CARIBE
Las islas Cayman
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No
todo es cuestión de negocios
A una hora de vuelo
desde Estados Unidos, esta colonia inglesa en el Caribe, más conocida
como paraíso fiscal, es sobre todo un paraíso natural: una isla
pequeña y silenciosa que por la noche parece deshabitada y una
meca mundial del buceo y el snorkeling.
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Por Julián
Varsavsky
Las Islas Cayman
no son solamente un paraíso fiscal, sino también natural;
un tesoro escondido en aguas tropicales donde cada año aumenta
la cantidad de turistas que llegan atraídos por sus kilométricas
playas casi vírgenes.
Aunque el motivo del viaje sea sólo para reposar en la playa,
es inevitable preguntarse por la exorbitante cifra de 500 bancos que
tiene esta pequeña isla. Pero resulta que en Cayman la mayoría
de los bancos son invisibles; se trata de bancas virtuales, sin cartel
a la calle, que caben en una oficina donde el dinero nunca llega físicamente.
Tampoco se ven hombres trajeados por la calle, y la cantidad de sucursales
bancarias, si bien es llamativa, supera apenas la cantidad de iglesias
protestantes desperdigadas por toda la isla.
Ninguna construcción en Gran Cayman puede superar la altura de
la palmera más alta. La ley es estricta en este sentido, y como
consecuencia se ven casas de no más de dos pisos alejadas una
de la otra, con un particular estilo antillano y pintadas con colores
claros como el celeste, el amarillo crema, gris y rosado. Sólo
en el centro de Georgetown, capital de las islas, puede observarse un
tránsito sostenido en horas pico. Durante el resto del día,
circulan muy pocos autos por los angostos caminos. Después de
las 9 de la noche, ya casi no se ve a nadie en la calle. Como en todo
pueblo chico, no hay problemas de seguridad, y la gente, de habla inglesa,
es particularmente obsequiosa con el visitante.

Una raya
entre las manos La perla más preciada que encierra este viaje
es la excursión a Stringray. Un pequeño barco parte desde
una zona de manglares y nos lleva varios kilómetros mar adentro,
mientras todo el mundo aprovecha para echarse al sol sobre la cubierta.
El color del mar va cobrando intensidad hasta tornarse azulísimo.
Pero luego la profundidad decrece y ya se puede ver el fondo teñido
de turquesa radiante. Nos espera una práctica de snorkeling muy
particular, con un tiburón y una morena como anfitriones estelares.
Lamentablemente no se viene al mundo equipado con branquias y aletas,
pero munidos de unas patas de rana y una máscara, podría
decirse que somos habitantes del mundo marino, al menos por un rato.
Un chapuzón desde el borde del barco nos traslada, sin mediación,
a ese otro universo de extrañas formas y seres que transcurren
su cotidianidad entre burbujas y corales cerebro. Alguien con suerte
caerá justo en el centro de un cardumen de peces rojinegros de
tamaño milimétrico, que pasan despavoridos frente al vidrio
de la máscara. Más tarde desfilarán en hilera unos
peces color turquesa, tan finos que parecen transparentes, junto con
otros de color azul y todo el reborde fluorescente. Pareciera que los
peces de todos los océanos se han dado cita en este lugar, y
el más llamativo es uno plateado, fino y largo como un palo,
que permanece inmóvil a centímetros de la superficie.
El fondo esta a sólo a 3 metros de profundidad. Unas pocas brazadas
nos llevan hasta el borde de una laberíntica barrera de coral,
enrevesada y retorcida, de formas caprichosas que invitan a internarse
en sus recovecos. En los arrecifes mora un tiburón de la especie
conocida como enfermera, que podría decirse que está
amaestrado. Esta especie mide un metro y medio, y jamás ataca.
Además no tiene filo en los dientes. El guía submarino
repite la misma rutina de todos los días de su vida: les pide
a los viajeros-buceadores que lo sigan hasta la cuevita de su mascota
y le ofrece comida para que salga; cuando aparece el tiburón,
nada lentamente encima de él, mientras lo alimenta como en la
fábula del asno y la zanahoria.
Los observadores apreciamos la escena a prudente distancia, detrás
del guía. Cuando el tiburón terminó su comida,
se dio media vuelta y volvió sobre su estela hacia su morada...
¡y hacia nosotros! Todo el mundo se quedó helado y nadie
atinó a huir (por otra parte ya no había tiempo). El tiburón
pasó lentamente debajo nuestro, casi rozando las patas de rana
y siguió su camino. Más tarde fue el turno de la morena,
que salió apenasunos instantes de su cueva, ondulándose
elegantemente como una cinta amarilla mecida por el viento.
Pero estas escenas son sólo el comienzo de la aventura. De vuelta
en el barco, la travesía prosigue unos minutos más, y
de nuevo al agua. Esta vez estamos en un banco de arenas de oro con
el agua hasta la cintura, en medio del mar abierto. Hemos llegado a
la casa de las mantarrayas; sencilla, sin paredes ni decoración
alguna, salvo el piso de arena y un techo de agua. Varias decenas de
mantarrayas parecen flashes plateados que vuelan bajo el agua rodeando
el barco, ansiosas por nuestro desembarco. Ya están acostumbradas
a que junto con las naves lleguen los baldes con sustanciosos calamares
que devoran con glotonería. Una vez que estamos en el agua con
el alimento en la mano, se nos vienen encima a pedir comida como gatitos
merodeando un plato de leche. Además de comer, les gusta juguetear
entre las piernas y los brazos de los bañistas, y se dejan levantar
como cualquier animal doméstico, y hasta nos hacen masajes en
la espalda con su resbaladiza piel. De más está decir
que no lastiman con la cola, y son absolutamente mansas, lo cual no
quita que entre los turistas haya mayoría de impresionables y
que un constante griterío se oiga a la distancia.

Vamos a la
playa Cada hotel dispone de espaciosa playa para disfrutar a
gusto y piacere. Nunca hay mucha gente y en general se obtiene
una discreta intimidad. La playa de Rum Point, con sus agradables barcitos
junto a la arena, justifica alejarse del hotel. Aquí el mar forma
una especie de gran piscina natural de traslúcidas aguas inmóviles,
donde se puede caminar 500 metros hacia adentro, sin mojarse por arriba
de la cintura.
Las Islas Cayman son el lugar ideal para un luna de miel. A salvo del
más mínimo bullicio y de toda aglomeración, aquí
se viene a no hacer absolutamente nada; única cura conocida en
el mundo contra el estrés. En Cayman se puede cenar sobre un
muellecito que se interna en el mar, bajo un techo de paja, a la luz
de las estrellas y un candelabro. Para aquellos románticos que
adoran el agua y los crepúsculos, se reserva la opción
de sentarse a conversar dentro del mar, con el agua hasta el pecho y
rum punch helado entre los dedos, mientras el sol desaparece lentamente.
O pasarse el día entero recostado en una hamaca atada entre dos
palmeras, abrazado a una buena compañía y escuchando calipso.
Aunque efímero, algo parecido a la felicidad.

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Datos
útiles
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Cómo
llegar: Lan Chile vuela a Cayman vía Miami.En temporada
baja, un paquete con aéreo, alojamiento 7 noches en hotel
4 estrellas y traslados, cuesta $ 1300 por persona. En temporada
alta cuesta alrededor de $ 1600.
Dónde alojarse: El Hotel Holiday Inn es uno de los
más preferidos por los argentinos.
Cómo moverse: Hay unos micros pequeños que recorren
gran parte de la isla. Hay quienes alquilan un auto por unos días,
e incluso las bicicletas son una buena opción, ya que las
distancias son pequeñas. La excursión a Stringray
cuesta $ 35 (mediodía) y $ 50 (día completo).
Qué comer: Una suculenta langosta asada cuesta alrededor
de $ 20. Los platos en base a un pescado llamado mahi-mahi están
entre los más solicitados. Son muy comunes las entradas con
bollitos de carne de caracol y trozos de carne de tortuga.
Informes: Oficina de Promoción Turística de
Islas Cayman: Viamonte 611, 3º A. Tel: 4394-1100. |
