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VERONA
Arte y belleza en la histórica (y literaria) ciudad italiana

Para alquilar balcones

Arte y arquitectura medieval y renacentista a la vuelta de cada esquina.

Punto de cruce de tiempos y culturas, de Oriente y Occidente, de Africa y Europa en cada gesto de su arquitectura Verona es una galería viviente del arte y la historia. La famosa Arena romana, el trazado medieval de sus calles y plazas y el placer estético de caminar por una ciudad marcada a través de los siglos por la belleza y la ilusión del trágico amor de Romeo y Julieta.

Por Florencia Podesta

Verona, sobre un codo que forma el río Adige al bajar de los Alpes, tiene su esencia en eso de no pertenecer a nadie y pertenecer a todos. Los romanos la fundaron en el 49 a.C.; luego Carlomagno, la nobleza lombarda, el imperio austrohúngaro, el imperio veneciano, el fascismo, todos dejaron sus marcas visibles e invisibles. En esta traza de la historia está el alma de la “veronesidad”: un sentimiento europeo del tiempo, de la historia y del arte, hoy testimoniado por un patrimonio envidiable de monumentos y obras que hacen de Verona una galería viviente de todos los períodos artísticos y culturales de la civilización occidental, ejemplo casi único de armonía de estilos y convivencia de propuestas. Podría ser un escenario para Las mil y una noches y a la vez en sus rincones más secretos esconder un balcón para la fábula de Shakespeare, con la misma gracia. La belleza polifacética de esta ciudad tampoco pasó inadvertida a los poetas viajeros, como puede leerse en los diarios de Goethe, Heine, Stendhal y Valéry.

Opera en la Arena Desde el tren caminamos por avenidas ruidosas, y poco a poco nos acercamos a la muralla romana y a una de las puertas de la ciudad antigua. Cuando atravesamos el umbral, entramos a otro mundo. Sin ruido, sin automóviles, la fabulosa plaza Bra debe ser una de las más espectaculares de Italia. El ágora gigantesca está llena de árboles, tapizada de adoquines y de gente activa. A la derecha se levanta, inesperado, un gigante de otra dimensión: la famosa Arena de Verona, el coliseo romano, tercero en grandeza, construido en el siglo I a.C. Fue hecho para albergar a 20 mil espectadores en sus 44 gradas de mármol. Desde hace un siglo, la Arena de Verona es el corazón de la lírica de todo el mundo. Desde la primera Aída, en 1913, millones de espectadores de todas partes asistieron a lo mejor de la producción operística, creando un mito propio.
La piedra rugosa, gastada y monumental del coliseo, su solidez milenaria, los arcos y muros colosales contrastan con la vereda de enfrente: una calle semicircular de la que asoman una fila de delicados edificios del período veneciano, de espíritu festivo, de colores saturados y cálidos, de ventanas sutiles y ornamentadas con resabios moriscos. Cada tantos metros se abre un pasaje angosto entre las casas, callejones en los que las ventanas y balcones enfrentados están tan cerca que uno puede imaginarse toda una vida social desarrollada en esa convivencia inevitable.

Arcos de la famosa Arena de Verona el coliseo romano que es hoy un templo de la lírica mundial.

Guerras de conventillo Para comprender una de las paradojas de Verona es necesario remontarse a la historia. Luego de su pertenencia al Imperio Romano, Verona se convirtió en una ciudad-estado, y en el siglo XIII llegó a su máximo esplendor bajo la familia Scaligeri, vicarios de Austria. Inescrupulosos en el ejercicio del poder, los Scaligeri fueron al mismo tiempo generosos mecenas de las artes, y muchos de los edificios más bellos de Verona datan de ese siglo. Aquella era una época que se recuerda por los odios viscerales entre las familias poderosas; a falta de un enemigo exterior más peligroso, las guerras se desarrollaban de calle a calle, de balcón a balcón, eran casi “guerras de conventillo” (la pelea más famosa, aunque ficticia en su mayor parte, fue la de los Montecchi versus Cappuletti, gracias a Shakespeare). Basta decir que en esa época se construyeron 700 casas fortificadas dentro de las murallas de la ciudad. Esta situación de odios intensos se torna paradójica cuando notamos que en la ciudad antigua no se podía vivir más que codo a codo con el vecino. Los espacios entre casa y casa son casi inexistentes; los muros y las ventanas están pegados, las calles son más bien pasajes en donde de un balcón a otro uno casi podría alargar la mano. Ciudad de espacios condensados, tal vez precisamente esta familiaridad excesiva hacía inevitables los conflictos. Seguimos en la plaza Bra. Cientos de personas van y vienen por este gigantesco espacio peatonal. A lo largo de la calle-paseo semicircular, un restaurante al lado del otro. Al mediodía se llenan de comensales que se dejaron tentar por la pizza al taglio (al corte), que se vende recién hecha por todas partes y en variedades muy imaginativas (con hongos, con verduras, con zapallitos, con berenjena y queso). En Verona, como en casi toda Italia, la comida es uno de los hitos fundamentales de la existencia, y de cada tres casas, la primera es una trattoria, la otra un restaurante y la tercera un almacén.
Después de transitar la plaza y callecitas adyacentes nos percatamos de algo maravilloso, que para el habitante de una ciudad tan estridente como Buenos Aires puede significar una revelación: a los autos sólo les está permitido llegar a un punto determinado de la ciudad, por fuera de las murallas. Más acá de las murallas hay que caminar o, como alternativa, usar ese juguete para grandes que parece estar tan de moda ahora en el norte de Italia: el monopatín a motor. De todas formas, siempre se trata de distancias “europeas”, es decir, mínimas y atendibles.

Rincones, detalles y secretos Para alcanzar un placer estético en Verona basta simplemente con caminar por las callecitas angostas y examinar las infinitas formas de las ventanas, los infinitos matices de los colores de los muros, la asimetría encantadora de los frentes. Basta sólo con asomarse a las aguas sorprendentemente celestes del Adige, un torrentoso río de montaña después de todo, y contemplar la vieja ciudadela viscontea al otro lado sobre la colina de San Pietro, los cipreses lanzados hacia el cielo, el Teatro Romano. Verona es para ser recorrida a pie; cada rincón, cada pasaje alberga un pequeño misterio. Antiguos herrajes con dragones para sostener candelabros en las paredes. Las casas son un palimpsesto de épocas y culturas, que casi puede ser leído; todos los muros medievales esconden sombras: las desvanecidas formas en piedra de otra ventana u otra puerta, acaso siglos más antigua, sellada en un momento dado para siempre; o una fonte romana que todavía funciona. Aquí nada se destruyó, todo simplemente se superpuso y sigue existiendo como esas muñecas rusas que adentro esconden otras muñecas.
Y así desembocamos en la Piazza dei Signori; como lo señala su nombre, una plaza principesca rodeada de magníficos palacios de estilo veneciano, pintados en colores vivos. Casi puede uno fantasear con ver salir al rey rodeado de fanfarrias y damas enjoyadas. Muy cerca encontramos Santa Maria della Scala, el monumento funerario privado de los Scaligeri. Esta capilla pequeña, una joyita mezcla de rusticidad medieval y refinamiento renacentista, nos dice algo del carácter de la poderosa familia a través de sus nombres propios en las tumbas: Mastín I, fundador de la dinastía; también Mastín II; y Cansignorio (“Perro Principal”) y Cangrande I (“Gran Perro”).
Más adelante, por la peatonal desembocamos en la Piazza Erbe, siempre activa y bullente de gente que va y viene. Por todas partes, bellas casonas renacentistas cubiertas de frescos delicados, con inscripciones y figuras humanas que contorsionan cuerpos musculosos, especialmente notable la Casa Mazzanti. “Forum” romano, centro civil, político y religioso de la primera ciudad, desde hace dos milenios vive en esta plaza el colorido mercado de la fruta y la verdura, aunque hoy seguramente con productos más sofisticados, y los ineludibles cafecitos y heladerías del Véneto.

Las calles son como pasajes donde es pesible darce la mano de balcón a balcón.

La casa de los amantes Por fin llegamos a la Casa de Julieta, o Giulietta Cappuletti, Via Capello 23. Es una estructura del siglo XIV bien conservada, aunque curiosamente no existe una conexión real entre esta casa y la persona histórica que se relaciona lejanamente con la Julieta de Shakespeare. Esto no impide que todos los enamorados del mundo dejen sus graffitis en las paredes; corazones flechados, nombres, amores y odios forman una trama como un encaje saturado que no deja un milímetro de muro libre; ninguna chica resiste tampoco asomarse por el balcón.
La historia de los amantes infelices es más antigua que la tragedia shakespeareana. Surgió de una tradición literaria y popular anónima, que tomó cuerpo en Verona a través de los siglos, y que finalmente fue puesta por escrito por Da Porto y Dalla Corte en el siglo XVI. Esta historia reflejaba de un modo fantástico, aunque no lejano a la realidad, aquel tiempo de luchas absurdas entre familias vecinas y sus consecuencias en las vidas individuales.
“Incluso existe el Club di Giulietta”, cuenta Dino. “Lo creó un grupo de artistas e intelectuales en la década del ‘70 para investigar el mito del amor trágico; pero ahora, con esto de Internet, parece que llegan miles de cartas de todo el mundo dirigidas a Julieta, hablando de amor, así que tienen unos voluntarios para responder a toda esa marea sentimental. Y lo que yo me pregunto es: ¿para cuándo el Club de Romeo?”

DE ROMA AL RENACIMIENTO

Patria del poeta romano Catulo, patria adoptiva de Dante en unos de sus exilios, lugar preferido por Julio César para pasar sus “vacaciones” europeas, meta obligada de intelectuales, semejante currículum sólo habla de una herencia artística que rebosa por todos sus lados. Basta un simple recorrido por sus iglesias; Sant’Anastasia, por ejemplo, bello edificio gótico, contiene frescos de Pisanello, y bajorrelieves de unos extraños seres jorobados que sostienen las columnas. Un poco más cerca del río encontramos el Duomo, una mezcla de estilos románico y gótico que alberga la Anunciación de Tiziano. Debajo del suelo del Duomo existe otra iglesia paleocristiana, del siglo VI. La Basilica di San Zeno Maggiore, construida y reconstruida entre el siglo V y el siglo XII, es una de las más bellas y significativas iglesias románicas del norte de Italia. El rosetón de la ventana, que representa a una muy pagana Rueda de la Fortuna, impresiona por su complejidad y delicadeza. El interior está cubierto de frescos coloridos también de la Edad Media, aunque la imagen más cautivante es la “Madonna y Santos” de Mantegna en el altar. El Castelvecchio (del año 1354) alberga obras de artistas medievales y renacentistas de la región, como Jacopo y Giovanni Bellini, una Madonna por Pisanello, el Descenso de la Cruz de Veronese, una Navidad de Tintoretto, y obras de los dos Tiepolos.