Elogio de las banderas

La campaña electoral está en marcha y quienes apoyamos y trabajamos por la fórmula Doble Fernández para dirigir la recuperación de la Argentina –en todos los órdenes empezando por los más urgentes, que son todos– lo hacemos militando en las calles, en las redes, cara a cara y a diario.

Quien firma esta nota, como precandidato a senador nacional por el Chaco, buscó llegar al Congreso para acompañar a la vicepresidenta y presidenta natural del Senado en la enorme tarea de legislar para la reconstrucción. Tan inmenso es el daño producido por la caterva macrista, sin dudas la más corrupta, insensible y antinacional de toda la Historia Argentina, que cada banca deberá ser trinchera de principios y valores republicanos; de transparencia absoluta en la acción legislativa y de impulso –lo hubiera sido en nuestro caso– a la recuperación de lo esencial y básico: la educación, la salud, el trabajo y la investigación científica y tecnológica.

No se dio. La política como arte de organización social, se sabe, es también un camino de espinas, y a los errores dirigenciales, propios y ajenos, los pagan los pueblos. Punto.

Pero desde ya que lo anterior no implica derrota. Ni en los principios ni en las propuestas. En primer lugar porque los asuntos y tareas que le corresponden a quien ha quedado en el camino, son ante todo su compromiso: el de seguir aportando ideas y propuestas para mejorar la calidad de vida política, económica y social de la nación a la que se ama y se sirve. Y eso es imperativo si a la par, en decenas de ciudades y en todas las provincias, hay miles de compatriotas activos y militantes que no aflojan en su generosa y diaria militancia, y tienen el derecho –y el deber– de exigirnos pensamiento, acción y entrega a los dirigentes.

Es en este sentido que se acompaña a los candidatos –nacionales, provinciales, comunales– con lealtad y ahínco, y con la misma abnegación que si se hubiese triunfado en las internas. Lo que en ocasiones es difícil, porque siempre hay temas y tópicos que aunque en la etapa convenga contener, ello no significa que las banderas deban arriarse.

Ahí está el ejemplo del feminismo que hoy es bandera en la política nacional: durante años crecieron a paso discreto, muchas veces conteniendo incluso las aspiraciones de máxima, hasta que las mareas del #Niunamenos primero, y de la ILE después colocaron al feminismo argentino en un lugar ya sin retroceso, que está cambiando la política argentina mucho más poderosamente que lo que imaginan tantos machirulos todavía al frente en diversas funciones y geografías.

De igual modo, y en todo el territorio nacional, cientos de [email protected] que se identifican con El Manifiesto Argentino reclaman precisamente eso: que no arriemos banderas; que no renunciemos a los principios fundantes. Ese camino ya extravió el radicalismo oficial hoy genuflexo, como en su momento despedazó al socialismo de Justo y de Palacios para terminar como el Sr. Cortina, atado al macrismo en la CABA.

Desde convicciones como éstas se puede, y se debe, señalar que las urgencias siguen siendo –al menos para quien firma– la educación pública que debemos recuperar como prioridad número uno, para lo que habrá que renacionalizar la educación, entendido el concepto como la instauración de un mismo programa para todas las provincias y entidades, de manera que los casi 20 millones de chicos y chicas que cada año asisten a clases aprendan una misma Matemática, una misma Historia, una misma Geografía, una misma Lengua castellana, y así siguiendo, y luego convocar a un congreso pedagógico nacional.

Y a la par, claro, reordenar los sistemas de previsión social y de salud, y ni se diga restablecer nuestra soberanía en todos los terrenos, para ejercer la autodeterminación que tuvimos hasta 2015 y que es urgente recuperar.

También fortalecer nuestra moneda, que está siendo atacada más que nunca. Y que además de valor de cambio tiene un enorme valor simbólico. Casi como la lengua que hablamos, y como los símbolos patrios, nuestra moneda, el peso argentino, ha sido también factor identitario de nuestra nacionalidad a lo largo de 200 años. No por nada las naciones que lideran el mundo basan su poderío, además de en las armas, en la vigencia y fortaleza de sus monedas. El dólar, la libra, el rublo, el yen, el yuan, son a la vez identidades nacionales. La miserable dolarización a la que nos quiere conducir la canalla gubernamental, y aúpan las usinas económicas del neoliberalismo, pretende, precisamente, arriar esta bandera.

Por iguales convicciones tampoco arriamos, en nuestro colectivo, las banderas que recientemente más han irritado a ajenos y también a propios: la necesidad de un cambio constitucional profundo y la implementación de un Sistema de Justicia que reorganice al actual Poder Judicial. Así se explica la reciente andanada mediática.

Desde ahí, entonces, y con la mayor responsabilidad cívica, nuestro señalamiento fraternal al compañero Alberto Fernández, por unas declaraciones radiales de esta semana: "En mi gobierno no van a volver cadenas nacionales, cepo ni 6-7-8".

Nuestro candidato sabe que lo apoyamos incondicionalmente y trajinamos por el triunfo electoral de la fórmula F-F, y que ello no impide que no coincidamos en este punto, porque las cadenas nacionales son un medio indispensable en contextos de ataques mediáticos como los que sufrió el gobierno de Cristina, y es posible que volvamos a sufrir. Y porque 6-7-8 fue, aún con yerros y torpezas, un aire fresco alternativo y necesario frente al ataque implacable de los grupos hegemónicos. Y también porque el cepo al dólar fue una estrategia económica bastante positiva, sobre todo en comparación con la timba actual.

Alberto ha de saber, seguramente, que todas las economías para ser autónomas deben ejercer controles. Bien hará entonces su gobierno, que será nuestro gobierno popular, en formar un consejo económico asesor numeroso, nacional y claramente no neoliberal. Ahí tiene a disposición, por citar sólo un caso, al Grupo Fénix. Y tiene también el curioso ejemplo del líder laborista británico Jeremy Corbyn, que no da un paso sin el consejo de tres docenas de economistas expertos a su lado.

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