Puesta de Leticia Mazur en el Teatro Sarmiento
"Phantastikón", cuerpos en contacto con lo invisible
En la obra, los bailarines no pretenden narrar un argumento mediante el movimiento sino invitar a imaginar con ellos. 
Phantastikón es un viaje por un universo en mutación.Phantastikón es un viaje por un universo en mutación.Phantastikón es un viaje por un universo en mutación.Phantastikón es un viaje por un universo en mutación.Phantastikón es un viaje por un universo en mutación.
Phantastikón es un viaje por un universo en mutación. 

Cuenta Leticia Mazur que descubrió la palabra “phantastikón” en un texto de Jung sobre la imaginación. “Es el espíritu imaginativo, lo que no se ve y estaría dentro nuestro. Jung investiga la relación entre la imaginación y la materia, que está afuera. Cómo la imaginación necesita hacerse visible, hacerse materia y necesita de un lenguaje para eso. Y bailar es eso mismo: supone la imaginación y el cuerpo materializándola. El camino entre lo que no se ve y lo que se ve me interesa mucho”, comentó la directora y bailarina antes del comienzo de la reciente retrospectiva que copó el escenario del Teatro Sarmiento con el montaje de muchas de sus obras.

Se pudo ver un abanico de espectáculos de danza pura, de danza con música en vivo, proyecciones, performance, de danza grupal o unipersonal: un recorrido por la producción de una creadora que se lanza a la exploración constante. Como cierre de esta experiencia, Mazur acaba de estrenar Phantastikón, un trabajo a cargo de Pablo Lugones, Samanta Leder y Eugenia Roces, tres bailarines muy afilados inmersos en un espacio totalmente blanco, con estructuras que pueden mover generando distintos ámbitos. La intención no es contar un argumento a través del movimiento sino poner en escena cuerpos desplegando eso que imaginan, en contacto con lo invisible, buscando la forma de ponerlo fuera de algún modo. 

El comienzo es fuerte e intrigante con una percusión cuyo origen el público desconoce. Cuando los tres (de pantalón y remeras también blancos) aparecen en escena saliendo de una de las puertas del fondo y entran en esa especie de salón blanco (¿el espacio?, ¿un laboratorio?), se embarcan en un zapateo americano estilizado que comienza a sonar con aires folklóricos. Esa es la percusión que se escuchaba y que funciona como diálogo entre los intérpretes, respondiéndose unos a otros con sus pies.

Desde ese momento, se lanzan a un recorrido diverso, solos o los tres juntos, en el que interactúan con distintos elementos. Mueven los paneles y generan espacios distintos donde bailar, se sacan los zapatos y la danza se vuelve más silenciosa. Siempre mantienen la mirada a pocos centímetros de sus cuerpos como si estuvieran imaginando, viendo algo que el público no ve.

Los movimientos de las manos y los desplazamientos de los cuerpos dejan adivinar espacios y objetos que son protagonistas invisibles de la coreografía, y la condicionan, pero desde la imaginación. Las caras también reaccionan, forman parte de la danza: se modifican, se estiran y se crispan en diferentes expresiones y muecas. Las luces cambian mucho, la música también. Se mantiene una base electrónica pero suma voces intervenidas, sonidos que parecen de la naturaleza, percusión.

Una riqueza visual y sonora que por momentos se satura, como cuando una bailarina aparece bailando en un entorno teñido de una luz de color rojo furioso, y la danza se vuelve más ríspida también. Hay más colores que se cuelan en este universo blanco: una pared turquesa, unos guantes al tono que se calza el varón, un tono violeta en la espalda de una de las chicas. Una de ellas aparece de pronto con una especie de collar que llega hasta el piso, hecho de tiras de un plástico transparente y centellante y baila con eso generando imágenes muy bellas y un sonido particular por el roce del material.

En otro momento, ese material plástico recubre todo su rostro y avanza como un monstruo peludo. El bailarín deslumbra cuando en un baile solitario se posesiona de todos los animales de la selva que parecen asomar por su cuerpo en gestos y movimientos muy veloces y estilizados, aunque siempre en el límite de lo abstracto. Cada uno parece estar en la suya, bailando, imaginando, transportándose a otros espacios y realidades.

“Hay un trabajo grande con el espacio y con cosas que no sé cómo llamarlas porque no son objetos reconocibles, son materiales. Los elegimos por cómo se ven, cómo se mueven, cómo suenan”, señaló Mazur. El viaje por este paisaje en mutación, con colores, luces, sonidos, ritmos y gestos que se van alterando, dura una hora. La invitación es entrar e imaginar con ellos.


Suplementos
Suplementos
Tu navegador tiene deshabilitado el uso de Cookies. Algunas funcionalidades de Página/12 necesitan que lo habilites para funcionar. Si no sabés como hacerlo hacé CLICK AQUÍ