Si en 105 años de enfrentamientos entre Argentina y Brasil, sólo diez veces habían jugado en tierra brasileña por torneos de renombre; no había dudas, ésta era una ocasión especial. De esas que el azar rara vez otorga. Una revancha para Messi y compañía. Porque en Brasil se perdió la final de 2014. Porque ésta era la Copa América, tan esquiva últimamente, con dos finales perdidas consecutivamente. Una revancha para el local, porque allí mismo, en el Mineirao, Alemania le había propinado la peor derrota de su historia y porque en materia de títulos, hace doce años que no levanta ningún trofeo.

Y como buen clásico, Argentina-Brasil, Brasil-Argentina, tuvo lo que tienen que tener los partidos de su calibre. En la previa, los ruidazos en el hotel visitante, las camisetas que corresponden, los himnos que emocionan... En la cancha, dos propuestas bien diferenciadas y una ley común: prohibido rifar la pelota. Brasil adelantado, Argentina no tanto, pero con la pelota. La visita la hacía circular entre los cuatro del fondo y Paredes, el nexo en el medio. Cinco que se hacían de la posesión frente a igual número de brasileños. El local no disimulaba sus intenciones: buscar el error en la salida argentina, que no podía encontrar a los de arriba, ya que la línea del medio de Brasil se paraba por delante de De Paul, Acuña, Messi, Agüero y Martínez e impedía la llegada por abajo.

La pierna fuerte no tardó en aparecer. El primero en sangrar fue Gabriel Jesus. Casi bíblico lo que sucedía en el Mineirao, escenario hace no tanto de crucifixiones, como las de Scolari, Fred y varias de las víctimas de Alemania.

Con Jesus y Everton bien abiertos, las subidas características de los laterales brasileños casi no fueron necesarias por lo que, en defensa, el local siempre quedaba compensado. Recién a los 15, Argentina pudo pisar el área rival con pelota dominada. Largos minutos pasaron hasta aquello, que sólo terminó en un córner. Pero algo parecía tener el ataque albiceleste: un "no sé qué" similar a una ilusión, semejante a peligro.

Pero si en Argentina no se sabía bien qué era esa sensación, en Brasil, fue todo certidumbre cuando apareció Dani Alves. El capitán recuperó en el medio, sombrereó a Acuña, dejó pasar a un desesperado Paredes y abrió con Firmino, quien la mandó al área y encontró a Jesus para el 1-0. La imagen detenida mostraría que nuevamente eran cinco contra cinco en el área, pero con tres brasileños sin marca. Claro, el lateral había desatado el descontrol.


Aunque también le dio rienda al amor propio argentino: con un Messi laborioso como bandera, aquel "no sé qué" se transformó en un decidido "ir a buscar". Y casi que lo encuentra, cuando un centro del capitán dejó a Alisson estático y llegó hasta la cabeza de Agüero. Sin embargo, el travesaño dijo que no, dejando entrever cómo venía la mano. De allí en más, todo el esfuerzo fue argentino, con un complemento rebosante de actitud, como hacía rato no se veía. Pero si la mayor parte de la transpiración era de la visita, toda la suerte (la buena) era para el local: remates en el palo, algunos resbalones desafortunados y un Alisson cada vez más gigante.

La historia estaba dada para que alguna contra la defina, y así fue. Jesús, endiablado como en toda la noche, escapó una vez más, dejó a Otamendi y Foyth desparramados por doquier y cedió misericordioso a Firmino, quien desató el festejo brasileño, que volverá a jugar una final de Copa América tras doce años y que confirmó que se acostumbró a ser más que Argentina en los últimos tiempos, aún cuando no lo es.