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TUNEZ
Encuentro con Medio Oriente

Entre el Mediterráneo y el Sahara

Columnas de la antigua Cartago que siguen erguidas frente al Mediterráneo.

El mundo antiguo y la modernidad se conjugan en este país del norte de Africa. Una visita a la Medina de la ciudad de Túnez, a los sorprendentes pueblos del desierto, y a la milenaria y mítica Cartago, con sus terrazas sobre el mar azul, abigarradas hoy de cafés, restaurantes... y turistas.

A dos pasos de Europa, en el corazón del Mediterráneo, se encuentra un rincón de la tierra donde el aire es tan suave, el mar tan azul y la amistad tan espontánea, que conforma una imagen gratamente inolvidable. Y más inolvidable es aún por su historia, sus ciudades milenarias y sus pueblos del Sahara, el gran desierto de dunas y espejismos del norte de Africa. Así es Túnez, un país donde el ayer y el mañana se funden íntimamente.
La república tunecina tiene una posición geográfica estratégica en un punto de encuentro entre el sur de Italia y tres significativos enclaves económicos: la Unión Europea, Medio Oriente y Africa. Seis aeropuertos internacionales y ocho puertos vinculan a Túnez con el resto del mundo. Dos horas de vuelo desde París y Londres, y cuarenta y cinco minutos desde Roma. En una superficie de casi 180.000 km2, con lagos de aguas violetas habitados por flamencos, playas y emplazamientos arqueológicos sorprendentes, sus casi diez millones de habitantes reciben anualmente una importante afluencia de turismo particularmente europeo. Hablamos de un país que desde su independencia se empeñó en el camino del progreso, aboliendo oficialmente la poligamia, y destacando el principio de la emancipación de la mujer.
La historia de esta nación se remonta a más de tres mil años. A través de los siglos su geografía conoció varias civilizaciones: bereber, púnica, cartaginense, romana, árabe, española, turca y francesa; etapas históricas que fueron modelando la identidad cultural de un pueblo que siendo mayoritariamente musulmán se integra con comunidades de otros cultos.

El pueblo medieval de Sidi Bou Said.
Los Ksars, graneros del desierto.

De la Medina a Cartago Sinfonía en cúpulas y terrazas, inteligencia y armonía del urbanismo, sombras frescas y olores del pasado, así se presenta la cuna de Túnez, la Medina. Mundo de piedras vivas, de ruidos múltiples, de tesoros ocultos, la Medina, en sus mil colores, cautiva al turista que la descubre. Es el corazón histórico de la ciudad de Túnez, y representa un modelo de la civilización urbana árabe, en tierras del Magreb. Así lo entendió la Unesco al declararla Patrimonio Cultural de la Humanidad. Rodeada de murallas que se comunican con el exterior mediante grandes puertas, alberga viviendas, palacios, cementerios, almacenes, plazas y jardines. Artísticas terrazas y esbeltos minaretes. A través de un tramado de calles, callejuelas y callejones ensamblados como en una inmensa red, la Medina, todo un cuerpo con vida, conserva los misterios y el encanto indefinible del paso de la historia.
Cartago, refugio de la cultura fenicia, otrora trofeo de Roma, tres veces milenaria, forma también parte del Patrimonio de la Humanidad. La influencia cultural y económica que ejerció Cartago sobre el mundo antiguo –como la tolerancia y la apertura– se percibe hoy en la moderna Túnez que, además, ha preservado los vestigios púnicos de la histórica ciudad y las ruinas de la época romana en el Parque Arqueológico Sidi-Bou Said, nombre del pueblo medieval emplazado en lo alto de un acantilado. Sitio imperdible en un itinerario por el parque, el pueblo es un pequeño paraíso de tortuosas callejuelas pavimentadas con un entramado de casas revestidas de cal blanca, con celosías y persianas del azul del Mediterráneo. Tras pesadas puertas claveteadas de herrajes, se esconden jardines secretos tapizados de cerámicas y coloridas buganvillas.

Camellos y camelleros en un alto de la caravana por el Sahara.

En el Sahara Todo espacio vacío e inmenso no se llama necesariamente desierto. En el sur tunecino, no hace falta viajar mucho para sumergirse en pleno Sahara. En ciudades como Douz, el Sahara está a la puerta de su hotel. El exotismo es total. Imagine usted, turista occidental, tres desiertos entremezclados al alcance de su vista. El de arena fina donde el viento esculpe dunas rizadas por la marea sahariana. El desierto de sal donde no se percibe signo alguno de vida, solo el espejismo de castillos moviéndose sobre los cristales de sal. Y finalmente, el desierto de estepagrisáceo donde crece una extraña vegetación que va de la retama al tamarisco. El Sahara es sin duda un sitio sin fin.
El recorrido por este país sigue enhebrando escenarios tan sorprendentes como los Matmata, que es el nombre de las tribus bereberes, habitantes de una región de aspecto insólito. Los bereberes ocupan todavía pueblos construidos en las faldas de la montaña. Otros desarrollan su comunidad en unas moradas subterráneas excavadas en los valles. Estos pueblos invisibles están formados por varios recintos escarbados bajo tierra. Una superficie similar al suelo lunar, compuesto de agujeros gigantes. Cada cráter es en realidad una casa, a la que se accede por una especie de túnel hacia un embudo circular, que recorta la cima de una colina.
También allí, en el sur de Túnez, la mano de la mujer es capaz de transformar mágicamente los colores en materia y objetos de una absoluta tipicidad. Es que la artesanía beduina, tan espontánea como el desplazamiento de las caravanas, produce tejidos donde la habilidad se funde con la imaginación. Cada tribu posee sus propios dibujos y colores. Así, de lejos se identifica cada caravana.

Los Matmata. Pueblos bereberes cavados en las faldas de las montañas.

¿Y a la hora de comer? Como en todo recorrido turístico, la gastronomía forma parte de la cultura del país que se visita. En Túnez, el plato nacional es el cuscús, de cuya preparación se conocen más de sesenta variedades. Una composición sobre la base de harinas y sémola donde intervienen los garbanzos y las alubias. La mayoría de las veces lleva también carne, pollo o cordero, y suele acompañarse con dos salsas, una de ellas -.aquí mucho cuidado– roja y muy picante. Con su paladar acostumbrado, los tunecinos la usan para untar como si fuera una manteca. De todas formas, aunque la condimentación de la comida nacional es muy especiada, no toda es picante.
Una mención especial para los dulces y la repostería, donde los dátiles son infaltables. No pierda la oportunidad de probar el kab el ghzal, una medialuna con azúcar impalpable y rellena de almendras. Curioso también el lagmi, una especie de vino que se obtiene de las palmeras.

Datos tunecinos

Según los datos de los organismos internacionales que monitorean las economías del mundo, Túnez tiene la segunda mejor tasa de crecimiento en el Medio Oriente, posicionándose en el primer puesto en materia de competitividad en Africa. Los últimos indicadores señalan una tasa de crecimiento de un promedio del 5% por año, y una tasa de pobreza del 4,2%. Más del 70% de la población pertenece a la clase media.
Como dato referencial, vale señalar que la Argentina ocupa el décimo octavo lugar entre los países proveedores de Túnez, adonde exporta pescado, cereales y aceites, pieles, manufacturas de corcho, óptica y aparatos científicos. Y a su vez adquiere, entre otros rubros, productos farmacéuticos, dátiles, abonos, fertilizantes e hidrofosfatos (Túnez es el segundo exportador mundial de ácido fosfórico y superfosfato).