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MEXICO
Pueblos y paisajes de Michoacán

La capilla y la cruz atrial del “Humilladero”, del año 1553, en Pátzcuaro.

Pátzcuaro purépeche

En el centro oeste mexicano, el estado de Michoacán concentra una gran diversidad de paisajes: desde selvas y lagos, a montañas y costas sobre el Pacífico. Pero sobre todo tiene una serie de pueblos donde ha prevalecido la misteriosa lengua de los purépeches, el antiguo reino indígena que tuvo su centro en la hoy colonial ciudad de Pátzcuaro.

Por Lilia Ferreyra

Poco conocido por los turistas argentinos, el estado mexicano de Michoacán concentra en su variada geografía bellísimos paisajes entre montañas que se elevan casi siempre frente a un horizonte de agua. Ubicado en el centro oeste de México, tiene 210 kilómetros de costas sobre el Pacífico y grandes lagos como los de Zirahuen, Camecuaro y el fascinante Pázcuaro, aquel que alberga en su interior a la isla de Janitzio y, en una de sus orillas, a la antigua y colonial ciudad de Pázcuaro. Pero Michoacán no es sólo un caleidoscopio de selvas, bosques, ríos, lagos y montañas; es también uno de los territorios mexicanos donde las tradiciones culturales indígenas son tan valiosas y siguen tan vivas como son, están y se las puede conocer hoy en los estados de Chiapas o de Oaxaca.
Michoacán, “el lugar donde abunda el pescado” fue la zona donde se asentó en la antigüedad el legendario reino purépeche que en épocas prehispánicas logró mantener a raya al poderoso imperio mexicano. Pese a las exhaustivas investigaciones realizadas sobre la cultura indígena michoacana, su origen sigue cargado de incógnitas. Los purépeches -también llamados tarascos– hablan una lengua absolutamente diferente a las otras lenguas mesoamericanas. Aunque algunos estudios afirman que tiene raíces comunes con el idioma quechua de la región andina, lo cierto es que todavía no se ha podido precisar de dónde llegó o cómo surgió esa cultura que fue integrando diversos pueblos. De documentos prehispánicos surge que en el siglo XIV convivían en la región “los hombres de una vía ancha en la cabeza” y “los dueños de los peces”; o sea los “Cuaochpanme” y los “Michhuaque”, palabras de la musical y extraña lengua purépeche. Tan difíciles de pronunciar para un extranjero como el nombre de lo que fue el sitio sagrado de Tzacapu-Hamúcutin-Pátzcuaro que, más allá de las tradiciones, hoy se llama simplemente Pázcuaro, el destino de todo viaje a Michoacán.

En el lago de Pátzcuaro, la isla de Janitzio, palabra que significa “cabello de elote”.

La plaza mas bella Un pueblo colonial a orillas de un gran lago. A lo lejos, las montañas. Casas blancas con techos de tejas entre calles y callejuelas empedradas, irregulares y empinadas. Y de pronto, en el centro de Pátzcuaro, aparece una plaza totalmente umbrosa con árboles muy altos y rayos de luz que se filtran entre sus copas. A los costados, las recovas de mansiones coloniales del siglo XVII que el paso del tiempo fue transformando en hoteles, restaurantes y edificios públicos. Es la plaza Vasco de Quiroga, quizá una de las más bellas de México, en cuyas inmediaciones se puede admirar y comprar la magnífica artesanía michoacana o probar (para no olvidar) el famoso pescado blanco, la sopa tarasca, los chongos zamoranos o el chocolate de metate.
Pero aunque las mesas atrapen al viajero con sus sabores y colores no es cuestión de quedarse sentado todo el día frente a esa maravillosa plaza. Hay mucho para ver y caminar por las calles de Pátzcuaro. Sobre el techo verde de los árboles se asoma el campanario del Templo del Sagrario, construido en el siglo XVII, que parece incitar a comenzar el recorrido por las joyas coloniales de la ciudad.
Como en muchos otros lugares de México, en todo paseo se entremezclan las obras arquitectónicas del pasado con los descendientes de quienes las construyeron, ya sea cuando eran dueños de su mundo en los tiempos prehispánicos o en la época colonial. Caminan a nuestro lado; familias indígenas que van y vienen con bolsas, canastos y bultos, muchas veces cargados de artesanías que descargan y ordenan prolijamente bajo los arcos de las plazas.

Las curiosas redes de Michoacán, “el lugar de pescadores”.Recuerdos del Tata Vasco Después de visitar la casa de los once patios y el templo y convento de San Agustín del siglo XVI, que hoy alberga una biblioteca pública, es hora de encaminarse hacia la Basílica de Nuestra Señora de la Salud, construida sobre lo alto de una colina. Como muchas otras obras, la Basílica fue proyectada por Vasco de Quiroga, quien llegóa Michoacán en 1533, enviado por la corona española para remediar los males que causó el cruel Nuño Beltrán de Guzmán. Hombre despiadado, mató a diestra y siniestra y asesinó al último rey purépeche pese a existir un tratado de paz con Hernán Cortez para evitar el exterminio de la población indígena. Después de semejante estrago, quizá con muy poco Vasco de Quiroga podría haber mejorado la situación. Pero hizo mucho, y más de lo que seguramente sus mandantes hubiesen querido que hiciera: llevó a cabo en forma real y efectiva las ideas humanistas de la Utopía de Tomás Moro y organizó en cooperativas a los purépeches, fundó hospitales y pueblos, y les aseguró la independencia de los españoles con educación igualitaria y una agricultura autosuficiente.
Y entre lo mucho que hizo el Tata Vasco –como lo llamaron los indígenas– fue diseñar la Basílica de Nuestra Señora de la Salud siguiendo la línea de los cinco dedos de una mano. Cinco naves que conformarían la imponente estructura que no llegó a terminarse. Dentro de la iglesia y detrás de un vidrio puede verse la estatua de la virgen que hicieron los purépeches con una mezcla de pasta de caña, maíz y orquídeas, el “tatzingue”. Esa estatua es una expresión más del sincretismo culturalreligioso que sobrevuela por tierra mexicanas. Cuentan que los purépeches habían inventado ese material liviano y frágil con dura apariencia de piedra para hacer sus dioses y poder llevarlos al frente de sus batallas sin tener que soportar el peso de esculturas talladas en roca. Al Tata Vasco le gustó la idea y así fue que las estatuas cristianas se modelaron con la materia de los dioses del pueblo conquistado.
Desde Pátzcuaro se hacen diversas excursiones a sitios arqueológicos y pueblos cercanos como Ihuatzio, Tzintzuntzan, Quiroga o Santa Clara del Cobre, donde artistas-artesanos elaboran hermosas piezas, entre las que se distinguen las tallas en madera. Y conviene no soslayar la visita a la isla de Janitzio, aquella que en la noche del Día de Muertos se enciende de velas y ofrendas y llena de luz el mítico lago de Pátzcuaro.