La pedagogía del linchamiento
Linchamientos de italianos en Nueva Orleans (Luisiana) en 1891Linchamientos de italianos en Nueva Orleans (Luisiana) en 1891Linchamientos de italianos en Nueva Orleans (Luisiana) en 1891Linchamientos de italianos en Nueva Orleans (Luisiana) en 1891Linchamientos de italianos en Nueva Orleans (Luisiana) en 1891
Linchamientos de italianos en Nueva Orleans (Luisiana) en 1891 

Por las tardes miro programas televisivos de la farándula, y me llama la atención algo: la mayor parte de sus contenidos consisten en denuncias de un personaje de la farándula contra otro personaje de la farándula.

Interpelan a sus audiencias con un sistemático denuncismo que, a juzgar por su reiteración, debe darles resultado en los ratings. Como si dijeran: “No hay nada tan atractivo como encontrar culpables de algo, señalarlos y sancionarlos en grupo. Te soluciona de un saque las ansiedades que produce una realidad que siempre es compleja”.

Seguramente, “preparan el ambiente” los segmentos televisivos de la mañana, donde mandan las noticias policiales --cuanto más brutales, más repetidos los videos--, te ponen los pelos de punta y te obsesionan con la inseguridad y los ladrones.

Y por la noche, los programas informativos y de periodismo político entregan otra serie de presuntos culpables, se hacen eco de denuncias, y ofrecen voces que califican a dirigentes y fuerzas políticas y sindicales con toda clase de exageraciones, como lo hizo por estos días la religiosa Martha Pelloni señalando que “la Cámpora era el brazo de narcotráfico de Cristina de Kirchner”.

No es patrimonio exclusivo de la televisión; en realidad, todavía la prensa escrita le fija la agenda al resto de los medios. Y replican también la radio y las redes sociales, especialmente estas últimas porque su formato facilita todo tipo de agresión.

Pero es cierto que el denuncismo ofrece la ventaja de que la televisión lo recibe con los brazos abiertos, y para la audiencia es un discurso binario, simplificador, sencillito de asimilar, y con suficiente violencia como para que todo el mundo pueda proyectar odios y prejuicios. Construye imaginarios villanos y también héroes de cartón. Es obvio aludir al largo protagonismo de Jorge Lanata. Y no de otra forma se explica que personajes como Elisa Carrió, cuya oferta política se reduce al denuncismo serial, remontara su carrera de un 1,82% de los votos presidenciales de 2011 al 50% en 2017, claro que en el bastión macrista de la ciudad de Buenos Aires.

Como si la terrible frase que he escuchado hace años a bordo de un taxi --“Este país se soluciona matando a 300.000”-- siguiera siendo para muchos un tenebroso prospecto de política.

Efectivamente, se va construyendo, día por día, una pedagogía del linchamiento que no sólo cristaliza en algunos momentos en muchedumbres masacrando efectivamente a supuestos culpables, como sucedió trágicamente y varias veces en 2014, sino que, aunque no se manifieste siempre, cala hondo en el sentimiento colectivo.

Porque desde un medio masivo se podría interpelar a las audiencias asumiendo que la realidad es compleja, que tiene matices, que discurre por luchas de intereses y que las políticas y los discursos trasuntan esas tensiones, con ganadores y perdedores. Y eso constituiría un reto para todos, una exigencia de ejercitar la duda frente a los lugares comunes y un desafío a pensar alternativas.

O se puede ocultar esa complejidad, eximir al ciudadano de su necesario papel en lo público persuadiéndolo de que “esa es tarea de los políticos”, y desviar los antagonismos reales a un problema imaginario de culpables, que siempre son señalados hacia un mismo lugar: los políticos y gobiernos populares, los que intentan que la torta se reparta de un modo más equitativo, que para el discurso hegemónico son los sospechosos de siempre.

Frente a esa gigantesca trama de los referentes del gobierno y los medios masivos medrando con el embrutecimiento colectivo, ¿qué recursos tiene una oposición responsable y genuinamente preocupada por el bienestar y la elevación de las mayorías?

El recurso de la información que, paradójicamente, es escamoteado por la mayoría de los medios de información.

A eso se dedicó en 2015 el candidato del peronismo, Daniel Scioli, alertando sobre los peores planes de Cambiemos, y fue acusado en el famoso debate televisivo de ser un instrumento de “6,7,8” y de “La campaña del miedo”. Y le creyeron al acusador.

A plantear el desenmascaramiento del macrismo se dedican hoy el candidato presidencial Alberto Fernández, a quien los medios amigos del presidente lograron sacar de discurso y de quicio en algunas de las últimas entrevistas callejeras, y Axel Kicilloff, a quien, como no pudieron sacar de quicio, la gobernadora Vidal demonizó con los miedos que crearon sobre La Cámpora, y la monja Pelloni, un personaje con cierto ascendiente espiritual, asoció la Cámpora con el narcotráfico.

Frente a los datos contundentes sobre desgobierno de Cambiemos en el país y en la provincia de mayor peso, la réplica sin argumentos, sólo con fantasmas que ceban miedos colectivos.

¿Y los ciudadanos? ¿Se puede engañar a tantos en tan poco tiempo?

Aquí se me aparece el mito de Casandra, a quien un Apolo enamorado prometió el don de la profecía si aceptaba entregarse a él. Ella aceptó, pero una vez iniciada en las artes de la adivinación, se negó a cumplir su parte del trato. Ante esto, Apolo le escupió en la boca y le retiró el don de la persuasión, por lo que aunque ella dijera la verdad, nadie le creería.

Podríamos hablar de los medios y de los voceros oficiales y no oficiales de la derecha gobernante como el “Sistema Apolo”, dedicado cada día a afirmar el paradigma de que la mejor fórmula para pensar la realidad es buscar culpables y estigmatizar a las voces disidentes hasta minar su credibilidad.

Dada la desigual potencia discursiva (el 90% de los medios replican el discurso oficial, sin contar con su dominio de las redes) , ¿podemos imaginar que la pedagogía del linchamiento le ganará al discurso desenmascarador de la oposición?

No se puede congelar la realidad ni someterla a un perpetuo replay, como lo hace la televisión. Si se pudiera, Macri no habría sido presionado para bajar su candidatura, ni hubiera intentado sin suerte anular las PASO, ni vendría instalando un imaginario repunte en las encuestas, ni clamaría ahora por una “boleta única” para que los intendentes de Cambiemos en la provincia número uno del voto no favorezcan el corte de boleta para cuidar su propia supervivencia.

Claro que el presidente y sus poderosos aliados seguirán arreándonos a una suerte de linchamiento colectivo. Por eso, uno se pregunta si Casandra conoce el antídoto.

Suplementos
Suplementos
Tu navegador tiene deshabilitado el uso de Cookies. Algunas funcionalidades de Página/12 necesitan que lo habilites para funcionar. Si no sabés como hacerlo hacé CLICK AQUÍ