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COSTA ATLANTICA
Diversión en las dunas

Pinamar en cuatro ruedas

En este verano que nunca se acaba, las playas de la costa argentina siguen convocando a los turistas. Y en Pinamar, además de gozar del mar y los pinares, los viajeros se divierten trepando y esquivando dunas montados en jeeps, cuatriciclos y camionetas. Crónica de una excursión a los saltos por el desierto de arena.

Textos: Cristian Alarcon
Fotos: Daniel Jayo
Desde Pinamar

Sergio Vallero, Pigui O’Really y Flavia Nafarrate son los orgullosos capitanes de un jeep de posguerra lleno de niños. Arrastran dos trineos cargados de nenes sobre la duna más grande del desierto de dunas de Pinamar, más allá del parador La Frontera, donde la ciudad comienza a ser una superficie sahariana. Los del jeep tienen treinta y pico, y pertenecen a viejas familias de veraneantes: se sienten herederos naturales de este paisaje que no se acaba en el horizonte. Deben ser las cinco de la tarde y el viento no parece tan cruel entre estas montañas de un marrón decaído y pulcro como lo es en la playa, hoy desierta de turistas. En la reserva dunífera al norte de la ciudad, invisible desde la costa, el tráfico es por momentos intenso. Lo que para estos iniciados es una vieja costumbre -y era para la mayoría una rareza– se convirtió en los últimos cinco años en la isla ideal para la pequeña burguesía del verano: esparcimiento barato y sólo para algunos. No debe haber un sitio en el que la regla sea más evidentemente exclusiva: alquilar un cuatriciclo a 50 pesos la hora, tenerlo, o manejar una camioneta que sale más de 15 mil. Aunque exista la lejana posibilidad de rodar sobre el jeep del 47, obviamente una excepción que confirma la regla.
El día está signado por el viento y la arena que potencian un calor desquiciado para las temperaturas medias de Pinamar. Pero en la cabina en la que viajamos el aire acondicionado produce esa sensación de cápsula poderosa desde la que todo montículo es posible de trepar sin padecer. Jugar a remontar, saltar y esquivar dunas es definitivamente divertido y como buen pasatiempo oneroso también es confortable. La camioneta es así la versión más familiar de móvil para vivir los médanos. Los pasajeros se baten atados a sus cinturones y escuchan una FM que insiste con Britney Spears. Con una curva cerrada se enciman a un lado, con la siguiente maniobra gritan y sienten un nudo en la panza cuando cruzan la cima de una duna y el piloto acelera en el descenso. “Todo depende del chofer que te toca. Algunos son muy sacados y saben, con ellos es mejor. Si no corrés el riesgo de tener un accidente que los ha habido y muchos”, dice Carolina Costa en un alto para mirar desde la base cómo practican Sunboard unos nenes que buscan velocidad pero resbalan apenas acostados boca abajo sobre sus tablas nuevas y relucientes.
–No me dejás tirarte para ver cómo es, quiero saber si es igual que en la nieve –le propone un rubio de unos 18 a los propietarios de las tablas, que no pasan de los 15.
Lo miran desconfiados y callan. Hasta que Leandro Albertazzi, el mayor, la entrega. El desconocido toma la tabla, regalo de la Navidad pasada, y se lanza con los pies firmes sobre ella. Aterriza mal, cayendo en el último tramo. Los pibes se ríen de costado. “Esto es como para hacer algo, porque no te llena”, dice uno. Joaquín Volante se llama. El hace por lo menos seis años que conoce el lugar andando en cuatriciclos. Hace dos temporadas que la familia compró uno y en él deambula por el desierto, llevando a cada lado un amigo. ¿Acaso el chiste sea hacer picadas en la arena? “Lo que nos gusta son cosas más extremas. Correr picadas no tiene gracia –estampa el chico en el prejuicio del cronista–. Con el cuatri se salta, se gira hacia un lado cuando llegás arriba de una duna, se dan trompos en el aire, se hacen varias cosas con el cuerpo que son mucho más divertidas”, explica. Como en todo hay experimentados y novatos. Los experimentados, en este rubro, suelen ser los más chicos. No es raro ver manejar uno de esos bichos ruidosos a un crío que hace muy poco llega con las zapatillas a los cambios.
Leo Bordalejo, uno de los coordinadores de Seguridad en Playa de la Dirección de Deportes local, es el chofer de la cuatro por cuatro que nos interna en el paisaje. ¿Hay muchos accidentes en las dunas? “No muchos”, dice. Pero reconoce que la velocidad que toman los fourtruk puede motivar a los expedicionarios. “El que anda en cuatriciclo al principio siempre va tranqui. Lo que pasa es que son dos minutos. Al rato está a full, bandeado, con el acelerador al mango. A mí también me pasa”, describe. Leoconduce con cierta pericia. No es fácil manejar una cuatro por cuatro en estos terrenos. De hecho una de las claves en las promociones que organizaron para este verano las empresas del ramo es el entrenamiento teórico y práctico de los nuevos pilotos frente a la arena. La marca Mitsubishi se instaló en el parador Pizza Banana y desde allí embarca a familias enteras y grupos de amigos para llevarlos a vivir una travesía. Son hileras de camionetas que hacen un recorrido establecido para mostrar las bondades y la fuerza de los motores. Es lo mismo que proponen para todos los sábados a la tarde los integrantes de la primera asociación de cuatro por cuatro de Pinamar, de la que Leo es miembro activo y uno de los fundadores.
Los O’Really y los Vallero son de los que le encuentran otro sabor a este paisaje. Lo de ellos no se limita a la travesía simple. Conocen las dunas y hasta podrían bautizarlas si quisieran, después de haberlas visitado durante años. En el recodo de aquella que asoma a la izquierda se juntaban a tomar cerveza y jugar a los naipes cuando los fines de semana el lugar era de verdad desértico. Dicen que las dunas son mejores de noche. El horario ideal de los conocedores es la amanecida y su preámbulo, desde las cinco. A esa hora, adentrándose unos kilómetros en los médanos, se ve una especie de valle que no es otra cosa que el bosque de pinos que hace unas semanas casi se quema entero. Y en una planicie se divisa el parador para cuatro por cuatro que se inauguró este año. Los que eligen lo exclusivo tienen también donde acodarse para tomar un trago, saciar la sed y hacer sociales con los turistas “bien” de la temporada pinamarense.

Duna traicionera

En el recorte de una duna inmensa hacia el norte avanzan tres siluetas. Son como beduinos persiguiendo un oasis. Intentando una maniobra para esquivar un montículo pequeño pero traicionero un cuatriciclo en el que va una parejita vuelca. Ellos caen de costado, uno sobre otro y riéndose del accidente se paran sacudiéndose la arena del cuerpo. El four truk quedó como una tortuga mirando el cielo. Entre los dos lo enderezan. El intenta arrancar nuevamente pero el motor hace un ruido estéril. Leo se acerca en auxilio. “No hay caso, no sé qué tiene”, dice el chico ante el entrecejo fruncido de su novia. “Me llevan al lugar donde lo alquilamos?”, pide desahuciado. Leo Bordalejo, el piloto de la camioneta que lleva a Página/12, interviene. Conecta un cable y logra el arranque. Gonzalo de Franco, 18 años, de Ituzaingó. y Melisa Artello, de 15, están encantados a pesar del accidente. “Es impresionante poder trepar a donde quieras aunque desde abajo te parezca imposible”, dice ella, debutando en estas lides. “Lo que pasa –explica Gonzalo– es que si no la tenés clara terminás frustrándote. Yo he visto a pibes que se querían matar porque le habían volcado la camioneta cero al padre”.