La Ventana
Asfixia
Hugo Muleiro se refiere al ahogo que provoca el lenguaje dominante a la hora de recuperar los debates democráticos. Washington Uranga rescata la vigencia y la importancia de los principios en los que se apoyó hace diez años la Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual

La compresión que aplican al lenguaje los dispositivos determinantes de buena parte del intercambio social es abominable. La celeridad impone brevedad, la búsqueda de eficacia liquida dudas y matices. En el ejercicio más "inocente" de los actos de lenguaje, si tal inocencia pudiera existir, esta compresión perfora con simplificaciones brutales, términos lanzados como estilete y para cuya revisión jamás hay tiempo ni espacio. Es asfixiada la saludable complejidad de los significados.

Podemos estar seguros de que en la comunicación a gran escala, administrada por el sistema de medios que propala informaciones y opiniones, este achicamiento no tiene nada de inocente sino que, por el contrario, acribilla al cuerpo social con fórmulas de enorme efectividad. Palabras o enunciados que, apenas recitados, descargan un alud de sentencias inapelables. Su solo uso representa una convalidación. Es una asfixia conceptual.

Ejemplos, en cierta forma fáciles de aplicar a este enfoque:

Grieta. Acciona como referencia a un movimiento político --ni siquiera necesitamos incluir la maldecida letra que lo identifica-- al que se culpa de causar una división entre argentinos. Presunta fuente de discordia y muestra de intolerancia, motivo de la nunca lograda unión nacional. Mentarla sirve para impedir debates políticos, económicos y culturales que cualquier sociedad democrática debe darse para ser tal. Ejemplo reciente es la andanada contra el dirigente social que osó hablar de reforma agraria. Discutir la propiedad de la tierra, así como cuestionar la injusta distribución de la riqueza, es equiparado con el acto ofensivo de convocar al monstruo: la grieta.

Mercados. Ente, divinidad sin rostro que para el bien común custodia nuestra permanencia en el mundo. De alta sensibilidad, cuerpo que tiembla, mejora y se derrumba según las acciones de los seres políticos que actúan en el Estado o están a sus puertas. Su satisfacción o disconformidad son juicios inapelables, que deben ser acatados.

Piqueteros. Sujeto social cuya primera característica es molestar a la sociedad que produce y cumple sus obligaciones. Seres desprovistos de inteligencia propia, manipulados por quienes les consiguen dádivas estatales que no merecen y que buscan exhibir músculo y capacidad de presión.

Clase política. Generalización del muy diverso conjunto de personas que asume posiciones de conducción y cargos de acción y gestión. Dotada de rasgos de enajenación, mezquindad y egoísmo, en contraste con el gelatinoso concepto del interés ciudadano.

Populismo. Engloba a dirigentes, movimientos y gobiernos que, a costa del responsable actuar y de calamitosas consecuencias futuras, prometen o ejecutan medidas para generar bienestar, siquiera magro, a los pueblos. Llave maestra para desdibujar concepciones políticas diferentes, en la ya conocida práctica de borrar debates sobre ideologías, para decretar su extinción.

La lista puede ser muy extensa, como es fácil adivinar. Hasta puede incluir periodismo, en cuyo nombre se lanzan acusaciones falsas y operaciones de desprestigio, se practica el ocultamiento alevoso de datos esenciales de la realidad y se cometen maniobras de extorsión política y económica. No es tan fácil, en cambio, resolver cómo un país que quiera recuperar debates democráticos se las arreglará para erradicar estas y muchas otras lanzas venenosas del lenguaje dominante.

* Escritor y periodista, presidente de COMUNA (Comunicadores de la Argentina).

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