PERU
Viaje a Machu Picchu
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El
tesoro oculto de los incas
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Todo
el misterio del mundo parece concentrarse en los amaneceres de Machu
Picchu. Esta ciudadela escondida entre los picos andinos encierra secretos
cuyo eco lejano aún puede escucharse entre las piedras y las orquídeas
salvajes. Desde Cusco, el viaje en tren por el valle del Urubamba hasta
ese lugar incomparable bajo el Huayna Picchu.
Por
Graciela Cutuli
Machu Picchu
tiene magia, y tiene intimidad. Incluso a pleno mediodía, cuando
el vaivén de los turistas por las pasarelas de la ciudad perdida
de los incas los hace parecer desde lejos zigzagueantes filas de hormigas,
es posible mirar el impresionante conjunto de paredes de piedra tendidas
a los pies del Huayna Picchu y sentir la más absoluta soledad.
Es difícil distinguir si la magia emana de los bloques de roca
prolijamente pulidos, de las laderas escarpadas de las montañas
circundantes, de las nubes que flotan a medio camino entre la tierra
y el piso, o de todo ese conjunto que impone inmediatamente, por su
inefable belleza, asombro y respeto.

La ciudadela
misteriosa Lima, Cusco, Machu Picchu. Un viaje hecho en ese orden
permite desandar los tiempos de la cultura peruana: la capital moderna
y empobrecida, con su hermoso centro histórico y las crecientes
barriadas periféricas que poco a poco la van ahogando, la imponente
ciudad colonial que los españoles se dieron el gusto de construir
sobre los mismísimos muros incas, y la ciudadela perdida que
jamás conocieron los conquistadores, y sobre cuyas paredes fantasmales
reina sin rival la multicolor bandera del Tahuantinsuyo. Hay muchas
maneras de hacer el viaje: en ómnibus destartalados, aviones
de primera línea, en trenes lujosos o a pie por el tradicional
y esforzado Camino del Inca. Cualquiera sea la elegida, todo queda atrás
cuando, tras pasar las curvas de la vertiginosa carretera Hiram Bingham
así bautizada en honor al explorador norteamericano que
en 1911 descubrió las ruinas, Machu Picchu
aparece en todo su esplendor. Si es la temporada seca, será bajo
un sol radiante y un cielo despejado. Si es la temporada húmeda,
tras una cortina de lluvia que viste de verde esmeralda todo lo que
toca. Pero de todos modos se impone, como un lugar sorprendente que
permanece intacto e inalcanzable, a pesar de los relatos de los viajeros,
las fotos o los documentales que intentan capturar algo de su misterio.

¿Pero
qué era Machu Picchu? Los incas guardaron para sí
hasta el verdadero nombre de la ciudadela perdida. Nadie sabe cómo
se llamaba: hoy se la conoce como la llamó Bingham, que la bautizó
Machu Picchu (cumbre vieja), como la montaña sobre
la cual había sido construida, frente al Huayna Picchu
(cumbre joven), el pico que siempre se ve detrás del laberinto
de construcciones, y cuyo ascenso forma parte del Camino del Inca.
¿Fue Machu Picchu un gran centro religioso? ¿Fue la morada
secreta de la familia de los reyes incas? ¿Fue un centro entre
agrícola y urbano repentinamente abandonado? Hay más preguntas
que respuestas, y más suposiciones que certezas, que revelan
qué poco se sabe de una de las más avanzada culturas del
continente en la época de la conquista. En todo caso, se pueden
distinguir en el conjunto algunos sectores destinados a viviendas, otros
a templos religiosos y otros a plantaciones agrícolas aterrazadas.
Las tierras de esta región, como pueden comprobarlo quienes recorren
en tren el valle del río Urubamba, son extraordinariamente fértiles:
aquí crecen numerosas variedades de papas, la quinua un
típico cereal peruano, un maíz de granos extraordinariamente
grandes y legumbres que por suerte jamás escucharon hablar de
los transgénicos. En las viviendas y templos, sorprende la perfección
del corte de los gigantescos bloques de piedra, y el encastre perfecto
logrado con una técnica que les permitía a estas paredes
centenarias también resistir a los sismos.
Algunos edificios sobresalen en el conjunto: entre ellos el Templo del
Sol, levantado con una orientación tal que el día del
solsticio de invierno (21 de junio) los rayos del Sol entran por la
ventana este, y el día del solsticio de verano (21 de diciembre)
entran por la ventana sudeste. También la Tumba Real, en la parte
inferior del Templo del Sol, donde fue hallado enterrado el principal
personaje de la ciudad; el armonioso Aposento de la Ñusta, que
seguramente sirvió para una princesa;el Templo de las Tres Ventanas
o la Cámara de los Ornamentos, con la famosa Piedra de los 32
ángulos. Cada roca guarda un secreto: ¿para qué
servía esa piedra romboidal que se encuentra, solitaria, en la
Plaza Sagrada? Probablemente era la representación de la Cruz
del Sur. ¿Con qué fin se talló la escultura escalonada
del Intihuatana, en la parte más alta del sector urbano? Tal
vez para indicar ciertas posiciones del Sol a lo largo del año,
durante los rituales vinculados con el dios Inti. ¿Para qué
eran los nichos de la altura de un hombre excavados en algunas paredes?
Seguramente se usaban como prisiones de piedra que luego se tapiaban
en un abrazo mortal.

Un lugar
incomparable Cabe imaginar la sorpresa y admiración de los
primeros hombres que redescubrieron esta ciudadela perdida, hasta entonces
apenas conocida por unos pocos pobladores. Hiram Bingham llegó
a Machu Picchu gracias a los relatos de un hombre llamado Melchor Arteaga,
que al enterarse de su interés por la región le contó,
intérprete de por medio, que en el lugar opuesto al campamento
del norteamericano había una serie de ruinas incas. Algunos campesinos
de la zona aún se valían de las antiguas terrazas para
sus sembradíos: había entre ellos un chico de 11 años,
que fue el encargado de llevar al explorador hasta el lugar sagrado.
Allí Bingham encontró 173 cuerpos de indígenas,
la mayoría mujeres, que fueron llamadas las vírgenes
del Sol. No había oro, pero es imposible saber si se lo
llevaron los profanadores de tumbas o si nunca lo hubo: sí se
encontraron objetos de plata, cerámica y hueso. No conozco
ningún lugar en el mundo que se le pueda comparar. No sólo
tiene las grandes cumbres nevadas brillando por encima de las nubes,
los gigantescos precipicios de granito multicolor que caen a pico cientos
de metros por encima de la bruma y resplandecientes rápidos que
rugen. Tiene también, en violento contraste, orquídeas
y helechos, la deliciosa belleza de una vegetación lujuriosa,
y el misterioso sortilegio de la jungla, escribiría Bingham
más tarde, en el relato de sus aventuras por las legendarias
tierras incas.
La impresión del viajero moderno podría definirse con
las mismas palabras, porque las mismas orquídeas salvajes y verdes
helechos siguen recibiendo al caminante, y las silenciosas terrazas
de piedra siguen siendo mudos testigos del final de una civilización.
Otras cosas, por supuesto, han cambiado: porque si bien Machu Picchu
es uno de los más tradicionales destinos elegidos por los mochileros
latinoamericanos, también ofrece en sus mismísimas puertas
un lujoso hotel de la cadena Orient Express, el Sanctuary Lodge, cuyos
huéspedes pueden tomar sol en sus habitaciones con la espléndida
vista de las ruinas a sus pies. Hay un fuerte contraste entre el lugar
y los chiquilines que bajan la carretera Bingham a todo correr, a lo
largo de varios kilómetros, para ganarse unos soles de manos
de los turistas entre divertidos y apenados por la hazaña. Tomando
un atajo tras otro, cruzan como una flecha la pronunciada ladera y llegan
a pie tan rápido como los ómnibus, desembocando todos
juntos en el mercado artesanal contiguo a la estación ferroviaria.
Al final del ida, casi todos los viajeros toman el tren de regreso a
Cusco. Nuevamente se pasa por el valle del Urubamba, con las casitas
de adobe sobre las orillas, los retazos de tierra trabajados con ayuda
de arados y bueyes, los picos nevados de la cordillera al fondo. En
la ciudadela de Machu Picchu cae la noche, y algunos se aprestan a realizar
una visita guiada bajo la luz de la Luna. Pero quienes vuelven a Cusco
tendrán una imagen no menos bella: es la primera imagen de la
ciudad desde el tren, cuando desde lo alto de una colina se divisan
perfectamente la plaza central con sus iglesias iluminadas, como suspendidas
en medio de la nada en plena noche de azabache.
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Datos
útiles
- Se llega a Machu
Picchu pasando obligadamente por Lima (Aerolíneas Argentinas
o LanChile cubren la ruta) y luego Cusco (por LanPeru, el tramo
de la capital peruana a la ciudad andina dura una hora y cuarto).
Informes: www.aerolineas.com.ar ; www.lanchile.com ; www.lanperu.com.
- PeruRail es el operador de los trenes entre Cusco y Machu Picchu,
en modernos vagones panorámicos. En Internet: www.perurail.com.
Reservas: reservas@perurail.com.
- En la zona de Cusco y el Valle Sagrado de los Incas hay hoteles
para todos los gustos, desde pensiones para mochileros hasta establecimientos
cinco estrellas. Pero uno de los más bonitos es la Posada
del Inca de Yucai, un antiguo monasterio convertido en hotel que
permite además descansar en un pueblo rural que conserva
todas sus tradiciones. Plaza Manco II de Yucay nº 123, Urubamba.
Reservas: recep_yucay@elolivar.com.pe.
- Informes: la Comisión de Promoción del
Perú, Promperu, edita muy buen material con datos útiles
para quienes planean viajar a Machu Picchu. En Internet: www.peru.org.pe.
E-mail: iperu@promperu.gob.pe.
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