Opinión / Preguntas sobre el nuevo sistema de docentes investigadores
Ciencia, productividad y desigualdades

Recientemente se conoció la creación del Sistema Nacional de Docentes Investigadores Universitarios (Sidiun), que viene a reemplazar al Programa de Incentivos a los Docentes Investigadores (Proince), creado en 1993 para promover la investigación en las universidades nacionales. En diversos estudios se ha observado que el Proince tuvo serias limitaciones, entre las que pueden señalarse las desigualdades regionales e institucionales; el estancamiento del monto del incentivo; el surgimiento de una competencia desigual entre investigadores/as de Conicet dedicados a la investigación y profesores/as dedicados mayormente a la actividad docente; la ausencia de parámetros para medir los efectos del programa en la calidad de la investigación; entre otras. Entre sus logros, se ha destacado que el Proince instaló una cultura evaluativa en las universidades nacionales y, más allá del valor monetario del incentivo, los docentes-investigadores de todo el país se inclinan masivamente a participar en las categorizaciones.

Visto desde la perspectiva internacional y regional, el Proince, además, otorgó una singularidad al campo académico argentino, por cuanto era un sistema de evaluación basado en las recomendaciones del consejo de rectores (CIN), con criterios de evaluación bien diferentes de los sistemas de evaluación por producción indexada en circuitos mainstream, factor de impacto e índice H, como es habitual en los ránkings universitarios y es la tendencia creciente en países latinoamericanos como Colombia, Chile, México, entre otros. Incluso se había avanzado en la valoración de la diversidad de la producción del conocimiento mediante la elaboración de una parte de la grilla de evaluación dedicada exclusivamente a la producción en Artes, que es totalmente diferente al resto de las disciplinas. En el marco del impacto cada vez más heteronomizante de la llamada “mundialización académica” en los campos científicos periféricos, el caso argentino exhibía una fuerte tradición de autonomía universitaria que mantuvo un espacio importante para la producción de conocimientos basada en una orientación “nacionalizante” atenta a las agendas locales y regionales.

Desde el Programa de Investigaciones sobre Dependencia Académica (Pidaal, Conicet-UNCuyo) hicimos un estudio de la última categorización del Proince (2016 y 2018) en todas las comisiones regionales del país, con observación participante, relevamiento estadístico y entrevistas, para analizar a fondo los criterios de evaluación y el funcionamiento de este sistema. Los resultados están en proceso de publicación en un libro, pero a grandes rasgos puede decirse que el Proince jugó un papel central en la subsistencia de perfiles diversos de producción y circulación del conocimiento, en el desarrollo de las revistas científicas argentinas y en la distribución del presupuesto de investigación destinado a las universidades nacionales. El estudio también permitió observar una serie de debilidades y tensiones: la grilla de evaluación estimula un tipo de evaluación más burocrático-administrativa que cognitiva, con lo cual pierde incidencia en la consolidación de la investigación que se desarrolla en las universidades; existen desigualdades regionales e institucionales estructurales que se reflejan en la distribución de los docentes incentivados; el proceso de categorización es excesivamente largo y las convocatorias se extienden entre periodos de cuatro años o más; el sistema de evaluación es conservador en el sentido de que tiende a consolidar las jerarquías existentes entre los docentes-investigadores.

Ahora bien, la creación del Sidiun trae consigo una pregunta esencial: ¿se trata de un sistema nuevo que viene a superar al Proince? Daniela Perrotta señaló recientemente los cambios principales, entre los que recordamos dos: el paso de la evaluación regionalizada por una comisión única nacional subdividida ahora por áreas disciplinares; la incorporación de las universidades privadas, con todas las dificultades que ello implica en la homologación de los “proyectos acreditados”. Consideremos, además, que la composición de esa nueva comisión nacional por áreas disciplinares no deja clara la representación de los integrantes de universidades públicas y privadas. Por otra parte, si antes el Proince determinaba la distribución presupuestaria de los fondos de investigación entre las universidades nacionales, ¿ahora deberá compartirse con las universidades privadas, que tienen ínfima participación en la investigación nacional? ¿Estamos frente a un nuevo sistema o un simple proceso de privatización del Proince?

Uno de los cambios más importantes del Sidiun es que promueve una mayor exigencia de productividad (científica y tecnológica), con lo cual podemos suponer una incorporación de criterios que priorizarán publicaciones indexadas en el circuito mainstream, mediciones del factor de impacto, o una escala salarial basada en incentivos por publicación, del estilo que se aplica en Chile y otros países. Justamente cuando a nivel mundial estos criterios productivistas están siendo fuertemente cuestionados, la Argentina se insertaría acríticamente en esa dirección.

Visto desde sus potenciales efectos dentro del sistema universitario, y teniendo en cuenta que los destinatarios (docentes universitarios) presentan un escenario profundamente heterogéneo, esta demanda de productividad bien puede tener un efecto negativo en la expectativa de aumentar la calidad de la investigación en las universidades. Además, el 28 por ciento de los docentes incentivados pertenecen al Conicet, lo cual permite prever un efecto de distribución estructuralmente desigual, dada la participación mayoritaria de investigadores del Conicet en unas pocas grandes universidades nacionales.

Entre los criterios de evaluación, por otra parte, no se menciona la transferencia o extensión, lo cual deja a muchos docentes, sobre todo de las ciencias sociales, sin posibilidad de acreditar esas actividades como parte de los resultados de sus investigaciones. En un sistema con mayoría de cargos docentes simples, recortes presupuestarios y paritarias a la baja, ¿qué bondades trae el Sidiun? ¿Cuál fue el papel de los rectores y las propias universidades en el proceso de construcción de este nuevo sistema? ¿Qué impacto tendrá en la libertad académica y en la existencia de perfiles diversos de producción y circulación que caracterizó a la Argentina frente a la homogeneización típica de la “globalización académica”?

* Fernanda Beigel y Fabiana Bekerman son investigadoras del Instituto de Ciencias Humanas, Sociales y Ambientales (Conicet).

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