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    Nacida en
Alcobendas
 

Fetiches Nicole Kidman se la quiere comer cruda. Salma Hayek dice que es la nueva Audrey Hepburn. Nicolas Cage le presta su avión privado para que visite a su abuelita enferma. Tom Cruise se la lleva a una isla privada en el Pacífico. Mientras tanto, ella filma con su idolatrada Victoria Abril en Madrid y asegura que usa un entrenador para conseguir el mal acento inglés que exhibe en sus películas made in Hollywood. Conozca el largo y sinuoso camino de Penélope Cruz desde su debut en un clip de Mecano hasta su aparición en la tapa de la última Vanity Fair.

POR RODRIGO FRESAN,
DESDE BARCELONA

Nos despertamos con Pe, nos duchamos con Pe, desayunamos con Pe, almorzamos con Pe, merendamos con Pe, cenamos con Pe y nos vamos a soñar con Pe. Pe en todas partes, como Alfa y Omega, y hasta el fin de los tiempos y de la película. Pe es, claro, Penélope Cruz y flota por encima, como una reina celestial, de toda esa chatarra y resaca de la prensa del espectáculo y del corazón española –una especie de pesadilla a deux soñada en stereo por Marcel Proust y John Waters– que incluye a famosos freaks, sementales cubanos que se arriman a setentonas de renombre, nobles decadentes, mujeres de toreros (el equivalente local de las mujeres de astronautas), cantaoras jurásicas de pechos generosos, videntes rococó à la Ed Wood, nietas del Generalísimo, futbolistas multimillonarios de importación, cantantes que hacen ¡pop!, ex concursantes de “Gran Hermano” afrontando crisis existencialistas o síndromes de abstinencia unplugged, díscolas hijas e hijos de famosos, y Raphael –una categoría en sí mismo– quien días atrás sorprendió a todos con la revelación de que el origen de la ph de su nombre artístico era un homenaje a la Phillips, sello discográfico que le firmó su primer contrato y olé.
Lo de Penélope es menos rebuscado y más romántico: Pe se llama como se llama cortesía de una canción de Joan Manuel Serrat que le gustaba mucho a su papá mecánico de autos y a su mamá peluquera a la hora en que se pusieron a fabricar bebés y ahora, veintisiete años más tarde, las madres y los padres españoles bautizan a sus hijas con el nombre de una actriz famosa que, en lugar de quedarse esperando en el andén hasta que llegue el próximo tren, se fue a buscar a su Ulises al otro lado del océano. Y lo encontró. Quién sabe.

EL SUEÑO ESPAÑOL Cuando llegué a España –hace algo más de dos años–, todo el país quería a Penélope Cruz. Consenso absoluto. Ahí estaba esa niña de hogar clase media que había saltado a la fama gracias a la ayuda de otra canción de título ominoso hecha clip (“La fuerza del destino”, de Mecano), se había metido con el chico guapo del grupo en cuestión (quien no demoró en introducirla a la India, el budismo, el yoga y el vegetarianismo, como corresponde) para luego presentarla en todos los sitios donde vale la pena ser presentado. Hace dos años y algo, Penélope Cruz era el nuevo sex-symbol ibérico, suplantando a Victoria Abril (quien le robó el protagónico en Kika, dicen) y quien había suplantado a Ana Belén que había suplantado a Marisol. Además, caía simpática con su mix de Lolita serrana y Heidi peninsular. Cuando llegué a España, Penélope Cruz era admirada por mayores, deseada por menores (y mayores) y había aparecido en muchas películas –casi todas malas–, pero su prestigio se apoyaba sobre seis de ellas: la transgresora Jamón, Jamón de Bigas-Luna (donde Pe mostraba mucho); Belle Epoque y La niña de tus ojos de Fernando Trueba (donde sorprendía su gracejo de patito feo y de maja despampanante); Abre los ojos de Alejandro Amenábar (donde ponía la cara y eso alcanzaba y sobraba para el Brian de Palma castizo, siempre rápido para decir “homenaje” antes de que los otros griten “plagio”); y dos breves papeles en Carne trémula y Todo sobre mi madre de Almodóvar, genio capaz de hacer actuar bien hasta a las piedras, se sabe (recordar, si no, a Antonio Banderas). Eso era todo y con eso alcanzaba para contentar a la parentela, los seguidores y al novio de Pe, que por entonces era un checo cuyo nombre ya nadie recuerda. Entonces, una noche, en el Shrine Auditorium de Los Angeles, Almodóvar ganó un Oscar, Pe gritó eso de “¡Peeeeeeeeedrooooooo!” y ya nada volvió a ser lo mismo.

EL DIA PE La gente un día te quiere y al otro te odia y lo cierto es que a la mañana siguiente de aquel alarido primal de Pe, ya nada fue lo mismo por aquí. Burlas en programas cómicos, comentarios sobre su desafinetaaturdidora y seguro que esta niña ahora no vuelve más y allá se queda y ya no se acordará de sus humildes orígenes, etc. Fue entonces cuando Pe se convirtió en artista internacional Made in Hollywood. Cosa difícil si la hay. No es fácil entrar y, mucho menos, quedarse. Por cada Lupe Vélez, Greta Garbo, Rodolfo Valentino o Ingrid Bergman, hay cientos de actores muy conocidos en sus respectivos países que se estrellan contra el asfalto de Sunset Boulevard antes de volver a casita con el rabo entre las patas. Hollywood te mastica y escupe el carozo. Lo escupe bien lejos. Ahí están, ahí estuvieron, por ejemplo, Gerard Depardieu e Isabelle Adjani. Por ahí pasaron como una exhalación las españolas Assumpta Serna, Aitana SánchezGijón y la propia Victoria Abril. Ahí ha quedado convertido en una especie de comic-latin-lover Antonio Banderas y ahí se niega a ir el talentoso Javier Bardem, quien se resiste, sabio, a hacer el ridículo por quince siempre regresivos minutos de fama que ya son catorce, trece, doce.
El caso de Pe arrancó ya de entrada bastante diferente (buenos directores de entrada, películas más o menos “importantes”) y ahora, Tom Cruise de por medio, alcanzó esa categoría de misterio hipnótico para la prensa y los consumidores, como si fuera un caso de Sherlock Holmes. Aquí, en España, Pe ya tiene uno de los expedientes más X a la hora de la leyenda urbana, con rumores que van de lo inocurrente y previsible (se ha acostado con todo Beverly Hills para llegar adonde llegó; hipótesis reforzada por el jocoso comentario de Steve Martin durante los últimos Oscar, preguntándose por las posibilidades sexuales de los títulos de las películas americanas de Pe) a lo malintencionado y drogota (“¿Pero no has visto cómo todo el tiempo se está tocando la nariz en los reportajes?”), pasando por lo demencial (“Ha entrado en la secta ésa del Tom, quien se la ha apropiado como consorte mansita luego de que la Nicole comenzara a hacer lío”) para terminar en lo simplemente azaroso: “Esta Pe tiene una suerte de aquéllas”.
O no. Las cosas por su nombre: hasta ahora, ninguno de los roles internacionalistas de Pe (mexicana en Hi-Lo Country y All the Pretty Horses, griega en Captain Corelli’s Mandolin, brasileña en Women On Top, colombiana en Blow) ha dado buenos resultados en taquilla o agradado a la crítica, que le reprocha a Pe su compulsión decorativa y su pésimo inglés. No es fácil para una española conseguir un inglés verosímil y las declaraciones de Pe en cuanto a que contrata coach para hablar inglés con acento mex, griego, colombiano o brasileño según se lo pida su papel son un tanto... digamos difíciles de procesar. Más papelón que papel. Lo que la deja, a esta altura de los acontecimientos, con un último as en la manga: una película de próximo estreno llamada Vanilla Sky. Una película con Tom Cruise.

IR DE TAPAS Entre paréntesis y a modo de intermedio en el momento justo: hay dos carreras dentro de una misma actriz. Está lo que esa actriz hace adentro de las películas y está lo que esa actriz hace cuando no actúa o, mejor, cuando está actuando de ella misma. Pe –deficiente hasta ahora en la primera variante– ha probado ser digna ganadora de todos los premios dramáticos a la hora de desempeñarse en la segunda faceta. Fuera del cine, Pe está en todos lados. En todos los sitios en los que hay que estar. Pe apareció en la consabida portada anual de Time sobre “La Nueva Europa” (esa nota de tapa a la que alguna vez le puso los labios Nastassja Kinski, y que se guarda para esa semana donde no pasó nada) y de ahí a todas las tapas de revistas habidas y por haber, en las que se la vestía bien o se le adjudicaban romances con todos y cada uno de sus compañeros de reparto llámense Matt Damon, Nicolas Cage (quien le prestó su avión para ir a visitar a su abuelita enferma) o Johnny Depp. En las revistas –como en esos libros donde se reproducen cuadros famosos– el objeto del deseo siempre nos parece más grande o más pequeño de lo que resulta ser en vivoy en directo. Pe es mucho pero mucho más bajita –diminuta, digámoslo– allí petrificada en ese segundo de gloria donde las estrellas parecen brillar para siempre, mientras afirma que sus autores favoritos son Salinger y Kafka, clásicos recurrentes a la hora del “soy actor, pero leo algo más que guiones”. Finalmente, Pe logró la tapa que en realidad importa: la del mensuario Vanity Fair. La que dispara y firma la fotógrafa Annie Leibovitz. La que Demi Moore convirtió en el mejor lugar donde ser visto. Pe ha hecho una gran carrera en esa revista, debutando en abril de 2000 junto a varios colegas de “El Nuevo Hollywood”; ascendiendo –para muchos injustificadamente– al estadio de “Leyendas de Hollywood” en abril de 2001 junto a Meryl, Catherine, Gwyneth, Vanessa, Kate, Sophia y Nicole; para por fin conseguir en estos días la tapa y el profile en solitario, donde asegura –por supuesto– que ella y Tom son sólo son buenos amigos, días antes de haber hecho público y oficial su romance (hay un editor de Vanity Fair que, seguro, va a ser muy pero muy feliz el día que Pe caiga desde las alturas).

CRUISE & CRUZ (& NICOLE) La pregunta es una y no tiene respuesta por ahora: ¿amor o maniobra estratégica? Los que saben de esto juran que se trata de una colosal fantochada donde coinciden las peculiaridades del norteamericano más raro después de Howard Hughes con el apetito sin fondo de una españolita que va a por todas. Por el momento, tanto Tom como Pe tienen algo que ganar con la ficción romántica: Tom sale erguido de la debacle de su divorcio, se consigue chica hot y Made in Spain (ese país que, para el americano medio, es el lugar donde Hemingway jugaba a los soldaditos y Ava Gardner se apretaba matadores) y solidifica su siempre endeble posición de macho cabrío desde que la actriz Mimi Rogers (primera y efímera Mrs. Cruise) dijera aquello de “Tom tiene un único defecto: el sexo”. En cuanto a Pe, obviamente entra por la puerta grande (del mismo modo en que lo hizo, años atrás, Nicole, otra actriz de éxito en su país con ganas de ampliar sus horizontes horizontalmente). Y, de paso, el romance aumenta considerablemente las posibilidades comerciales de la próxima a estrenarse Vanilla Sky, película dirigida por Cameron Crowe donde Pe comparte cartel con Tom y donde nació el amor o la buena idea. Crowe ya calentó el ambiente diciendo: “Se nota que están enamorados viendo la película”, sin preocuparse de que el tiro le salga por la culata como al director de aquella película donde Russell Crowe y Meg Ryan decidieron tomarse en serio sus respectivos papeles. Pero mientras el gladiador australiano fue catalogado como destructor de un maravilloso matrimonio (el de Meg Ryan con el borrachín Dennis Quaid), Pe parece haber sido bendecida como la niña que trae la paz a nuestro héroe y –aseguran los más entusiastas– lo seguirá alejando de la cientología así como de ese matrimonio más raro que Stanley Kubrick. Y, atención, Pe es más bajita que Tom: quedan más lindos juntos.
Mientras tanto, Nicole –de visita por el show de David Letterman– sonrió torcido un “Al fin puedo volver a ponerme los tacos altos” y comunicó su entusiasmo por protagonizar el film Survivor, basado en la novela de Chuck “El Club de la Pelea” Palahniuk, donde se cuentan las idas y vueltas de una secta religiosa muy parecida a esa que tanto les gusta a ciertos actores norteamericanos. Ya lo dicen: las pelirrojas no perdonan. Nunca.

LOS OTROS Los otros somos nosotros, los que la vemos desde afuera. Entre esos nosotros desfilan los despechados compatriotas de Pe (quienes le reprochan haberse vendido al oro yanqui y ya casi no venir a España); el inasible Alejandro Amenábar (quien parece atrapado en el centro del huracán: acaba de estrenar The Others, película protagonizada por Nicole y producida por Tom, mientras que Vanilla Sky, con Pe y Tom, es una remakede Abre los ojos, su refrito de Philip K. Dick y Hitchcock) y mi personaje favorito: Manuel Cruz, el tío de Pe. Manuel es dueño de una ferretería en Alcobendas –barrio prole en donde creció la estrella– y se ha convertido en una suerte de almodovariano vocero oficial de Pe. El tipo recibe a las cámaras al otro lado del mostrador, rodeado de clavos y martillos, y cuenta con pelos y señales la última llamada que le hizo su sobrinita del corazón. Lo que hace que partan hacia Alcobendas, día tras día, las cámaras y micrófonos que –no satisfechos con informar que, a la hora de la cirugía plástica, los norteamericanos piden el culo de Banderas y la naricita de Cruz–, nos invitan a una especie de tour antropo-arqueológico por el escenario de la infancia de Pe, con sucesivos guías: la mujer que le vendía la ropa interior (“Era una niña muy creída”), el maestro de escuela (“Desde chica se veía que tenía un objetivo claro en la vida: quería triunfar e idolatraba a Victoria Abril”), la que la conoce de la tele nomás (“Es demasiado empalagosa, todo el tiempo colgada del Cruise”), la fiel amiga de infancia (“Hay que decir las cosas claras: Pe es poquita cosa, normal y feílla”), la nueva dueña del viejo piso donde vivió la pequeña Pe (“Vino un día por aquí y me pidió verlo y le dije que bueno, pero que no demorara mucho porque tenía que ir al mercado”) y el infaltable y folklórico loco local (“Que el Tom Cruise se venga a vivir a Alcobendas le va a venir muy bien a esta barriada, nos va a poner en el mapa, ya veréis”). Para cerrar el bloque, fundido a Salma Hayek declarando a gritos –ante la mirada desconcertada del entrevistador– que “Penélope es la nueva Audrey Hepburn”. Breve pastilla sobre los aparentes problemitas en el matrimonio Banderas-Griffith. Y corte, con la cifra record de subsaharianos ilegales cruzando el estrecho de Gibraltar en buscada de esa Tierra Prometida que no se llama Hollywood.

COMING SOON Poco y nada importa dilucidar si Pe es una gran chica o una chica grande. Mucho menos si es o será una formidable actriz. La trama cambió de género. Mientras Pe lucha y vence o empata en la Ciudad de los Sueños, España prepara sus nuevos misiles, sus nuevas Pe corregidas y aumentadas. Por estos días, Leonor Watling (ya convocada para la próxima película de Almodóvar) deslumbra en Son de mar, la nueva de Bigas Luna, y Paz Vega arremete contra todos a fuerza de temperamento andaluz y desnudo en Lucía y el sexo, reciente estreno de Julio Medem. Las dos recuerdan bastante a una Penélope Cruz que era actriz y actuaba, antes de mudarse a la tierra donde los actores latinos hacen de latinos y no de personas para consumo de espectadores que los van suplantando como si fueran máscaras diferentes para el mismo viejo modelo. A la hora de la verdad, esta historia tiene un único héroe o heroína (léase el agente de prensa norteamericano de Pe), una auténtica y verdadera reina que defenderá el trono hasta el fin de sus tiempos con esa sonrisa llena de dientes (léase Julia Roberts, la nueva Audrey Hepburn) y uno de esos finales de película alternativos para connoiseurs (léase, Mónica Cruz, hermana de Pe y talentosa bailarina de flamenco, que aparece poco y nada en nuestros televisores, y lo cierto es que es mucho pero mucho más linda que la novia o lo que sea de Tom Cruise).

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