La hija del rabino  

La noticia corrió como reguero de pólvora. Jana Boteaj abrió una modesta tienda en Tel Aviv, con la intención de ayudar a las personas a redescubrir su sensualidad a través del judaísmo. Inauguró un “sex-kosher-shop”. Según Jana, el negocio favorece y difunde el valor hebreo de “tikún olam” (reparación del universo) ya que, sostiene la dueña, la sexualidad está directamente asociada con la violencia y la agresión en el mundo. Si bien la belicosidad vinculada al sexo sigue siendo una cuestión medianamente controvertida en algunos ámbitos del pensamiento, por ejemplo en el psicoanálisis, mi idea en estas breves líneas no están ligadas al análisis del “kosher sex”, lo que ya sería un flor de tema, sino a que la crónica de aquel diario adquirió relevancia cuando se supo que la propietaria no es una fabricante de lencería, ni una sexóloga, ni una actriz, por decir algo, sino que es “la hija del rabino Boteaj”. Si fuese la hija de un dentista, de un astronauta o de un filósofo sería una simpática anécdota. Pero siendo la hija del rabino resulta un escándalo. Me refiero a toda la presión social, congregacional, comunitaria, que coloca la exigencia de ser la hija del rabino.

Hace algunos años leí un artículo del Dr. Irving Levitz, quien investigó el impacto del rabinato en el desarrollo de la identidad de los hijos. Dicho estudio se realizó después de haber entrevistado a 40 de ellos. Una de las consultadas dice: “Siempre luché por mantener una identidad propia. Me presentaban por mi nombre, y después seguía ´la hija del rabino´. Era como si mi yo no pudiese estar completo sin que se notara el encasillamiento al oficio de mi padre. Tanto quien les habla, como mis hermanos, sentíamos que nos despojaban, ante todo, de la dignidad de ser quienes somos”. “Los hijos del clero --dice el estudio-- experimentan sentimientos de aislamiento y conflicto interno, inclusive con sus compañeros”. Cuando les conté a mis hijas que tenía intenciones de escribir esta nota, una de ellas me recordó que, cuando fue escolta a la bandera en la escuela primaria, las pibas del grado le dijeron: porque sos... la hija del rabino.

En una oscura oficina, abarrotada de libros que van desde el suelo hasta el techo, aparece una muchacha con su padre. Tamar le muestra una representación artística que simboliza su vínculo con él. Señala en la pantalla de su computadora un duro y severo dibujo animado en el que aparece una nena caminando a la sombra de su papá. No importa dónde se mueva él, su sombra se proyecta sobre ella. Tamar es la hija del rabino Shlomo Aviner, y esta escena es parte del conmovedor documental israelí La hija del rabino. Un film tierno, crítico y recomendable. Tan recomendable como la serie Algo en que creer, que puede verse en Netflix y que representa una historia análoga sobre una familia de pastores protestantes daneses, lo cual evidencia que no es un tema exclusivamente kosher. Lo que intento presentar, sin la soberbia de un supuesto sufrimiento familiar --pero obviamente como caso de diván--, debe acontecer con muchos que desarrollan su tarea en el orden de lo público. Es claro que hay situaciones graves, como aquellas en donde, sin desparpajo ni decencia, los poderes exhiben la vida de hijos como botín de venganza. Pero volvamos a las hijas del rabino. David Assaf, en su incisivo trabajo Cuentos no contados sobre los Jasidistas, examina algunos relatos arduos sobre hijos de rabinos de los siglos XVIII y XIX, que transitan los señalamientos congregacionales, pasando por angustias y descalificativos. A propósito de esto, recuerdo que en una oportunidad alguien me increpó diciéndome: “No es propio que la hija del rabino escriba lo que escribe”. Cabe aclarar que mis dos hijas se dedican a las letras. Y añado que, como la gente de buena conciencia suele decir, pueden ser conceptuadas en la categoría de feministas y revolucionarias. La discusión no terminó de la mejor manera. Porque con los pibes, sean de uno o sean de otro, no hay que meterse.

El sabio Talmud no ignoraba el fenómeno de los hijos que luchaban por su identidad y sus propias búsquedas: “¿Por qué los hijos de rabinos rara vez se convierten en rabinos? Rav Iosef dice que es para que la gente no diga que el puesto es heredado y Rav Sheshet responde --irónicamente--, para que no se vuelvan vengativos con la comunidad”. Qué potencia la de Rav Sheshet, quien era hijo de un rabino. Ciego desde la juventud (mejor no mirar lo que pasaba en la congregación de su padre), se cuenta que en una oportunidad fue a visitar al rey. Sus detractores se rieron, porque cómo se daría cuenta de quién era el rey. Les respondió: ¡Bobos! ¿No saben que cuando el rey aparece se produce silencio? Con esta paradigmática y simple anécdota, los intérpretes establecieron que el sigilo es el verdadero sentido de la ubicación, ya que cerrar la boca en un buen momento es el mejor modo de saber descifrar cuál debe ser el lugar del otro en la existencia.

 

Del antiguo Talmud retorno al nuevo “sex-kosher-shop” de Tel Aviv. El local es muy luminoso, aireado y de buen gusto. Cierra antes de la puesta del sol los viernes y no abre los sábados en observancia del Shabat. No por imposición familiar o congregacional, sino porque la provocadora, desestereotipada y desafiante Jana, la hija del rabino, así lo quiere.

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