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ECUADOR
Visita a la capital, una ciudad con altura

Quito, la gentil

Encerrada entre montañas, Quito es una ciudad cuyo casco histórico aún respira los tiempos de la colonia. Desordenada y vital, situada a pocos kilómetros del Ecuador, ofrece sin embargo un clima agradable durante todo el año, además de la gentileza de su gente.

Texto y fotos:
Graciela Cutuli

A partir de las seis de la mañana, los cerros que rodean Quito dejan de ser sombras negras que se recortan contra el cielo estrellado. El sol ya empieza a surgir detrás de las montañas e ilumina los campanarios de las iglesias y monasterios de la ciudad, que se hizo conocer como el Claustro de América. Poco a poco, las calles se animan y las plazas empiezan a recibir a los primeros vendedores callejeros que acomodan sus puestos. Exactamente doce horas más tarde, a las seis de la tarde, la oscuridad empieza a bajar de las montañas para cubrir la ciudad. Esta alternancia pareja de días y noches sigue el compás que marca la latitud cero: es decir, la línea del Ecuador que cruza las montañas de los Andes veinticuatro kilómetros al norte del centro de la ciudad. Si este detalle podía preverse, sin duda lo más sorprendente es el clima. Quito goza de un clima primaveral a lo largo de todo el año debido a su altura, unos 2800 metros sobre el nivel del mar. Así que, tal vez un poco inesperadamente, un abrigo es bienvenido por las mañanas y las tardes, aunque teniendo en cuenta que los mediodías se vuelven bastante calurosos. Si hace falta un poco de frescura en estas horas, se pueden visitar los callados interiores de las iglesias, o mirar hacia los cerros que rodean la ciudad, cuyas nieves culminan a casi 5000 metros.

Un patrimonio colonial En Quito no hay que buscar construcciones prehispánicas. Aunque la ciudad fue junto con Cuzco una de las capitales del imperio inca, bajo el mando de Huayna Cápac, no queda nada de los edificios de esta época de su historia. Frente a la llegada de los españoles, los quituas –el nombre de los indígenas que vivían en este valle, y que dieron su nombre a la capital ecuatoriana– prefirieron arrasar y quemar todo lo que los rodeaba antes que dejar la ciudad en manos extranjeras. Apenas quedaron cimientos de piedra, sobre los cuales los españoles levantaron sus iglesias y los monjes sus monasterios. Es la parte antigua de Quito, que no cambió pese al paso de los siglos, y que hoy se muestra tal como era en la época colonial. Este inestimable valor arquitectónico le valió de ser declarada Patrimonio Cultural de la Humanidad por Naciones Unidas en 1978.
Como en muchas ciudades que no consiguen resolver armoniosamente la ecuación entre pobres y ricos, también Quito está dividida. La zona norte es el centro bancario, comercial, la sede que eligen las embajadas y los edificios de la administración nacional, en tanto la parte sur, sobre todo a lo largo de la “Pana” (la Panamericana) concentra las barriadas más pobres e industriales. Muchos habitantes –en buena parte debido al éxodo rural de mediados del siglo XX– y servicios insuficientes, le traen a Quito todos los problemas que pueden esperarse en un país donde los vaivenes económicos han estado a la orden del día, incluyendo la dolarización. No deja de ser extraño, a la sombra de barrios coloniales, a orillas del Ecuador, pagar con el billete verde norteamericano... Pero no hay nada que pueda sustraerle encanto a la Ciudad Vieja, cuyo corazón late en la Plaza de la Independencia, también conocida como Plaza Grande. La Catedral, claro, es la reina de la plaza, que completa su aire monumental con el Palacio Arzobispal, el Palacio de Gobierno y un edificio moderno que no puede menos que desentonar en este marco: el que corresponde a la sede de la Administración Urbana, construido a fines de los 70 para reemplazar un edificio antiguo demasiado dañado. Es que los movimientos sísmicos han causado no pocos daños y obligado a no pocas restauraciones en este casco antiguo donde se destaca por su belleza la Iglesia de la Compañía, junto al Museo Municipal de Arte e Historia Alberto Mena Camaño. Para algunos, esta iglesia a la que nadie podría discutirle el título de “obra maestra del barroco” que le asignan las guías turísticas y los libros de arte, es la más decorada de América latina. Es cierto que el dorado de sus arcos y columnas interiores deslumbra, y que los ojos parecen no alcanzar para pasar del cuidadoso tallado en madera de los confesionarios a los bloques de oro del altar, los murales de las paredesy los numerosos detalles que revelan cierta influencia morisca. A miles de kilómetros de distancia, no se puede sino pensar en los lujos vaticanos: de hecho, algunos llaman “la Capilla Sixtina de Quito” al techo abovedado de la iglesia, en tanto las columnas del altar se creen una copia de aquellas en que posó Bernini el baldaquino de San Pedro.

Sucre, romanticismo e iglesias Con la llegada del dólar en reemplazo del sucre, la tradicional moneda ecuatoriana, se ha terminado un homenaje tangible y cotidiano al héroe de la independencia. Pero su rastro puede seguirse en muchos otros lugares de Quito: por empezar, en la Catedral, donde se conservan sus restos, o bien en la Avenida del Mariscal Sucre, donde se encuentra el Museo Histórico levantado sobre la antigua casa del prócer. No falta en las cercanías una estatua de Sucre que señala en dirección a Pichincha: allí, en 1822 sus tropas conquistaron después de una sangrienta batalla la independencia que llevó a la nación a formar parte, hasta 1830, de la Gran Colombia integrada por las actuales Colombia, Venezuela y Ecuador.
La ascendencia española de la capital se revela innegable en el barrio de La Ronda, tal vez el más romántico de Quito, el más digno de una postal colonial impecable en sus paredes blancas, puertas azules y flores rojas que cuelgan de los balcones de estilo español hacia las calles prolijamente adoquinadas. Pero el romanticismo se apaga de noche, cuando toda la zona se vuelve insegura: para disfrutar los ecos de las serenatas del pasado, o admirar los retratos de músicos ecuatorianos que jalonan el barrio, más vale entonces el día.
Quito tiene más de 80 iglesias, además de conventos y monasterios, así que tiene bien ganado el apodo de “Claustro de América”. Entre ellos se destaca el monasterio de San Francisco, que fue fundado sobre los restos de un palacio inca apenas 50 días después de fundarse Quito, allá por el año 1534: por lo tanto la iglesia es la más antigua de América latina. El curioso sincretismo de este conjunto religioso ricamente decorado en el interior al estilo del barroco español revela la matriz indígena del pueblo ecuatoriano, sobre la que se superpuso el dominio conquistador: además de las más de cien columnas dóricas, de la inédita imagen alada de la Virgen pintada por Bernardo de Legarda o el bello altar esculpido de la Capilla Cantuña, el techo está decorado con imágenes del dios Sol inca.

La ciudad moderna Pasando el Parque de la Alameda y su monumento en homenaje a Simón Bolívar, se estará dejando atrás también el casco histórico quiteño para entrar en la parte más moderna de la ciudad. Antes, la geografía obliga a detenerse en el monumento que conmemora a la expedición francesa que en 1736 viajó a Ecuador para realizar mediciones que permitieran calcular la circunferencia del planeta.
Quito aquí, fuera del casco antiguo, ya es otro mundo: predominan las galerías comerciales y de arte, los cafés, las librerías y las salas de exposición, como en la animada Avenida Amazonas, además de edificios modernos como la Casa de la Cultura Ecuatoriana. Allí vale la pena visitar el Museo del Banco central, donde las obras de arte permiten hacer un recorrido distinto de la historia ecuatoriana, desde los tiempos precolombinos hasta nuestros días. Estando aquí, hay que desviarse también hasta el barrio Bellavista, donde se encuentra el Museo Guayasamín, tal vez el artista ecuatoriano más conocido internacionalmente. El museo exhibe obras coloniales que formaban parte de la colección del pintor, y también su propia galería y trabajos. Sus obras, siempre en torno de la cultura mixta que había heredado de su madre indio y su madre mestiza, son una buena manera de aproximarse a las bellezas y contradicciones de una de las más antiguas y bellas capitales de América.