Higinio Mena, retrato de un artista misterioso y rebelde

Era tímido, anarquista y en su pueblo, Ranchos, provincia de Buenos Aires, lo conocían como “el loco Argüelles”. Néstor Julio Argüelles Bruzzo es el nombre real de Higinio Mena: una especie de rumor, una contraseña, alguien que estuvo a una uña de ser condenado al olvido total, autor de una obra poética y cancionística breve y extraordinaria. “Es un misterio la vida de Alcasotro”, dice una de sus más perfectas composiciones: la frase le calza a él, que se dejó atravesar no solo por el misterio, también por la belleza, la utopía y la fuga.

Nació en 1947, estudió y fue empleado público en La Plata y en la década del 70 militó en organizaciones armadas. Alternaba actividades en la superficie con deslizamientos clandestinos y, siempre que podía, escribía canciones, poesía y musicalizaba otros poetas. Algunas de esas musicalizaciones integran su único disco, Para eso hemos nacido , en el que abordó poetas de América latina como Ernesto Cardenal (“Para eso hemos nacido”), Elvio Romero (“Trapiche”), Nicolás Guillén (“Bares”), Roque Dalton (“Temores”), Efraín Barquero (“Nunca lo olvides”), Mario Benedetti (“Otro cielo”) y de otros lares como el turco Nazim Hikmet y el ruso Konstantin Simonov. Rara vez un poema musicalizado tiene la redondez de una canción. Se supone que el poema lleva una cadencia, un ritmo intrínsecos. El único tema con música y letra de Higinio Mena de Para eso hemos nacido es “La camisa de dril”: tal vez la mejor canción del álbum.

Tenía una destreza formidable como cantautor. Su estilo interpretativo era sobrio y épico, un poco a la manera del fraseo desaliñado de Paco Ibañez. Fue invencible en la composición: las músicas giraban alrededor de valses, rancheras, chamarras y milongas; la letrística ahondaba en la picaresca y la espesura de personajes marginales de pueblo, con una ideología clara, blindada, siempre contra la autoridad, la ley, los uniformes. Al protagonista de “Bailongo de Alcasotro” , un contrabandista, lo pintó así: “Dicen que dio una vez la vuelta al mundo, que otra vez se cargó cuatro gendarmes / Cosa triste de ver que cierta gente, no hable bien de quien hizo algo importante / ¡Carajo no hay más ley que la de abajo!/ Sólo la ley del pobre al pobre abriga,/ Y aquel que anda en malas con los retobados,/ es que anda en buenas con la policía…”.

Perseguido por su militancia huyó de la Argentina. Habían asesinado a su pareja y con la manzana rodeada escapó en zigzag. Erró por España, Francia y Holanda y en ese periplo diseñado azarosamente por amores y por la búsqueda del mendrugo diario conoció un alma gemela, simétrica, puro anarquismo y ternura: José Carbajal, El Sabalero. El uruguayo también rebotaba por ahí como bola de flipper: Juan Lacaze, Montevideo, Buenos Aires, México DF y capitales de Europa. En cada ciudad –Madrid, París, Amsterdam- los exiliados se amparaban en cofradías sudamericanas hechas de debate, resistencia y, sobre todo, nostalgia. “Nos hicimos muy amigos –me contó El Sabalero en 2004, en su casa cerca de Atlántida, a dos cuadras del mar-. El no tenía noción del valor de sus canciones. Lo traicionaba el carácter, iba a menos. Gran persona, muy solidario. Y vago. ¡Más vago que yo!”.

Si alguien quiere arrimarse a la inigualable cancionística de Higinio Mena debe escuchar Entre putas y ladrones, el disco con el que El Sabalero lo homenajeó a comienzos de la década del ’90. Aún teniendo en cuenta temas propios bellísimos como “Chiquillada” y “La muerte”, e himnos como “A mi gente” y “Borracho pero con flores” , es el mejor álbum del uruguayo. Las canciones se realzan en la voz aguerrida y dramática de El Sabalero y solo por cuestiones de mercado y de ubicación periférica, Entre putas y ladrones no ranquea como uno de los más excepcionales discos de la canción popular en castellano.

Todo el álbum tiene un perfume de río, una mística de isla de Delta, tal vez como rémora de la laguna de Ranchos. Ya Jorge Lazaroff había grabado algunas canciones de Higinio Mena, pero lo de El Sabalero resulta superlativo: su performance interpretativa es estupenda, una apropiación genuina, enfática, teatral, reveladora. Además de “Bailongo de Alcasotro” brillan “La perrera”, “La Mama Juana”, “El rengo Zamora” y “El Circo Solimán”. Esas cinco canciones condensan la genialidad de Mena. “La perrera” muta de bucólica descripción costumbrista a vibrante alegato anarco (“Y este cuento que así nomás te cuento / acaso no tendría ningún triste final /si no fuera que viene la perrera y adiós los perros sueltos, lastimosa verdad/ Por eso, no hagas caso del hueso / y la red que en la otra mano trae un rostro cordial/ Si el que chifla es un ñato de uniforme/ aunque sea un hueso enorme, no lo toqués: ¡rajá!”), “La Mama Juana” pinta un burdel pobre pero es en verdad una crítica a la hipocresía, “El rengo Zamora” (que nadaba en el río y con la pata buena hacía remolinos) es una criatura deliciosa que esquiva “balas perdidas” y ambula por “arrabales prostibularios” de “cafiolos muertos”, “El Circo Solimán” es el melancólico retrato de un armonicista trashumante: al fin, un mendigo medio loco con un loro y dos perros con pretensiones de ser, él solo, un circo.

Esa cosmogonía de hombres desesperados define una ética –una ética antigua, hoy pura incorrección- y tiene vínculos directos con la poética de Raúl González Tuñón. Por eso se escucha totalmente natural que Higinio Mena le pusiera música a “Blues de los pequeños deshollinadores”, el poema en el que Tuñón enumera algunos drásticos cambios del pasaje de la infancia a la adultez. Higinio fue un gran lector de poesía, y él mismo un poeta: en París editó dos libros en francés: A la Rosa le robaron y Terquedad que debe cantarse.

Murió en Copenhage en 1998. Dicen que fue una novia de Zaragoza quien le puso Mena, en honor a uno de los pasaportes falsos del Che Guevara (Adolfo Mena González), y que en 1982 dio un concierto increíble en Utrecht. Dicen que dejó mucho material inédito. No se dice mucho más. Parafraseando su canción, “cosa triste que no se hable más de quien hizo algo importante”. El Sabalero volvió a consagrar su obra en el que fue, finalmente, su último disco: La viuda (homenaje a Higinio Mena) , de 2006. Murió en 2010. En la contratapa escribió: “Con Higinio hablábamos mucho sobre lo que nos iba a sobrevivir a los dos: las canciones”. Tenía razón. Ahí están. No se las pierdan.

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