El fantasma y la oscuridad
Imagen: Sandra Cartasso

Héctor Collante sacudió el fósforo para apagarlo. Después clavó una rodilla en la banquina y se santiguó. Por la luz de la linterna noté que sus uñas todavía tenían tierra y sangre.

–Ya le prendí una vela a la mamá para que ella nos cuide esta noche –me aseguró mientras besaba una foto y la volvía a dejar ahí, al pie de la estatua de la Virgen María con el Niñito Jesús en brazos; en ese altar improvisado al costado de la ruta. El lugar exacto en donde habían muerto atropellados sus padres hacía pocos meses.

Héctor desenvolvió el repasador con el estampado del gauchito del mundial. Ese paquete que había desenterrado debajo de la imagen de la Sagrada Familia. Adentro tenía un puñal cuyo filo y lustre no había sido opacado por la tierra.

–Esto es para usted, don Lucho.

–¿Y usted? ¿No lo va a necesitar?

–El Fantasma no se lleva ni mujeres ni chicos. Tampoco animales. El Fantasma solo busca hombres buenos. Tenga.

Dudé y negué con la cabeza.

–Cirujita… no sé…

–¡Tenga! ¡Agárrelo! –se puso firme el changuito– Yo se lo prometí al papá. Úselo. Después, si nos volvemos a ver, me lo devuelve.

Cabeceé para agradecerle y me calcé el puñal atrás, justo por donde iba el pasacinto del medio de la cintura del vaquero que estaba usando.

–Acuérdese que no se lo puede matar. Que no se le puede vencer. Que solo retrocede ante la cruz del puñal. Que cuando cante el gallo recién va a estar a salvo. Don Lucho: no intente hincarlo. Y no lo toque.

Pobre Héctor. Pobre, pobre Cirujita. Y pobre gente. Tener que vivir así…

Todo el pueblo estaba impregnado del olor a bagazo. Toneladas de bagazo se acumulaban en montañas para pudrirse al aire libre. El calor y el olor a bagazo es lo que más recuerdo del ingenio Santa Ana. El calor, el olor a bagazo, el “Cirujita” Héctor Collante y esa madrugada.

Distribuían la cosecha a las cinco de la mañana. Y a las cuatro de la tarde recién terminaba la jornada laboral. Solo parábamos media hora al mediodía para almorzar ahí mismo, en los cañaverales.

El sánguche me quedó atragantado cuando el Yuyín empezó a advertirnos que nos cuidáramos de salir a la noche porque iba a haber luna nueva en lunes. Y que esa era la noche en la que salía el Fantasma, el familiar de los dueños del ingenio. Que el Fantasma iba a matar a un trabajador y que se lo iba a llevar y enterrar en la oscuridad. Porque había que sacrificar un zafrero a la tierra para que la cosecha fuera buena. Que así había sido ayer, que así tenía que ser hoy, que así iba a ser mañana y siempre.

Todos entendimos de qué estaba hablando el Yuyín. Conocíamos muy bien esa historia. De Tucumán a Jujuy no existía ningún ingenio que no tuviera su familiar. Ese era el pacto de más de doscientos años por el que los patrones amasaban riqueza y los peones no prosperaban. El familiar era un perro enorme, negro; un perro que venía del centro de la Tierra y que el Diablo le entregaba en persona a los dueños del ingenio a cambio de sus almas. Ese era el precio de una buena fortuna asegurada en esta vida. El alma de esos hijos de puta y la sangre derramada de muchos inocentes.

Al familiar de Santa Ana se lo conocía como el Fantasma. Cuentan que solo se había dejado ver cuando se echó a dormir en las vías del tren que unía Río Chico con la red nacional, impidiendo el paso de un convoy. El maquinista hizo silbar la bocina de la locomotora, el familiar despertó y se desvaneció en el aire delante de la mirada de todos.

–Como si fuera un fantasma –empezaron a comentar y de ahí le quedó el nombre.

De chico me fascinaban estas historias. De grande, las empecé a ver con otros ojos. Un par de años atrás, cuando vivía en la ciudad, fui al cine. Daban La Profecía. Me acuerdo que después de esa noche siempre pensé que si el familiar existía era más o menos como el perro de La Profecía. Pero ya para ese entonces no le tenía miedo ni al tremendo rotweiller de la película ni al changuito ese, el Damián, por más que fuera el mismísimo hijo de Satanás.

Yo le tenía miedo a tomar un micro y no saber si te iba a parar una pinza en la ruta, si te iban a pedir los documentos y cuando dijeras que no los tenías te iban a bajar. Yo le tenía miedo a no saber que era lo que iba a pasar cuando volviera alguna vez a mi casa, si me iban a estar esperando. Yo le tenía mucho miedo a seguir perdiendo seres queridos. Yo le tenía mucho miedo a que me pasara lo mismo que a mi hermano, que se lo habían llevado a fines del 76.

Con el Yuyín nos calamos de entrada nomás. Él siempre me decía que mis manos eran demasiado sanitas como para haber trabajado toda la vida en el campo. Yo le recomendaba que se las lavara de vez en cuando, que así no las iba a tener tan ásperas. No faltaba el compañero que también le sugería a los gritos que se bañara. También al Yuyín le llamaba la atención que mi dentadura estuviera completa. Que no me faltara ni un diente. Tanto me la elogiaba que yo le terminaba preguntando si le gustaba y todos los demás nos alentaban para que nos besáramos. Otras veces el Yuyín me había curioseado en qué ingenios había estado. Y si conocía al Incancho Maidana, al Estebita Carabajal o a un tocayo mío de apellido Pinilla. Todos peones golondrinas.

–¡¿Qué raro, primo, que no se lo haya cruzado en alguna cosecha al Luisito Pinilla?! Ése sí que trabajó en todos los ingenios tucumanos, viera. Aguilares, Nuñorco, La Fronterita, Marapa, Lules... ¡Hasta en La Invernada estuvo! Antes de que la cerraran los Garmendia.

Sí, el Yuyín sabía muy bien que yo no era un zafrero más. Y yo supe a tiempo ese mediodía que el Yuyín me había delatado. Y que esa noche me venían a buscar. Lo supe y lo comprobé mucho antes de sentir la bocina de la F–100 de don Pablo, uno de nuestros capataces; que se me estacionó al lado mientras volvíamos caminando a los ranchos. Don Pablo me hizo una seña indicándome que me acercara para charlar. Sin bajarse de la camioneta me dijo:

–A usted lo andan buscando, Lucho. Lo está buscando la policía. Corre peligro. Me mostraron una foto suya y me preguntaron si estaba trabajando o había trabajado en el ingenio. Les dije que no lo conocía. Que son muchos los zafreros que no conozco. Solo eso. Hasta acá llego. Por lo de la Chavela, hasta acá llego. No lo puedo ayudar más. Y no quiero tener problemas con los Hileret. Ahora depende de usted. Cuídese. Cuídese mucho. Váyase de Santa Ana. Váyase cuanto antes.

La Chavela era su nieta. Se había agarrado una diarrea estival. Algo común en los hijos de los que trabajaban en el cañaveral. El ingenio tenía pocos elementos sanitarios. Era durísimo ver cómo sufrían esas criaturas. No podía quedarme de brazos cruzados. Improvisé con lo que tenía a mano, con lo poco que había aprendido en la universidad. Y se la corté.

Entre las mujeres de los demás peones se empezó a correr la voz de que yo curaba la diarrea. Y unas cuantas me trajeron a sus hijos. La mamá de Héctor Collante fue una de esas mujeres.

El Yuyín quiso saber si eso de lo que se hablaba era verdad.

–¿Y cómo va a ser verdad eso? –le retruqué.

–Es lo que dice la gente, primo. Tiene que ser verdad.

–La gente dice que usted es el único zafrero que cobra en dinero y no en bonos. ¿Eso es verdad... PRIMO?

El Yuyín me mostró la rabia y quién era cuando me contestó, no sin antes asegurarse de que yo era el único que lo iba a escuchar:

–El sobresueldo… las propinitas… eso es lo que me pagan en dinero. Porque lo que yo doy se compra. Cuando empezó todo esto era mucho más embromado, sepa. Si había diez sospechosos, a los diez se lo llevaban y le daban una cagada que no se la iban a olvidar en lo que les quedara de vida. Se llevaban de a diez porque sí o sí aunque sea uno iban a encontrar.

El Yuyín se prendió un cigarrillo.

–El que era, el que es, termina hablando. Siempre. No puede soportar ver el castigo a los que no tienen nada que ver. Confiesa. Se entrega. Se comprueba que esté diciendo la verdad. Y se lo llevan. Y no se vuelve a saber nada de él. A los otros nueve se les pide disculpa y se los suelta. Y al otro día, a primerísima hora, de vuelta a la zafra.

Después de darle dos pitadas al 43/70 concluyó:

–Desde que yo cobro ese dinero no se llevan diez. Vienen por quien tienen que venir. Y hay nueve familias inocentes que, sin saberlo, me agradecen en sus rezos.

–Buchón hijo de puta.

–No, primo. No. Mire: yo soy un apóstol de la paz y la no violencia.

Desde que tuvimos esa charla con el Yuyín solo hice dos cosas: no perderle el rastro en ningún momento y prepararme para ir a cualquier lugar en Catamarca lo antes posible. Santa Ana y sus alrededores ya no eran seguros para mí.

La arrogancia del Yuyín me había salvado. Primero porque él mismo se descubrió. Y segundo porque, cuando habló del Fantasma, las otras historias que se me vinieron a la cabeza fueron las de La Providencia y Ledesma en Jujuy. La de ingenios facilitándole al ejército los medios para capturarnos. Historias de camionetas de las empresas manejadas de noche por gendarmes. Noches que coincidían con desapariciones de obreros que después decían que habían sido muertos por los familiares de sus respectivos ingenios.

En la Villa Hileret había catorce colonias de trabajadores. El rancho donde yo paraba estaba en la octava. En la puerta de entrada me lo encontré a Héctor Collante.

–Cirujita: hágame un favor, m’hijo.

–Mande, don Lucho.

–Traigamé en un canasto bastante chala que me quiero hacer un colchón nuevo.

Del despunte de la caña de azúcar se aprovechaba todo. Las chalas también servían para darle de comer a las vacas y a los caballos o para el techo de los galpones y los ranchos.

Héctor cumplió con mi pedido y me ayudó a hacer el cambio. Mientras lo hacíamos le conté que esa noche me iba y que necesitaba su ayuda. El Cirujita abrió los ojos bien grandes. Dos veces. La primera cuando le dije esto. Quiso hacerme entender que esa noche no iba a poder ser porque salía el familiar y que con el Fantasma no se podía negociar. La segunda vez que abrió bien los ojos fue cuando vio el verdadero motivo por el que estaba desarmando mi colchón viejo: sacar el fusil que tenía escondido adentro.

–Con esto el Fantasma no se me va a acercar.

–Las balas no le hacen nada, don Lucho.

–Ya vamos a ver.

–¡No, don Lucho! No se lo ocurra dispararle. ¡El Fantasma se lo va a comer!

–Cirujita, calmesé. Yo soy grande y me sé cuidar. Pero para lo que lo necesito es para poder irme del ingenio. No puedo pasar por Río Chico. Si bajo por la 38 a Villa Alberdi o Yánima me van a encontrar fácil. Yo quiero ir a Catamarca. ¿Usted sabe cómo tengo que hacer para llegar sin pisar la ruta?

Héctor se rascó la cabeza. Lo pensó bien. Y me dijo:

–Tiene que ir por Escaba. Por la Silleta de Escaba. Pasa por Escaba Arriba y llega a los cerros. Cuando los cruce va a estar en Catamarca.

–¿Y por dónde tengo que ir?

–Va a tener que atravesar el ingenio, don Lucho. Ir por el cañaveral.

–¡Pero la puta madre! Ahí me voy a perder.

–Guíese por las  chimeneas. Cuando las tenga delante, usted tiene que ir para el otro lado. Se tiene que alejar de ellas.

Sonreí. Le acaricié los rulitos de la cabeza. Y le dí las gracias.

Armé el bolso y esperé a que oscureciera para que nadie me viera salir; mucho menos armado. Dejando atrás la Colonia Octava, como si fuera un perrito, me di cuenta que me venía siguiendo Héctor.

–¡Cirujita! Vuelva ya mismo a su casa antes de que me enoje o lo que es peor: antes de que se dé cuenta su tío que usted anda faltando.

–Don Lucho, escuchemé: si va a ir por el cañaveral tiene que llevarse algo con usted.

–¡Ciruj...!

–Don Lucho: el papá con su último aliento me hizo prometerle en el hospital que si pasaba algo como lo de esta noche yo le tenía que entregar a usted, que siempre fue buena gente con los demás zafreros, su puñal.

La mamá de Héctor había muerto en el acto. El papá había aguantado para ver una vez más a su hijo antes de dejarlo solo.

–El papá me contó que su puñal había sido del abuelo y que antes del abuelo había sido de un gran hombre al que el abuelo ayudó una vez: el Mate Cosido. El papá cuenta que con ese puñal el Mate Cosido se salvó del familiar de Montero. Que con ese puñal el abuelo pudo enfrentarse al familiar de Corona. Y que con ese puñal, antes de que yo naciera, antes de que el papá conociera a la mamá, cuando el trabajaba en Concepción, una noche que andaba machado se encontró con el familiar de ese ingenio y que el puñal y la señal de la cruz lo salvaron. Que después de esa noche se vino para acá, para Santa Ana. El papá me dijo que lo cuidara mucho y que lo sacara cuando fuera grande, cuando empezara a trabajar y a cobrar por mi trabajo en la zafra. Pero que si alguna vez usted, don Lucho, yo creía que lo necesitaba, que se lo diera. Porque usted siempre nos ayudó.

La forma en que me lo dijo terminó de convencerme. El altar donde Héctor había escondido el puñal para que no se lo robaran nos quedaba de paso. Cuando me terminó de explicar cómo tenía que usarlo, vi las luces altas de tres camionetas entrando a la Villa Hileret. Entraron derechito a la Colonia Octava.

–Yuyín hijo de puta –pronuncié entre dientes, dándome cuenta de la existencia de una cuarta camioneta que venía para dónde estábamos nosotros.

Empezamos a correr y nos metimos en el cañaveral. Detrás escuchamos la frenada y varias voces dando órdenes. Le sacamos bastante ventaja. Pensé, incluso, que los habíamos perdido.

En voz baja, Héctor me dijo:

–Es acá.

Levantando la pera me indicó que mirara para adelante y hacia arriba, por encima de las cañas. Debajo de las nubes de lluvia vi las dos chimeneas del ingenio.

No quise dejar al chico solo. Jamás se me pasó por la cabeza. Lo estaba por agarrar del brazo, para darle a entender que se viniera conmigo, cuando luces de linternas aun muy tenues nos indicaron que venían para nuestro lado.

El changuito no me dio tiempo a nada.

–Cuídese mucho –fue su adiós susurrado.

Y entonces Héctor empezó a correr haciendo crujir las cañas mientras se abría camino dejándome atrás. Las luces apuntaron para donde venían los ruidos y se fueron siguiendo al Cirujita mientras yo me golpeaba impotente con los puños mis piernas antes de volver a reanudar la fuga.

No corría, caminaba rápido; cuando lejos, bien lejos de donde había llegado, escuché el tableteo. Giré y también pude alcanzar a ver el refucilo de ametralladoras. La ráfaga de luz, minúscula, no duró un segundo. El eco de los disparos, por el contrario, se perpetuó. Levantaron vuelo abruptamente una bandada de pájaros. Seguramente habrán sido unos machilos. Santa Ana estaba llena de machilos.

Se me paralizó el corazón. El primer reflejo que tuve fue el de volver para ese lado. Después me putié por lo que pensaba hacer. Una acción totalmente inútil. Me putié y mucho al darme cuenta de lo que había pasado. Me putié y empecé a pedirle perdón entre dientes y llantos a Héctor y a sus padres; cuando sentí como se abrían paso a través del cañaveral hacia donde me encontraba yo.

Entré en pánico. Y pensé: estoy muerto. El momento que más temía había llegado. Y sin embargo mi sensación fue de alivio. Porque el terror que a uno lo perseguía veinticuatro horas al día era no saber qué te iba a pasar en el trabajo o cuando tomabas un micro o cuando llegabas a tu casa, si te iban a estar esperando… Todo eso se había acabado.

Me sequé con el dorso de la mano la transpiración en el bigote. Y ahí estaba, como decía nuestra canción sobre la música de la marcha, ahí estaba en el medio de la oscuridad con el fusil en la mano y Evita en el corazón. Montoneros: ¡Patria o muerte! Damos la vida por Perón.

Apunté al frente. Contuve  la respiración. Contuve el índice en el gatillo. Contuve el grito de furia en la garganta. Y entonces se me apareció un perro negro alto como yo. Los ojos rojos. Más bien anaranjados. Como brasas.

El perro de La Profecía.

El familiar del Ingenio Santa Ana.

El Fantasma.

Me respiró azufre en el rostro y después estiró un gruñido que se confundió con un trueno. Temblando, muy despacito, hinqué una rodilla en la tierra donde dejé acostada mi arma. También muy lentamente llevé la mano derecha hacia atrás, al medio de la cintura. El Fantasma ladró una vez antes de apoyarme una pata en el pecho y tumbarme boca arriba.

Entre sus uñas grandes y afiladas y sus fauces de las que colgaba baba negra alcancé a hacer en el aire la primer cruz con el puñal del papá de Héctor, mientras murmuraba:

Padre… Hijo … Espíritu Santo…

El Fantasma volvió a gruñirme mientras yo repetía en movimiento y en palabra:

Padre… Hijo … Espíritu Santo…

Ladró dos veces y casi me deja sordo. Cerré los ojos pero seguí con lo que me había dicho el Cirujita:

Padre… Hijo … Espíritu Santo…

El animal o lo que fuera empezó a hacer fuerza con la pata. Sentí cómo me clavaba las uñas en el pecho mientras me lo aplastaba. Empecé a ahogarme y a desesperarme.

Padre… Hijo … Espíritu Santo… Padre… Hijo … Espíritu Santo… Padre… Hijo … Espíritu Santo… Padre… Hijo … Espíritu Santo…

Me acordé de mi mamá. De Walter. Y no sé por qué de ese cura hijo de puta, del padre Joaquín; de lo que le había dicho a mi mamá cuando fue a contarle lo que le había pasado a mi hermano.

–La culpa de donde está su hijo ahora la tiene usted y su marido. Ustedes son una familia pobre... a nivel espiritual. Estropearon a sus hijos cuando los mandaron a la universidad.

Padre. Hijo. Espíritu Santo. Padre. Hijo. Espíritu Santo. Padre. Hijo. Espíritu Santo. Padre. Hijo. Espíritu Santo. Padre. Hijo. Espíritu Santo.

Ayudeme, Don Collante. Ayudeme, doña. Ayudeme, Cirujita... Walter, ¡ayudame! Mamá... mamita...

¡Padrehijoespíritusantopadrehijoespíritusantopadrehijoespíritusanto!

Dejé de sentir el peso en el pecho pero no me animé a abrir los ojos. Sonó otro trueno y después escuché y sentí la lluvia. Me levanté y me volví a quedar duro cuando vi al Fantasma que se movía de izquierda a derecha y de derecha a izquierda delante de mí. Se escuchaban más truenos, lluvia y la respiración y las pisadas del familiar haciendo barro. Un rayo iluminó todo el ingenio. Noté que enroscado al cuello y sobre el lomo llevaba una cadena. Tronó mientras caía un segundo rayo que se reflejó en el filo del puñal. El Fantasma bramó y de los agujeros de la nariz salieron dos llamaradas de fuego.

Alcé el puñal bien alto, apuntando al cielo, y pronuncié una vez más:

Padre.

Después lo bajé horizontal hasta señalar el suelo.

Hijo.

Lo levanté a la altura de los hombros. Lo moví de izquierda a derecha. De donde estaban Los Sarmientos al lado de Donato Álvarez. De donde estaba el río de Las Cañas adonde corría el río Marapa.

Espíritu Santo... Amén.

Cantó un gallo. Recién entonces el Fantasma me dio la espalda y se fue corriendo para el lado de las chimeneas del ingenio perdiéndose de vista en el cañaveral.

Se me aflojaron las piernas y caí sentado de culo en un charco. No sé cuánto habré estado ahí. Las manos me temblaban y yo no dejaba de verlas. A ellas y al puñal. Estiraba los dedos para verlo completo y los cerraba de golpe para agarrar más fuerte el mango.

La lluvia no paró pero sí empezó a clarear. Y en lugar de seguir camino para la Silleta de Escaba volví para el lado del ingenio. Volví para buscar al Cirujita.

Cuando lo encontré tuve que contener la arcada. El cuerpo de Héctor estaba empapado. La camiseta de San Martín agujereada por el tableteo que escuché. Los rastros de la sangre los había lavado la lluvia. Contuve la arcada pero no las lágrimas. Más viendo lo largo que tenía el pelo: esos rulos desechos y estirados por el agua.

Lo enterré como pude. Pero no en tierras de los Hileret. Cargué con el cuerpo del changuito varios kilómetros a campo traviesa. Por eso los restos mortales de Héctor Collante descansan a orillas del arroyo Matazambi.

Siguió lloviendo esa semana. Después hizo mucho frío. Una madrugada cayó una helada muy importante. Los cañaverales se llenaron de escarcha y peligraron las cosechas de todos los ingenios del sur de Tucumán.

Se salvaron todas. Menos la del Santa Ana.

Me alegró conocer esa noticia.

Me alegró mucho.