Las imágenes del libro "Leer"
El ojo inolvidable de André Kertész
El notable fotógrafo húngaro dedicó toda una serie a retratar personas en el acto de leer, pero en sus imágenes siempre hay más que eso. El libro acaba de tener su edición en castellano.
En 1936, ante el ascenso de Hitler, Kertész emigró a Estados Unidos.En 1936, ante el ascenso de Hitler, Kertész emigró a Estados Unidos.En 1936, ante el ascenso de Hitler, Kertész emigró a Estados Unidos.En 1936, ante el ascenso de Hitler, Kertész emigró a Estados Unidos.En 1936, ante el ascenso de Hitler, Kertész emigró a Estados Unidos.
En 1936, ante el ascenso de Hitler, Kertész emigró a Estados Unidos. 

Sobre una mesa, una edición de las obras completas de Voltaire. Encima de la tapa se yergue un escarabajo, con la cabeza agachada. ¿Leyendo? El sentido del humor, la ocurrencia, el ojo atento al detalle imprevisto no son ajenos a la larga obra del fotógrafo húngaro André Kertész (1894/1985), que trocó el Andor original por el André de adopción al emigrar a Francia, en 1925. La foto del escarabajo es una de las setenta y cinco incluidas en Leer, miniatura que se cuenta entre sus antologías más apreciadas. Editado en inglés a comienzos de los 70 y reeditado varias veces a partir de ese momento, Leer sale por primera vez en castellano, publicado por las editoriales españolas Periférica y Errata naturae, tan pequeñas como el libro mismo. ¿El tema? Todas las formas de lectura, incluso las más inesperadas. Como un escarabajo que lee a Voltaire, por ejemplo. Esta edición permite asomarse como por una ranura a la obra de uno de los grandes maestros de la fotografía universal, menos frecuentada por aquí que la de un Cartier-Bresson o un Robert Capa. El primero de ellos, sin embargo, nunca dejó de reconocer su deuda hacia este maestro.

El rango temporal de Leer sorprende: la primera placa es de 1915; las tres últimas, de 1970. El interés por la lectura atraviesa la vida de este nativo de Budapest, hijo de un librero, emigrado de París a Estados Unidos en 1936, cuando un loco de bigotito decidió que era necesario perseguir a los judíos por toda la faz de la tierra. Una década más tarde de su segundo exilio Kertész adoptó la nacionalidad estadounidense. Aunque no estaba nada conforme con la recepción de su trabajo en ese país, opuesta a la acogida de brazos abiertos que se le brindó en Francia. Ya se sabe cómo es: en la tierra de Voltaire, el arte y la cultura nunca estuvieron mal vistos; en la de Henry Ford se aprecian la producción y el comercio. En París, Kertész (que tuvo un hermano llamado Imre, que no es sin embargo el homónimo Premio Nobel de Literatura 2002) fue uno de los primeros fotógrafos a los que se les concedió el privilegio de una exposición personal. En Estados Unidos, en cambio, trabajó durante décadas como contratado para la revista de decoración House and Gardens.

Pero hay que volver a Leer y a esas cuatro fotografías, que enmarcan en términos temporales un libro que no se guía por la cronología. La de 1915, obtenida a los 21 años -tres después de comprar, con su primer sueldo, su primera cámara- es una obra maestra. Las tres de 1970 también. Tan distantes como lo que separa la pradera húngara del centro de Manhattan, comparten sin embargo algo que define el territorio Kertész: fueron sacadas, en uno y otro caso, a metros de su casa. En la primera de esas fotos, obtenida con una antigua cámara de placas, tres chicos no muy bien vestidos, dos de ellos sin calzado, se apiñan con avidez alrededor del libro que uno de ellos sostiene, recostados sobre un muro blanco. Las otras tres fueron tomadas en Washington Square, donde Kertész residió buena parte del último medio siglo de su vida. En una de ellas una muchacha mata el tiempo muerto que le deja una de esas ventas callejeras, estilo “Vendemos todo”, leyendo un álbum, que podría ser de fotos. Al emigrado doble y a su ojo sensible a las entrelíneas, el detalle no debe haberle sido indiferente.

Entrelíneas y juegos de sentido internos a la foto: en la tercera de esas fotos, un cuadro que muestra a un rabino, estudiando lo que podría ser el Talmud, es prolijamente ignorado por paseantes cuyo único credo parecería ser la vereda misma. Y si no son juegos de sentido son invitaciones a posibles sentidos, como la biblioteca parisina que en 1929 muestra sus cielorrasos en reparación, con las vigas al aire, algunas de ellas sostenidas por muletas de madera y hormigón. En la página 44, un chico (¿un canillita?) sentado sobre una pila de diarios desordenados sobre la vereda, lee en uno de ellos las historietas de la última página. En la 55 hombre sin techo apura el diario del día (o no), con un cesto de basura como apoyo. A vuelta de página un abad hojea las Escrituras.

Se suman, claro, juegos con formas y volúmenes, geometrías casuales y sombras proyectadas, especialidad de la casa. En esta línea es ejemplar la serie de seis fotos sobre lectores de azotea, casi todos vecinos del Village, gozando del sol mientras el ojo del espectador lo hace con líneas de fuga, medianeras horizontales y chimeneas y salidas de gas en distintos planos. ¿Qué decir del abarrotamiento de líneas rectas, curvas y círculos en un barroco mercado de pulgas de la Segunda Avenida? En él un empleado lee el diario, mientras la escultura de un hombre negro de sombrero hongo hace lo propio sobre un mostrador cercano. ¿”Armaría” sus fotos Kertész? La asombrosa coincidencia de lectores de esta foto invita a pensar que sí, pero se supone que lo suyo era la captura del instante. Instante no tan decisivo como los de su discípulo Cartier-Bresson, sino simplemente azaroso, ocurrente.

La convivencia entre esta condición de cazador de imágenes con la de superdotado compositor visual no es uno de los menores asombros que despierta lo que podría llamarse “estilo Kertész”. Estilo tan ecléctico, en verdad, como para pasar de la instantánea callejera a las deformaciones visuales de “Nadador bajo el agua” (1917) o la posterior serie Distortions (1940), de la cual la Grete Stern de la célebre serie “Sueños” parece haber mamado en abundancia. Kertész era también capaz de trasponer la nieve de ambos Brueghel, del siglo XVII a un Central Park tomado desde lo alto, ya con la Leica que lo acompañó casi toda la vida. En él los paseantes recuerdan, sobre el blanco absoluto, a escarabajos negros.

La foto que despertará más sorpresa al lector local será sin embargo la de la página 35, dominada por un muro que se extiende horizontalmente. En él se repite dos veces el clásico signo que afirma la inexorable vuelta de Perón. “Buenos Aires, 10 de julio de 1962”, especifica el epígrafe. La del señor que lee en la página 68 podría haber sido tomada en cualquier parque. El pie de foto la ubica sin embargo en el Parque Lezama, una semana más tarde de la anterior. ¿Qué hacía André Kertész por acá? Visitaba a su hermano menor, Jenö, que en varias fotos tempranas se lanza acrobáticamente al Danubio y que emigró aquí, al mismo tiempo que Andor lo hacía a Francia.

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