Marcia Ochoa: El lugar de las travestis en la construcción de una ciudadanía ingrata y para todes.
“Hay que hacer más loca la política y hacer más políticas a las locas”
Marcia Ochoa es antropóloga, feminista y profesora en la Universidad de California. De visita en Buenos Aires, invitada por la Untref, reflexiona para SOY sobre la necesidad de construir “una ciudadanía ingrata”. Un horizonte donde quienes no encajan en el casillero de lo correcto o lo inofensivo se vuelven fundamentales para la construcción de un mundo más habitable. Ante un estado neoliberal y una sociedad civil incapaces de responder a las necesidades de la gente en la calle, travestis y migrantes, aquí se despliega una potencia política translatina, loca, deseante y fabulosa.
Imagen: Sebastián Freire

En un programa de TV de los años 80, de esos que nunca faltan,  le preguntaron a una de las estrellas transexuales de la factoría Andy Warhol: ¿Cómo es eso de ser una mujer atrapada en el cuerpo de un hombre?

No estoy atrapada en el cuerpo de un hombre, estoy atrapada en Nueva York-  respondió Holly Woodlawn quien ante la insistencia del “pero qué sos, ¿hombre o mujer?” remató: Cariño, ¡¿qué importa eso si eres fabulosa?! 

Con esta escena, la antropóloga Marcia Ochoa comienza su artículo “Ciudadanía perversa: divas, marginación y participación en la localización” donde como en el resto de sus trabajos, se ubica por fuera de ese escueto menú de 3 pasos que la academia suele dedicarle a las existencias trans: observación, simplificación y olvido. Marcia Ochoa también es autora de un libro fascinante “Queen for a day” (Reina por un día) donde analiza el mundo de las candidatas a Miss Venezuela en simultáneo con lo que ocurre en una calle muy popular de Caracas donde las travestis (que allí se llaman transformistas) se lucen, se pasean frente a una platea de clientes y también para entretenimiento de las buenas familias. “Nunca se ha reconocido a la mujer trans por su manejo del espectáculo, a veces nos fascinamos con el espectáculo, pero no hay una mirada sobre cómo se produce y qué provoca. En mi trabajo trato de entender como funciona ese espectáculo, cómo aunque sea por un breve lapso, el despliegue del glamour por ejemplo, conseguido a veces y otras no, funciona como un factor capaz de posponer, paralizar el ejercicio de la violencia policial, por ejemplo.

¿Qué es lo que te interesa particularmente de las vivencias trans? 

Me interesa entender cómo cierta gente se hace “fabulosa” a pesar de las realidades materiales que la limitan. Y con esto no pretendo romantizar las vidas de las mujeres trans, me estoy refiriendo a eso que  en el melodrama se ha llamado el rechazo de la cotidianidad. Allí hay estrategias y hay puntos de vista muy preciosos para la construcción de un mundo más habitable. Más que la observación interpersonal entre personas trans, me interesan las fuerzas estructurales que influyen en esas vidas.

¿Por ejemplo?

La pobreza, la misoginia, las racializaciones que se producen en los procesos de urbanización, modernidad y nación. Creo que las personas trans, como sujetos de estos procesos, iluminan mucho más que las crisis de género y machismo que nos ha preocupado tanto en la antropología y los estudios de género. 

Las estrategias del débil (no tan débil)…

Me puedo identificar en ese sentido. Hija de colombianos educada en espacios blancos suburbanos de Estados Unidos, tengo un sentido de extraterrerstre que siempre me va a acompañar y desde donde supe manejar mi estar en el mundo, aprendí a manejar ese poder. El pasar por experiencias donde sos lo otro, lo marginado, te otorga herramientas para acomplejar al poder, intervenir desde un punto de vista particular, que puede abrir posibilidades.

LA CIUDADANIA INGRATA

En la ponencia que dará hoy en la sede de Untref, Ochoa se propone explicar por qué es necesario pensar una ciudadanía perversa o una ciudadanía ingrata, que sobrepase los límites de las buenas costumbres y de lo correcto. Las travestis aparecen entonces como una de las que vienen a “complicar” a aportar vergüenza y proyección al proyecto político.

¿Cómo se puede definir la palabra “ciudadanía” en el contexto actual? 

Entiendo por ciudadanía esos procesos que producen una persona como parte de un grupo social, eso es tanto las cosas que te hacen sentir parte como las que hacen que la sociedad te vea como parte. Quiero decir que con un pasaporte o un DNI no alcanza, necesitamos un sentido de pertenencia, por eso digo que hablar de las travestis como partícipes en la creación de la “nueva ciudadanía” oculta las prácticas de exclusión y las limitaciones de los imaginarios políticos que usamos dentro del mismo movimiento.

¿Y cómo ingresan las travestis al concepto de ciudadanas? 

Se tiene que ver desde dos puntos de vista: desde su integración al concepto de ciudadanía pero también desde la transformación del concepto de ciudadanía. Lo que se ha llamado la “sociedad civil” a veces no se vincula con lo que se llama “la base” precisamente porque esta base no cuadra con el imaginario hegemónico de potencia política. 

El neoliberalismo tiene como bandera la igualdad, sin embargo no parece ser suficiente esa bandera para evitar muertes, pobrezas, marginaciones.

Es que hay dos tipos de igualdad: una donde yo soy igual a ti, la otra en la que tú eres igual a mí. Si estás viviendo del lado de lo abyecto, esta diferencia implica estrategias diferentes. Porque si yo, que soy un individuo abyecto, soy igual a ti, entonces yo me adecuo a tu estética para hacerme sujeto de derechos. Ahora, si tú eres igual a mí, entonces tú también, en el momento que me equivalgo contigo, tú te ensucias. Las travestis transgreden las buenas costumbres y la sociedad civil no por su rechazo a la verguenza sino habitando la vergüenza como un espacio para interpelar a los demás y así incriminarlos. 

¿Y a esto te referís cuando proponés una “ciudadanía ingrata”? 

De eso justamente pienso hablar esta tarde en mi charla. Pero te adelanto: creo que para elaborar proyectos de sociedad verdaderamente inclusivos hay que entender que no todos los ciudadanos van a ser buenos y conformes a las expectativas de participación social (educados, interesados, racionales, o no-frívolos). Es vital para cualquier proyecto de transformación social bregar con la complejidad, y con los sujetos que frustran. 

¿Podrías encontrar alguna relación entre tus intereses académicos y tu historia personal? ¿Debería haberla?

Las locas, las travestis, las transformistas en Venezuela, el mundo de la jotería entre los chicanos en México, me interesan porque yo, aunque pude y puedo adecuarme muy fácilmente a la “buena” ciudadanía, también he sido marginada. Me interesa entender cómo funciona el poder dentro de la marginación, para imaginar otras posibilidades. 

¿Es realmente posible encarar un estudio sobre y con personas trans desde “afuera”. Es decir, ¿desde la academia?

Creo que es importante asumir que al menos en Estados Unidos, la universidad es un espacio de exceso de capitalismo. Mi disciplina, la Antropología por ejemplo, nace pagada por el exceso de capital de los ferrocarriles y de la extracción de oro en el siglo XIX. Es una ciencia inventada por un señor blanco que quiere estudiar poblaciones indígenas e inventa un método en gran medida para justificar la financiación. Esto hay que tenerlo presente cuando hablamos de ciencia y encaramos el trabajo. En mi caso particular he buscado modos de sortear esta asignación de recursos. Por eso me dediqué a cumplir con las publicaciones necesarios para lograr el ascenso. Y el resto de las energías y recursos en fundar El/LA Translatina en San Francisco, un espacio comunitario y de deliberación para transexuales migrantes que ya cumple 15 años.  

¿Y cómo se encara una investigación desde afuera de la vivencia trans?

Yo me ocupé siempre M de trabajar junto con personas trans y también rendir cuentas a estas personas de los trabajos que emprendemos en conjunto. También es cierto que, personalmente, de haber nacido en esta época, yo misma me habría autodefinido como varón trans, o como una persona no binaria. Pero ocurre que para mi generación, el hecho de ser trans implicaba una muerte social y por respeto a esos compañeros, prefiero no usar esa palabra para mi. Pero en resumen, creo que debemos tenernos compasión entre quienes estamos enfrentando este sistema que está matando a la gente, en lugar de atacarnos entre nosotros. Hay que abrir más espacios y admitir las sutilezas, las diferencias, los modos de ser y nombrarse, los modos de adecuarse o no y trabajar con eso. 

UNA NIÑA MACHONA Y LATINA EN LA AMERICA PROFUNDA 

Marcia nació en 1970 en Itaca Estados Unidos, casi por casualidad. Es hija de padre y madre colombianos de esa generación de científicos formados en el exterior cuando los estados latinoamericanos se embarcaban en un plan de modernización. La familia regresó a Bogotá cumplidos los estudios, y la niña fue criada allí hasta los 6 años cuando sus padres decidieron continuar sus trabajos en Estados Unidos. El papá aceptó un trabajo en Luisiana. Marcia aquí pronuncia dos veces ¡Luisiana! y me pregunta si tengo conciencia de lo que me está diciendo. 

Algo puedo intuir. ¿Cómo describirías vos la vida en Luisiana?

Te lo resumo así: es la parte del país mas abiertamente racista, dentro de un país tremendamente racista. A esto se le agrega que está organizado en base a una jerarquía agraria, con una división de labor racializada. Y ahí llegamos nosotros, colombianos académicos, migrantes, una categoría indefinible entre blancos y negros. 

¿Qué es lo que más te impactó en esa primera infancia entre racistas?

Hay una pregunta que nos hacían constantemente: “¿y ustedes qué son?” Fijate que no decían quién eres ni de dónde vienes. Los migrantes siempre saben quiénes son, pero de pronto se los enfrenta a esa pregunta de qué sos, que te deshumaniza. Yo me crié con muchos niveles de diferencias. Primero, la diferencia nacional: como nadie sabía ni dónde quedaba Colombia se burlaban de mi por ser china.

¡Pero vos no sos china! 

Bueno, no, pero en Luisiana si no eres blanco ni negro, eres chino. No existe otra opción. Segundo: con padres académicos y no creyentes, no teníamos una religión, así es que no había respuesta a la pregunta importantísima que me hacían mis compañeros: “¿Y tu a qué iglesia vas?”.

 Y además, habrá que agregar, una niña difícil de ser leída como tal.  

Definitivamente en la escuela no entendían mi presentación de género. Pero atención, porque yo tampoco entendía la de ellas. Las niñas de la época de los 70 en Bogotá no estaban tan regidas por el género como las americanas que eran hiper femeninas. Mi modelo era Mafalda a quien leía con placer y sigo leyendo. La idea de una chica capaz de hacer preguntas, y que se prepara para estudiar en el futuro, era impensable en Luisiana. Esto es interesante porque siempre tenemos estas ideas teleológicas, en el feminismo por ejemplo, o en lo referente a queer, de que en Latinoamérica estamos atrás de Estados Unidos, y como ves, no es siempre así. 

En Wikipedia aparecés como una de las impulsoras del concepto translatina.  Lo latino aparece como fundamental en tus hipótesis. ¿Ves necesario diferenciarse de la teoría queer, por ejemplo? 

La teoría queer, basada en trabajos de Judith Butler, Eve Sedgwick Kosofsky son fundamentales pero vienen de una realidad americana y judía, por ejemplo. No sirven por completo para las realidades locales. Cada región tiene sus estrategias de supervivencia, sus factores de poder y su lenguaje. No se puede exportar eso. Por ejemplo, para mi queer era una palabra muy familiar, mientras que para alguien de Argentina es un término que no carga en absoluto el estigma, todo lo contrario. 

¿Recordás tu primera experiencia con la palabra queer? 

En el jardín de infantes todavía hay un juego muy popular que se llama “Smear the queer” que en castellano se llamaría, “Borrar o eliminar al marica”. El grupo elige a un niño que será el queer y que debe correr con una pelota en la mano evitando que los demás lo atrapen. 

Tan bestial como perseguir a un niño negro. 

Sí, pero con la particularidad de que eliminar a un queer es visto como algo más aceptable. Casi se diría que es una práctica que te entrena para el futbol americano. 

Sebastián Freire

VENEZUELA LA LINDA

¿Cómo llegaste a interesarte por el tema de la belleza en Venezuela?

La primera vez que me encontré con el la potencia de la femineidad venezolana fue en los años 90. Iba a visitar a un tío que vive allí y tomé por primera vez una aerolínea venezolana, Avensa. Recuerdo el impacto que fue para mi ver a esa azafata en su clásica performance de la seguridad. ¡Era una Miss! Fue mi primer contacto con la cultura de la belleza en Venezuela. Pero muchos años después encaré la investigación.

¿Qué encontraste de común entre los dos grupos de femineidades?

Tanto transformistas en la pasarela de la calle como las candidatas al concurso utilizaban una feminidad discursiva a nivel nacional. La belleza venezolana ha estado a la par de lo que significaba el petróleo. Me interesó encontrar hasta que punto ellas son productoras de feminidad a la vez que son sus mismas consumidoras. 

¿Y las transformistas?

Tienen una capacidad  de producir el espectáculo que las ayudaba a convivir con el entorno venezolano. En este sentido, tomo en serio el concepto de pasarela, tanto la pasarela concreta como el acto de desfilar. Mientras debajo de la pasarela circula el perolón, el vehículo policial que se utiliza para llevar presas a las transformistas de la avenida. Entre pasarela y perolón las transformistas de la avenida Libertador crean las condiciones de su supervivencia y son condiciones muy complejas y muy variadas. 

LA HORA DE LAS ABUSADORAS 

Las imágenes, el impacto de algunas escenas aparecen en el trabajo de Marcia Ochoa como puntos particularmente reveladores. Ante la pregunta sobre cómo caracterizar lo inadecuado y liberador de esa ciudadanía ingrata, enseguida aparece la escena de una película que mirándola con ojos argentinos recuerda a la escena de las patas en la fuente que caracterizó en los años 40 la avalancha del pueblo obrero en el espacio público, y con ese ímpetu entre desagradable, maleducado y sobre todo, desubicado, marcó una ampliación en el concepto nacional de una ciudadanía. 

¿Cómo es esa escena?

Está en un documental que se llama “Las Trans” donde se ve a unas transformistas venezolanas marchando hacia una fuente del centro de Caracas mientras de fondo suena una canción clásica de Wilfredo Vargas que se llama “Abusadora”. En el camino tiran abajo un letrero que dice “No entrar” y mientras la canción repite constantemente: “Qué hiciste, abusadora” ellas se bañan divinas como si estuvieran en una película de Fellini. Esto es, de algún modo, una imagen de la ciudadanía ingrata. 

Todo lo contrario a la ortodoxia en estrategias políticas. 

Creo que estamos cometiendo errores al seguir la ortodoxia en nuestras políticas, y esto se ha visto mucho en la ortotodoxia feminista. A su vez, los medios sociales conllevan a una ortodoxia de pensamiento que expulsa toda complejidad. Me refiero por ejemplo a esta búsqueda de frases cortas, la búsqueda del impacto, como si trabajáramos para el algoritmo. 

¿Conocés en la Argentina el trabajo de Marlene Wayar y las redes que se arman en un aquelarre conocido ya como los jueves de las Cotorras? 

Sí, claro que sí. Considero que es un gran ejemplo de lo que digo. Marlene es una intelectual orgánica en el sentido de Gramsci, una multiplicadora de saberes dentro y fuera de la comunidad, alguien que ha vivido el peso del poder y puede hacer un análisis de eso. 

El aporte del transfeminismo es parte de esa ruptura necesaria

Recuerdo que hace ya 8 años, vino a dar un taller a sus compañeras trans, una compañera que venía de recuperarse de una situación de violencia física y había pasado por un curso de antiviolencia. El movimiento feminista en Estados Unidos ha conseguido armar protocolos, talleres y  gráficos muy claros para que la gente pueda reconocer cómo se da el ciclo de la violencia. Ella da ese curso y las asistentes, que nunca habían asistido a un curso semejante estaban muy entusiasmadas. Ella preguntó al final, “¿Cuántas compañeras trans aquí han sido parte de un círculo de abuso como este?”. Todas levantaron la mano. Luego preguntó cuántas de ellas habían sido la abusadora en una relación. Y muchas permanecieron con la mano levantada. Para mi fue muy importante. Ellas eran capaces de reconocer su papel. El feminismo trans o el trans feminismo es algo que necesitamos en el feminismo en general porque es una manera de ver el poder desde el ojo del huracán, desde un trato particular con la masculinidad. 

¿Cómo es eso?

En general los hombres más machotes son los que buscan parejas trans y en general a ellas les suelen gustar estos hombres. Hay un erotismo allí que implica cierto poder que ellas manejan. Saben controlar, amansar, encuentran un espacio de ternura dentro de esa masculinidad. En el feminismo tenemos una tendencia a ver  a la mujer como víctima de estas masculinidades, lo cual es cierto. Pero pocas veces reconocemos que podemos ser manipuladoras, controladoras y abusadoras. En ese sentido, hay un aporte de complejidad de parte del transfeminismo que es muy importante. 

UN LUGAR SIN LIMITES 

Le pido a Marcia, para darle un tono de conclusión a todo lo que estuvimos conversando, que elija alguna escena rastreando su historia personal y académica. Dice que tiene muchísimas, se queda pensando un rato y finalmente con la sonrisa de quien encuentra la mejor síntesis elige la siguiente: 

“Esto me lo dijo alguien que trabajaba con personas en situación de calle:  Es más fácil lograr que una persona sin techo aprenda estadística, que alguien experto en estadística entienda realmente la realidad de estar en situación de calle. Por eso yo me pregunto. Si limitamos nuestra imaginación en cuanto a cuáles son los espacios de potencia política, ¿no estamos perdiendo la oportunidad de soñar o hasta alucinar otras posibilidades de resistencia colectiva?”  

 

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