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ESPAÑA
Lugo y Santiago de Compostela

Meta de peregrinos

Santiago de Compostela es, desde la Edad Media, el destino final en la ruta de peregrinos que provienen de diversos lugares del mundo. Su casco histórico, así como las murallas de Lugo, son dos hitos de la arquitectura que, para orgullo de Galicia, han sido declarados Patrimonio de la Humanidad.

Texto y fotos:
Graciela Cutuli

Por los caminos ondulados que llevan a Santiago de Compostela todo el año se ven pasar los peregrinos. Jóvenes y no tan jóvenes ya no llevan el traje típico de sayo, sombrero de ala ancha y cayado de las estampas medievales: hoy prefieren ropa y zapatillas deportivas, pero el espíritu que los anima no ha cambiado. Hay muchas maneras de peregrinar: a pie es la más tradicional, pero también hay quien sigue las etapas del largo camino de Santiago con medios más modernos y convirtiendo al turismo en su única fe. Es común ver los típicos hórreos para almacenar el grano, o algún arado tirado por bueyes trabajando las pequeñas parcelas de terreno (en Galicia, a diferencia de otras regiones donde el hijo mayor heredaba la tierra, las fincas se fueron subdividiendo con cada generación). Pasando por pueblitos de piedra casi olvidados en el tiempo, por los señoriales pazos o por ciudades que han conservado intactos imponentes monumentos, en Galicia siempre hay tiempo para ponerse a conversar, a buscar algún conocido común –ya que no hay familia que no tenga un emigrante en la Argentina–, a probar una empanada gallega casera o un plato de mariscos recién traídos de la costa. Sea el viaje corto o largo, hay en los paisajes gallegos y en sus ciudades históricas una magia indeleble, un marco espléndido siempre verde y una cordialidad traducida en mil pequeños gestos que le da a la experiencia un sabor inolvidable.

Las murallas de Lugo Si se entra en Galicia por Ribadeo rumbo a Santiago, hay que detenerse primero en Lugo, la única ciudad gallega que durante la dominación romana tuvo el rango de capital de convento jurídico. Y lo más impresionante de Lugo, su símbolo puertas afuera, es la extraordinaria muralla de seis metros de espesor que la rodea, construida en época romana y conservada desde entonces como si los siglos no le hubieran hecho mella. Desde sus diez metros de altura, ya que los tres kilómetros de la cinta de murallas se pueden recorrer a pie, la vista de la ciudad es bellísima, con las torres de la catedral románica despuntando por encima de los techos bajos aledaños.
Las tardes de sol encuentran a toda la gente en la calle, paseando en la Plaza Mayor y frente al Ayuntamiento, mientras los grupos de estudiantes y de turistas se encaminan hacia la Catedral. Mientras tanto, en la Plaza de Santo Domingo, un águila conmemora los tiempos en que los romanos tomaron la ciudad de manos de los celtas, el pueblo que dominó antiguamente toda la región y que legó a muchos gallegos su contextura física, los ojos claros y una base lingüística que al mezclarse con el latín dio como resultado la dulce lengua gallega. Esa lengua que hoy se sigue hablando y enseñando, que perpetúa una tradición literaria nacida en la Edad Media y continuada siglos más tarde por escritores tan queridos como Rosalía de Castro y tan polémicos como Camilo José Cela.
Santiago de Compostela Una célebre novela gallega, La casa de la Troya, de Alejandro Pérez Lugín, cuenta la historia de un estudiante madrileño que a desgano se dirige a Santiago de Compostela para continuar sus estudios en la universidad. Aunque el joven Gerardo va enfurruñado y furioso –el traslado es un castigo por su escasa contracción al estudio– no puede dejar de reconocer la belleza de la ciudad que de pronto se le aparece: “Por encima de todo, con el Ayuntamiento a sus pies, se alzan dominadoras, simbólicas, sobre los demás edificios, como un señor sobre sus vasallos, las airosas torres de la Catedral. Al lado, el Seminario, con sus cientos de ventanas, ocupando orondamente media ciudad y, junto a él, el convento de franciscanos, escondiendo silenciosa y humildemente en una hondonada la feracidad de su enorme huerta, por donde pululan unos hábitos pardos que hacen brillar al sol el acero de sus azadones, que suben y bajan incesantemente. Y asomando por todas partes sus campanarios o sus veletas, las torres de cien iglesias, que difunden por la población el repiqueteo de sus campanas mezclado al estallido de unos cohetes con que todos los días festejan en alguna de ellas a cualquier santo”. Sin duda, Santiago de Compostela tiene ese doble carácter: la ciudad de peregrinos que simboliza la famosa vieyra –esa conchilla que indica los hitos del Camino de Santiago, y que se llevan como recuerdo todos quienes han pasado por tierra compostelana– y ciudad de estudiantes concentrados en torno de la universidad. Las estudiantinas hicieron nacer las “tunas”, esos grupos de estudiantes que, a la manera de los juglares, se pasean por las calles de la ciudad blandiendo laúdes, guitarras y panderetas mientras cantan coplas populares. Se los reconoce fácilmente, con sus largas túnicas negras, un bicornio donde llevan el símbolo de la cuchara y el tenedor -.heredado de los tiempos en que cantaban por un plato de comida– y la alegría despreocupada que los caracteriza.
Todavía hoy andan y cantan, y hasta hay “tunas” de medio mundo que se reúnen para los certámenes que se realizan en algunas ciudades de América latina, como Lima, o en Europa: sin embargo, para conocer bien estas tradiciones en su forma gallega lo mejor es pararse a hablar con Angel Carlos Suárez Corral, o “Boitila” como lo conocen los estudiantes, un ex botafumeiro (los hombres que dispersan el incienso en la Catedral) que es el tuno más famoso de la ciudad. Ahora convertido en guía turístico, Boitila tiene el raro privilegio de llevar a los turistas a lo alto de las torres de la Catedral, gracias a los contactos heredados de su época como botafumeiro.
Como ciudad de peregrinos, Santiago vive en torno de la espléndida plaza del Obradoiro, dominada por las torres barrocas de la Catedral. El conjunto que forma esta plaza junto con las que la rodean -.la de Praterias, Quintana e Inmaculada– es increíblemente bello. Estas grandes extensiones de granito contrastan con las callecitas angostas donde se apiñan los bares y tabernas, y donde se escuchan todos los idiomas del mundo en un vaivén continuo que aumenta especialmente cada 25 de julio -el día de Santiago Apóstol–, pero tiene siempre el mismo destino: el Pórtico de la Gloria y el interior de la Catedral donde se cree que yacen los restos del apóstol Santiago. Todo aquel que llega cumple con la tradición: colocar la mano en la estatua y tocar con la cabeza la estatua del Santo dos Croques, para lograr suerte y sabiduría. Hace casi mil años que este rito se repite y cada uno que llega, con su pasaporte de peregrino o sin él, se suma a la tradición en la meta de su viaje. Después, podrá salir nuevamente para disfrutar del alegre paganismo gastronómico que Santiago propone a cada paso: es que de la vida espiritual a la terrenal hay un solo paso y en Compostela no hay nada más fácil que darlo.

 

Galicia tentadora

Tanta es la variedad de la cocina gallega que hay quienes dicen que no se puede hablar de un plato típico. O mejor dicho, se podría hablar de muchos, pero hay que empezar con la famosa empanada, de masa suave y liviana, que se rellena con pescado cocinado en aceite, azafrán, pimiento y cebolla. Los pescados y mariscos son una de las bases de la cocina local, como en todo el norte de España: se pescan en las rías o cerca de la costa la merluza, el rodaballo, la lubina, el mero, el lenguado y otras variedades, que se pueden comer a la plancha, a la gallega o en guiso. Los camarones, calamares y nécoras son muy buscados para un primer plato, y merecen un capítulo aparte los preciados percebes, típicos de esta región. La lista podría seguir eternamente, con langostas, mejillones, almejas, vieiras, bogavantes y por supuesto el exquisito pulpo.
Durante el invierno, uno de los platos típicos gallegos es el lacón (carne de la pata delantera del cerdo) con grelos (hoja de nabo, de regusto amargo), al que se le puede agregar papas y chorizo. En los meses fríos también se come el cocido gallego, con jamón, carne vacuna y pollo, grelos o repollo, papas y garbanzos. En Santiago de Compostela, encontrarádos dulces típicos: la torta de Santiago, a base de almendras, y los Caprichos de Santiago, unas exquisitas galletitas de merengue y almendras. Finalmente, no hay casa, vidriera o restaurante en el que falte el queso de tetilla, también típico de Galicia y cuya forma explica rápidamente el nombre.