtió que “la cosa no va a funcionar, querido”.
Sordo a toda crítica, Disney convocó al maestro de moda Leopold Stokowski y allá vamos. Disney –quien por esos días abrió sus estudios a las prestigiantes presencias de gente como Aldous Huxley, Thomas Mann, Henry Ford y Frank Lloyd Wright quien, cuando se le mostraron las primeras tomas de Fantasía, definió a todo el asunto como “absurdo”– estaba lleno de ideas delirantes: quería 3-D, quería algo llamado Fantasound en todos los cines en que se la proyectara Fantasía, quería inundar los cines con perfume especialmente creado para la película (y que se vendería junto al popcorn y la gaseosa) durante el ballet floral de “La Suite del Cascanueces”. Disney quería tantas cosas... Al final, Fantasía fue un fracaso económico, el Xanadú de Disney, y un producto que no salió de los números rojos hasta que fue relanzada en 1969 con poster psicodélico à la Peter Max para felicidad de hippies que se despatarraban en las butacas para fumar marihuana, tragar ácido lisérgico y ver los colores todavía más coloridos.
Desde un punto de vista psicologista, Fantasía es algo fácilmente interpretable y dueña de un diagnóstico obvio: el complejo de inferioridad de un hombre superior traducido a la gran pantalla con compulsión noveau rich y necesidad de ser más reconocido que amado. Fantasía es, también, uno de los auto-sabotajes más apasionantes en la historia del cine junto al One From The Heart de Francis Ford Coppola o el New York, New York de Martin Scorcese o el Stardust Memories de Woody Allen: otra de esas grandes películas que nadie quiere ver.
“El aprendiz de brujo” –indiscutiblemente el mejor segmento, que reaparecería en la reciente Fantasía 2000 donde, para segura alegría del espectro de Roy Disney, se incluyó música de George Gershwin; una próxima tercera Fantasía haría bien en incorporar las curvas lolitescas de Christina Aguilera y Britney Spears, alguna vez mousqueteras del Disney Channel– es la clave tan secreta como evidente de la patología. Allí Disney se desdobla en discípulo díscolo (ese Mickey Mouse al que le había dado su voz y que aquí aparece por primera vez díscolo, más cerca de Donald Duck y muy lejos de su obsecuencia de costumbre) contra el Maestro Hechicero de su propia leyenda desatando un caos de escobas y olas gigantes. Al final –como en esa última parte de Fantasía, donde una fiesta negra de demonios y esqueletos acaba siendo vencida por el “Ave María”– todo vuelve a la calma.
En cualquier caso –dicen los que los conocieron, los que estuvieron allí– Walt Disney jamás se repuso del golpe. Ni siquiera cuando el Metropolitan Museum of Art de New York le pidió algunas cells (fotogramas grandes de celuloide pintado a mano) o durante los sucesivos reestrenos (Disney supervisó los de 1956 y 1962, siguieron varios más), cuando la película fue y ha venido siendo redescubierta por amantes de lo cult y lo bizarro. Decir la palabra Fantasía frente a Disney equivalía a venas hinchadas y ojos inyectados en sangre.
Cabe pensar que fue entonces, a partir de un fracaso, que a Disney se le ocurrió la idea sin retorno de su más colosal éxito. Cabe suponer que alzó el puño a los cielos y gritó: “Si al mundo no le interesa mi visión, entonces crearé mi propio mundo”. Y así Walt Disney convirtió su espacio interior en nuestro espacio exterior, hizo los cielos y los mares y la tierra y Disneyland y Disneyworld. Y al séptimo día no descansó.
De un modo u otro, todos vivimos allí.


On the rocks

Walt Disney, Eva Perón y Timothy Leary: congelar el cuerpo, embalsamar el cadáver y transformar el cerebro en software de computadora: las tres ideas más notables del siglo XX para alcanzar la inmortalidad.

Por María Moreno

Ningún niño es bueno. Freud lo probó y Cruella de Vil fue siempre una ídola más secreta que la rata Minnie y la pata Margarita. Pero nada más excitante para un niño que la idea de que Walt Disney estuviera suspendido entre la vida y la muerte mediante la “hibernación criónica”. A ninguno que escuchó ese rumor le importó si sería reanimado o no. Seguramente le gustó imaginarlo congelado como el Abominable Hombre de las Nieves, capturado en una suerte de pulmotor con el aspecto de una nave espacial averiada, el bigote cubierto de escarcha. El rumor de la hibernación también rodeó a Salvador Dalí quizá porque la humanidad piensa al genio como excepción mientras planea reproducirlo para que deje de serlo. Y también porque los supuestos hibernados suelen haber anunciado sus planes de eternidad literal con gran despliegue de prensa y jerga extraída de fascículos de difusión científica. Einstein tuvo más suerte: su época sólo permitió que se obsesionaran con el peso y el tamaño de su cerebro ya totalmente descartable.
Poco antes de su muerte a causa de un cáncer de próstata, el artista y psicólogo Timothy Leary planeó conservar su cerebro y ofrecer a través de internet el espectáculo de lo que llamó una muerte de diseño en donde el trabajo de la organización criónica tenía un papel estelar. “El equipo que te ha correspondido pone manos a la obra, llegando lo más pronto posible junto a tu cama. Ponen tu cuerpo en un baño de hielo, donde te administran medicamentos y usan un aparato que restaura la respiración y la circulación sanguínea. Esto se hace para prevenir las lesiones cerebrales, que de otra forma ocurrirían debido a la falta de oxígeno (...) Acto seguido, la temperatura de tu sangre descenderá hasta un nivel cercano al punto de congelamiento del agua. Por fin, te sacarán toda la sangre y la sustituirán por un líquido que conserva los órganos, similar al que utilizan para conservar los órganos de los donantes durante el transporte. Te embalan el cuerpo con hielo y al laboratorio vas”, prometía en un artículo de su libro El trip de la muerte, escrito en colaboración con R. U. Sirius.
Disney habló poco de sus planes de volver de la muerte y habló menos de su labor como informante secreto del FBI, actividad que ocupó desde 1940 hasta su muerte. Habló mucho, en cambio, ante el Comité de Actividades Antinorteamericanas que comenzó a funcionar en 1947 para cazar comunistas. Pero al parecer su fidelidad al FBI había comenzado mucho antes, en 1936, cuando su director le prometió intercambiar informaciones. Disney creía que había algo oscuro en su origen y Hoover terminó por averiguarle que no había nacido en Missouri como le había dicho su padre, sino en España, o al menos de una mujer de ese origen.
Que un realizador de dibujos animados planeara reanimarse parece un plan bastante obvio. Si el mito tuvo algo de asidero, ¿el proyecto de Disney se limitaba a ser el primer cobayo para la creación de una Disneylandia de muertos vivos? ¿Para que fuera Bush y no un fantoche de Abraham Lincoln el que te diera la mano en el stand del pasado democrático de EE.UU.?
Timothy Leary había empezado como un gurú psicodélico que abogaba por un cuerpo experimentalmente químico. Tenía un programa popular simple que consistía en una serie vitalicia de conferencias que promovían la felicidad psicotrópica como forma de arte contracultural y una receta de dosis de drogas razonables para el ciudadano medio: dos tazas de cafeína, trece cigarrillos, dos Vicodin, un vaso de vino blanco, un whisky con soda, una línea de cocaína, doce globos de óxido nítrico y cuatro galletas Leary (cracker untado con una mezcla de marihuana y queso fundido). Hasta que se empecinó en expandir su yo, no sólo más allá del espacio del mundo real, sino en el tiempo. La alternativa era una “hibernación criónica” o un banco de cerebros. El problema era que el retorno a lo que él llamaba “la cárcel Tierra” podía provocar una serie de problemas denominados bajo la forma eufemística de “discontinuidad experimental aguda”, expresión que, fuera de los manuales de difusión científica, quiere decir que puede suceder que te descongelen en el momento en que la nanotecnología no haavanzado lo suficiente como para que dejes de ser un asqueroso cadáver en suspense frigorífico.
La nanotecnología fue vendida publicitariamente por Leary como “el control absoluto y barato sobre la estructura de la materia”. Una técnica de manipulación tan hartera que podría permitir a una persona sobrevivir mediante el calco de la estructura de sus neuronas al cilicio u otro material, guardarse electrónicamente o transformarse en virus informático. El pensamiento norteamericano oficial tiende a creer que cualquier cosa tiene una localización material aunque se trate de una materialidad virtual. Así, Leary se animó a definir el alma como información procesada en soporte celulares, moleculares y atómicos microscópicos, es decir, información a recuperar o a perder si el futuro –como siempre sucedió– tiende al accidente y a la variable. Según la promoción Leary, de fines de los años ‘90, la conservación del cuerpo completo costaba entre 75.000 y 150.000 dólares, la del cerebro entre 30.000 y 50.000. Entre las fundaciones practicantes está la CryoCare en la que Leary estaba anotado. Pero al parecer sus representantes eran tan voraces y se mostraban tan ansiosos por separar la parte de arriba de Leary de la de abajo, como lo hiciera Mishima en su propio cuerpo y bajo la daga de su amante –aunque en nombre de ideas mucho más anticuadas–, que el operativo se suspendió. Leary murió artesanalmente, intercambinado unos postreros y poco inspirados e-mails de despedida con algunos amigos y rodeado por otros. Ya los gusanos o el fuego habrán hecho su trabajo luego del efectuado por quien él llamaba “La señorita Cáncer”. Pero la performance fallida de Leary apuntaba a un sueño todavía hip: tener una muerte de diseño y, al mismo tiempo, con la posibilidad de almacenar información contracultural que pudiera reanimarse aun en una sociedad neoliberal.
El kitsch peronista pretendió una Eva eterna, cada uno de sus órganos inflados por formol, una escultura hiperrealista hecha con materiales reales pero sin conciencia, un monumento pop con evocaciones naïves de la Bella Durmiente. Si algo de Disney está hoy on the rocks no sería por nada parecido ni al proyecto del doctor Ara ni al de los contraculturales psicodélicos. Una nota publicada el viernes pasado en Clarín cuenta cómo un agente de la FBI se infiltró en la Cosa Nostra de Nueva York bajo el apodo de “Big Frankie” y la identidad del dueño de una compañía de transportes especializado en chatarra y cigarrillos de contrabando. Su trabajo logró la caída de 73 capos y secundones. Imaginen a Disney reciclado como soplón eterno. ¿Acaso Hoover no le había prometido una identidad absoluta mientras viva? Es decir –de estar hibernando– para siempre, con un sabático prolongado y simultáneo a un ajetreo de nanotécnicos con prolijas agendas virtuales y sueños de Mary Shelley. Los nanotécnicos aseguran que si se puede extraer de un cerebro un software de identidad personal, la mente humana podría ser enviada por e-mail de un lado a otro de la galaxia o vivir en robots. El FBI podría reprogramar a Disney como virus informático capaz de reproducirse a sí mismo, para defenderse de ser borrado accidental o voluntariamente, con una identidad personal diseñada para infiltrarse entre los talibanes y exterminar a un Bill Laden, nuevo enemigo de EE.UU., reprogramado también como virus, autorreproducible e imborrable. ¡Otra que Disneylandia! Ahora, supongamos –amén de que Disney esté en el hielo– que, como en los tiempos de la literatura, siempre exista un resto del texto, una molécula de identidad personal resistente a la manipulación y que adopte la forma arcaica de una voz ratonil. Porque si Flaubert era Madame Bovary, Disney es Mickey. Entonces podría ser reanimado, como él. Pero soplón. Es decir, una rata, en todo sentido. El futuro siempre fue horrible.


PAREN LA MANO:
¡BAMBI NO ERA ARGENTINO!

Blancanieves fue un éxito mundial, pero el primer largo animado fue argentino. El Zorro llegó a Ezeiza el día que debía llegar Perón, pero se sospecha que venía como agente del Tío Walt. Bambi no está inspirado en los ciervos patagónicos, pero Disneylandia sí está basada en la calle Lavalle. ¿Cuál es la relación entre aquel parque de diversiones y nuestra tiendita del horror?

Por Alfredo García

Entre el centenar de leyendas internacionales alrededor de Disney y su imperio, hay que anotar algunos mitos exclusivos de la Argentina. Sorry, pero Bambi nunca fue parte de la fauna argentina. Disculpe, pero dos películas nacionales se adelantaron al supuesto hito Blancanieves, y encima de todo la cara más oscura y políticamente incorrecta de Walt podría haberse iniciado en nuestras pampas.

No llores por la mamá de Bambi
A pesar de lo que siempre se dio por sentado en nuestro país, cuando Walt Elias Disney nos visitó por 6 días siguiendo el mandato de la política de Buenos Vecinos del gobierno de los EE.UU., Bambi ya estaba en etapa de posproducción y el famoso ciervo ya había sido dibujado y animado a partir de modelos vivos de zoológicos estadounidenses, no patagónicos. Quien quiera evidencia al respecto puede revisar cualquier texto oficial de los estudios Disney sobre Bambi: se habla de dibujantes boceteando ciervos de zoos americanos, pero nada de bosques patagónicos, fauna argentina ni nada parecido. Y hay que asumirlo. La visita de Walt, de todos modos, provocó un acuerdo memorable para la industria del cine nativo: Luis César Amadori, autor de Dios se lo pague, reemplazó al talento mexicano a la hora de doblar al castellano clásicos como Pinocho. De ese viaje también surgió el corto El gaucho Goofy y un fragmento del mediometraje Saludos amigos, con un gauchito de la banda oriental que encuentra un burro alado con el que audaz se eleva por sobre los Andes uruguayos... aunque usted no lo crea.

Algo gracioso ocurrió camino a ese autito pop
Cupido motorizado (The Love Bug), film infantil de los estudios Disney, sigue siendo el único en ser protagonizado por un producto que el espectador querría comprar al abandonar su butaca –chivo genial que generó varias secuelas muy exitosas, incluyendo el nuevo pero no tan económico “escarabajo”, nuevo producto de la misma firma que utilizó mano de obra de Auschwitz, Dachau y otros parques temáticos anteriores a Eurodisney. El primer film fue dirigido por Robert Stevenson, autor de películas de culto como Me casé con un comunista (RKO Pictures) y Mary Poppins (Disney).
Mucho antes de producir Cupido motorizado Disney andaba metido en asuntos extraños como el apoyo de su estudio a un corto argentino que, en plena Segunda Guerra Mundial, apelaba a la tecnología alemana para darles color a sus personajes animados. Si queda alguna duda, en un reciente número de la revista Sight & Sound el animador más prestigioso de los estudios Disney, Art Babbit, lo explica todo, contando cómo vino a la Argentina a servir de asesor técnico a un cartoon local que no puede ser otro que Upa en apuros, raro ejemplo cinematográfico de Patoruzú que a fines de 1942 sirvió de aperitivo a La Guerra Gaucha. El primer cartoon en colores nacional utilizaba el proceso alemán Agfacolor, inmediatamente rebautizado AlexColor. Esto no impidió que lo que más se note al ver el corto sea lo estilizada de la técnica animada, bien a lo Disney, gracias al trabajo de Art Babbit, responsable de Donald y Blancanieves, nada menos. Para no pensar mal, habría que decir que en 1942 un proyecto artístico con talento argentino-alemán-norteamericano era todo un avance del mundo globalizado que disfrutamos en este maravilloso inicio del siglo XXI.

¿Disneyland, Disneyworld, Eurodisney y Disneyville?
Según el prestigioso escenógrafo argentino Mario Vanarelli, responsable de centenares de trabajos aclamados en cine, ópera y TV –pasando por los decorados de El fantasma de la ópera de Narciso Ibáñez Menta y el vestuario de El camino del gaucho, producción de la Fox rodada en Argentina–, la visita de Walt Disney provocó un emprendimiento que le fue asignado para ejecutar de forma personal: Lavalle debía convertirse en una calle mágica al mejor estilo Disney. Vanarelli guardó sus diseños de Disneyville, y explicó al ser entrevistado su idea de que el primer Disneyland se había basado en su esquema original del Reino Mágico de la calle Lavalle.

¡El Zorro y Perón, un solo corazón!
Se supone que Guy Williams, es decir el Zorro de la serie de los estudios Disney, apareció en la Argentina contratado por el Canal 13. Según algunas versiones, el Zorro apareció en el aeropuerto de Ezeiza el mismo día que una multitud esperaba en vano a Perón –que llegara poco tiempo después. El General no aterrizó, pero el Zorro tuvo un recibimiento triunfal: “¡El Zorro y Perón, un solo corazón!” fue la ovación que lo conmovió al punto de argentinizarlo hasta la muerte.
Este año la cadena ABC –emisora antes asociada y hoy adquirida por los estudios Disney– emitió un documental sobre el mito del Zorro con una entrevista a la viuda de Guy Williams en la que la señora aseguraba que cuando pisó nuestra tierra su marido seguía bajo contrato de Disney, que le pedía que continuara haciendo su personaje por distintos rincones del mundo: “En la Argentina pasaron cosas raras” es casi el único dato adicional que la señora de Williams contó sobre aquella experiencia criolla.
Sabiendo que la muerte de Williams en Buenos Aires, ya en los ‘80, fue calificada como “dudosa” por los forenses, y sumándole las sospechas que algunos amigos famosos del jet set local insinuaron sobre esas duda de los peritos de la morgue, la teoría conspirativa típicamente Disney se perfecciona con esta nueva revelación que convierte a Guy Williams en un enviado del probado cruzado anticomunista y colaborador de las agencias de seguridad de su gobierno, lo que ayuda a imaginar otro escenario más ominoso por un lado, pero más luminoso para el hombre detrás del antifaz: si en pleno gobierno militar Williams no huyó asustado aun después de intentar una negociación inútil con la firma productora de Ramón “Palito” Ortega (el actual compositor del tema de “El sodero de mi vida” no concretó ese ambicioso largometraje por exigencias semisubversivas de Williams, como querer un score con obras de Mendelssohn interpretadas por la sinfónica del Colón, un buen despliegue de producción y la negativa a que Carlitos Balá apareciera en el rol de Bernardo) es, quizá, debido a la inercia del agente preparado a todo: a una resaca espectacular o a un sentimiento futbolístico imposible de encontrar en Beverly Hills.

Los últimos serán los primeros
Eso dice la Biblia, que también afirma cosas como “La verdad te hará libre”. Lamentablemente el miércoles pasado, día del centenario del Tío Walt, no uno sino varios diarios argentinos festejaron a Blancanieves como el primer largo animado de la historia del cine. Los últimos, esta vez también, fuimos nosotros, ya que nuestros propios medios olvidaron que el primer largometraje animado fue argentino: El apóstol, de Quirino Cristiani, se estrenó en 1917, narrando una fábula política en la que el presidente Yrigoyen incendiaba Buenos Aires con rayos extraterrenos.
Por si quedaba alguna duda, en 1931 el mismo director volvió a apelar a su fobia radical –por entonces injustificada– en Peludópolis, primer largo sonoro animado de la historia del cine que, del mismo modo que su antecesor, no puede verse más debido al descuido de las instituciones que debían preservarlos. Más cuidadoso que más de un medio local, el site oficial de Disney explica que, en 1937, Blancanieves fue el primer “largometraje animado en colores, sonoro y provisto de secuencias musicales” de la historia del cine. Si fueran más cuidadosos también hubieran incluido el detalle que es un largo sonoro, en colores, musical y con enanos...


Seven

La flamante edición restaurada de Blanca Nieves (en video y DVD) permite volver sobre este superclásico a quien muchos consideran el opus magnum de papá Walt. Obra maestra o tostón sobrevalorado, lo cierto es que Blanca Nieves no es sólo el primer largometraje animado (aunque Argentina se arroga los derechos del invento) sino también el molde que la fábrica Disney utilizaría, de allí en más, como molde para (casi) todo lo que vino después.

POR HORACIO BERNADES

En 1933, Walt Disney se embarcó en un proyecto que, visto desde hoy, no representa ninguna noticia, pero en su época fue considerado un delirio liso y llano: la filmación de un largometraje animado. Como todo self made man, Disney siempre fue un pionero, y para ese entonces ya lo había demostrado en dos ocasiones. En 1928, fue el primer animador (o empresario de la animación, ya que quien dibujaba sus “dibujitos” no era él, sino su brazo derecho Ub Iwerks) que sincronizó imagen y sonido, en el corto Steamboat Willie, protagonizado por Mickey. Al año siguiente, introdujo el color en el mundo de la animación, en el corto The Skeleton Dance. Sonido y color: no hay más que imaginar un “dibujito” que carezca de ellos para comprender el gigantesco salto adelante que ambas innovaciones representaron para el campo de la animación.
Pero el pionero ambicionaba más. Ahora se proponía derribar la última barrera que impedía al cine dibujado estar a la misma altura de la live action. Esa barrera era la duración. Hasta el momento en que a Disney se le ocurrió la idea, los dibujitos eran apenas un aperitivo de pocos minutos, que se proyectaban antes del plato principal, como parte de lo que se llamaba “variedades”. A la gente le encantaban, pero no era eso lo que iban a ver al cine, sino las películas “verdaderas”, protagonizadas por actores de carne y hueso. Cuatro años le llevó a Disney y su equipo consumar lo que todo Hollywood auguraba como un fracaso tan colosal como sesenta años más tarde se predijo que sería Titanic: una película de hora y media en la que no hubiera otra cosa que dibujos.
De hecho, como más tarde sucedería con la película de James Cameron, el presupuesto de Blanca Nieves (de ella se trata) se decuplicó a lo largo de esos cuatro años, pasando de 150 mil dólares a un millón y medio. En el medio, Disney y sus técnicos consumaron una nueva invención: la cámara de multiplanos, que permitía trabajar varios planos de imágenes superpuestas e hizo que todo Hollywood abriera la boca, asombrado, cuando se encontraron con esos fondos tan definidos, y con tanta independencia de movimiento como tenían las figuras. El resto de la historia ya se conoce: Snow White and the Seven Dwarfs fue un exitazo sensacional, tanto en términos de público como de consideración crítica. Estaba naciendo una compañía que se dedicaría a fabricar largometrajes animados a plazos regulares, durante los siguientes 65 años y más allá.
Valgan un par de aclaraciones. En primer lugar, Blanca Nieves y los siete enanitos nunca se llamó así en castellano. Su título fue y sigue siendo Blanca Nieves y los siete enanos, así, sin diminutivo. La razón del rebautizo obedece sin duda a un tic de corrección política avant la lettre: mientras que enano suena despectivo, enanito tiene una connotación como cariñosita. La segunda aclaración, por muy chauvinista que suene es estrictamente real: Blanca Nieves no es el primer largometraje animado de la historia. Hubo una que la antecedió en nada menos que 20 años y fue, sí, argentina. Se trata de El apóstol, sátira política que le tomaba el pelo al presidente Hipólito Yrigoyen, realizada por el pionero Federico Valle y un par de directores de su equipo. Queda salvado el honor patrio.

PLAN GENERAL DE IMITACION
Blanca Nieves nace con marcas de origen, y a la vez instituye el molde (estético, dramático, narrativo, moral hasta hace más o menos una década) al que de allí en más se atendrían la Walt Disney Co. y buena parte de la competencia. Entre esas marcas, una de la que los futuros films animados se desprenderían gradualmente: la ambición de copiar lo real.
Para preparar Snow White, Disney y los suyos volvieron a estudiar el movimiento con una obsesividad que no se veía en cine desde los tiempos de su prehistoria, cuando el inglés Eadweard Muybridge se quemó las pestañas descomponiendo y volviendo a componer, al infinito, el salto de uncaballo. Pero ahora se trataba de estudiar el movimiento humano, y para ello Disney y sus muchachos convocaron a su estudio a un montón de modelos reales. Les hicieron caminar, gesticular, bailar, una y otra vez hasta el agotamiento. El resultado de este Plan General de Mimesis es efectivamente asombroso: basta ver los delicadísimos, sutiles pequeños movimientos de la princesita, para comprobar con qué grado de obsesión podía el viejo Walt perseguir sus sueños (follow your dream, idea disneyana por excelencia, que inunda cada uno de sus productos).
Pero la imitación de lo real no se detuvo en el mero movimiento y llevó a Disney a copiar, a diestra y siniestra, modelos de la época. La madrastra tiene la parada olímpica de Greta Garbo y los gestos excesivos de Gloria Swanson. Blanca y su príncipe azul se trenzan en canciones de opereta que parecen extirpadas de alguno de esos plomazos en los que Jeanette MacDonald y Nelson Eddy trinaban a reventar. A propósito, Blanca canta igual que la blanquísima Lamarque de Besos brujos. Pero en este caso, más que copia debe tratarse de coincidencia. O espíritu de la época, vaya a saber.

EL CANON
El Plan General de Mimesis no se limita a los modelos humanos, sino también a los más diversos paradigmas estéticos previos. El cine musical, notoriamente: Blanca Nieves establece para siempre eso que algunos aman y muchos odian de los productos Disney: el de la película con canciones (cursis, las más de las veces). El del cine romántico es, obviamente, otro modelo muy presente. Disney toma prestada también la unidad elemental del cine cómico desde los viejos tiempos del slapstick: el gag, que queda en manos de ciertos personajes secundarios, encargados de proporcionar lo que en inglés se denomina comic relief o “descanso cómico”. En el caso de Blanca Nieves, son los enanitos. De allí en más, grillos, ratoncitos, hadas gordas, camarones o vajillas parlantes se integrarán definitivamente al canon Disney.
Conviene no olvidar, en este punto, que Blanca Nieves es la primera de las películas Disney que se basa en el acervo más tradicional de la literatura infantil: el cuento de hadas. Otro tanto ocurrirá con Pinocho, Cenicienta, La bella durmiente y siguen las firmas. Todos ellos, claro, convenientemente traicionados, tergiversados y expurgados, porque parecería que para Disney y su sinónimo, la cultura americana del siglo XX, los Grimm, Perrault y Andersen eran demasiado hard.
Hasta que llega Shrek, dice “Todo esto es una mierda” y se limpia literalmente el culo con uno de esos cuentos, poniéndole fin a sesenta y pico de años de historia en ochenta y pico de minutos ¿Poniéndole fin? El tiempo y sus aggiornamientos dirán si es así.

NEGRA NIEVES, TRENES BAILARINES
Sería obra de chicatos ver en Blanca Nieves y sus sucesoras sólo la pacatería de la protagonista, la cursilería de su love story, la chorreante melaza que desparraman canciones, animalillos del bosque y pajaritos canoros. Si lo peor de Blanca Nieves es la propia Blanca Nieves y todo lo que cae bajo su poderoso influjo kitsch, debe reconocerse que otras zonas de la película funcionan muy bien. Una es el ya citado comic relief aportado por los enanos y algún animalejo que se salva de encarnar valores positivos, como cierta tortuga torpe y tropezona.
La otra zona que funciona es consecuencia directa del empeño que siempre pusieron Disney y sucesores en abogar por el triunfo del Bien: sus malos están entre los mejores del cine. Morocha, operística y asociada con los colores negro y púrpura, la madrastra de Blanca Nieves le roba cámara a la protagonista, como ocurrirá de allí en más no sólo con sus descendientes más obvios (la madrastra de Cenicienta, la bruja de La bella durmiente, Cruella DeVille, la tía de La sirenita, la usurpadora del trono en Laslocuras del emperador) sino todos los representantes del mal en los futuros productos Disney. Incluyendo a la Bestia, Scar y la ballena y demás villanos de Pinocho. Esta última es, seguramente, la película en la que Walt más se dejó fascinar por el Mal, por lo tanto una de las mejores.
De estas dos líneas se desprenderá, en el futuro, lo mejor de Disney, que cuando se entrega a la oscuridad logra sus mejores momentos visuales. Algunos francamente impresionantes, como la transformación de la madrastra en bruja y el súbito arranque expresionista del Bosque Encantado en Blanca Nieves; el episodio de la Isla del Placer y el del ataque de la ballena en Pinocho; la erección de la carpa, en medio de la noche cerrada y la tormenta en Dumbo, el ataque de los cazadores en Bambi. Y así sucesivamente, hasta el desbarranque en El rey León y las gárgolas de El jorobado de Notre Dame.
Esa joya llamada Dumbo, poblada de elefantas chusmas, trenes bailarines y ratoncitos tan cancheros como Bugs Bunny, demuestra que Disney gana por goleada cuando se desprende de la atadura del mensaje y los valores morales y se entrega a la simple felicidad de inventar formas y movimiento, dándole rienda suelta al humor. Lamentablemente, Dumbo tuvo menos hijos que Blanca Nieves: apenas Hércules y Las locuras del emperador. De haber tenido cría el elefantito, otro ratoncito hubiera cantado. Puede apostarse que esa canción hubiera sido mil veces más divertida que Someday My Prince Will Come o When You Wish Upon a Star.


La Cosa Mostra

La semana pasada se estrenó Monsters Inc., una coproducción de Disney y los creadores de Toy Story. El tema es: ¿de quién son las virtudes y de quién los defectos?

Por Mariano Kairuz

A poco menos de tres meses de los atentados contra las Torres Gemelas, cualquiera podría ensayar una descripción paranoica del argumento de Monsters Inc., y el resultado sería más o menos el siguiente: un mundo de lo más parecido a un pueblito norteamericano de ensueño de los años 50 se ve alterado de la noche a la mañana porque –en medio de una grave crisis energética– se ha infiltrado un extranjero proveniente de aquella región en la cual se concentran las principales fuentes de energía. El invasor es pequeño pero sus habitantes lo consideran letal, y se ha lanzado un alerta general entre la población, lo que implica la proliferación de agentes enmascarados y en trajes impermeables buscando por todas partes hasta el más mínimo rastro del intruso, para eliminarlo como si se tratara de un foco infeccioso y altamente contagioso. Suena exagerado, y la verdad es que, para referirse a la última película de Pixar –estrenada este jueves– lo es.
Primero, porque, como se sabe, cualquier largometraje de animación lleva un trabajo total de producción que se extiende a lo largo de no menos de dos años, y que de hecho, en el caso de Monsters Inc., fueron casi cinco -si se cuenta desde el momento en que sus responsables se sentaron a pensar qué hacer después de Toy Story hasta que estuvo lista para su estreno–. Lo que no invalida la posibilidad de arriesgar una interpretación sobre un film protagonizado por los llamados miedos “primarios” (a la oscuridad, a los monstruos que se esconden en el ropero) pero que pareciera localizar los verdaderos miedos en otro lado, en una zona “adulta”, profunda y oscura de la sociedad norteamericana. Es probable que aún hoy, a más de veinte años de la gran crisis petrolera, algún norteamericano despierte transpirado por las noches entre imágenes de largas colas en estaciones de servicio con cantidades limitadas de nafta a precios exorbitantes.
El mundo en cuestión es Monstrópolis, ciudad industrial en la que se encuentra la planta de energía central que lleva por nombre el título de la película. Sus habitantes son sus no tan monstruosos –y muy coloridos– monstruos, verdaderos “obreros” del susto cuyo trabajo consiste en asomarse por cajones y puertas entreabiertas en las habitaciones de los niños humanos por las noches, para extraer de ellos los gritos de pavor que son el principal combustible de Monstrópolis. Pero, como el director de la compañía de energía ha venido advirtiendo, el modelo está en crisis: los chicos son cada vez más difíciles de asustar. Y, como si no tuvieran problemas suficientes con eso, ya han sufrido dos “peligrosas” intrusiones humanas: primero, el zoquete de un niño (que ha sido debidamente pulverizado, mientras se ponía en cuarentena al trabajador infectado) y ahora, una niña completa, de dos años, ojos enormes y trencitas, sobre quien ya se ha dado la orden de “encontrar y destruir”. Y a la que los héroes de esta historia –un dúo conformado, a la manera de una pareja cómica clásica, por un enorme “asustador profesional” llamado James P. Sullivan y su pequeño asistente Mike Wazowski– se encargarán de proteger, una vez que hayan descubierto que el peligro que supuestamente presentaba la niña humana no era tal, y que su mundo ha estado viviendo bajo la amenaza de sus propios prejuicios.

SOMOS PIXELES QUEREMOS ACTUAR
En Pixar parecen tener un pequeño problema de comunicación. Por un lado, Steve Jobs, el ex geniecillo de la computación, cabeza de Pixar (desde que se la compró a LucasFilm unos quince años atrás) y de Apple Computers, no puede consigo mismo e insiste con su discurso de prepotencia hi-tech, recordándole a quien lo escuche que “Toy Story fue el primer largometraje animado por computadora de la Historia del Mundo”; que con Bichos –el segundo largo de Pixar– se desarrollaron nuevas texturas y técnicas de iluminación para los films digitales y que en ese aspecto “nadie ha logrado alcanzarnos todavía”; y que hoy, como si aquello no bastara, “Monsters Inc. es aún más refinada en su impacto visual, gracias a un software diseñado especialmente para agregar y animar el pelaje de sus personajes”.
Pero por el otro, John Lasseter, codirector de las dos Toy Story y de Bichos y productor de Monsters Inc., obvia los prodigios tecnológicos para resaltar la blancura de espíritu citando al tío Walt: “Disney alguna vez dijo que por cada risa debe haber una lágrima: si los personajes de la historia tienen corazón, entonces permanecerán junto a la gente por más tiempo.” Y sonará trillado, pero el cuarto largometraje de Pixar parece avalarlo. Lasseter y compañía bien podrían increpar a la industria cinematográfica: ¿Vieron lo que pasó con Final Fantasy –ese estrepitoso fracaso comercial estrenado hace unos meses–? Demasiado realista, demasiado fría, demasiado poco argumento: nosotros tenemos un astronauta y un cowboy de juguete que cobran vida y un par de mostros de café concert y todos se ríen, con nosotros. Habrá quienes crean que el fotorrealismo de la animación digital reaviva (exhumando a Oliver Reed en Gladiador y a los dinosaurios por todas partes) aquellos temores de cincuenta años atrás, cuando el encanto y la fluidez de los dibujos animados iban a dejar sin laburo a los actores de carne y hueso; pero los mostros de Monsters Inc. -aunque le hayan hecho saber a todo el mundo que están cubiertos por más de dos millones de pelos virtuales perfectamente animados–, tienen las voces muy humanas y muy graciosas de Billy Crystal y John Goodman y de un pérfido Steve Buscemi.
A Monsters Inc. le han achacado que, tratándose del film de Pixar con más potencial para poner a prueba el lado oscuro de la animación y del relato infantil, probablemente haya resultado ser el más inocente de los cuatro estrenados hasta ahora, con su final previsiblemente edulcorado. Y quien conteste que, después de todo, es una película de Disney, que no esté tan seguro de que en Pixar quieran estar ligados a la empresa del ratón para siempre: la asociación entre ambas empresas es un contrato de coproducción y distribución por cinco películas, de la que ya se hicieron cuatro. Y habrá que ver si Lasseter & Co. tienen ganas de seguir compartiendo con el Ratón una torta de la que, seguramente, se atribuyen la receta. Mientras tanto, Dreamworks hace sus propias películas de animación digital, y Shrek fue todo lo posmoderna y paródica que podía ser sin dejar de facturar una fortuna y tirar unos cuantos guiños de su productor, el ex Disney Jeffrey Katzenberg, contra sus antiguos jefes.

MOSTROS POR TODOS LADOS
Si bien una recesión y un desempleo monstruosos vienen afectando, como a cualquier actividad, la exhibición cinematográfica en la Argentina, sus coletazos más duros se habían hecho esperar hasta estos últimos meses. Para combatir a tamañas bestias –y al esperable monstruo de la taquilla que sería Harry Potter–, varios días antes de que el monstruo de la iliquidez asomara su cabeza, la filial argentina de Disney anunció que durante la semana de estreno (que va desde el jueves pasado hasta el próximo miércoles) las entradas de todas las funciones de Monsters Inc. costarían dos pesos. Una iniciativa emparentada con la experiencia piloto que fueron esos dos días de “cine a dos pesos” previos al fin de semana del censo nacional y con las discusiones en curso entre exhibidores y distribuidores para bajar el precio general de la entrada. Pase lo que pase –y eso ha probado ser mucho decir con el correr de este 2001–, está claro que no son pocos los que van a conocer a Sullivan, Wazowski y compañía por estos días. Todo un alivio en un mundo superpoblado de miedos de diversa calaña, y mientras los más paranoicos se preguntarán qué es más probable que ocurra primero: que la animación digital vuelva a las caricaturas más reales que nuestra monstruosa realidad, o que la ingeniería genética nos permita parecernos cada vez más a nuestras monstruosas caricaturas favoritas.


La máquina de hacer ratones

¿Qué tienen en común Britney Spears, Christina Aguilera y los ‘N Sync? Que todos empezaron cantando para... la Disney.

Por Mariana Enriquez

Las niñas ya no quieren ser princesas: quieren ser Britney Spears. Y Disney, como una máquina creadora de fantasías para la niñez, no podía dejar de ser responsable de los nuevos héroes y heroínas de los niños, las estrellas del pop adolescente, de carne y hueso pero tan irreales y puros como Blancanieves. Disney –la empresa– no “creó” a Britney Spears, Christina Aguilera y parte de ‘N Sync en sus encarnaciones actuales sino que los agarró de chiquitos y los introdujo en la maquinaria del mundo del espectáculo. Durante años, en la televisión norteamericana hubo un programa infantil, “El Club de Mickey Mouse” en el que actuaban, cantaban y bailaban chicos vivaces y esforzados (las audiciones eran famosas). Estuve en el aire intermitentemente desde los ‘50, pero fue sólo en su última etapa cuando se convirtió en semillero de estrellitas. Britney, niña sureña de pueblo chico, se formó allí, bajo la mirada atenta de su madre que, como suele suceder, estaba mucho más ansiosa que la niña por alcanzar la fama. Junto a ella bailoteaba Justin Timberlake, hoy en ‘N Sync y novio de Britney, y JC, otro ‘N Sync. En otra temporada entró a la troupe Christina Aguilera. Nick Carter superó las audiciones, pero en ese mismo momento lo convocaron para formar parte de los Backstreet Boys, y declinó la oferta. Uno de sus futuros compañeros, AJ McLean, intentó ingresar al programa pero falló en las audiciones.
Lo curioso es que como resultado de estos años de formación surgieron estrellas clonadas, intercambiables, que no sólo hacen música similar sino que se parecen en una belleza estereotipada que parece construida industrialmente. Y que ostentan una buena conducta puritana, ajena a los excesos y las excentricidades, para fácil consumo de todos.
Disney hoy eligió no perderse el filón que pueden reportarle estos adolescentes que crecieron bajo su atenta mirada. Por ejemplo, el Disney Channel (la señal de cable de la empresa) decidió integrar a su programación a los ídolos teen, que ya solían dar recitales en eventos de la empresa (los Backstreet Boys empezaron cantando en el Disneylandia de Florida). En Argentina directamente se encargaron de Popstars y por ende ahora de las tan mal bautizadas Bandana, en lo que resultó un negocio redondo con 20.000 copias vendidas en una semana y cinco Gran Rex; el canal emitía el reality show de construcción de estrellas todos los días a las 20. Entendieron, finalmente, que la historia de Cenicienta no tiene por qué terminarse en un cuento de hadas de dibujito animado y que Justin Timberlake es mucho mejor príncipe azul que el que encontraba la zapatilla.


El fin de la infancia

Cómo se resquebrajó la infancia eterna tras los atentados del 11 de septiembre.

Por Guillermo Saccomanno

A casi nadie le caben dudas a esta altura que Walt Disney era un reaccionario. Y que su personaje el pato es parecidísimo en su mímica al actual presidente norteamericano truchamente electo. Parafraseando a Wilde, la naturaleza imita el arte. No obstante, ahí están las obras de Disney, que siguen inspirando una cierta seducción basada, según Henry Miller, en la corporización del americano medio con sus fobias y paranoias. En lo personal, siempre me gustaron más las obras de Tex Avery, el creador de Tom & Jerry. Sus aventuras se prestan a una lectura más dialéctica de la historia: los débiles convirtiendo ingeniosamente sus limitaciones en fuerza para enfrentar la brutalidad facha de los poderosos.
Después del 11 de septiembre, esa visión disneylandesca de la realidad, de un universo cerrado para chicos, invulnerable, parece haberse resquebrajado. El centésimo aniversario del nacimiento de Disney, el padre fundador de ese imperio de la infancia, se resquebrajó. Una crisis económica devastadora arrasó Disney World y Disneylandia, esos fabulosos centros de entretenimiento para chicos ricos con tristeza.
Sin tomar partido a favor por ninguno de los fundamentalismos (el de mercado y el feudal), cabe una reflexión. Como en un dibujo animado de Tom & Jerry, el poder del gato se hizo añicos. El jueves 6 de diciembre cables procedentes de Los Angeles informaban que el presidente Bush exhortaba a los norteamericanos: “Vuelvan a Disney World, vuelvan a Disneylandia”.
Que el presidente del estado más poderoso del planeta deba pedirle a sus ciudadanos que regresen a la infancia es, por lo menos, patético. En U.S.A. las lecturas más inteligentes sobre la masacre de las Torres Gemelas provinieron, previsiblemente, de los intelectuales (Auster, Chomsky, Sontag). Norman Mailer advirtió entonces: “Ahora los norteamericanos deberán preguntarse por qué no son queridos en el mundo”. Ahora también, quizá, reparen en que la infancia sospechosamente ingenua (al menos la infancia a lo Disney) tiene duración limitada.


El cuento del tío

Por Juan Sasturain

En el mundo, en el verosímil de los personajes de Disney, hay sabidas convenciones no por eso menos memorables. Una, extraordinaria, es que el ratón Mickey tenga un perro, Pluto: un perro perro, porque para perro humanizado está Goofy. La otra convención maravillosa son las manos (inventadas) de sus personajes, ese grado de mínima humanización arbitraria que les conceden los guantes con un pulgar y tres opuestos, los cuatro dedos necesarios y suficientes para todos los efectos mecánicos. ¿Por qué tienen cuatro dedos? Porque son más fáciles de dibujar que con cinco, más visibles y alcanza con ellos. Gloria al inventor de semejante engendro sintético.
Hay, sin embargo un misterio que va más allá de estas aparatosas trivialidades y que es la pregunta que toca el corazón del mundo disneyano: quién y cómo es el padre de los sobrinos de Donald. Porque es evidente que Huguito, Dieguito y Luisito o como carajo los llamen en otros tiempos y latitudes, deben tener un padre (y una madre pata). Alguna vez, en la ficción, me lo imaginé clásico tío, hermano de Donald, empleado y trabajador, siempre ocupado –el Pato Nolan, le puse– sin tiempo ni energía para dedicarles a los inquietos y cabezones patitos que siempre estarían buscando cómo piantar de su desconocida casa a lo del tío insufrible pero no laburante, con el maravilloso autito siempre disponible para salir a cualquier lado. Es más: en el mundo de los personajes originales de Disney –no los provenientes de adaptaciones más o menos libres de otros cuentos tradicionales, como las películas o “Los tres chanchitos y el Lobo Feroz”– no hay padres ni hijos: hay novios/novias (Daisy, Minnie) tíos y sobrinos. No hay familia ni pareja –vínculos fuertes, inmediatos, directos, horizontales y verticales– sino laxos lazos afectivos, meros pretextos para la aventura. Lo del pato es homologable a lo de Mickey –tenía, en mis tiempos de historietas, también novia y sólo dos sobrinos– y es proverbial la figura del Uncle Scrooge (Tío Rico o Patilludo o McPato, otra vez) el avaro millonario generador de aventuras que habilita la existencia de Gastón, el lateral primo suertudo y competitivo.
Los cuentos con tíos y sobrinos de Disney establecen, como las manos de cuatro dedos en términos gráficos, un territorio de tácita tregua a las determinaciones, en este caso, de la malvada familia. Por suerte nunca conoceremos al padre de los sobrinos de Donald. Es, literalmente y dentro de este sistema, un impresentable.

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