Chupate esa mandarina

--¿De nuevo por acá? --pregunta Osvaldo, el mozo, apenas entro al bar--. ¡A la perinola!-- agrega desafiante. Es indudable que ya quiere la revancha de nuestro diálogo de la semana pasada, inspirados en las ahora célebres pindonga y cuchuflito, por obra y gracia de Cristina y la campaña electoral.

--¿Cómo?, ¿no le bastó, con la felpeada que le pegué los otros días? ¡Yo pensé que iba a andar con el culo fruncido, Osvaldo!

--Con el culo fruncido deben estar en el gobierno, jefe. Quién se esperaba semejante merequetengue. ¡Patapúfete!

--¡Patapúfete!, qué palabrita, me acuerdo que la usaba Pepe Biondi y con mi viejo nos destornillábamos de risa. Pero no sabía que los resultados del domingo lo iban a poner tan dicharachero.

--¿Qué le parece?, no se olvide que Lammens nos dio la Libertadores y nos devolvió la casa que nos habían quitado los milicos. Con Matías, Boedo va a ser la capital de la república.

--No se agrande Chacarita. A mí me parece que si gana en octubre, la capital de la república va a ser La Paternal, porque Alberto es de Argentino Junior, ¡bien bichito es!

--Si es así, igual con el Beto lo bancamos a Matías, entre cuervos no hay picotazos. Y además si no votábamos lista completa, mi pibe y Luciana, su media naranja, nos mataban. Desde que está con esta piba, mi hijo se volvió tan fana de la política como del azulgrana. Pero digamé que le sirvo, ¿acaso un copetín?

--No sea chitrulo, Osvaldo, a esta hora no hay copetín que me calce. Mejor traigamé el café de siempre con tres medialunas, que me pica el bagre y no lastré nada en toda la mañana.

--No se haga el sacrificado que ustedes, los periodistas, son todos bolaceros y la pasan bomba. En cambio, los que laburamos en serio, vivimos tan estresados que al final terminamos con un corso a contramano en la cabeza. Lo peor es que escucho a sus colegas de la radio y la televisión, y al final me río de janeiro. Qué manera de inventar pavadas para llenar el tiempo. Bartolean que da calambre. Y ahora, después de las PASO, se nota más que nunca, ya se empezaron a panquequear muchos. Son unos veletas.

--¡Pero no sea gil a cuadros, Osvaldo, por favor! Usted tiene que escuchar pero hacerse su propia idea, no creerse cualquier verdura ni confundir gordura con hinchazón.

--En eso le doy la derecha jefe. Es lo mismo que me dice mi hijo, que ahora habla de “los medios hegemónicos”, de la “plata para los jubilados y no para los bancos”, y de la importancia de destinar recursos a la universidad pública. Qué pena que no la conoció antes a Luciana, porque el Beto terminó el secundario en una nocturna. Y privada. Eso sí, ya laburaba en el taller y se la pagó él. Al menos fue una pegada que se recibiera de algo. Ahora hasta habla de teatro, porque Luciana va a un taller que hace Horacio Peña, ¿lo conoce?

--¿A Peña?, ¡cómo no conocerlo! Un groso.

--Así son ustedes los periodistas, todo lo saben, todo lo conocen, son infumables viejo, al final uno siempre queda como un bolastristes.

--No se ofenda, Osvaldo, usted me preguntó si lo conocía y yo le dije que sí, porque es verdad que lo conozco. Lo último que vi de él fue una obra en el Cervantes que se llamaba “La muerte y la doncella”. El tipo la rompía, estaba para alquilar balcones

--Ahí le gano. ¡Por fin una que le gano! Yo lo vi en el San Martín el domingo pasado. La primera vez en mi vida que piso un teatro, pero los pibes insistieron y nos invitaron a mi mujer y a mí. Ya habían comprado las entradas y no nos podíamos negar, ¿vio? Olga y yo, además, con tal de estar un rato con los chicos hasta vamos a misa. Son dos divinos y siempre se aprende algo con ellos. La obra se llama Fedra y es del tiempo de ñaupa. Una mujer que afila con el hijastro. “Una tragedia griega”, eso es, según nos explicó después Luciana, mientras comíamos una pizza en Guerrín que estaba para chuparse los dedos. Olga me cargaba: “Quién te ha visto y quién te ve, Osvaldo, vos que que no pasabas de Porcel y Olmedo, ahora ves “tragedia griega”. Mucha joda, pero ella tampoco salía de las telenovelas mexicanas que son una bazofia. No dije nada porque no era cosa de que nos pusiéramos a discutir adelante de los chicos, así que la pasamos chiche bombón. Esa piba nos cambió la vida y la manera de pensar. Ya le conté cuando discutimos por el tema aborto. La Olga estaba a favor desde antes, pero a mí me convenció Luciana. No le voy a decir que ando con el pañuelo verde encima, pero ahora creo que no debe ser penado.

--Es cierto, Osvaldo, me ganó. Yo todavía no vi Fedra, pero voy a tratar de ir en cuanto pueda porque me dijeron que está regia. Usted dirá que los periodistas somos sabelotodo, pero yo estudié lo que es una “tragedia griega” en el secundario, cuando era purrete. Me acuerdo que había un compañero medio manyaoreja que era un traga. Y la profesora de literatura, que era la que nos explicaba teatro clásico, estaba en estado interesante y cuando tuvo el bebé pidió licencia y no volvió más. En lugar de ella mandaron un chantapufi que era medio picaflor, y que lo único que le interesaba era pirovar. Además era chupandini y se abatataba rápido.

--¡Qué plato, jefe, qué plato!, yo no terminé el secundario, pero mi escuela era un zafarrancho. No estudiaba ni Magoya. Los recuerdos más lindos los tengo de aquella época y de la colimba. Sin contar los que tengo con el Beto yendo juntos a ver a San Lorenzo, ¡qué kilo!

--¡A la pipeta Osvaldo, mire la hora que se hizo! Me tengo que tomar el raje porque si no la nota que me encargaron la va a escribir Mengueche. Chau. Y digale a Luciana que le mande saludos a Peña que es amigo mío. Los periodistas sabemos todo, y además conocemos a todo el mundo. ¡Chupate esa mandarina!

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