ESPAÑA
Madrid de dia y de noche

Una
capital muy desvelada
La capital
española no duerme. Cada hora trae sus actividades y desplaza el centro
de gravedad de la ciudad de un barrio a otro. Quien quiera conocer el
alma madrileña puede hacer esta peregrinación al compás de las agujas
del reloj. ¡Hay una Madrid para cada hora!
Texto y
fotos:
Graciela Cutuli
Es una de la
ciudades más jóvenes de España, y sin embargo parece
que existe desde siempre, como si España no hubiera sido del
todo España hasta que ella nació. Madrid surgió
bajo los augurios de cálculos geográficos y bajo los caprichos
de Felipe II para convertirse en la capital de un reino que alcanzaba
su Edad de Oro. Las vicisitudes de la historia española la enfrentaron
durante todo el siglo XX con Barcelona, su eterna rival, sobre la cual
está tomando ventaja, marcando claramente donde está la
capital y dejando a la ciudad catalana el segundo papel de cabecera
regional. El dicho lo dice claramente: De Madrid al cielo...

El dia empieza
de noche La movida madrileña empieza apenas cae el sol, cuando
la Gran Vía y el Paseo de la Castellana cambian los trajes por
ropa más informal y las corridas entre dos citas por el paseo
en familia en busca de la terraza del habitual café desde donde
se ve el reemplazo de los vendedores callejeros. Los vendedores del
Once, la lotería, dejan lugar a los vendedores de cigarrillos
o de semillas de girasol, y frente a los cines, las colas de espera
empiezan a estirarse a lo largo de las veredas. Madrid empieza la noche,
Madrid no duerme. A medida que se va la luz del día, la Cibeles
se ilumina y los bares todavía silenciosos, con sus sillas thonet
y sus azulejos, esperan la llegada de los parroquianos nocturnos que
se mueven de barrio en barrio en pos de unas copas y del rito de ir
de tapas. Bocados de queso, jamón, tortilla, con un buen vino
tinto, jerez o cerveza: toda excusa es buena para acodarse un rato en
el mostrador, percibir el espesor del ambiente y después mudarse
rápido, de Los Gabrieles a Viva Madrid, de los bares de la calle
Serrano a los de la calle Velázquez o al clásico Café
Gijón, refugio de intelectuales de toda laya. En fin, como decía
Hemingway, en Madrid nadie se va a dormir sin haber matado la
noche. No es que las cosas no hayan cambiado un poco en los últimos
años, imponiendo un toque más contenido; sin embargo,
el hábito noctámbulo de los madrileños es más
fuerte. Las dos de la mañana pueden ser como las dos de la tarde,
y a las cuatro de la madrugada hay quien improvisa una merienda
de chocolate con churros como si fueran las cuatro de la tarde. Y después,
discoteca, porque en realidad... la noche recién comienza.

Madrid se
despierta Cuando el día empieza realmente después
de la movida nocturna, madrileños y turistas se levantan, unos
para ir a sus trabajos, y otros para cumplir el rito de recorrer las
calles del barrio antiguo y los museos que lograron convertir a la antigua
aldea fundada por los árabes en una de las capitales culturales
de Europa.
Para tomar el pulso diurno de Madrid, hay que empezar por el corazón:
la Puerta del Sol, con su continuo vaivén de gente algunas
de las principales grandes tiendas tienen su sede a pocos pasos,
el clásico marcador del kilómetro cero que indica el centro
de la red vial española, y la estatua del oso y el madroño,
símbolo de Madrid. Aunque hace tiempo que varias iglesias y conventos
reemplazaron la puerta y la fortaleza que indicaban el acceso este a
la ciudad, el nombre de Puerta del Sol se conservó a través
de los siglos y las revoluciones. En este lugar comenzaron a principios
del siglo XIX las revueltas contra la ocupación francesa, la
misma que dio origen del otro lado del Atlántico al primer gobierno
formado por criollos.
Tomando por la Calle Mayor, a pocos pasos se encuentra la hermosa Plaza
Mayor, tal vez una de las más bellas y armoniosas de Madrid.
De forma rectangular, está bordeada por edificios de fachada
roja y a lo largo de todo el perímetro una recova permite espiarla
desde el marco singular que le dan los altísimos arcos. Tiempo
atrás, en la Plaza Mayor había corridas de toros y hasta
fue escenario de juicios de la Inquisición. Lágrimas y
risas se sucedieron sobre este pavimento: en 1621 se celebró
la beatificación de San Isidro, el patrono de Madrid; el mismo
año fueejecutado uno de los secretarios de Felipe III, rey cuya
estatua preside el centro de la plaza.
Como en todas las ciudades con historia, en Madrid son sugestivos los
nombres de las calles. Desde la Plaza Mayor se puede tomar la calle
Cuchilleros, pero no hay que temer sino adentrarse tranquilo en algunos
de los bares y restaurantes más populares de la zona. También
se puede salir a la Calle de Postas o a la Plaza Morenas, pero si se
toma la salida sur se desembocará, yendo por la Calle de Toledo,
en el famoso mercado del Rastro, donde todos los domingos se materializa
una españolísima versión de la biblia junto
al calefón. Caminando por esta parte del centro histórico,
basta levantar un momento la vista de la guía turística
para encontrarse con ejemplos de una arquitectura riquísima,
desde la barroca Colegiata de San Isidro hasta la plateresaca Casa de
Cisneros.
No muy lejos se levanta el Palacio Real, un edificio elegante que hoy
se usa para los actos oficiales de una monarquía cuya cuidada
imagen de contención le valieron el respeto de los españoles.
El Palacio puede visitarse, y sin duda vale la pena hacerlo, porque
alberga varias curiosidades. Por un lado del Museo de la Farmacia, donde
las antiguas recetas de tratamientos aplicados a la familia real hacen
desconfiar de la medicina, o al menos pensar en la asombrosa resistencia
de los monarcas. En el comedor, una mesa inmensa bordeada por una hilera
interminable de sillas es el centro de un salón decorado al fresco
y sin escatimar ni un solo detalle de lujo; no menos impresionante es
el Salón de la Porcelana, cuyas paredes y techo están
cubiertos por obras de porcelana de la Real Fábrica del Buen
Retiro.
El paseo puede seguir pasando por la Plaza de España, con su
enorme obelisco central de piedra, contra el cual se recortan dos siluetas
desiguales, una a lomos de burro y otra a caballo: son, naturalmente,
Don Quijote y Sancho, símbolo de las dos caras de España,
la sensata y la soñadora, la artista y la pragmática,
que moldean desde hace veinte siglos los destinos de la península
ibérica. Y a pocos pasos, se desemboca en la Gran Vía,
cuya apertura por un émulo del barón de Haussman provocó
la destrucción de una parte del laberíntico Madrid antiguo
para señalar el nacimiento de una ciudad más cosmopolita,
más moderna y más abierta, sin quitarle espacio a los
clásicos balcones de hierro forjado y a las decoraciones en piedra
que adornan muchos de los bellos edificios.

Madrid de
las artes Si ya es mediodía, antes de internarse en el riquísimo
mundo de los museos madrileños (¡aunque a esta hora sólo
se piense en el Museo del Jamón!) no hay que apurarse. Esto es
el sur de Europa, y nada de comer cuando dan las 12: en Madrid, el rito
del almuerzo empieza tranquilamente un par de horas más tarde.
Las variedades son muchas, pero todas tentadoras: callos a la madrileña,
el cocido madrileño ideal para los fríos días del
invierno, un picante pollo al ajillo o el guiso de ternera pueden ser
el plato fuerte, seguidos por una porción de queso manchego (una
de las variedades controladas con denominación de origen) y de
postre natillas, aunque la cocina madrileña permite probar un
poco todas las especialidades españolas.
Ya saciado el apetito terrenal, se puede saciar el espiritual en esa
fiesta de las artes que es el Museo del Prado, reino de las pinturas
de Goya y Velázquez. En los largos pasillos del museo, las obras
están ordenadas por escuelas, y la riqueza de las colecciones
no es sino un reflejo del enorme poderío que tuvo la corona española
en sus épocas de gloria. Naturalmente, sobresale la escuela española:
aquí, los visitantes forman una ronda silenciosa en torno a obras
maestras como La maja vestida y La maja desnuda,
el impresionante Saturno devorando a sus hijos, todas de
Goya, o El caballero de la mano en el pecho, de El Greco.
Por supuesto, Las meninas, de Velázquez, es una de
las niñas mimadas del museo, junto con obras sobresalientes de
otras escuelas, que van desde El jardín de las delicias
de El Bosco hasta Las tres graciasde Rubens o La anunciación
de Fra Angelico. Detrás del Prado, se puede seguir la visita
en el Casón del Buen Retiro, para luego recrearse un rato en
el Parque del Retiro, antiguamente jardines exclusivos de la realeza
y hoy uno de los paseos más populares y agradables del Madrid
urbano, con estanques, palacios y columnatas.
Por lo menos otros dos lugares cercanos completan el itinerario básico
del Madrid de las artes: uno es el Centro de Arte Reina Sofía,
el Sofidou como algunos lo llaman sarcásticamente
remitiéndose al Pompidou, cuya estrella máxima es el Guernica
de Pablo Picasso, que allí descansa de su peregrinación
por Nueva York primero y por el Casón del Buen Retiro después,
donde estuvo hasta 1992. El Centro conserva también obras clave
de artistas españoles del siglo XX como Salvador Dalí
y Joan Miró. No menos recomendable es el Museo Thyssen-Bornemisza,
donde el barón Heinrich Thyssen-Bornemisza y su hijo exponen
una impresionante colección privada con obras de Van Gogh, Picasso,
Edward Hopper, Zurbarán, Tiziano y Rubens.
