Por
Graciela Cutuli
México
es uno de los países del continente que mejor puede combinar
propuestas culturales con lugares de playa. Con excepción de
ese mundo aparte que es Cancún, se puede aprovechar la escala
obligatoria que se debe hacer en México DF para conocerla mejor
y remontar varios siglos de historia antes o después de disfrutar
de buenas playas. En la capital se puede recorrer el Museo Antropológico
más impresionante del continente, visitar conjuntos arquitectónicos
de varios siglos de antigüedad, o bien pasear por las calles céntricas
antes de escaparse hasta Taxco para comprar artesanías de plata.
En las costas, las propuestas también son muy variadas. Pero
a la hora de elegir una playa, se puede apostar a Ixtapa, un elegante
centro balneario al norte de Acapulco que combina la modernidad de sus
hoteles con la autenticidad de un pueblito de pescadores.

Al borde
del Pacífico En el contraste reside el encanto de Ixtapa-Zihuatanejo,
nombre que hace referencia a dos pueblos que son al mismo tiempo dos
mundos distintos. En Ixtapa, la gran playa está bordeada de hoteles
internacionales que rivalizan en servicios y atracciones para turistas
del mundo. En Zihuatanejo, la vida se repite con los mismos gestos de
descarga de los pescados de las barcas bajo la mirada de glotones pelícanos.
Parecen mundos que no están hechos para encontrarse, pero el
trabajo y el ingreso de Zihuatanejo vienen de Ixtapa. A su vez, Ixtapa
sería un resort más como tantos en el mundo, si no fuera
por Zihuatanejo.
Ixtapa es un balneario creado de punta a punta en una playa que era
un desierto hace un par de décadas. En esos tiempos se buscaban
alternativas a la superpoblada Acapulco, 200 kilómetros al sur.
Así se logró crear un balneario más íntimo
que Cancún pero igualmente moderno, en una bahía que tiene
la forma de un gran arco, vigilado por un lado por un pequeño
cerro y por el otro por una isla (donde se pueden hacer actividades
náuticas y snorkeling o buceo, por sus aguas más tranquilas
y claras).
La llegada a Ixtapa, en aviones desde DF y varios puntos de América
del Norte (la mayoría de los turistas proceden de Texas y Québec)
ya anuncia el paisaje. Se aterriza muy cerca del mar, en medio de palmeras
y recibidos por un clima caluroso aun en pleno invierno. La playa está
bordeada por los altos edificios de los hoteles, que representan a todas
las grandes cadenas del planeta.
Ixtapa es playa durante el día y a la noche la diversión
se instala en las numerosas fiestas mexicanas que organizan los hoteles,
con ferias artesanales, puestos de tacos y otras comidas y por supuesto
infaltables mariachis. Del otro lado de la calle principal que permite
el acceso a los hoteles desde el aeropuerto y Zihuatanejo, hay un pequeño
centro comercial donde pululan los bares de cerveza de gran vida nocturna.
Los más concurridos son Carlosn Charly y Señor Frogs.
Generalmente, el ambiente es el que se vive en las señales de
cable para adolescentes norteamericanos: baile al ritmo latino de Miami
y cerveza mexicana hasta una hora y borrachera avanzadas.
Mujeres y
puestas de sol Muchos más tranquilas son las noches en Zihuatanejo.
Cuando cae el sol, se enciende la bahía en cuyo fondo se refugió
el pueblo. No conservó nada de los tiempos prehispánicos,
aunque es mencionado por primera vez en tiempos de la Conquista como
un puerto de pescadores. Su nombre provendría del nahuatl y quiere
decir lugar de mujeres. Se debe a una creencia de la civilización
mexica, que pensaba que las mujeres muertas durante lospartos revivían
en la Costa Grande, al oeste, es decir la costa pacífica, cerca
de Zihuatanejo.
El pueblito creció vertiginosamente en los años 70, cuando
se creó
Ixtapa.
Pero su vida cotidiana, marcada por el ritmo de la mareas y la pesca
artesanal, no resultó afectada y parece que Ixtapa y Zihuatanejo
son hermanas de caracteres demasiado fuertes y diferentes como para
que una pueda influir en la otra. No hay muelle en la playa pública,
donde los barcos se arrastran a mano. Cada regreso de la pesca está
acompañado por los pelícanos, que esperan la cena. El
pescado se vende en la calle que bordea la playa, donde se levantan
muchos puestitos de ventas de recuerdos. Hay también una pequeña
plaza, y los fines de semana no es raro que se organicen fiestas populares
o que vayan a cantar conjuntos de mariachis o grupos locales. A principios
de diciembre, la fiesta de la Guadalupe vuelve a animar el ritmo de
Zihuatanejo. La mayoría de los empleados de Ixtapa vive en el
pueblo, por lo cual organizan procesiones desde los distintos hoteles
hasta la iglesia de Zihuatanejo, siguiendo representaciones de la Virgen
de Guadalupe y acompañados una vez más por formaciones
de mariachis.
La otra atracción mayor que ofrece el pueblo es la salida de
barcos que zarpan por las tardes y recorren la playas para ver las magníficas
puestas del sol. Con un poco de suerte, un grupo de delfines acompaña
el catamarán. De regreso en tierra, se pueden visitar los puestos
de artesanías y platería de Zihuatanejo, generalmente
con mejores precios que los de Ixtapa (aunque en México en general
los objetos en plata tienen precios muy convenientes).
La gran capital
Desde Buenos Aires, la escala para llegar a Ixtapa es México
DF. Bien vale la pena partir la visita en dos, y guardarse unos días
para conocer o recordar la capital mexicana. Como en las ciudades europeas,
donde se conservan siglos de historia, México DF muestra en sus
calles y monumentos una que se remonta al apogeo de su civilización,
cuando era una de las ciudades más grandes y pobladas con 200.000
habitantes. Tenochtitlán, como la llamaban los Aztecas, era la
capital de una civilización que levantó una ciudad entera
sobre islas artificiales en medio de un lago, con perspectivas dignas
de Versailles y una red de canales veneciana. A pesar de su poder y
su magnificencia, se derrumbó frente a la llegada sorpresiva
de un grupo de hombres atraídos por el oro. Tanto, que hoy cuesta
imaginar lo que pudo haber sido la ciudad. En un borde del Zócalo,
la plaza principal, quedan las bases de un templo: un par de mapas y
croquis ayudan a situarlo en las perspectivas de lo que hubiera podido
ser una de las urbes más lindas del mundo si no hubiera sido
destruida sistemáticamente por el nuevo orden impuesto por los
españoles.
Será una maldición más de la Malinche o una revancha
de los Aztecas: la cuestión es que al construir aún más
sobre las islas artificiales, y extraer el agua del ya invisible lago,
los edificios empezaron a hundirse en el blando suelo. El ejemplo más
conocido es el de la Catedral, sobre el Zócalo, que se mantiene
gracias a un refuerzo de andamios e inyecciones de hormigón en
la base.
El Zócalo no es sólo el centro histórico. Aunque
tenga miles de bellezas y
centros
de interés, es realmente allí donde tiene que empezar
cualquier visita a la capital: éste es a la vez el corazón
de la ciudad y del país, uno de los más íntegros
conjuntos arquitectónicos que puedan imaginarse. En sus cuatro
costados, los edificios tienen las mismas fachadas, el mismo color y
una altura que respeta las flechas de la Catedral. Tal vez sea por eso
que tiene también un pequeño aire provinciano, muy diferente
de la Plaza de Mayo porteña, que ganó en dinamismo lo
que sacrificó en armonía arquitectónica. En medio
de la plaza flamea una gran bandera que es izadavarias veces al día,
con un ritual militar que hace las delicias de los turistas presentes.
Frente a ellos, bailan y posan para las fotos conjuntos de artistas
vestidos como los Aztecas. Repiten gestos que habían quedado
en el olvido, ahora resucitados por el turismo. Sus trajes de plumas
con colores vivos contrastan con el austero estilo de la plaza, que
tiene otra curiosidad en los puestitos de recuerdos que venden simpatizantes
del EZLN y el subcomandante Marcos.
Frente a la Catedral, que esconde sus riquezas en una selva de piquetes
de soporte y andamios, el Palacio Nacional encierra una de las joyas
del México contemporáneo: una colección sin igual
de los murales de Diego Rivera. Por las calles que desembocan en el
Zócalo (una de ellas la famosa Calle Tacuba, donde está
el café homónimo, que desemboca en la Alameda, paseo dominical
favorito de los mexicanos) se llega a todo el centro de la ciudad. Los
atractivos son numerosos. La Zona Rosa es el centro más moderno,
donde se concentran los hoteles y las boutiques de moda, los restaurantes
y las cadenas de música y libros. En un México bastante
inseguro es todavía posible pasear de noche en este barrio y
tomar un café en uno de los tantos bares con mesas en la calle,
sin problema alguno.
Muy distinto es el clima en la Plaza Garibaldi y sus alrededores. Sin
embargo, debe de ser uno de los lugares más sorprendentes de
la ciudad. Es la plaza de los mariachis. Es decir, donde los conjuntos
de mariachis (aunque ahora hay cada vez más conjuntos de corridos
o rancheras también) vienen a ofrecer sus servicios. La música
se consume en el lugar o se lleva a casa: en
otras palabras, las familias vienen a la plaza y pagan a un conjunto
para que cante y agasaje a una persona (muchas veces para un cumpleaños)
o se llevan el conjunto a su casa para alegrar una fiesta familiar,
o un casamiento.
Otro lugar infaltable de México son los parques y bosques de
Chapultepec, en donde se encuentra el Museo Nacional de Antropología,
que los científicos no dudan en calificar como uno de los mejores
del mundo por la riqueza de sus colecciones y el cuidado con que se
armaron. Cada sala está dedicada a una de las culturas prehispánicas
de esta franja de América: en el primer piso, hay también
interesantes colecciones sobre los grupos étnicos indígenas
que hoy todavía representan una parte muy importantes de las
provincias mexicanas (sobre todo en las mesetas del norte y las selvas
del sur; el ejemplo más conocido es Chiapas).
El viaje no puede concluir sin pasar el día en Teotihuacán.
El conjunto de pirámides y avenidas anchas es tan imponente que
los mismos Aztecas pensaron que los dioses lo habían construido.
Procede en realidad de una cultura anterior a ellos, que tuvo su apogeo
entre el siglo I y el siglo VI de nuestra era: era entonces la urbe
más importante del hemisferio occidental, con 25.000 habitantes.
La disposición de los edificios seguía la carrera del
sol y su posición en los solsticios. Es así que, encima
de la Pirámide del Sol o la de la Luna, de una punta a otra de
la Avenida de los Muertos, dos milenios de historia se reflejan en sus
piedras grises y encuentran eco en el viento que corre llevando el grandioso
pasado mexicano a las generaciones del futuro.

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Datos
útiles
Ixtapa y Zihuatanejo:
se llega por avión desde Acapulco o desde México.
La mejor temporada es desde fines de diciembre hasta marzo, más
seca y por lo tanto con un calor menos sofocante. Para alojarse,
se puede elegir entre hoteles de todas las cadenas principales
del mundo. En temporada baja los precios bajan hasta un 50 por
ciento (de abril a mediados de diciembre).
Más datos en la Secretaría de Turismo de Ixtapa-Zihuatanejo,
teléfono (755) 31570.
México DF: Se llega por Aerolíneas o LanChile, con
vuelos diarios.
Informaciones: Casa de México en Buenos Aires, 3293-7070.
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