Asesino modelo

El 35 por ciento de los niños argentinos asiste a comedores populares y más de la mitad está bajo la línea de pobreza, más del 10 por ciento de los trabajadores sin trabajo, el 40 por ciento del pueblo pobre y casi el diez por ciento indigente, más 50 pequeñas y medianas empresas que cierran por día, más hambre, hiperinflación, derrumbe del PBI,y salarios que perdieron el 30 por ciento, son datos de la crisis. Mauricio Macri se ha convertido en el blanco de todas las críticas, el que tiene la culpa. El supervillano que mintió, manipuló a la justicia y persiguió a sus opositores para hacer negocios con sus empresas y fundir al país.

Es cierto hasta un punto. Porque Macri no es el único responsable de la catástrofe. Aunque es el exponente más crudo de un sistema que fracasó como comunidad, como país o Nación, pero no como negocio particular. Los factores de poder económico están interesados en personificar en Macri la culpa de la tragedia. Pero no es el fracaso de una persona, sino del modelo de país que propuso la alianza de conservadores radicales, del PRO y de la Coalición Cívica.

Ellos propusieron un modelo neoliberal gestionado por empresarios. El primer ministro de Hacienda, Alfonso Prat Gay representó al JP Morgan, igual que Vladimir Werning, secretario de Política Económica; Marcos Ayerra, presidente de la CNV; Santiago Bausili, secretario de Finanzas, más el ex presidente del Banco Central y ex ministro de Finanzas, Luis Caputo, uno de los grandes responsables del endeudamiento actual, revistaron en el Deutsche Bank, otro de los colocadores de deuda. El ex ministro de Producción, Francisco Cabrera, además de haber trabajado para los grupos Clarín y La Nación, también viene del HSBC.

El ex secretario de Energía, Juan José Aranguren, era gerente y fue inversionista de la Shell , el sector aeronáutico privado fue representado por Gustavo Lopetegui, y los fondos de inversión por Mario Quintana o el mismo Caputo. Hubo representantes de las viejas AFJP como Francisco Cabrera, de cámaras patronales como Ricardo Buryaile y Luis Etchevehere y abogados de estudios jurídicos contratados por grandes empresas como Celeste Plee, María Eugenia Talerico. Son solamente algunos de los Ceos que formaron parte de este gobierno, quizás el peor de todos, después de la dictadura.

Macri no es el gran estúpido, el único burro que produjo este desastre. Hubo muchos alrededor suyo que fueron presentados como “el mejor equipo de los últimos 50 años”. Además de los grandes empresarios estaba la presencia de viejas familias oligárquicas, como los Braun Menéndez, (Marcos Peña Braun), los Bullrich, con la ministra de Seguridad o los Blaquier, dignamente representados por el ex director del Fondo de Garantía de Sustentibilidad de la ANSES. El mismo Federico Sturzenegger con chapa académica del M.I.T., gran teórico del libre mercado que ya había participado en la tragedia previa con Fernando de la Rúa, al igual que el secretario de Medios Hernán Lombardi y Patricia Bullrich.

El modelo que fracasó en forma tan costosa para los argentinos, es el neoliberal de libre mercado, así como el modelo de gestión pública por empresarios y oligarcas.

Llegaron con la arrogancia de “ahora les vamos a enseñar cómo se gobierna”. Se autoasignaron la exclusividad de la razón en la economía. Lo que no coincidía fue condenado a la hoguera de los “populismos”. Los “yo no vengo de la política” se asumieron como los únicos sensatos, inteligentes y prácticos.

El pueblo estaba implícito en ese relato: era el idiota que condenó al país a “70 años de populismos”. Porque a diferencia del neoliberalismo, que siempre llegó al gobierno por golpes militares o mentiras electorales, lo que ellos definieron como populistas únicamente llegaron al gobierno por elecciones en forma democrática. En esos 70 años fueron más los gobiernos conservadores neoliberales y autoritarios, que los populares.

Y además se arrogaron la exclusividad de la honradez y la transparencia. Como si pudiera haber transparencia cuando el ex gerente de la principal competencia de YPF se puso al frente de la política energética. Aranguren tiene una causa abierta por la compra de gas a la Shell a un precio mucho más caro que el de mercado. Había sido gerente de la Shell hasta poco antes de asumir y cuando realizó esa compra, todavía era accionista de la petrolera.

El mismo presidente Macri a través de su ejecutor en el área de Comunicaciones, el radical Oscar Aguad, intentó aprobar la reducción de la deuda millonaria que el grupo Macri tiene con el Estado por el Correo. Los medios oficialistas ocultaron o naturalizaron este escenario pornográfico, imposible en cualquier democracia razonable, donde el empresario está de los dos lados del mostrador. Es contratista del Estado y también es el representante del Estado que debe decidir sobre esos contratos.

La gran estupidez de “como son millonarios no van a robar” escondió esta trampa inmensa, donde los representantes de los principales bancos y fondos de inversión promovieron el endeudamiento acelerado con timba financiera del cual sacaron grandes tajadas y comisiones, al mismo tiempo que habilitaban la fuga de capitales.

Y ahora la justicia empezó a investigar al señor Blaquier que, como señaló Irina Hauser en Página 12, hasta 2014 fue director de Arcor y Cablevisión. En ese momento hizo que ambas empresas emitieran Obligaciones Negociables para conseguir dinero. En 2015, Macri lo designó director del Fondo de Garantía de Sustentabilidad, de la ANSES. Y como tal, compró las Obligaciones Negociables que él mismo había emitido a pesar de que había otras inversiones más rentables que esos papeles.

En ninguna de estas causas y en las muchas otras que acusan a Macri y otros funcionarios de este gobierno hay fotocopias amañadas, pruebas inconsistentes o testimonios arrancados en forma irregular, ni se ha lesionado el derecho a la defensa o el principio de inocencia y el derecho a la libertad. La causa de los famosos cuadernos, cuya investigación acaba de culminar esta semana, adolece de todas esas fallas puestas en evidencia por el agente de inteligencia Marcelo Dalessio en la investigación que lleva el juez Alejo Ramos Padilla en Dolores.

En la mayoría de las causas judiciales que se abrieron como parte de la campaña para defenestrar a los gobiernos de Néstor y Cristina Kirchner se cometieron esas irregularidades. Para encarcelar a Milagro Sala el Ejecutivo provincial tuvo que avasallar al Poder Judicial; en la causa del gas contra Julio De Vido pusieron un falso testigo que puede ir preso; ante la falta de pruebas en la causa Ceccone, el juez condenó a Amado Boudou “por íntima convicción”, y a Cristina Kirchner la acusan del delito de alquilar un hotel de su propiedad a precio de mercado.

El honestismo es un discurso por el cual se ocultó a la verdadera corrupción en la que los funcionarios acrecentaron sus fortunas, como lo atestiguaron sus declaraciones juradas, mientras el salario, que es el único recurso de los sectores populares, sufrió un guadañazo del 30 por ciento en estos años. Esas cifras son incontrastables.

Pese al desastre, este modelo todavía tiene el respaldo de numerosos votos. Y muchos de los que votaron al Frente de Todos, seguramente lo hicieron más por la crisis aunque siguen pegoteados con el relato del “se robaron todo”. No alcanzan a distinguir la línea que une al relato con sus consecuencias. No se trata de proteger la corrupción en ningún gobierno, pero la campaña mediática y judicial contra el gobierno anterior fue diseñada para ocultar los verdaderos propósitos del gobierno actual.

Desprovisto de ese relato y del blindaje mediático surge el modelo neoliberal en toda su impudicia, ejecutado por representantes de grandes bancos y empresas que fueron beneficiados mientras se hundía al país en una de las peores crisis de su historia. Por eso es equivocado asignar toda la responsabilidad a una persona. Se trata de un modelo ejecutado por los principales teóricos del neoliberalismo. Un modelo que en la provincia de Buenos Aires está representado por María Eugenia Vidal y en la CABA por Horacio Rodríguez Larreta.

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