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Sudafrica
Trenes e historia

El azul y el verde

Las viejas casas de Mossel Bay, lugar del primer desembarco europeo en Sudáfrica. Assí se conserva el árbol-correo usado por los navegantes portugueses.

Desde el tren azul a las villas históricas del Cabo, de las playas vírgenes del Indico a los hoteles-granja del interior, hay una Sudáfrica que complementa a la del safari y la vida silvestre. Y que, increíblemente, es casi desconocida entre nosotros.

Por S.K.

No todo es naturaleza en Sudáfrica, una tierra matizada de historia. A las extensiones vírgenes, a la naturaleza intacta y preservada, se les suman áreas que fueron colonia hace siglos, valles trabajados y cultivados por generaciones de holandeses e ingleses, viejas casonas de estancia que hoy son hoteles, formas de viajar de un lujo hoy difícil. Este recorrido permite sumar a la Africa del Sur que ya tiene un rostro conocido, otras facetas.

The Beach House, en Kleimond, cerca de El Cabo. Una de las muchas villas diminutas en la costa.

The Blue Train El tren azul es uno de los más famosos atractivos turísticos de Sudáfrica y es asombrosamente poco conocido entre nosotros. El tren es el orgullo del sistema ferroviario del país, un palacio rodante con camarotes, salones, restaurante, bar, una suite con sala y dormitorio y grandes ventanas panorámicas. La cocina es excelente; la atención es principesca y los escenarios son panorámicos y estremecedores. Vale la pena cruzar la cordillera de Witteberg en la ruta más tradicional, la que une El Cabo con Pretoria, cruzando el país en diagonal. O pasar por el sistema de túneles del río Hex, el cuarto más largo del planeta, para emerger en el espectacular valle de Hex, verde de cerca, azul-montaña en el horizonte. O asombrarse por el arqueado puente ferroviario de la garganta de Batoka, el paso entre Zimbabwe y Zambia. Es que el tren azul no sólo recorre Sudáfrica, también es el mejor modo de recorrer el Africa austral por tierra.
Una peculiaridad de este tren es que, al contrario que el Orient Express y otras líneas de lujo, no es historicista. Los vagones son impecablemente modernos, decorados como un hotel flamante. Este hotel hace frecuentes paradas en puntos de interés y, si bien corre puntualísimo, deja ver que el punto –al contrario que en otros trenes– no es llegar rápidamente al destino sino disfrutar del camino.

El tren azul recorre algunos de los mejores paisajes del país. Se pasa por las zonas agrarias del Cabo, por el valle del río Hex y por todo el corazón del país holandés en la ruta más tradicional, la que une el Cabo con Pretoria, la capital. A bordo, un mundo de confort y estilo, con comida gourmet y grandes ventanales escénicos.

Estancias y playas Sudáfrica tiene un punto similar a Argentina: es un país agropecuario. El campo es esencial para todos los sudafricanos, cuyo pasatiempo de domingo es comer gigantescos braai, conocidos por acá como asados. Al cruzar el Atlántico Sur no hay que demorarse demasiado en las ciudades y hay que salir a cruzar las sierras y visitar los pequeños pueblos, la zona de viñedos y las viejas granjas holandesas. Por ejemplo, el Transvaal guarda un pueblito minero, Pilgrim’s Rest, que nació al calor de la fiebre del oro y que hoy es un museo viviente. Es el único pueblo-monumento histórico del país y su calle principal (y único) es una colección de artefactos históricos: talleres, tiendas, casas, todas en chapa, con galería y techos a la inglesa, como un pueblo patagónico que perdió el rumbo. El valle que lo rodea es bellísimo; su tienda de ramos generales mantiene el mismo aire de hace un siglo aunque ahora vende toda clase de souvenirs; su Hotel Royal es hogar de un bar famoso.
Para quien tome la ruta jardín, que sale del Cabo hacia el este, bordeando el Indico, se recomienda una parada en la Casa de Campo Hunter, cerca de la bahía de Plettenberg. Es considerado uno de los mejores hoteles familiares del mundo y es un lugar impactante, una granja con techos de paja, con arquitectura tradicional, un gran jardín formal y quince bungalows. Hace tiempo que la granja de los Hunter es un destino favorito de fin de semana y, curiosamente, de luna de miel para los sudafricanos.
Para quien disfrute de las montañas, las Drakensberg del norte guardan el pequeño hotel Mon-aux-Sources, una isla de lujo en el “anfiteatro”, el gran arco que forman las montañas. La vista es impactante; el hotel, más que cómodo y a las cabalgatas y paseos se les suman los ríos de montaña. Si se quiere más agua, la costa está poblada de pequeñas villas encantadoras. El Cabo Saint Francis guarda una, con playas anchas ypequeños chalets blancos con techos de paja, hasta hace poco un rincón secreto de surfistas y acampantes. Ahora existe un resort que hace de su simplicidad una virtud. Lo mismo puede decirse de The Beach House, un pequeño hotel en la villa de Kleinmond, del lado del Atlántico de Ciudad del Cabo, encajonado gratamente entre la playa y el monte Kogelsberg. Bajar a la playa es un placer: tiene forma de herradura, olas suaves y... absolutamente nada más. No hay paradores, ni edificios, ni casas, sólo campo, dunas y la montaña.

Sudáfrica es justamente famosa por sus reservas naturales y sus safaris fotográficos. A estos tesoros silvestres se suman hitos históricos y de aruqitectura.
Sudáfrica es justamente famosa por sus reservas naturales y sus safaris fotográficos. A estos tesoros silvestres se suman hitos históricos y de aruqitectura.

El Cabo es la región donde empezó la Sudáfrica europea, por lo que guarda un interesante patrimonio de historia y arquitectura holandesa e inglesa. Una bella muestra es la villa de Swellendam, al pie de las sierras de Langeberg, el tercer pueblo más antiguo del país. Allí están las iglesias georgianas de los británicos, las capillas holandesas en el estilo Cape Dutch (holandés del Cabo), las casitas de los primeros colonizadores y el museo Drostdy, la residencia de una de las familias ilustres de la primera era, conservada como una cápsula del tiempo.
En Mossel Bay se conserva el área de primer contacto. En 1488, los portugueses tocaron tierra sudafricana, sólo para ser expulsados por los hotentotes. En 1497, Vasco da Gama volvió con mejor suerte, descubrió un conveniente arroyo para repostar agua, entabló buenas relaciones con los nativos, a los que les compró carne, y transformó el lugar en parador obligado de las flotas rumbo a Oriente. En 1501, una flota que regresaba de la India inauguró una costumbre que duró siglos: usó el árbol más alto del lugar como correo, dejando un informe de sus aventuras y desventuras. Para 1595, los portugueses estaban en decadencia como potencia y los holandeses comenzaron a usar la bahía, donde fundaron un pequeño puerto en 1787. Hoy, una colección de museos –que incluyen el árbol/correo y una réplica de las carabelas portuguesas–, viejas instalaciones como graneros y una capilla forman un museo al aire libre.
Y falta hablar del mercado de antigüedades de Johannesburgo, de los edificios de gobierno de Pretoria, de los muchos hotelitos de campo y villa de las guías especializadas. En fin, Sudáfrica es famosa por sus safaris y sus vinos, pero hay mucho, mucho más.

La Casa de Campo Hunter, uno de los mejores hoteles familiares del mundo.