La ciudad de los durmientes

Pucho salió detrás de Ester tratando de aparentar serenidad. Ella era su secretaria, en la bolsa de Comercio desde hacía dieciocho años. Ahora renunciaba porque un muchacho con el que salía, hacía unos meses, le había propuesto matrimonio y Pucho, como suele suceder en muchos casos, comprendió que no podía prescindir de Ester. Estaba hasta dispuesto a renunciar a su soltería incurable y en un último intento desesperado de no perder a su empleada, le propondría matrimonio. La situación era disparatada. Jamás se había insinuado y debía realizar una estrategia complicada. La mañana del domingo en que ambos fueron al puerto para verificar si el Connubial había arribado al puerto para la carga de la compañía sojera que cotizaba en la bolsa, Pucho comenzó una evasiva estrategia para convencerla. Mientras subían la escalinata de la Stella Maris, Pucho le contó la historia del pájaro que "si él te ve primero cree que se vuelve invisible; los cazadores se limitaban a cazarlo caminando hasta él de espalda. ¿Te imaginás, agregó, lo que sería caminar de espalda para atrapar a una presa?" Y dio unos pasos de espaldas hasta abrazar a Ester, que se apartó sorprendida.

Cuando llegaron al pie de la virgen, un linyera que merodeaba en el lugar les ofreció venderles una foto de un linyera durmiendo en un nicho del "Disidente". Pucho la compró y aprovechó para comentar la historia de su hermano que al parecer erraba perdido por la ciudad. Al día siguiente de haberse casado, abandonó todo y no se supo nada de él. Pucho era el mayor y siempre lo había protegido y sobreestimado, a pesar de que su hermano era muy raro. "Esa rareza, contó, se intensificó al recibir de regalo, por parte de su madre, una cámara fotográfica con la que  comenzó a sacar exclusivamente fotos de cualquier persona durmiendo…" "Un día me sacó una foto cuando yo dormía y al despertarme súbitamente, lo corrí hasta su habitación, donde me sorprendió ver que estaba atiborrada de fotos de durmientes. Predominaban las fotos de mi madre durmiendo en distintas situaciones". Ester lo escuchaba con atención sin saber qué pensar, totalmente intrigada por los rodeos de Pucho, que parecían anticipar otra cosa… Por un rato caminaron por el parque, pero a la hora del mediodía decidieron almorzar en el Sunderland y Pucho volvió a la carga con el vaticinio de una bruja. "Mejor dicho -dijo-, una agorera, Clementina se llama. Atiende en un departamento de pasillo, aquí cerca, por Berruti. Me la recomendó mi amigo Leónidas". "¿Y qué te dijo?" preguntó Ester fingiéndose interesada. "No, bueno, ella creía que iba por algo importante, porque Leónidas le dijo que yo trabajaba en la bolsa, pero yo le conté de nosotros, viste..." Ester sorprendida repitió: "¡De nosotros?"  "Sí, sí," agregó Pucho "de algo que te quiero decir". ¡Ah, no!, exclamó Ester, vos estás peor que tu hermano. ¡Así que me querés decir algo y vas y se lo contás a una vieja! "Sí, dijo Pucho, y me dijo que no te dejara ir". "A vos te falla algo, agregó seriamente Ester. Estás al lado de una persona casi veinte años y nunca decís nada, te digo que me voy y vos me salís con esta". "Y qué querés -dijo Pucho-, vos siempre te mostraste distante". "¿or qué ahora? ¿estoy más cerca?", replicó Ester. "Bueno, no sé… Clementina me dio un payé, un payé de amor", dijo. "¿Ah, sí, y qué esperas lograr con eso, me querés decir?" Bueno, no sé -dijo Pucho. ¿Tal vez que aceptés venir a mi velero? Tengo pensado salir en el Célibe hasta las islas o hasta el Saladillo, hasta el barco abandonado.

El tiempo y el azar suelen ser pulsaciones de lo que nos excede, tratamos de encerrarlos en conceptos que no terminan de conformar y que acentúan la desproporción que se tiende entre una combinación de palabras y aquello a lo que aludimos. Por eso nos sorprende tanto cuando ocurre algo que deseamos sin esperar que alguna vez se realice. Incluso, a pesar de que nos hemos acostumbrado a que lo más complejo del Universo tenga una asimilación comprensible en nuestra mente. La ciudad guarda innumerables historias secretas, la de Fernando, hermano de Pucho se destaca por su singularidad. Apenas casado con su prima, Greta, Fernando comprendió que no era propicio para una relación estable y que nada en él predisponía a la impostación necesaria para alienarse en una situación social. Con el pretexto de irse de viaje, se alojó enfrente de su casa y desde allí continuó con su manía de fotografiar a su mujer cuando dormía, ignorante de la aventura extravagante de su marido. El drama fue que al poco tiempo, en un estado de total falta de cordura o de incontrolable insatisfacción, decidió retirarse del barrio y alquiló una pieza en el barrio de Tiro Suizo y más tarde en una humilde casita del barrio El mangrullo. No volvió a ver a su familia y tal vez por la experiencia emocional que padecía, su imagen sufrió una verdadera transformación. Pucho no pudo reconocer a su hermano en las inmediaciones de la virgen de la Stella Maris. Hacía mucho tiempo que había aceptado su pérdida y se había resignado a no verlo más; nunca supo que el viejo barco semihundido del Saladillo constituía su morada.

El sábado por la mañana, desde el embarcadero del Club Náutico, Pucho y Ester salieron en el Célibe para disfrutar una jornada primaveral en pleno Paraná. Algo había ocurrido durante la noche, puesto que Ester había aceptado la proposición definitiva de Pucho. Vieron desfilar los edificios del barrio, la semiesfera del Planetario, los viejos monoblock de la calle Cochabamba, las casas bajas de la sexta y la tablada, Villa Manuelita, el recodo del Mangrullo, en suma los fractales de la costa irregular y abrupta donde algún pescador entonaba el aria maltratada de una ópera o un tango de la guardia vieja, apoyado en los durmientes de un viejo muelle desvencijado por la carcoma. Ester aprovechaba la plenitud del sol desde el techo de la cabina, Pucho miraba el sucesivo paisaje de la costa que doblaba en el Saladillo. Una pequeña nota inestable irrumpía en su estado de hombre exitoso, despertando un sentimiento adormecido, un tanto angustioso ante las orillas trémulas de sombras, acumulando minúsculos restos inservibles. "Creí que navegamos hacia el sur pero me parece que navego hacia el pasado", dijo, cuando divisó sobre la cubierta del viejo barco semihundido la imagen del linyera que trataba desesperadamente de rescatar una foto que lentamente se iba desvaneciendo bajo las aguas.

 

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