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SUDAFRICA
Safaris y ciudades

Libertad
salvaje
La parte del león. Aunque las leonas son las que cazan las presas –las favoritas son la cebra y el antílope–, el primer bocado es

Crónica de un safari por las reservas de vida salvaje donde habitan en plena libertad los Cinco Grandes de Africa. La aventura de estar frente a frente con leones, leopardos, elefantes, búfalos y rinocerontes en su verdadero territorio. Pero también, una visita a Durban, la ciudad balnearia sobre el océano Indico, y a Ciudad del Cabo, aquel de la Buena Esperanza.

Por Lilia Ferreyra

La camioneta enfila por un sendero de tierra roja entre arbustos Simpáticos pero impredecibles: No es aconsejable acercarse demasiado a los elefantes.espinosos, pastos altos y árboles de poca fronda y troncos finos. Un monte bajo, raleado, con algún trecho selvático que desaparece enseguida. No es la sabana ni la jungla, sino un paisaje casi familiar que puede asociarse con alguna región argentina. De pronto, el Land Rover dobla una curva y se detiene ante tres jirafas que “pastan” en el follaje de los árboles bajos. Allí están, mansas y desconfiadas, al borde de una pequeña laguna. Al oírnos llegar, doblan grácilmente sus cabezas y empiezan a alejarse mientras en nosotros se desvanece definitivamente la sensación de estar en terreno conocido. No es para menos. Nos encontramos en el nordeste de Sudáfrica, cerca de la frontera con Zimbabwe y Mozambique, dando tumbos en esa camioneta sin puertas, ventanillas ni techo, que avanza sobre cualquier obstáculo por ese monte plagado de gigantescos hormigueros de termitas, ahora extraño e inquietante, que alberga a los Cinco Grandes de Africa: el león, el leopardo, el rinoceronte, el elefante y el búfalo. A ellos nos acercaremos sobrepasando el límite del miedo, llevados por la curiosidad, la admiración o la perplejidad de estar ahí, frente a frente con esa fauna que, en magnífica libertad, brama, ruge, acecha y corre en lo que siempre fue su verdadero territorio. O quizá también, por la calma y seguridad que transmiten los expertos guías, o por tener a la vista, sobre la guantera del Land Rover, un poderoso fusil con balas capaces de detener la furia de un salto salvaje. Algo que después de haber vivido la experiencia de un safari sudafricano, sólo puede ocurrir en la imaginación, en la literatura o en el cine.

Rumbo al león Una hora de vuelo desde Johannesburgo para aterrizar en el aeropuerto Eastgate, una de las puertas de entrada a las reservas privadas de vida salvaje del nordeste sudafricano, muy próximas al famoso Parque Nacional Kruger. Nos esperan los guardamontes (rangers) que nos guiarán por las 12.000 hectáreas de monte de la reserva Kapama, en safaris de tres horas que comenzarán a la madrugada y se repetirán a la tarde, subordinados siempre al ritmo animal del tiempo. Una aventura muy bien organizada que se realiza arriba de las Land Rover, camionetas 4 x 4, tipo jeep, con tres filas de asientos para nueve personas y equipadas con radio para que los rangers-choferes se comuniquen entre sí. De esa manera, cuando uno de ellos encuentra una manada le avisa al otro para que nadie se pierda el espectáculo.
Como llegamos al mediodía, nuestro primer safari fue vespertino. Eran las 4 de la tarde y antes de partir todos escuchamos con mucha atención a los rangers cuando explicaron que los animales están acostumbrados a ver a las Land Rover, pero las ven como otro animal; conocen su forma y sus ruidos, así que para no inquietarlos, no hay que pararse, ni bajarse del vehículo ni por supuesto, gritar. Tampoco fumar. Algo tiesos en los asientos en la camioneta, iniciamos el traqueteo por el monte y a los pocos minutos y casi mágicamente desapareció toda inquietud ante un posible peligro. El rastreador, un joven negro llamado Magic, bamboleaba displicentemente sus piernas desde su banqueta adosada al frente de la camioneta y miraba con cierta indiferencia hacia los costados del camino. Avanzábamos despacio por el territorio de los Cinco Grandes, pero no había señales de ellos. Parecía que la tarde era sólo de los pequeños jabalíes de largos colmillos que salían disparados cuando nos acercábamos, de los rápidos impalas que también se escapaban, de las fantásticas cebras que corrían al oírnos llegar.
–¿Por qué hay tantos árboles con la corteza rota, casi pelados?
–Porque el león y el leopardo los usan para afilar sus garras; los rinocerontes se restregan en los troncos y los elefantes los embisten. Empezábamos a percibir el mundo salvaje y Phillip, el guía, no ahorraba detalles mostrando huellas salvajes y bostas de tamaño aún más salvaje sobre la tierra roja. Entonces llegamos a un claro del monte, donde pastaban muy tranquilos dos enormes rinocerontes que en vez de huir se acercaron hasta casi rozar las ahora quietas piernas de Magic, y nos fuimos de allí para desembocar frente a un león y una leona que se desperezaban echados entre los pastos. Ni se movieron al vernos llegar. Majestuosamente, el león irguió su cabeza y su grandiosa melena se agitó suavemente desplazando para siempre la idea de que la expresión “el rey de la selva” es una frase hecha o un lugar común. Los Grandes no huyen, imponen su presencia y marcan su territorio. Así vimos avanzar a los búfalos, ocupando todo el camino, y a los elefantes, quebrando ramas a su paso. Y cuando ya casi no había luz, al esquivo leopardo que avanzó agazapado hacia una manada de impalas y se paró en seco cuando Magic encendió un reflector iluminando su salvaje belleza. Se tendió a unos cinco metros de la camioneta, y se quedó quieto mirándonos, quizá fastidiado por la interrupción de su cacería. Ante esa espléndida potencia en reposo, ¿qué otra cosa hacer más que admirarla olvidando el miedo? Así estuvimos frente a frente hasta que desapareció entre los árboles rumbo a su presa. A lo lejos, el sordo grito de un antílope alertó a la manada y emprendimos el regreso mientras en la oscuridad del monte el instinto de las especies seguía su eterno ciclo.
El día había terminado y empezó la noche con una cena bajo el cielo africano donde resplandecía la familiar Cruz del Sur de nuestro cielo latinoamericano, lo único familiar en el mundo salvaje que acabábamos de conocer.

El Waterfront de Ciudad del Cabo, con la imponente espalda de la Montaña de la Mesa.

Las ciudades-puerto Sin duda, un safari por el Parque Kruger o por alguna de las reservas privadas es el plato fuerte de un viaje a tierras sudafricanas. Pero ese país, donde se llevó a cabo una de las más formidables luchas contra la discriminación racial, con una larga y compleja historia entre las diferentes etnias africanas, los colonos y colonizadores europeos, y las migraciones asiáticas, presenta también otras facetas tan interesantes para conocer como sus parques y reservas. Por eso, quizá lo mejor es dejar el safari para el último tramo del viaje y empezar por las ciudades-puerto de las costas de Sudáfrica, como Ciudad del Cabo o Durban, el gran puerto sobre el océano Indico, donde se inició nuestro viaje y también nuestra aproximación a la gran diversidad de culturas y razas que integran la población sudafricana.
Ubicada en la provincia de KwaZulu-Natal, a 588 kilómetros de Johannesburgo, Durban es una ciudad balnearia con seis kilómetros de playas color camello sobre las cálidas aguas del Indico, conocidas como las Millas Doradas, con una costanera que se extiende desde el puerto hasta la Laguna Azul, embalse natural de las aguas del río Ungeni al desembocar en el mar. Calles impecables y una imagen urbana en la que coexisten las casas y los edificios de estilo inglés del siglo XIX y principios del XX, con la moderna arquitectura de las décadas del 80 y 90, perteneciente en su mayoría a los grandes hoteles que están sobre la costanera. Avenidas con jardines y un barrio hindú donde se ven hombres con turbantes y mujeres vestidas con coloridos sharis o cubiertas con negros chadors, y donde escuché por primera vez en mi vida el sobrecogedor rezo del muecín desde una mezquita.
Pero, ¿no habíamos viajado al sur del continente africano? El desconcierto era legítimo pero algo superficial; pertenecía más al imaginario que el viajero construye antes de conocer otro país que a la actual realidad sudafricana que refleja la ciudad de Durban, producto de una historia marcada hace siglos por el colonialismo inglés y su ocupación de las ancestrales tierras de los zulúes. Como las rebeldes tribus nativas se resistían a trabajar en las plantaciones de azúcar de la región, los ingleses trajeron la mano de obra desde la India, en condiciones que se asemejaban más a la esclavitud que a un contrato laboral. No es casual entonces que en la zona de Umhlanda, un balneario próximo a Durban, hayavivido durante veinte años Mahatma Gandhi, el histórico líder pacifista de la India, defendiendo los derechos de su pueblo emigrado.
Con esa historia a cuestas, lo mejor es hacer un recorrido por la ciudad para ir descubriendo los mundos que encierra: Florida Road y sus casas con columnitas de hierro de estilo victoriano; las mansiones de los azucareros en el barrio de Mitchell Park; la costanera con sus abigarrados puestos de artesanías africanas, donde jóvenes negros adornados hasta el delirio con plumas y espejitos pasean a los turistas en los rickshaw que importaron los ingleses en el siglo XIX; y el imperdible Mercado Indio del barrio hindú, donde las especias orientales, las hierbas y huesos de medicina zulú, se mezclan con collares de mostacillas, huevos de avestruz y máscaras africanas. Con un 75% de población negra de origen zulú, un 12 % de blancos descendientes de europeos, y un 3% de indios, así como también otras minorías provenientes de Extremo Oriente, la ciudad de Durban es un enjambre de culturas que abre una interesante puerta de entrada a Sudáfrica... y a la región zulú donde todavía subsisten los códigos y costumbres de un lejanísimo pasado. Pero esa sí es otra historia.

El rinoceronte impresiona más por su aspecto prehistórico que por su temible cuerno.

En la punta de Africa De allí al extremo sur de Africa, a la bonita y pulcra Ciudad del Cabo, la más antigua del país, que fundaron los holandeses en 1652 y que fue el puerto más importante de la ruta de la Compañía Holandesa de las Indias Orientales. Una ciudad pequeña de estilo europeo, tan cosmopolita como Durban, con pocos edificios altos, una zona en la costanera con restaurantes y negocios que allí llaman Waterfront –y que en Buenos Aires es Puerto Madero–, un colorido barrio malayo, y una animada vida nocturna en Green Point, la zona que conocimos gracias a Nora, cuya intuición periodística dejó de lado las advertencias de un guía sobre la seguridad del lugar. Pero lo primero que sorprende al llegar a Ciudad del Cabo es su espléndido emplazamiento entre el imponente muro natural de la Montaña de la Mesa y el océano Atlántico. En lo alto de esa meseta de 1000 metros de altura, a la que se asciende en un funicular con piso giratorio, se abre un bellísimo paisaje de bahías que ondulan la costa, montañas con cumbres de nubes y un horizonte brumoso donde el océano se funde con el cielo como si realmente fuera el límite del mundo que creían ver los navegantes de la antigüedad. Para no olvidarnos de la oscuridad de épocas más recientes, en el centro de la bahía de la Mesa, aparece la isla de Robben, donde estuvo preso Nelson Mandela en los años del appartheid. La cárcel es hoy un museo y los guías son auténticos ex presos que acompañan el recorrido con relatos que justifican ampliamente la visita.
Más allá de la Table Mountain, Ciudad del Cabo se extiende en una zona de viñedos que enlazan una ruta del vino y en pueblos que parecen sacados de una postal holandesa o de la Riviera mediterránea. Pero como no estamos en Europa sino en la punta de Africa, se impone la ansiedad por llegar al Cabo de Buena Esperanza, el mítico punto en el mapa donde se juntan el océano Atlántico y el Indico. Y es mítico no sólo por sus historias de navegantes y por la leyenda de El Holandés Errante y su barco fantasma, sino porque no es el verdadero. El auténtico fin del continente africano está a unos cuantos kilómetros y se llama Cabo de las Agujas. Por suerte, la exactitud geográfica no consiguió borrar la legendaria fama del Cabo de la Buena Esperanza, y allí van todos los viajeros para ver ese acantilado que entra en el mar, enfrentando el embate de las olas y de los fuertes vientos como una fabulosa garra de león que Sudáfrica extiende para aferrar los dos océanos.

“¡Ahí está el hipopótamo!”, dijo el guía. Sólo un par de ojos y orejitas emergían del agua.

Datos útiles

Ubicación: Sudáfrica está el sur del continente africano y limita al norte con Zimbabwe y Botswana; al noreste con Mozambique, al noroeste conNamibia y hacia el sur, sólo con el océano. Con una extensión de 1.221.040 km2 ocupa el 4% del territorio de Africa.
Cómo llegar: South African Airways despega de Ezeiza los martes y sábados a las 17.30 horas y llega a Johannesburgo en sólo ocho horas. En temporada alta –del 15 al 30 de julio– habrá tres vuelos por semana, vía San Pablo y la tarifa será de U$S 999 más impuestos.
Más información en las oficinas de la compañía aérea: Avda. Santa Fe 846, 1ª piso, Buenos Aires. Tel.: 4-319-0063/319-0000.
Dónde alojarse: Sudáfrica tiene una excelente infraestructura hotelera. Además de las cadenas internacionales como Holiday Inn, Hilton o Sheraton, de 4 y 5 estrellas, cuenta con una amplia oferta de hoteles de otras categorías con precios más accesibles.
Comidas: Oriente, Occidente y Africa están presentes en la cocina sudafricana: especias, pollos y frutos de mar, cordero, cerdo y carne de res, avestruz, venado... y platos más exóticos –para los que se animen– como termitas fritas o escarabajos tostados. Un dato importante: se puede comer muy bien y a muy buenos precios.
Idioma: Aunque existen 11 lenguas oficiales, todos hablan inglés y muy pocos, español.
Moneda: Rand. Un dólar equivale aproximadamente a 8 rands.
Carreteras: Como los ingleses, los autos sudafricanos tienen el volante a la derecha y circulan por la mano izquierda. Hay buenas rutas y pocos peajes.
Clima: Ubicada en el Hemisferio Sur, compartimos con Sudáfrica las cuatro estaciones en los mismos meses, aunque por su latitud –Ciudad del Cabo está a la altura de Montevideo– el invierno es similar al del sur de Brasil.
Salud: La malaria es endémica en el noreste del país (Parque Kruger y reservas), por lo cual es necesario tomar medicamentos para prevenirla antes de hacer un safari por esa región.
Más información: Embajada de Sudáfrica. M. T. de Alvear 590. 8ª. Tel.: 4317-2900. E-mail embassa@ciudad.com.ar Sitio web de la oficina de turismo en Pretoria, la capital de Sudáfrica: www.satour.co.za