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MISIONES
Reducciones del Paraguay

Roma en los trópicos

Panorámica del conjunto de Trinidad, centrado en la plaza mayor. Su arquitecto creador fue el italiano Juan Bautista Primolí.

Muy cerca de Posadas, adentrándose unos pocos kilómetros en el Paraguay, se encuentran las ruinas jesuíticas de Trinidad del Paraná y Jesús de Tavarangüé. Debido a su belleza y grado de preservación, en 1993 ambas fueron declaradas Patrimonio Universal de la Humanidad.

Textos: Francisco Olaso
Fotos: Ulrike Altekruse

El eco de la experiencia jesuítica en América sigue sonando en el presente. Su reverberación se encarna en las ruinas de las treinta reducciones guaraníes, fundadas por la Compañía de Jesús en los siglos XVI y XVII, en la zona que los mapas y las crónicas de entonces llamaban globalmente el Paraguay. La experiencia misional había comenzado en realidad un poco más al norte, en el Guairá, pero debió trasladarse luego al sur, por el asedio de los bandeirantes paulistas que veían a los indios, no como un conjunto de almas sin rumbo, sino sencillamente como mano de obra esclava.
Este punto, y el hecho de haber reemplazado a las instituciones más crueles de la conquista, como la encomienda y el yanaconazgo, se presentan como la cara positiva de las misiones. Pero la evangelización no significó otra cosa que la conquista espiritual de estas tribus silvícolas, la imposición irreductible de un nuevo modo de vida, llevada adelante con artes menos burdas que la espada. Cuando la experiencia religiosa se tornó independiente en lo político, y además rentable, la corona española expulsó a los jesuitas. Algunas de esas reducciones devinieron sin embargo con el tiempo en ciudades. Otras quedaron allí, a la intemperie tórrida de estas latitudes, hasta ser rescatadas de la selva en el último siglo, para testificar la historia.
Una vez cruzado el puente internacional que une Posadas con Encarnación, se toma la Ruta 6, que corre hacia el norte junto al Paraná, tal como en la orilla argentina lo hace la Ruta 12. Apenas treinta kilómetros más tarde, enclavadas en el pueblito homónimo, se encuentran las ruinas de Trinidad del Paraná. La reducción fue fundada en 1706 por el padre Juan de Anaya. Su arquitecto principal fue el italiano Juan Bautista Primoli, a quien se debe el estilo de los arcos de las casas de indios, cuyas fachadas enfrentadas delimitan la plaza mayor. En este gran espacio abierto, donde hoy el sol abrasa sin misericordia, entonces se realizaban los acontecimientos sociales, como la recepción de autoridades españolas o los certámenes de tiro con arco y flecha.
También el “castigo a holgazanes” –según explica el joven guía Edgar Paredes–, en el que el indio debía decir qué cantidad de azotes merecía su falta. Uno no puede sino imaginar qué poco entenderían los guaraníes este sistema de valores, tan distante de su modo de vivir y del lenguaje de la selva. Cazadores y pescadores semisedentarios, mucho les debe haber costado pasar de sus pequeñas comunidades en medio del monte a ciudades de piedra de 3500 almas como llegó a ser Trinidad. Del liderazgo político y religioso del cacique y el paí al ojo avizor del padre jesuita. De la poligamia al matrimonio sacramental, que también se celebraba en la plaza mayor, de treinta a cuarenta parejas a la vez, tal cual explica el guía.

Las columnas de la galería principal de la misión de Jesús de Tavarangüé, fundada en 1685.

Roma tropical Al atravesar la plaza mayor uno se topa con las ruinas de la iglesia, proyectada también por Primoli, y derrumbada cinco años después de la expulsión de la orden en 1768. En el pórtico hay una escultura de San Pablo, y otra más, decapitada durante los siglos de abandono, en los que algún lugareño pensó que escondía oro. La iglesia fue construida con piedra de tipo arenisca proveniente de una cantera cercana, que debía remojarse 24 horas para hacer mas fácil su tallado. Las gruesas paredes, que alguna vez tuvieron 17 metros de altura, esbozan hoy la marcación de las tres naves, de las que se conserva en parte el piso original.
El púlpito de Trinidad.Se avanza por el atrio, en su momento cubierto por un techo a dos aguas, hasta llegar a un imponente púlpito de piedra, restaurado con cientos de sus partes originales. En él pueden leerse alegorías bíblicas en latín y observarse relieves, laminados en oro y plata, con plantas y flores autóctonas. En la nave izquierda se encuentra una de las pocas piezas quefue encontrada intacta, bajo seis metros de escombros. Una pila bautismal, junto a la cual hay dos piedras con inscripciones en latín, que datan de 1730. Junto a la pared lateral puede verse el antiguo cementerio general. Pero también a nuestros pies, debajo del piso, hay tumbas, en este caso colectivas, pertenecientes a los indios cabildantes, que cumplían una función decorativa. El poder real en la misión descansaba en el padre mayor, encargado de la tarea religiosa, y el padre mini, a cargo de la parte administrativa. Embalsamados con extractos vegetales, los restos de estos padres alguna vez reposaron en la oscura cripta que hay bajo el altar, para ser repatriados tras la expulsión de la orden.
Al salir de la cripta hacia la luz, la vista se eleva por los paredones del altar hasta llegar a un friso dominado por imágenes de ángeles. Pero luego se pierde en ese cielo cristalino, que obliga a imaginar la cúpula, “construida a semejanza de la catedral de San Pedro en Roma –informa Paredes–, pero con una argamasa especial de clara de huevo mezclada con caracol y hueso triturados, sobre la cual había un techo colonial de tejas”.
En la sacristía mayor –uno de los pocos recintos con techo– funciona hoy un museo. Aquí el visitante puede apreciar una maqueta con el antiguo trazado de la reducción, cántaros de cerámica vidriada y relieves que ornamentaban la iglesia. Una puerta nos conduce hacia los claustros y el patio privado de los sacerdotes. La primera habitación nos depara una sorpresa: una gran pileta, tipo jacuzzi, “que bien pudo ser un baño romano o un sistema de calefacción central”, dice Paredes. A lo largo de la galería se suceden los arcos que conducen a las habitaciones. Bajo la intemperie unánime, proclamada por el solazo y el ondular de las chicharras, muchos cuartos exhiben todavía sus mosaicos originales.

Arcos sobrevivientes de la gran galería de Trinidad, construida en piedra arenosa que se remojaba para tallarla.

Jesús de Tavarangüé El Paraná se adivina, se huele, menos río que animal, mas allá de la cuesta donde alguna vez pastaron miles de cabezas de ganado, y donde ahora sólo asoman algunas copas despeinadas de palmeras pindó. “Con los troncos de pindó se había hecho un muro perimetral, y además la disposición y cercanía de las diferentes reducciones permitía un sistema de alarma, por medio de campanadas, que avisaba de posibles ataques bandeirantes”, dice el guía Paredes.
La vigilancia se hacía también desde miradores, que hoy posibilitan las mejores vistas panorámicas. Desde lo alto la mirada busca en vano, del lado argentino, alguna señal de la cercana reducción de San Ignacio. Pero sí descubre en dirección inversa, hacia el noroeste, sobre una lomada distante diez kilómetros, la silueta de una iglesia. Se trata de la reducción de Jesús de Tavarangüé.
La iglesia de Jesús es una de las más imponentes y mejor conservadas de todo el sistema reduccional. No sólo por el alto de sus paredes, sino porque se la mantiene limpia de líquenes, trabajo costoso que debe hacerse piedra por piedra. Fundada en 1685, tres siglos más tarde, en 1993, fue declarada, al igual que Trinidad, Patrimonio Universal de la Humanidad. Restaurada la iglesia, ahora les toca el turno a las casas de indios, los talleres y los colegios donde se impartía instrucción religiosa y elemental. También aquí es posible acceder a una gran vista panorámica, subiendo a lo que fue una de las torres laterales de la iglesia.
A la vera de estas treinta ruinas se discute, todavía hoy, qué hubiera sido de estos pueblos de indios de haber triunfado la utopía jesuítica. No parece exagerado contestar que esa utopía triunfó. En el campo religioso, que pese a todo sincretismo identifica en su cristiandad al pueblo paraguayo. Y también en el idioma, el guaraní de esta tierra, que no es el de los indios, sino la savia de esa lengua, que adaptándose a los cambios, fue haciéndose palabra al amparo de estas piedras. Por otra parte, lascomunidades guaraníes que hasta hoy perviven defendiendo su cultura, se encuentran día a día más amenazadas.
Muere con el sol la tarde. A través de los arcos las palmeras se recortan en el crepúsculo. El renacer de los bichos agujerea el silencio de los paredones. Y mientras uno juega a repensar algunas hojas, aquí siempre reverdecidas, de la historia joven de nuestro continente, el muchacho de la recepción abandona su garita y nos mira de lejos, sin atreverse a decirnos que ya es la hora de cierre.

El museo de la misión de Trinidad de Paraná, fundada en 1706.

DATOS UTILES
Para cruzar el puente internacional en Posadas hace falta la documentación del auto, la tarjeta verde y un permiso que se tramita en la aduana paraguaya. Allí mismo uno puede asesorarse sobre cómo tomar la Ruta 6, ya que la señalización vial es prácticamente nula. El ingreso a las reducciones cuesta poco más de un peso por persona. Más información puede obtenerse en la Dirección de Turismo en Asunción,
E-mail: ditur@infonet.com.py