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Sudafrica El azul y el verde
Desde el tren azul a las villas históricas del Cabo, de las playas vírgenes del Indico a los hoteles-granja del interior, hay una Sudáfrica que complementa a la del safari y la vida silvestre. Y que, increíblemente, es casi desconocida entre nosotros. Por S.K. No todo es naturaleza en Sudáfrica, una tierra matizada de historia. A las extensiones vírgenes, a la naturaleza intacta y preservada, se les suman áreas que fueron colonia hace siglos, valles trabajados y cultivados por generaciones de holandeses e ingleses, viejas casonas de estancia que hoy son hoteles, formas de viajar de un lujo hoy difícil. Este recorrido permite sumar a la Africa del Sur que ya tiene un rostro conocido, otras facetas.
The Blue
Train El tren azul es uno de los más famosos atractivos turísticos
de Sudáfrica y es asombrosamente poco conocido entre nosotros.
El tren es el orgullo del sistema ferroviario del país, un palacio
rodante con camarotes, salones, restaurante, bar, una suite con sala
y dormitorio y grandes ventanas panorámicas. La cocina es excelente;
la atención es principesca y los escenarios son panorámicos
y estremecedores. Vale la pena cruzar la cordillera de Witteberg en
la ruta más tradicional, la que une El Cabo con Pretoria, cruzando
el país en diagonal. O pasar por el sistema de túneles
del río Hex, el cuarto más largo del planeta, para emerger
en el espectacular valle de Hex, verde de cerca, azul-montaña
en el horizonte. O asombrarse por el arqueado puente ferroviario de
la garganta de Batoka, el paso entre Zimbabwe y Zambia. Es que el tren
azul no sólo recorre Sudáfrica, también es el mejor
modo de recorrer el Africa austral por tierra.
Estancias
y playas Sudáfrica tiene un punto similar a Argentina: es
un país agropecuario. El campo es esencial para todos los sudafricanos,
cuyo pasatiempo de domingo es comer gigantescos braai, conocidos por
acá como asados. Al cruzar el Atlántico Sur no hay que
demorarse demasiado en las ciudades y hay que salir a cruzar las sierras
y visitar los pequeños pueblos, la zona de viñedos y las
viejas granjas holandesas. Por ejemplo, el Transvaal guarda un pueblito
minero, Pilgrims Rest, que nació al calor de la fiebre
del oro y que hoy es un museo viviente. Es el único pueblo-monumento
histórico del país y su calle principal (y único)
es una colección de artefactos históricos: talleres, tiendas,
casas, todas en chapa, con galería y techos a la inglesa, como
un pueblo patagónico que perdió el rumbo. El valle que
lo rodea es bellísimo; su tienda de ramos generales mantiene
el mismo aire de hace un siglo aunque ahora vende toda clase de souvenirs;
su Hotel Royal es hogar de un bar famoso.
El Cabo es la
región donde empezó la Sudáfrica europea, por lo
que guarda un interesante patrimonio de historia y arquitectura holandesa
e inglesa. Una bella muestra es la villa de Swellendam, al pie de las
sierras de Langeberg, el tercer pueblo más antiguo del país.
Allí están las iglesias georgianas de los británicos,
las capillas holandesas en el estilo Cape Dutch (holandés del
Cabo), las casitas de los primeros colonizadores y el museo Drostdy,
la residencia de una de las familias ilustres de la primera era, conservada
como una cápsula del tiempo.
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