MEXICO
Pueblos y paisajes de Michoacán

Pátzcuaro
purépeche
En
el centro oeste mexicano, el estado de Michoacán concentra una gran
diversidad de paisajes: desde selvas y lagos, a montañas y costas sobre
el Pacífico. Pero sobre todo tiene una serie de pueblos donde ha prevalecido
la misteriosa lengua de los purépeches, el antiguo reino indígena que
tuvo su centro en la hoy colonial ciudad de Pátzcuaro.
Por Lilia
Ferreyra
Poco conocido
por los turistas argentinos, el estado mexicano de Michoacán
concentra en su variada geografía bellísimos paisajes
entre montañas que se elevan casi siempre frente a un horizonte
de agua. Ubicado en el centro oeste de México, tiene 210 kilómetros
de costas sobre el Pacífico y grandes lagos como los de Zirahuen,
Camecuaro y el fascinante Pázcuaro, aquel que alberga en su interior
a la isla de Janitzio y, en una de sus orillas, a la antigua y colonial
ciudad de Pázcuaro. Pero Michoacán no es sólo un
caleidoscopio de selvas, bosques, ríos, lagos y montañas;
es también uno de los territorios mexicanos donde las tradiciones
culturales indígenas son tan valiosas y siguen tan vivas como
son, están y se las puede conocer hoy en los estados de Chiapas
o de Oaxaca.
Michoacán, el lugar donde abunda el pescado fue la
zona donde se asentó en la antigüedad el legendario reino
purépeche que en épocas prehispánicas logró
mantener a raya al poderoso imperio mexicano. Pese a las exhaustivas
investigaciones realizadas sobre la cultura indígena michoacana,
su origen sigue cargado de incógnitas. Los purépeches
-también llamados tarascos hablan una lengua absolutamente
diferente a las otras lenguas mesoamericanas. Aunque algunos estudios
afirman que tiene raíces comunes con el idioma quechua de la
región andina, lo cierto es que todavía no se ha podido
precisar de dónde llegó o cómo surgió esa
cultura que fue integrando diversos pueblos. De documentos prehispánicos
surge que en el siglo XIV convivían en la región los
hombres de una vía ancha en la cabeza y los dueños
de los peces; o sea los Cuaochpanme y los Michhuaque,
palabras de la musical y extraña lengua purépeche. Tan
difíciles de pronunciar para un extranjero como el nombre de
lo que fue el sitio sagrado de Tzacapu-Hamúcutin-Pátzcuaro
que, más allá de las tradiciones, hoy se llama simplemente
Pázcuaro, el destino de todo viaje a Michoacán.

La plaza
mas bella Un pueblo colonial a orillas de un gran lago. A lo lejos,
las montañas. Casas blancas con techos de tejas entre calles
y callejuelas empedradas, irregulares y empinadas. Y de pronto, en el
centro de Pátzcuaro, aparece una plaza totalmente umbrosa con
árboles muy altos y rayos de luz que se filtran entre sus copas.
A los costados, las recovas de mansiones coloniales del siglo XVII que
el paso del tiempo fue transformando en hoteles, restaurantes y edificios
públicos. Es la plaza Vasco de Quiroga, quizá una de las
más bellas de México, en cuyas inmediaciones se puede
admirar y comprar la magnífica artesanía michoacana o
probar (para no olvidar) el famoso pescado blanco, la sopa tarasca,
los chongos zamoranos o el chocolate de metate.
Pero aunque las mesas atrapen al viajero con sus sabores y colores no
es cuestión de quedarse sentado todo el día frente a esa
maravillosa plaza. Hay mucho para ver y caminar por las calles de Pátzcuaro.
Sobre el techo verde de los árboles se asoma el campanario del
Templo del Sagrario, construido en el siglo XVII, que parece incitar
a comenzar el recorrido por las joyas coloniales de la ciudad.
Como en muchos otros lugares de México, en todo paseo se entremezclan
las obras arquitectónicas del pasado con los descendientes de
quienes las construyeron, ya sea cuando eran dueños de su mundo
en los tiempos prehispánicos o en la época colonial. Caminan
a nuestro lado; familias indígenas que van y vienen con bolsas,
canastos y bultos, muchas veces cargados de artesanías que descargan
y ordenan prolijamente bajo los arcos de las plazas.
Recuerdos
del Tata Vasco Después de visitar la casa de los once patios
y el templo y convento de San Agustín del siglo XVI, que hoy
alberga una biblioteca pública, es hora de encaminarse hacia
la Basílica de Nuestra Señora de la Salud, construida
sobre lo alto de una colina. Como muchas otras obras, la Basílica
fue proyectada por Vasco de Quiroga, quien llegóa Michoacán
en 1533, enviado por la corona española para remediar los males
que causó el cruel Nuño Beltrán de Guzmán.
Hombre despiadado, mató a diestra y siniestra y asesinó
al último rey purépeche pese a existir un tratado de paz
con Hernán Cortez para evitar el exterminio de la población
indígena. Después de semejante estrago, quizá con
muy poco Vasco de Quiroga podría haber mejorado la situación.
Pero hizo mucho, y más de lo que seguramente sus mandantes hubiesen
querido que hiciera: llevó a cabo en forma real y efectiva las
ideas humanistas de la Utopía de Tomás Moro y organizó
en cooperativas a los purépeches, fundó hospitales y pueblos,
y les aseguró la independencia de los españoles con educación
igualitaria y una agricultura autosuficiente.
Y entre lo mucho que hizo el Tata Vasco como lo llamaron los indígenas
fue diseñar la Basílica de Nuestra Señora de la
Salud siguiendo la línea de los cinco dedos de una mano. Cinco
naves que conformarían la imponente estructura que no llegó
a terminarse. Dentro de la iglesia y detrás de un vidrio puede
verse la estatua de la virgen que hicieron los purépeches con
una mezcla de pasta de caña, maíz y orquídeas,
el tatzingue. Esa estatua es una expresión más
del sincretismo culturalreligioso que sobrevuela por tierra mexicanas.
Cuentan que los purépeches habían inventado ese material
liviano y frágil con dura apariencia de piedra para hacer sus
dioses y poder llevarlos al frente de sus batallas sin tener que soportar
el peso de esculturas talladas en roca. Al Tata Vasco le gustó
la idea y así fue que las estatuas cristianas se modelaron con
la materia de los dioses del pueblo conquistado.
Desde Pátzcuaro se hacen diversas excursiones a sitios arqueológicos
y pueblos cercanos como Ihuatzio, Tzintzuntzan, Quiroga o Santa Clara
del Cobre, donde artistas-artesanos elaboran hermosas piezas, entre
las que se distinguen las tallas en madera. Y conviene no soslayar la
visita a la isla de Janitzio, aquella que en la noche del Día
de Muertos se enciende de velas y ofrendas y llena de luz el mítico
lago de Pátzcuaro.
