El octubre de Spinetta

Lo más sencillo para abordar a Spinetta siempre será escucharlo. Es decir: poner un disco, hacer girar un vinilo o reproducirlo en Spotify. Hablar de él y entenderlo por fuera de ese ámbito probablemente concite algunas dificultades. Ya sea por interpretarlo antes de tiempo o bien cuando ya sea tarde, en todo caso siempre habrá alguna imprecisión que cambiará el sentido que quiso darle a su obra quien --encima-- tampoco está para disipar cualquier confusión.

Un ejemplo sorprendente es el video de casi diez minutos que se filmó a sí mismo Emilio del Guercio y que dos semanas después de su grabación sigue generando confusiones: entre diatribas contra el peronismo del que abjura tras abrazarlo (por “el tema del robo de los dineros del pueblo”) y su manifiesto apoyo a Mauricio Macri (a quien siquiera se anima a nombrarlo, pero igual deposita su esperanza de “cambio o modificación luminosa”), el ex bajista de Almendra incluye de manera solapada pero insistente al Flaco. Ya sea individualmente o como parte de la banda que compartieron, Emilio lo trae a cuento unas cinco veces y sin que en ninguna de ellas quede claro a título de qué. Habla de aquellos tiempos compartidos y repite la frase “mañana es mejor”, aunque olvida cómo su amigo fue tratado miserablemente por bufones palaciegos del macrismo como un “ignorante y resentido”.

El halagado documental que Nat Geo sacó a la luz el fin de semana pasado vuelve a reactivar en el comienzo de este octubre intenso el interés por Luis, su obra, su sensibilidad e, incluso, pliegues de su vida que hasta entonces no habían sido debidamente profundizados. Como la inédita canción “Ya no mires atrás” que fue mostrada como adelanto de un futuro disco en el que están trabajando los hijos de Spinetta o el dantesco incendio que su micro de gira padeció a la altura de Marcos Juárez en junio de 1988, felizmente sin víctimas fatales pero con un arsenal de equipos e instrumentos calcinados (y la inesperada ayuda de la Mona Jiménez para que el Flaco y sus músicos pudieran llegar al club Atenas de Córdoba a tocar esa noche).

Al igual que la Mona, Jorge Kasparian también es cordobés. Tiene un taller de impresión de remeras en la capital provincial y tal vez las colección de flippers más grande que haya en el planeta. Pero su notoriedad pública más allá de las sierras comenzó con “La biblia spinetteana”, un libro de 240 páginas impresas en tela y serigrafía que reúnen la obra literaria del Flaco. Eso estimuló la creación en un programa posterior y homónimo en Radio Universidad de Córdoba con entrevistas a decenas de personas vinculadas al músico que sirvieron como abono para “Luisito”, libro que Kasparian publicó a través de la editorial independiente Vademecum en febrero con el fin de darle voz a una treintena de seres claves del universo spinetteano.

En “Luisito” están desde el histórico plomo Aníbal La Vieja Barrios hasta el odontólogo Mario D’Alessandro, a quien Spinetta posterizó en Almendra con el célebre “Tema de Pototo” (tal su apodo). Y también aparecen Ana y Gustavo, los dos hermanos del Flaco. Es este último quien hace la única mención en todo el libro sobre la dimensión política que atravesaba a su casa y que tangencialmente rozaba a Luis Alberto. “Mi familia se constituyó durante la primera presidencia de Perón. Éramos una familia peronista, ¿no?”, dice Gustavo, también músico. “En el año 55 lo derrocaron a Perón, viene una dictadura y a mi viejo lo rajan. Ahí empezaron un poco las tristezas para la familia. Mi viejo fue delegado sindical y ese fue uno de los motivos por los cuales lo echaron del trabajo. Laburaba en tres turnos. Podía estar muy poco con nosotros y ganando un sueldo miserable, que era la propuesta que se había formado en esa época, ¿no?”.

Unos meses después de “Luisito” se sumó a la bibliografía obligatoria spinetteana “1973: el año de Artaud”, un libro en el cual el periodista, docente e investigador platense Sergio Pujol analiza ese disco que nunca quedó claro si fue un spinout de Pescado Rabioso o más bien un protointento solista del Flaco (cuya carrera como tal comenzará oficialmente recién en 1986 vía Privé tras la fallida alianza con Charly García) .

Con una pluma intensa, las antenas conectadas y su pericia de archivista, Pujol profundiza en una de las obras más celebradas de Spinetta (y acaso la única que le puede pelear mano a mano el cetro del rock argentino en la estima popular a Oktubre, de Los Redondos), pero a su vez analizada en un contexto de fragor e intensidad juvenil en torno a los debates políticos de una democracia que volvía de la mano del peronismo amnistiado. Octubre, una vez más, aparece como generador de procesos históricos y también como un sincretismo entre pasiones jóvenes y tensiones políticas: en ese mes de 1973 Juan Domingo Perón asumía a su tercera presidencia mientras, en simultáneo, “Artaud” se distribuía para su venta. Spinetta tenía apenas 23 años.

El Flaco comenzó aquel ’73 participando de algunas reuniones de Juventud Argentina para la Emancipación Nacional, JAEN, uno de los tantos grupos formados en las postrimerías del peronismo proscrito que no lograron cautivarlo. Sus momentos más álgidos con la política vendrían poco después, ya en dictadura, cuando fue detenido por averiguación de antecedentes y en una pared del calabozo encontró escrita la fase “qué solo y triste voy a estar en este cementerio” (de “Cementerio club”, justamente de “Artaud”), o bien en la implacable razzia luego del show regreso de Almendra en Estudiantes de La Plata.

A pesar de que en aquel 1973 Spinetta encontró en su arte una trinchera más seductora que la política (a diferencia del debutante León Gieco, el militante Roque Navaja o el temerario Billy Bond), igual suscribió con entusiasmo a la victoria de Cámpora y se anotó en el Festival del Triunfo Peronista que la lluvia obligó a suspender antes de que debiera subirse al escenario de Argentinos Juniors con Pescado Rabioso. Fue el 31 de marzo, mismo día en el que la Junta Electoral confirmaba los resultados, la UCR balbinista renunciaba al balotaje y Cámpora, lejos y en Madrid, acompañaba a Perón en el único encuentro que éste tuvo en sus doce años de exilio español con Francisco Franco.

Curiosamente, en aquel festival fallido estaba dentro del público un joven Alberto Fernández a solo dos días de cumplir 14 años (así se lo aseguró una semana antes de las recientes PASO a Página/12 en una entrevista sobre música). Ambos volvieron a compartir un mismo espacio veintidós años después, cuando Spinetta fue invitado al tocar a la Casa Rosada y el entonces Jefe de Gabinete ofició de anfitrión. “Creánme que toco la guitarra, pero nunca conseguí que un tema del Flaco suene en mi viola como en la de él”, dijo Fernández mientras le entregaba una estatuilla. “Que Dios no me ponga en la obligación de tener que tocar alguno de los temas que tocas vos”, respondió el Flaco, con la poesía de siempre y la conciencia que minutos antes le había revelado a la TV Pública: “Ojalá la música ilumine a la gente que trabaja en estos recintos, quien tiene una responsabilidad infinitamente grande al lado de la nuestra”.

Acaso Luis Alberto se haya concedido la posibilidad de que el tiempo le otorgue a él mismo una nueva definición para “mañana es mejor”, frase angular de una poesía que hoy --no mañana, ni tampoco ayer-- le repone el sentido histórico que tal vez su amigo Emilio, a pesar de que la repita, nunca alcanzó a comprender.

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