Cláudia Varejão presenta su película Ama-San, filmada en Japón
“Occidente tiene mucho que aprender de Oriente”
La directora portuguesa se sumerge en un grupo de mujeres japonesas que se dedica a la pesca submarina con un método milenario. “El conocimiento es nuestra mayor libertad”, dice Varejão.
“El cine es como una relación amorosa: cuando ambas partes están disponibles, todo se hace posible.”“El cine es como una relación amorosa: cuando ambas partes están disponibles, todo se hace posible.”“El cine es como una relación amorosa: cuando ambas partes están disponibles, todo se hace posible.”“El cine es como una relación amorosa: cuando ambas partes están disponibles, todo se hace posible.”“El cine es como una relación amorosa: cuando ambas partes están disponibles, todo se hace posible.”
“El cine es como una relación amorosa: cuando ambas partes están disponibles, todo se hace posible.” 

Un grupo de mujeres japonesas se dedica a un estilo de pesca submarina en la Península de Ise. Lo que tiene de original esta práctica es que se realiza sin equipos de oxígeno, casi como cuando hace miles de años se realizaba la caza de perlas en las aguas profundas de los mares asiáticos. Ellas tienen distintas edades, algunas son muy mayores y llama la atención su resistencia física y la predisposición a seguir las tradiciones más allá del riesgo. Extraen caracoles y moluscos muy apreciados en Japón, China y Corea. A las Amas (“mujeres del mar”) se las ve en su cotidianidad y en sus casas. Parece que llevaran una vida rutinaria si no fuera porque después se las ve sumergirse en las profundidades. En Wagu, un pequeño pesquero de la Península de Ise, Matsumi, Mayumi y Masumi desafían la capacidad de asombro con su inmersión y son las grandes protagonistas de esta actividad.  

  La que registró todo esto fue la cámara de la directora portuguesa Cláudia Varejão para su documental Ama-San. Producido por la cooperativa cinematográfica lusa Terratreme Films, la película se estrena hoy en la Sala Lugones del Teatro San Martín (Corrientes 1530), luego de un extenso recorrido por festivales que incluyó Karlovy Vary, Tesalónica y Doc Lisboa, entre otras muestras donde fue premiada.

Una noche de 2012, en Lisboa, la cineasta asistió a una performance de su amiga Sonia Baptista, que utiliza con frecuencia la cultura japonesa para su trabajo. “Al final le compré un pequeño libro de poemas escritos por ella. Cuando regresé a casa, los leí a todos, como una inmersión en el mar. Y en el libro encontré la primera referencia a las Amas”, cuenta la directora en diálogo con PáginaI12. Varejão comenzó a investigar en internet y las primeras imágenes que encontró fueron tomadas en la década del ‘50 por el etnólogo italiano Fosco Maraini. “Son fotografías hermosas con los cuerpos desnudos entrando al mar. Me provocó curiosidad toda la narrativa en torno a las Amas y decidí, esa misma noche, hacer una película”, comenta Varejão. Unos meses después, la cineasta llegó a Japón para conocer y fotografiar las Amas en las aldeas. “Fue un viaje muy importante para la película. Las primeras semanas fueron bastante frustrantes porque en la mayoría de los pueblos pesqueros, las Amas trabajan en comunidad y pueden tener un comportamiento de gran aislamiento y poca comunicación con extraños. Fue solo en la última semana, ya con poca esperanza, que encontré una villa que no estaba marcada en mi trayecto: Wagu. Era domingo y apareció junto al mar una mujer sobre una moto. Era Mayumi, que más tarde se convertiría en protagonista de la película”. Fue ella quien llevó a la directora al mar por primera vez, y le comentó acerca de esta práctica ancestral. Le presentó a todas las Amas y capitanes de barcos, y la llevó a probar su comida. “Gracias a Mayumi esta película se hizo posible. El cine y la vida se hacen de estos encuentros que no se explican, lo llaman destino”, reconoce Varejão. 

–¿Cómo fue la relación que entabló con ellas que le permitió a usted filmarlas en su cotidianidad?

–El cine es como una relación amorosa: cuando ambas partes están disponibles y curiosas una por la otra, todo se hace posible, y así pasó con Ama-San. Yo estaba muy interesada por estas mujeres y ellas tenían mucha curiosidad sobre mis motivaciones y sobre mi cultura occidental. La película es el resultado de ese encuentro. No es etnográfica. Es un film personal que resulta de semanas de convivencia. La intimidad es el lugar donde estamos más cerca de nuestro interior silencioso. Compartir ese espacio es confiar en el entendimiento de quien se acerca a nosotros. Yo tuve esa suerte con estas mujeres. Y quien ve la película vive también ese privilegio.

–¿Cómo surgió esa tradición?

–De lo mucho que investigué, percibí que este tipo de pesca tiene casi dos mil años. Es un trabajo muy antiguo. Se cuenta que cuando los hombres iban al mar en sus barcos durante horas o días, las mujeres se juntaban todas junto al arenal de la playa para pasar el tiempo y sentirse cerca de sus amados. Para pasar el tiempo durante esa espera, las mujeres comenzaron a correr el marisco de las rocas y de las zonas bajas del mar. Cuando los hombres volvían del viaje se sorprendían siempre con la cantidad de pesca que las mujeres hacían en tierra. Y así un día las invitaron a ir con ellos a alta mar y sumergirse al fondo para pescar. En mi opinión, ésta fue una forma de pasar a un trabajo más duro (sumergirse en las aguas frías) para las mujeres que tradicionalmente sólo se ocupaban de la casa y de la familia. Fue así que comenzó la tradición del buceo hecho por mujeres. Y Japón intenta mantener la tradición hasta hoy porque saben que lo que se hace a través del conocimiento de generaciones traslada en sí una sabiduría que la tecnología jamás podrá sustituir. En ese sentido, Occidente tiene mucho que aprender de Oriente.

–Algo particular es que, en algunos casos, son mujeres que tienen edad avanzada para bucear sin oxígeno. Sin embargo, lo realizan. ¿Esta práctica las revitaliza de alguna manera?

–La respuesta está en el conocimiento adquirido por la experiencia. En Japón, la edad es entendida como señal de sabiduría. Los que conocen un trabajo desde hace muchas décadas pueden develar misterios más fácilmente, aunque el cuerpo ya no se comporte con la misma agilidad. Las Amas sólo dejan de sumergirse cuando alguna enfermedad las imposibilita de salir de casa. La Ama más grande que aparece en la película tiene 83 años y trae consigo una sabiduría que ninguna de las otras conquistó. El conocimiento es nuestra mayor libertad, en cualquier parte del mundo.

–¿Es una práctica que juega con el límite físico del ser humano?

–Sí, en varios sentidos, y no sólo el físico. El lado físico, naturalmente, porque se sumergen sólo con el oxígeno que traen dentro de sí. Pero también está el lado psicológico, pues se sumergen todos los días hacia lo desconocido. Nunca saben lo que van a encontrar en el fondo negro del mar. Y el lado más espiritual, pues el destino ha llevado a algunas mujeres para siempre: muchas Amas mueren cada año porque los cuerpos colapsan, o algunas quedan atrapadas en las algas o en las rocas y nunca más se encuentran. Es un trabajo peligroso, sin duda. Y estas mujeres muestran que no sólo los hombres combaten los peligros, son también ellas, guerreras y ninjas de la vida.

–Es una película sobre mujeres realizada por una mujer. ¿Tiene que ver con una toma de posición respecto al género?

–Creo que todas las películas son un gesto político y una toma de posición en la vida. En ese sentido, sí, ésta es una película sobre la independencia de una comunidad femenina en un país extremadamente patriarcal. 

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