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BRASIL
Anticipando el verano 2002

A sol y a samba

Cada vez que llega el verano, la enorme diversidad de los paisajes brasileños parece quedar eclipsada por la larga tentación de sus costas: cientos de kilómetros de playas, desde los paraísos desiertos del norte hasta los concurridos balnearios del sur. Un paneo por el gran país tropical y dos perlas bajo el sol: En el sudeste Ilhabela, y en el nordeste, Joao Pessoa.

Por Graciela Cutuli

Además de ser enorme, o tal vez exactamente por eso, Brasil es un país diverso e inabarcable. ¿Quién puede decir que lo conoce realmente? Quien viaje a San Pablo se sentirá inmerso en la vorágine de uno de los principales centros financieros latinoamericanos, muy lejos de quienes se aproximen a las bellas y solitarias playas del nordeste. Quienes hayan experimentado el sertao se sentirán en los antípodas de la cercana selva amazónica... Sin embargo, en cada uno de estos lugares hay una parte del inmenso rompecabezas que es Brasil: cuando llega el verano, parecen ponerse más rápidamente las piezas que dibujan la imagen de la costa, pero la fuerza de las principales ciudades brasileñas es un imán turístico también durante todo el año.

Al pie del Corcovado Río de Janeiro es merecidamente una de las más famosas ciudades del mundo por la hermosura de emplazamiento geográfico y la belleza de sus playas: también puede jactarse de ser una de las pocas que cualquier habitante del mundo reconoce de inmediato al ver la famosa vista aérea de su bahía y el Cristo Redentor.
Las famosas playas están situadas al sur de la ciudad, entre las bahías de Guanabara y Sepetiba. Las más cercanas al centro son las de Flamengo, al borde de un barrio tranquilo donde se encuentran hoteles accesibles, pero cuyas aguas no están en las mejores condiciones. Si no se quiere ir muy lejos, mejor quedarse con las de Urca, que de todos modos se visitarán para subir al Pao de Açúcar, otro de los lugares imperdibles para disfrutar de una vista despejada de Río. Le siguen las famosísimas playas de Copacabana y la mítica Ipanema, donde no hay turista que no se acerque con la secreta o pública esperanza de hallar la propia garota de sus sueños. Las últimas playas de la ciudad son las de Barra de Tijuca, de unos 16 kilómetros de largo de arena blanca y aguas transparentes: si los primeros tramos están al borde de una zona residencial, los últimos ofrecen toda la soledad que pueda desearse, al menos en los puntos que los turistas y locales no llegan a invadir los fines de semana.
Además de las playas, Río tiene un interesante corazón histórico que puede conocerse a partir de la Plaza XV de Novembro, donde se concentran edificios coloniales como el Palacio Imperial, la Facultade Cândido Mendes, el Arco de Teles o la Catedral de Sao Sebastiao do Rio de Janeiro. Los jueves y viernes, un animado mercado artístico, filatélico y numismático le pone animación a esta zona, mientras en la cercana Plaza Marechal Ancora los sábados hay una feria de antigüedades. El centro histórico atesora también muchas iglesias valiosas, como la Santa Cruz dos Militares, la Ordem Terceira do Monte Carmo, Nossa Senhora da Candelária, Sao Bento o Santa Rita, que recuerdan el fervor religioso de los tiempos coloniales, cuando la melancolía importada por los portugueses dominaba más que el alegre paganismo brasileño. En el centro, también vale la pena dedicarle tiempo al Sahara, la zona comercial que está entre la Avenida Uruguauaiana y la Rua I de Março, y al Museo Histórico Nacional, que pese a su eclecticismo permite seguir las transformaciones de la historia y la sociedad brasileñas explicando muchas de sus actuales características y contradicciones.

Industrial y cosmopolita San Pablo es la ciudad moderna de Brasil por excelencia, al menos una con historia propia y no nacida del toque de varita mágica del siglo XX, como sucedió con Brasilia. Avenidas, rascacielos y cosmopolitismo son las marcas de fábrica de San Pablo, donde se rinde culto a la cultura del trabajo y de los negocios (como para despegarse fuera y dentro de las fronteras de los alegres carnavales cariocas). Quedan en la ciudad, pese al frenesí constructor que dejó poco y nada, algunos testimonios coloniales como el de la iglesia do Carmo y el convento da Luz: sin embargo, su carácter más auténtico es el que se desprende del distrito bancario y comercial del Triángulo y la Avenida Paulista. San Pablo es también ciudad de inmigrantes, por eso tiene zonasdonde apreciar las influencias italianas, árabes, alemanas o japonesas, y sobre todo se ha convertido en uno de los grandes centros culturales de Brasil, por lo que no hay que perderse la visita al Museo de Arte de San Pablo (MASP), el Museo de Arte Contemporáneo y la Pinacoteca del Estado. Después de eso, puede descansar mientras trabajan sus bolsillos haciendo shopping en los gigantescos centros comerciales.
Después de San Pablo, Belo Horizonte es el segundo centro industrial de Brasil. Es inevitable que los rascacielos y los barrios industriales hagan pensar en su hermana mayor, pero la diferencia es que conforma el corazón del “triángulo minero” brasileño, visible en los erosionados alrededores. Por lo tanto, el mayor interés de Belo Horizonte podría decirse que está en las cercanas ciudades coloniales, como Ouro Preto, Mariana y Sabará.

Morros, playas y cocoteros Todos los veranos, una ola de turistas se vuelca en las playas brasileñas. Hace años que los argentinos “colonizaron” el sur, sobre todo en torno de los concurridos balnearios de Florianópolis. La isla de Santa Catarina –cuya capital es Florianópolis– está unida al continente por dos puentes colgantes y tiene un antiguo paseo marítimo donde se concentran los bares, restaurantes y locales de artesanías. Las principales playas de la isla son las de la costa norte y oeste, de aguas tranquilas y cálidas las primeras –Canasvieiras, Jureré, Daniela–, y más tradicionales las segundas, ya que se conservan tradiciones típicas de los pueblos pesqueros y artesanías como el tejido de encajes. La parte este es muy concurrida, con lugares como Praia Brava y De los Ingleses, además de la bella Praia Mole, pero sobre todo la prefieren los surfistas por la fuerza que el viento les imprime a las olas, como en Joaquina. En los alrededores de Florianópolis, sobre tierra firme, Bombas y Bombinhas (Porto Belho) y Camboriú se disputan los turistas que no hayan recalado en la isla.
El nordeste brasileño quiere ser la otra cara de las playas del sur. Aquí hay una rica mezcla de historia y paisajes que puede prolongarse dejando atrás la fértil franja costera –la “zona da mata”– para ingresar en ese Brasil extrañamente árido del sertao.
Recife es la ciudad más grande del nordeste, y su Copacabana, situada al norte, se llama Boa Viagem. Bordeado de edificios, el largo paseo marítimo tiene esas palmeras que son el pasaporte de las playas brasileñas y no le faltan zonas rocosas donde se acumula el agua templada una vez que baja la marea, formando agradables piletas naturales. Por mucho que se adore el sol, igualmente hay que despegarse un rato de las playas para visitar las iglesias coloniales de Recife, el mercado de Sao José y el Museo do Homen do Nordeste, que permite tener una visión más amplia sobre la cultura de la región. Otro lugar para no perderse es Olinda, ciudad colonial pegada a Recife, en tanto hay excelentes playas hacia el sur que ofrecen todos esos paisajes que parecen existir sólo en las postales: agua cristalina, arenas blancas y palmeras, ya sea en Gaibú, Calheta, Porto de Galinhas, la Ilha de Santo Aleixo o Tamandaré.
Otra de las capitales turísticas del nordeste es Maceió, gracias a las bellas playas de Pijuçara, Jatiúca y Pratagí, hacia el norte. Hacia el sur, es difícil despegarse del atractivo de la Praia do Frances y la maravillosamente colonial Marechal Deodoro. Finalmente, el nordeste no puede conocerse sin visitar Salvador: la capital de Bahía, cuya fundación marcó el comienzo del dominio portugués, es la ciudad más antigua de Brasil. Hoy está asociada con la literatura de Jorge Amado, las letras de Vinicius de Moraes y la música de Joao Gilberto, Dorival Caymmi, Caetano Veloso, Gal Costa y Gilberto Gil. Hacen falta al menos dos o tres días para conocer a fondo la parte histórica de Salvador, que se concentra en la Cidade Alta, donde merecen ser vistos el Museo Afro-Brasileño y la Plaza Anchieta, con las impresionantes fachadas de la iglesia de Sao Francisco y de la Terceira Ordem de Sao Francisco. Es muy bonita también la plaza Largo do Pelourinho, bordeada de casonas coloniales, donde selevanta la Casa Jorge Amado. El otro lado de Salvador, la Cidade Baixa, abarca el antiguo puerto con su fuerte, los mercados y los muelles, pero si hay que elegir es mejor dirigirse a la zona oeste, donde la Igreja do Nosso Senhor do Bonfim concentra uno de los más pintorescos cultos populares de Brasil.


ILHABELA
En el estado de San Pablo

Verde selva, verde mar

Por J.V.

Cuesta creer que el ambiente romántico a ultranza del archipiélago de Ilhabela haya sido alguna vez escenario de cruentas batallas contra el ataque de piratas. En el siglo XVII estas islas ganaron prosperidad gracias al trabajo esclavo en las zafras azucareras, pero su economía decayó con el fin de la esclavitud, hasta que en 1958 la inauguración de un cruce en ferry desde el continente fue poco menos que una refundación: el turismo se convirtió en la industria principal de las islas. En la actualidad, sus 20.000 habitantes comparten gustosos su paraíso con el viajero, a quien se le exige a cambio que respete la ecología del lugar.
Desde 1977 gran parte del Archipiélago de Ilhabela –formado por la isla de Sao Sebastiao, Buzios y Vitórica, además de otros islotes– fue transformado en Parque Estatal y declarado Reserva de la Biosfera por la Unesco. La finalidad es preservar los últimos relictos vírgenes de la Selva Atlántica, que cubre el 85 por ciento de la isla de Sao Sebastiao (la más extensa del archipiélago). Y para el turismo, la combinación de selva y playa no podría ser más provechosa. En los 340 kilómetros cuadrados que encierra el contorno de la isla de Sao Sebastiao hay 300 cascadas de aguas cristalinas y una gran diversidad de flora y fauna.
Darse un ducha pródiga en masajes para el cuerpo bajo una cascada es uno de los placeres que busca el turista al llegar, como en una suerte de placentero bautismo. El paso siguiente –si de grandes esfuerzos se trata- es colgar una hamaca entre dos palmeras y dedicarse a observar cómo el sol traza una paciente línea imaginaria que abarca toda la extensión del cielo.
Quien desee un poco de acción encontrará en Ilhabela un paraíso de los deportes a vela. Cada atardecer, en las playas con mejor brisa, las aguas se adornan con el colorido de centenares de velas de windsurf que se deslizan silenciosamente sobre la superficie. La pesca y el buceo compiten en popularidad. Los amantes de curiosear en ese otro cielo debajo del mundo que son los fondos de coral, tienen para entretenerse días enteros husmeando entre numerosos naufragios que le despiertan la curiosidad a cualquiera: un lujoso transatlántico emparentado con el “Titanic”, que se hundió en la madrugada del 5 de mayo de 1916; un buque a vapor inglés que chocó con la Ponta da Sela en 1908, y un buque a vela y vapor perteneciente al Correo Real Inglés, que se fue a pique en 1884.
En Ilhabela hay 40 playas, y entre las más concurridas se cuentan Perequé, Saco de Capela y Pinto (todas al norte), mientras que las más solitarias son: Poco Bonete, Fone y Eustáquio, accesibles por mar o por senderos entre la selva. Pero acaso la experiencia más interesante sea penetrar la selva en busca de playas vírgenes que piden ser exploradas, y hacer realidad el sueño de disfrutar de una playa exclusiva para dos.


JOAO PESSOA
Capital del estado de Paraíba

Alegrías del nordeste

Aunque la pequeña ciudad de Joao Pessoa es muy tranquila, está en el nordeste brasileño... Bajo ese sol, hasta la calma vibra de sensualidad, sobre todo en las diversas playas de su larga costa sobre el Altántico.
De la playa de Cabo Branco a la del Poço, pasando por las de Tambaú, Manaíra, Bessa e Intermares, todo está dispuesto para que se pueda disfrutar de caminatas y bicicleteadas, y parar cada tanto en los animados kioscos donde jamás faltan brochetes de camarón o langosta, cerveza, agua de coco, sombra y agua fresca. Hay que tener en cuenta que estas playas son las más próximas a la ciudad; por lo tanto, de un lado de la avenida costanera hay modernos edificios y, del otro, los tropicales cocoteros frente al mar. Una alternativa es ir hasta Picaozinho, una formación de arrecifes a 1500 metros de la playa de Tambaú y sumergirse entre los peces multicolores que viven en los corales de la piscina natural, formada por la marea baja. O nadar en las cristalinas aguas de la isla de la Areia Vermelha, también formada caprichosamente por la variación de las mareas. Para poder llegar a ambos lugares, hay lanchas que se encargan del transporte, en un trayecto que dura apenas diez minutos y a precios que varían entre 10 y 15 reales (4 y 6 dólares). Barcos de mayor porte funcionan como deck para descansar a la sombra o tomar sol, y cuentan con bar donde se sirven jugos de frutas tropicales, gaseosas y bocadillos.
Después de las playas, una visita al centro histórico de Joao Pessoa se hace indispensable. La capital de Paraíba –una de las ciudades más arborizadas de Brasil, con un Parque Ecológico construido en 1784– tiene iglesias, caseríos, teatros, museos y un Mercado de Artesanías con interesantes piezas del arte local, hechas en su mayoría con barro o madera, donde también se pueden admirar los originales bordados y puntillas de laberinto, Renacimiento y Richelieu, que fabrican las mujeres artesanas.
Sol, mar, deportes, paseos y sabores regionales. ¿Algo más para unas vacaciones tropicales? Sí: cuando cae la tarde, también en Joao Pessoa llega retumbando la noche, con todo el ritmo y la alegría del nordeste brasileño.

DATOS ÚTILES

Vuelos: reservas e informes en Buenos Aires. Varig: Av. Córdoba 972, 3º y 4º piso. Reservas: 4329-9211 (de 8 a 20). Tarifas: 4329-9212 (9 a 13 y 14 a 18). TAM: Cerrito 1026. Tel: 4819-4800. Reservas: 0810-333-333, las 24 horas. TransBrasil: Reconquista 737, 4º G. Informes y pasajes: 4312-0856. Reservas: 4313-1777/5924.
En Joao Pessoa
Dónde alojarse: en la mayoría de los hoteles, las tarifas diarias para dos personas varían entre 50 y 250 reales (20 y 100 dólares). Hay una infinidad de posadas y departamentos con precios más accesibles.
Hotel Tambaú: (55 21 83 247 3660). A la orilla del mar, con espacios verdes y 3 grandes piscinas.
Hardman Praia: (55 21 83 246 4393). Vista al mar, fitness, piscina.
Ouro Branco Praia: (55 21 83 247 1010). El hotel tiene seis pisos, restaurante y piscina.
Caiçara: (55 21 83 247 2040). Departamentos con aire acondicionado y frigobar.
Royal Praia: (55 21 83 247 3006). Cuatro estrellas frente al mar, rodeado de agencias de turismo y de cambio, boutiques, restaurantes y locales nocturnos.
Algunos precios: agua de coco: 50 centavos de real (20 centavos de dólar).
Taxi, en el trayecto aeropuerto/ciudad: 25 reales (10 dólares).
Alquiler de jeep con chofer: 40 reales por persona (16 dólares).
Brochette de camarón o langosta: 2 reales (8 centavos de dólar).
City Tour: 80 reales por persona (32 dólares).
En Ilhabela
Dónde alojarse: Albergue da Juventude, en Perequé. Tel.: 12-472-8486 Email: hostelling@iconet.com.br
Chalés Bambá: Tel.: 12-472-9481 www.ilhabela.com.br/bamba
Pousada Aporá. E-mail: ravilac@iconet.com.br www.ilhabela.com.br/apora
Hotel Pousada Colonial. E-mail: colonial.ops@zaz.com.br www.colonial.cjb.net
Informes: Embajada de Brasil. Cerrito 1350. Tel.: 4515-2455. En Internet: www.ilhabela.com.br