Las amenazas del mercado cambiario
Luces rojas desde el cielo
Imagen: Bernardino Avila

Imagine el lector que mira a la Argentina desde la tranquilidad y el silencio imperturbable de la alta atmósfera. También que dispone allí de un “aparato visualizador” capaz de detectar y sintetizar todos los movimientos de capitales y de los actores sociales. Estos movimientos son los que permiten entender el lugar real de la economía en el contexto global, sin el ruido de la coyuntura local.

Lo primero que verá en la pantalla es una economía asentada en la producción de recursos naturales y absolutamente dependiente del clima, en la que solamente creció la producción agraria y alcanzó una nueva cosecha récord de 145 millones de toneladas. La bonanza de los dueños de la tierra y sus clases auxiliares, sin embargo, no trasvasó al resto de los sectores de la economía, donde la industria y el comercio siguen en niveles de rojo alarmante, con caídas que rondan las dos cifras. La falta de derrame del campo al conjunto no fue sólo en términos de actividad y empleo, otros indicadores en rojo, sino que ni siquiera llegó por la vía tranquilizadora de la liquidación de divisas. Mientras la producción del agro se expandió casi el 50 por ciento interanual, durante el primer semestre de 2019 el complejo sojero aceitero liquidó 7,3 por ciento menos divisas que en igual período de 2018, el año de la sequía, un indicativo de que el sector agroexportador sólo liquida lo que necesita para el giro ordinario de los negocios y atesora las divisas restantes. Como siempre se insiste aquí, este comportamiento no responde a que son malvados atesoradores de billetes verdes, sino que se debe a las señales de incertidumbre en el mercado y a las actuales reglas de juego, reglas en las que no rige obligación alguna para la liquidación de exportaciones. Y ello en un país con déficit crónico en la cuenta corriente del balance de pagos.

Si se agranda el zoom del aparato visualizador para ver que hay más allá del agro y observar el conjunto de los movimientos de capital (para el caso los movimientos plasmados en el balance cambiario del BCRA publicado esta semana) se verá que los inversores internacionales, esos que entraron para aprovechar el diferencial de tasas, se llevaron en junio muchos más dólares que en el peor momento de la corrida cambiaria de 2018. Mientras en mayo de aquel año salieron 1.363 millones de dólares netos, en junio pasado se fueron 1.410 millones. Si el voto de confianza es con los pies, está claro cual es la “confianza de los inversores” del exterior.

La pregunta inmediata es por qué no explotó la cotización de la divisa. La respuesta es conocida a medias. Primero porque existe la rebosante inyección de recursos financieros electorales del FMI, pero segundo porque la formación de activos externos (FAE), es decir la compra local (de residentes) de dólares para atesoramiento (con destino no declarado), fue mucho menor este año que durante la corrida del año pasado. Siguiendo números reseñados por la consultora “pxq”, que dirige Emmanuel Álvarez Agis, se observa que la suma de la salida neta de fondos especulativos más la demanda para FAE fue de 5.979 millones de dólares en mayo de 2018 y de 2.759 millones en mayo último.

Secar la plaza de pesos, es decir consumidores y empresas sin excedentes financieros o con excedentes yendo a tasas en pesos, es lo que permitió que el precio del dólar todavía no haya volado por los aires a pesar de la fortísima salida de los fondos especulativos que ingresaron a la bicicleta financiera, realizaron su ganancia y partieron. La salida bruta de estos fondos alcanzó, sólo el mes pasado, un pico de 2.485 millones de dólares. Si no fuese por el aguante de la política monetaria y los pulmotores del FMI el presente sería muy diferente. Para “pxq” este panorama enciende luces amarillas y no rojas, lo que podría ser una confusión cromática.

Existe algo altamente inestable en el escenario del presente. Las variables no son sostenibles y todos los operadores coinciden en reconocer al factor “ayuda estadounidense a través del FMI” como el componente clave. Por si existiesen dudas, Mauricio Macri lo dijo taxativamente. El objetivo es que el oficialismo gane las elecciones para que en la plaza argentina desaparezcan todas las barreras regulatorias. Sin embargo, cualquiera sea el ganador, sostener el precio del dólar a partir de octubre será una tarea imposible.

En este escenario, la prensa económica ya publica sin disimulo cuáles serán las características de la próxima etapa, incluso si se impone la oposición ahora herbívora: existen capitales del exterior que están a la espera de una nueva devaluación para repetir lo que ya hicieron en anteriores crisis cambiarias y de deuda, no sólo en Argentina, sino en otros países del mundo que atravesaron transes similares: adquirir a precios de ganga las empresas locales. Contra lo que suele creerse, este proceso no sigue una lógica “imperialista”, sino la lógica de la transnacionalización del capital. Estados Unidos asume los costos de eliminar a los gobiernos populistas, pero cuando llega el momento de los cambios en la titularidad de las empresas quienes se llevan la mejor parte son las firmas chinas. Notable que al Departamento de Estado se le pasen estas cosas. Ya sucedió en Grecia, pasó y pasa en Brasil y seguramente sucederá en Argentina. En la mira de los chinos están, por ejemplo, las empresas de servicios públicos. Pero la disputa también se dará por firmas energéticas y constructoras. Las pujas del capitalismo central se reproducen en la periferia.

Nótese que a mediano plazo las nuevas estructuras de propiedad se traducen en nuevas formas de representación política, aunque se sueñe que es al revés. Regresando al ruido de la coyuntura local el dato explica lo que sucede en el presente: una campaña electoral multimillonaria que, para que se imponga el oficialismo, intenta hacerle creer a las mayorías que el desastre económico actual es un mal necesario para que sus nietos estén mejor, que salir del desastre es “volver al pasado” y que seguir con más de lo mismo es “el cambio”.

Pero mejor apagar el aparato visualizador, aprovechar un rato más el silencio de la alta atmósfera y disfrutar el paisaje de las constelaciones, que nada es para siempre.

 

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