MISIONES
El parque provincial Moconá
Una
travesía en 4x4 hasta los Saltos de Moconá, al sudeste de la provincia,
donde la selva esconde un fenómeno único en el mundo producido por una
falla geológica en el lecho del río Uruguay: A lo largo de 3 kilómetros,
el río cae sobre sí mismo formando una sucesión de cataratas. Una excursión
por el rojo y verde misionero, ideal para realizar durante un fin de
semana largo alojándose en una posada en medio de la selva.
Por
J.V.
Misiones
es una provincia verde. El 15 por ciento de su territorio está
declarado área protegida, y un intenso verdor se impone por unanimidad
en cada centímetro de tierra de toda la región. A lo largo
de la Ruta 2, camino a Moconá, el pasto crece hasta el borde
del asfalto y parece a punto de invadirlo. La vegetación está
impregnada en el aire, y por lo visto se cumple una orden suprema de
arborizar sin dejar claros; una sentencia que ejecuta una mano invisible,
condenada a trazar un motivo vegetal repetido hasta el hartazgo. Nos
dirigimos hacia el corazón de la selva misionera, cuya densidad
obsesionó hasta la locura al escritor Horacio Quiroga.
Caminos de
yerba y té Partimos desde Posadas en una camioneta 4x4. Apenas
en las afueras nos rodea el fragante verdor de los pastizales. Luego
ingresamos en la zona de transición hacia la selva, con sus bananos
y árboles medianos cubiertos de enredaderas. Después de
la impactante visita a las Ruinas Jesuíticas de San Ignacio,
pasamos por pueblos como Gobernador Roca, que alberga una colonia polaca,
y Santo Pipó, donde hace ya varias generaciones se instalaron
muchos inmigrantes suizos. En el trayecto nos detenemos a aspirar el
aroma que emana de cada lado de la carretera: las plantaciones de té
a la derecha, y las de yerba a la izquierda.
Al doblar por la Ruta 7 hacia el centro de la provincia, una pared vegetal
comienza a elevarse de manera progresiva a cada costado de la ruta.
En algunos segmentos las ramas de los lados opuestos empiezan a acercarse
entre sí, hasta encerrarnos bajo una galería de hojas.
A lo largo de varios kilómetros aparecen puestos de artesanías
elaboradas por indios guaraníes que viven en precarias casas
de madera a 20 metros de la carretera. En esta zona los guaraníes
conservan su idioma y también la cosmogonía religiosa
que explica el origen del mundo a partir de la germinación del
maíz.
Un balcón natural a la vera del camino ofrece un claro entre
la vegetación y descubrimos estar en lo alto de una sierra, frente
a la cual se despliega un gran valle selvático. Allí la
espesura vegetal se asemeja a un burbujeo de color esmeralda: los árboles
parecen surgir a borbotones como si fueran nubes vistas desde arriba
por la ventanilla de un avión.
Al cruzar el arroyo El Soberbio se acaba el asfalto y lo sustituye una
húmeda capa de tierra rojiza. Aparecen cada tanto algunas casas
de madera con techo a dos aguas y frente inglés, pintadas con
vivos colores por los colonos europeos. Numerosos carros de madera tirados
por dos bueyes avanzan a paso de tortuga transportando pasajeros de
pelo rubio y piel extremadamente blanca.
Sin darnos cuenta del momento exacto, hemos ingresado en la selva. La
muralla verde erigida a los costados del camino ya alcanza los 30 metros
y no permite que la mirada traspase su contorno.

Una posada
en la selva Nuestro centro de operaciones para recorrer el Parque
Provincial Moconá es un cómodo refugio de dos pisos con
cuartos construidos en madera. Está rodeado por una selva cuya
densidad es lo único que se ve por las ventanas de las habitaciones.
Muchas personas se instalan aquí por varios días a descansar
y caminar por los alrededores observando la avifauna con la ayuda de
prismáticos. Se dispone de agua caliente y amplios baños
compartidos.Al día siguiente partimos con nuestro guía
y el guardaparques a realizar una sencilla caminata por las profundidades
del parque. Penetramos la selva como por un boquete que da a una oscura
galería. Allí los rayos del sol se convierten en un suave
resplandor verde, y una barroca proliferación de lianas se mece
sobre el sendero.
En la selva todo el espacio del suelo más los estratos medio
y alto están escrupulosamente ocupados. En el trayecto sorteamos
troncoscubiertos de musgo y hongos, y las hierbas tapan el suelo con
la ayuda de la materia orgánica de las hojas y ramas en descomposición.
En el estrato medio reinan helechos arborescentes, que alcanzan los
siete metros de altura, y toda clase de cañas de bambú:
tacuarembó (la más pequeña), tacuapí (medianas)
y tacuaruzú (gigantes). En lo alto, un grueso techo vegetal nos
sugiere que la mayoría de las especies intenta llegar hasta allí.
Los árboles erigen sus rectos troncos, ramificándose a
sus anchas para acaparar todo el sol y las gotas de lluvia. El resto
de las especies recurre a toda clase de artilugios para recibir su parte,
y al no poder superar a los árboles en altura, se trepan a ellos.
Un ejército de trepadoras asedia a gruesas columnas fortificadas
en vano, y suben hasta lo alto en busca de la energía del sol.
Tal densidad en las alturas hace que en muchos casos los árboles
desaparezcan bajo el denso camuflaje de otras especies. Verdaderos jardines
botánicos de altura parecen suspendidos encima nuestro, donde
a veces un mismo árbol soporta una bromelia, varios helechos,
algunos cactus y numerosas plantas. En primavera estos jardines flotantes
suelen llenarse de orquídeas que cubren una rama completa, formando
cascadas de flores amarillas, lilas y rojas.El monumental lapacho negro
atrae a miríadas de colibríes que liban el néctar
de su flor rosada. El colorido de la selva aumenta cuando las mariposas
revolotean mansamente sobre los brazos, la ropa y la cabeza de los caminantes.
El sendero nos depara la sorpresa de un grueso Ivirá Pitá
(o árbol cañafístula) de 400 años de antigüedad
y 50 metros de altura. Una liana con un diámetro de 20 centímetros
lo surca en toda su extensión. Es tan poderosa, que sostiene
colgada una rama muy gruesa de 6 metros de largo, que se ha desprendido
y amenaza con caerse ante la primera ráfaga de viento.
Los largos
saltos del rio Al día siguiente nos espera la excursión
más vertiginosa del viaje. Navegamos a paso de hombre en una
lancha por el arroyo Yabotí, que desemboca en el río Uruguay.
A cada costado se levanta una cadena de cerros cubierta por la densa
vegetación selvática. Las entretejidas enredaderas pasan
de la copa de un árbol a otra, dando la sensación de que
los bosques estuviesen cubiertos por un manto verde que los tapa como
a los sillones de una casa deshabitada.
Por
momentos la bruma tapa gran parte de la vegetación. Avanzamos
por el río en un ambiente selvático que remite a las imágenes
de la película Apocalipsis Now!. Numerosos arroyitos bajan de
las sierras para alimentar el cauce, y al remontar el río Uruguay,
limítrofe con Brasil, el timonel acelera a toda velocidad. Al
rato, la lancha ingresa en un tramo del río flanqueado por paredes
de oscuro basalto que miden 15 metros. En el costado izquierdo comienzan
a aparecer las cascadas, una tras otra, a lo largo de dos kilómetros
y medio. Son los Saltos de Moconá, un fenómeno único
en el mundo, producido por una falla geológica a lo largo del
lecho del río Uruguay. Recorremos un canal de espumantes aguas
y remolinos que se retuercen en el fragor de la corriente. Los saltos
se suceden con mayor frecuencia, hasta formar una larga cortina de aguas
atronadoras que estallan contra las rocas a cinco metros de la lancha,
bañándonos la cara con su espeso rocío.
El regreso es por el mismo trayecto, pero de inmediato desembarcamos
en un claro donde nos espera la camioneta. Nos llevan por la selva hasta
el borde del río, sobre la parte superior del salto. Allí
debemos vadear el río, que alcanza una anchura de 220 metros,
caminando con el agua hasta las rodillas. Está lleno de rocas
resbaladizas y hay que avanzar con sumo cuidado. Al final del trayecto
son pocos los privilegiados que no se dieron un remojón a la
fuerza. De esa forma alcanzamos unas rocas junto a la cornisa desde
la cual el río se arroja al vacío desde una altura de
15 metros, provocando un rugido de aguas que repercute en nuestros estremecidos
huesos. De regreso al refugio, nos espera un festín de pollosasados
bajo un quincho de madera sin paredes, decorado con orquídeas
y rodeado por el verde de la selva.
Al otro día partimos rumbo a Posadas con el resplandor del alba.
Dejamos atrás la selva, y con ella un laberíntico mundo
de sombras, sin ingreso ni salida, del cual ya nunca podremos librarnos.
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DATOS
UTILES
Cómo llegar:
Un pasaje de avión a Misiones cuesta $ 262. La empresa
de micros Vía Bariloche tarda 12 horas hasta Posadas (no
para en todo el trayecto). El pasaje cuesta $ 50 e incluye acolchonados
asientos cochecama, cena con entrada y plato caliente, vino, whisky,
champagne, masas finas y un desayuno antes de llegar. Saliendo
un viernes a las 18.50 se llega a Posadas el sábado a las
7 de la mañana. El Parque Provincial Moconá está
360 kilómetros al noroeste de la capital misionera.
Excursiones: La agencia Guayrá Turismo Alternativo
realiza salidas especiales desde Posadas hasta los Saltos de Moconá
en grupos pequeños y con atención personalizada.
Para el próximo fin de semana largo está programada
una salida de 3 días y 2 noches visitando las Ruinas de
San Ignacio, que incluye el paseo en lancha hasta la base de los
saltos, alojamiento en refugio en la selva, caminatas, pensión
completa (sin bebidas) y traslados en vehículo 4x4 con
aire acondicionado desde Posadas y regreso a esa ciudad. El precio
total es de $ 295 por persona. Un paquete de 2 días y una
noche cuesta $ 170 por persona. Es igual al paquete anterior,
pero excluye la visita a San Ignacio y el paseo en lancha (opcional)
que cuesta $ 32 por persona. Dirección: Calle San Lorenzo
2208 (Posadas) Tel.: 03752-433415 E-mail: info@guayra.com.ar Sitio
web: www.guayra.com.ar
Comercializa en Buenos Aires la agencia Simplemente Viajemos.
Calle San Martín 793 Piso 6 H. Teléfono
4313-8456.
Comidas: Uno de los aspectos sobresalientes de la posada
en la selva es la comida. Se desayuna con pan casero y panqueques
con dulce de coquitos de la palmera pindó. Las comidas
suelen ser brochetes de pollo y asado criollo con mandioca y ensalada.
Consejo: El Parque Provincial Moconá se puede visitar
durante todo el año, pero a veces los saltos desaparecen
de manera impredecible como consecuencia de exceso de lluvias
o por la apertura de las represas río arriba en Brasil.
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