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MEXICO
En la costa michoacana del Pacífico

Maruata y el arco iris

Una nueva playa empieza a ser descubierta por los viajeros en el inagotable paisaje mexicano. Se llama Maruata, está en la costa del Pacífico, y la noticia de su existencia corrió de boca en boca hace unos años, cuando allí se realizó una reunión de los “rainbows”, gente de diversos países que comparten la búsqueda de una mayor armonía con la naturaleza.

Texto y fotos:
Florencia Podestá

Las playas de México se dividen en tres clases. La primera, los paraísos perdidos: esas playas que algunos años atrás eran agrestes y solitarias, apenas habitadas y conocidas por pocos aventureros, y hoy son centros turísticos muy reconocidos en todo el mundo. La segunda clase, los paraísos desconocidos: en tanto tales, obviamente son inaccesibles; sin caminos, sin habitantes, sin agua, se encuentran -.como todo paraíso verdadero– fuera de nuestro alcance. Y la tercera clase: Maruata; un paraíso en descubrimiento que precisamente ahora está abriendo su magia a los ojos de los viajeros.
En las costas de belleza salvaje del estado de Michoacán, la ruta 200 se retuerce siguiendo el relieve temperamental de la tierra michoacana sobre el Pacífico. Las montañas se agolpan, las rocas aguantan los azotes de olas blancas que estallan contra el cielo azul. Una vegetación tropical presta un poco de verde a estos 260 kilómetros de playas vírgenes. Entre ellas está Maruata, palabra náhualt que significa “tortuga de mar”. El nombre no es casual: es uno de los sitios preferidos por la tortuga negra para desovar en la costa del Pacífico.

Y entonces llegaron los “rainbow” Hace unos siete años un suceso definió hacia el futuro la energía de Maruata: una megarreunión internacional de los “rainbow”, un movimiento de gente que nació en los Estados Unidos hace unas décadas, y se expandió más allá de sus fronteras. Para definir brevemente a los “rainbow”, digamos que buscan un regreso armónico y no destructivo a la vida en la naturaleza y a la relación con la Madre Tierra, usan mucha música como vehículo de unión y comunicación, se inspiran en la cosmovisión de algunas tribus indígenas norteamericanas y, en lo ideológico-político, podrían asimilarse a los que hoy se llaman “antiglobal” y “Pueblo de Seattle”.
“Antes del Rainbow sólo estaban acá los pobladores indígenas náhuatl, quienes vivían de lo que pescaban y de la venta de los huevos de tortuga”, dice una artista argentina radicada en México desde hace 18 años. “No sé quién descubrió Maruata, agrega. “La cuestión es que el año del Rainbow aquí se juntaron por primera vez varios miles de personas, mexicanos, latinos, norteamericanos, italianos, alemanes, españoles, gente de todo el planeta, acampando en la playa, haciendo fiesta, performances de arte colectivo, música a toda hora. Flotaba una magia en el aire que se impregnó en las piedras, en la arena, en la luz, para siempre.”
Esa es la impresión. Desde la ruta costera tomamos un camino de tierra que va hacia el mar. Atravesamos un pueblito rural, con su plaza central un poco desprolija, y después de un bosquecito bajo nos encontramos en un espacio abierto extraño y maravilloso. Un cauce de arena anchísimo, casi seco, surcado aquí y allá por arroyitos de agua clara que llevan sus cursos dispersos hacia el mar azul; allí, cerca de la playa, praderitas verdes e islotes de plantas acuáticas, en donde pastan, a contraluz del sol matinal, algunos caballos; sin montura, sin riendas, sin dueño. En las lagunas que se forman de la unión del agua dulce y el agua salada pescan aves marina y aves de laguna, una fauna mixta interesante e inusual: gaviotas, flamencos, garzas blancas, cormoranes, buitres, ibis, pelícanos, “pico de cuchara rosados”. La playa, de algunos kilómetros, se extiende a izquierda y derecha. De la arena dorada brotan, semejantes a icebergs, montañas de piedra blanca, de contornos afilados, casi violentos, erosionados por la fuerza caótica del mar. También brotan del mar, con formas aún más extrañas, rocas como torres o puentes, castillos deshabitados, o habitados en realidad por miles de golondrinas y pelícanos que anidan en los huecos. Los volúmenes y líneas esculpidos por las olas en la piedra blanca contrastan con el azul esmeralda del mar: y el resultado es un paisaje casi onírico, surreal, en donde la fuerza de los elementos parece congelada en un gesto ascendente.
Hasta hace poco tiempo la única manera de dormir en Maruata era la carpa en la playa, bajo las enramadas de palma. Ahora, algunos pobladores estáncomenzando a construir simples cabañas tejidas como canastos de mimbre. En cuanto a la comida, toda la buena comida casera mexicana está disponible, y también el producto diario del mar, incluyendo la langosta. Los pescadores salen al amanecer en sus botes y se echan al agua: aquí la pesca es manual, pieza por pieza, con arpón. Muchos de los viajeros emprenden ellos mismos su búsqueda diaria del almuerzo, con equipo propio o saliendo en compañía de algún pescador local que pueda orientarlo en cuanto a los lugares más fértiles y menos peligrosos.
La tarde en la playa es tranquila, despreocupada. Hay diversas caletas entre las piedras, con mar más o menos agitado. No se ven sombrillas, algunos ni siquiera tienen traje de baño. No es una playa nudista, más bien cada uno hace lo que quiere, y el resto respeta.

Rituales al atardecer Se acerca la noche. Como respondiendo a un llamado inaudible, la gente comienza a moverse. Todos dejan lo que estaban haciendo: cocinar, leer, conversar, nadar, todo se interrumpe con la luz que cambia del blanco casi azul al amarillo, y del amarillo al rojo. La procesión camina hacia el centro de la playa, a un promontorio de roca que avanza en el mar, casi una isla entre otras rocas-isla. Empiezan, empezamos, a subir un senderito cavado en la roca por muchos pies y llegamos hasta la cima de esta montaña que se lanza casi en un abismo sobre el mar, a la altura de los vientos, desde donde vemos toda la bahía de Maruata. Es un ritual que se conserva desde el año de la reunión Rainbow y se celebra aquí cada atardecer. A veces la ofrenda es sólo la música, especialmente la de tambores, un instrumento y un sonido muy “de tierra”. Otras veces, como ahora, se agrega un joven chamán huichol, acostumbrado en su religión a celebrar ofrendas diarias a los espíritus naturales. Con su “muvieris”, bastón ritual mágico cubierto de plumas de águila y cristales, agradece a las cuatro direcciones de las tierra en nombre de todos, y canta.
El sonido de los tambores inquieta a los pelícanos, que comienzan a surcar el cielo en bandadas de veinte o treinta individuos formados en V. Como participando de la ceremonia vuelan sobre nosotros, muy cerca, planean hacia el sol, moviéndose como un único organismo danzante. Es un espectáculo emocionante.

Sabores sobre la arena Con las últimas luces violetas bajamos la colina y buscamos un lugar para comer. El más iluminado y poblado parece ser uno en el rincón oeste de la playa, unas mesitas sobre la arena, protegidas por una enramada. Allí, las mesas cambian de lugar, se juntan, se dispersan, según la sociabilidad de la gente.
¿Qué comer? La señora detrás de su cocina a leña prepara sus platos caserísimos. Aquí no existe la idea de un “servicio rápido”. Cada plato se prepara en el momento... un momento que se alarga sin ningún apuro. Si sabemos esto haremos como el resto, que hace su pedido y se olvida por un buen rato, perdiéndose en un libro, en la conversación, sabiendo que en algún momento la comida llegará. Nos decidimos por una orden de “sopes”, una especie de pequeña pizza mexicana: un disco de masa de maíz (tortilla), un poco ahuecado en el centro, que se cuece sobre una plancha de barro al fuego. Arriba lleva tomate, cebolla, cilantro, pasta de frijol y queso o pollo. Los sopes son el boom de la noche.
En Maruata todas las actividades tienen que ver con la naturaleza. La actividad preferida por muchos es simplemente nadar en el Pacífico azul durante horas. Sin embargo, también se puede ir a pescar con los pescadores, o a bucear y hacer caza submarina. En unas caletas y piletones naturales que se forman entre las rocas al extremo de la bahía hay arrecifes de coral, y se puede esnorquelear. La bahía de Maruata es lo suficientemente grande para permitir largas caminatas o paseos a caballo.
En la bahía de Colola, a continuación de Maruata, hay una estación biológica internacional para el estudio y la protección de las tortugasmarinas. Allí es posible, en compañía de un biólogo, ver los cientos de tortugas salir del mar en la noche para desovar, o también participar en la liberación de las tortuguitas recién nacidas bajo la luna llena.